El paso de los años, ha generado en la derecha chilena diversas actitudes respecto del plebiscito nacional de 1988.

La primera de ellas, cree que la opción por el “no” fue un error histórico. Si bien es raro encontrar a un político que adhiera a esta posición―el diputado Ignacio Urrutia y el ex diputado Hermógenes Pérez de Arce son dos extraños ejemplos―, entre la ciudadanía, aunque ocultos, parece existir un grupo no despreciable de ellos. De hecho, un estudio encargado por el Instituto Igualdad (ligado al Partido Socialista), mostró que, si el plebiscito se realizara el día de hoy, el 30% habría votado por el “sí”.

La segunda posición, se refiere a un grupo muy minoritario en aquella época, pero que votó por el “no”. Algunos ministros del actual gobierno, como Felipe Larraín, y el propio presidente Sebastián Piñera, son los mejores ejemplos, entre otros grupos de sensibilidad de derecha que participaron incluso en la fundación de la Concertación, tales como algunos integrantes de la extinta Democracia Radical y uno que otro del ala más demócrata-cristiana de Renovación Nacional.

En la tercera opción, se encuentran quienes, habiendo hecho campaña por el “sí”, se desilusionaron del general ―posiblemente por las cuentas del Riggs y no tanto por los atropellos a los derechos humanos― y hoy reniegan de cualquier asignación testamentaria de origen dictatorial. Está representada por una masa importante de miembros de Chile Vamos, por no decir casi todos quienes ejercieron derechos políticos durante aquella época. En este particular grupo, el alcalde Joaquín Lavín pareciera ser el “guaripola”, el líder que caracteriza dicha “voltereta”.

Por último, se encuentra un grupo más joven, que no estaba habilitado para el voto en 1988, pero que hoy tiene las “riendas del poder”. Ellos no son “ni lo uno ni lo otro”, pues reclaman ser parte de una “nueva generación”, que no vivió las acechanzas del régimen y que, por lo mismo, todo lo que pertenezca a dicho periodo, le es inoponible. Estos jóvenes se “sienten” de derecha, muchos de ellos trabajan en el gobierno, pero se sienten desligados de Pinochet y su régimen; se trata de un pecado que es necesario hacer desaparecer de sus anales. El diputado Jaime Bellolio, por ejemplo, es una imagen viva de este espíritu, aun cuando esta posición se visualiza mejor en Evópoli.

Sería absurdo que la derecha política se convirtiera en un ente marmóreo, sin capacidad de adaptarse a los tiempos. Cerrar la puerta a nuevas interpretaciones de los hechos históricos, va contra la misma esencia de la política. Sin embargo, Pinochet es un hecho de la causa. Ni los cambios de nombre, ni las volteretas, ni la menor edad, cambian esta realidad.

Asumiendo esta realidad, la primera postura no es la más aconsejable para el futuro de la derecha, pero tolerable en una democracia que aún no reflexiona más hondamente sobre muchos sucesos ligados al plebiscito. La segunda visión, es minoritaria y, por ende, no es vital, puesto que es marginal en la derecha.

El problema (no vale la pena mencionar la tercera) se encuentra en quienes se identifican con la cuarta postura. Este grupo, suele ensalzar la figura de Patricio Aylwin y la obra de la transición, e incluso creen que la derecha debiese apropiarse de su “legado”. Es cierto que la derecha debe incorporar a su discurso político muchas lecciones del adversario, pero se trata de un adversario, que es y seguirá siendo una figura que pertenece a la identidad de la Concertación y su proyecto histórico. Es equivocado que cierta derecha se apropie nominalmente de su figura y la colectividad que representa ―que no es lo mismo que reconocer su virtud de gobernante― y de toda la lucha política y social que implicó ese proceso, para parecer (muy probablemente) lo que realmente no es y, lo peor, no asumir el lastre de la propia memoria y los vínculos comunitarios a los que uno pertenece.

Lamentablemente, muchos de los jóvenes miembros que hoy reverdecen los tiempos mejores, y que en sus tiempos mozos comenzaron revelándose frente a sus padres pinochetistas, en este 5 de octubre se limitarán a sonreír con el arcoíris, junto con sumarse, sin más, al ritual que conlleva esta fecha para sus protagonistas.

Su actitud no contribuye verdaderamente a la reconciliación nacional, ni es la óptica que debemos asumir quienes no vivimos los hechos de manera directa. En política, ―al menos para quienes creemos que se trata de una actividad que se realiza en relación a otros―, toda comprensión de los hechos se inicia desde la propia pertenencia a una comunidad, aun cuando la edad haya sido una limitante absoluta para ello. De ahí que Chesterton haya dicho que la tradición se vincula con la transmisión del fuego y no con la veneración de las cenizas. Muchos de estos jóvenes pareciera que no quieren quemarse con fuego, ni siquiera buscan venerar cenizas. Solo parecen adherir a una visión abstracta, que puede ser la correcta en muchos aspectos, pero que no es la propia.

El fallecido historiador Gonzalo Vial, habiendo sido partidario de la dictadura militar, ministro de Educación durante un breve periodo y gran conocedor de los climas internos del régimen, se opuso tempranamente a las violaciones a los derechos humanos y no sin grandes problemas al interior de la derecha de aquel tiempo. Al punto de aceptar, ya en democracia, la invitación para participar en la Comisión Rettig y en la Mesa de Diálogo sobre derechos humanos.

Vial, aunque pocos lo recuerden, desde su propia identidad política y como intelectual de derecha, aportó muchísimo a la reconciliación nacional. Nada de ello significó un transformismo de sus ideas políticas, ni un vaciamiento hacia el proyecto histórico de la Concertación, de la que fue un gran crítico hasta su muerte.

A juzgar por este análisis, la pregunta del millón que cabe realizarse es, ¿hasta qué punto la derecha política ―y en particular este grupo― sigue enmudecida con el 11 de septiembre, con el régimen de Pinochet y con la decisión tomada el 5 de octubre?

Los hechos parecen mostrar que la derecha no tiene, ni parece que tendrá en el corto plazo, una visión propia, reflexiva y abierta a la realidad sobre lo que significa este periodo para la historia de Chile.

Escrito por Luis Robert V. Investigador IdeaPaís