No es casual que en su más reciente álbum “Folclor Imaginario”, que rinde tributo a la recientemente fallecida Margot Loyola, Gepe (36) aborde la historia de Joane Florvil, la mamá haitiana que murió en nuestro país convirtiéndose en símbolo del sufrimiento que enfrentan los inmigrantes que llegan a Chile en condiciones de pobreza. “Lo que vivió esa madre me conmovió profundamente, pienso que muestra la escasa disposición que Chile tiene para entender a los inmigrantes”.

Daniel Alejandro Rivero Sepúlveda está en su departamento con vista al puente de los candados, en Providencia. Es un viejo edificio donde Daniel, más conocido como Gepe, nos recibe con café y música folclórica. Pronto, esas mismas pistas servirán para abordar lo que más le preocupa: la identidad. “En estos momentos hay una necesidad urgente de encontrar una identidad, por eso cada uno se trata de aferrar a algo, ya sea político, social, musical, estético, lo que sea. En Chile, la identidad está perdida. La gente no tiene una identidad clara, a diferencia de lo que pasa en Argentina o en Perú, donde se identifican con cosas ligadas a la identidad nacional, ya sea indígena, mestiza, lo que sea, en Chile no se da así”.

-¿Pasa lo mismo en el arte?
-Yo diría que en los 60, en los tres añitos de comienzos de los 70, inclusive en los 50, el arte sí estuvo relacionado con la realidad, pero eso después quedó relegado. El folclor quedó tachado como una cosa política, metido en una vitrina como algo viejo, del pasado.

De fondo, la música suena al compás de sonidos nativos y su voz se escucha como si estuviera en off, mientras nosotros seguimos el ritmo. “La sociedad necesita reconocerse cada cierto tiempo, a mí me pasa que tengo 36 años y me he puesto a meditar mucho en mi abuelo. Pasa lo mismo con el folclore, hay algo en el pasado que se hace súper necesario traer a la actualidad. Eso no se encuentra en YouTube, uno puede acceder a muchos registros de los años 60, o programas de tele que uno recuerda, pero en cuanto a la cueca o el folclor más primario, no hay y es necesario recurrir a los más viejos”.

Gepe conoció a Margot Loyola en el 2013, en una de sus presentaciones en el Festival del Huaso de Olmué. Cuenta que ese día Osvaldo Cádiz, esposo de Margot, lo invitó a la casa de ellos. Ahí compartió con la folclorista y surgió una amistad que le sirvió de inspiración para su séptimo álbum de estudio, “Folclor Imaginario”, resultado de una ardua investigación y proyección de su trabajo como multi-instrumentista que, junto a varios expertos del tema, logra tracks frescos llenos de identidad latinoamericana.

En uno de los tres singles originales que incluye el disco, están los versos que el cantante compuso para Joane Florvil, la mamá haitiana que murió el año pasado mientras se encontraba detenida en Chile, tras ser acusada de abandonar a su hija. Dice:

“Joane vino de la isla a este país 
Igualito a una actriz 
Sin película ni fin 
No se trae nada ni quisiera tener 
Más nada que perder 
Vivir para comer 
Trabajando de 7 a 23”.

Así inicia la canción a partir del caso que remeció profundamente al artista, por lo que eligió como portada para ese single un mural en memoria de Joane, ubicado en Barrio Bellavista, entre las calles Purísima y Dardignac, en Santiago.

-¿Cómo ves el tema de la migración en Chile?
-Me parece maravilloso, ya sean haitianos, colombianos, venezolanos, me parece genial. Es impresionante como todos lo ven como algo “súper exótico”, pero culturalmente ya teníamos ese origen, por ejemplo, el folclor tiene raíces por todos lados, raíces afro, entonces uno igual se puede reconocer en ellos. Pero también me vienen a la memoria esas portadas que aparecieron en los diarios, donde se mostraba a un montón de colombianos deportados, eso no se hace, va en contra de una sociedad sana. Para mí, el ejercicio que se tiene que hacer, es reconocer al otro como un ser humano que está luchando por sobrevivir igual que tú, lo mínimo es dignificar a esas personas y acogerlas de una manera madura, organizada.

VIOLETA, ARTE Y PREJUICIOS

– Ahora tu música evoca sonidos originarios. ¿Por qué?
-Más que un ejercicio racional, yo hice un disco sobre la música que me gusta, por supuesto que eso tiene ciertas implicancias, pero el motor creativo fue súper melómano.

-¿Qué tiene el folclore que no está en el reggaetón?
-Más que en lo estético, hay algo en la cueca, en la tonada, en el folclor o en el tango que vive en nosotros a modo de inconsciente colectivo. Entonces, en esa necesidad constante que hay de reconocerse e identificarse con algo, es como la esencia de todo. Antes del rock, antes del rap, antes del trap o no sé qué mierda, estaba el folclor, la cueca, esa tonada que vive en nosotros. Yo creo que lo estamos viviendo ahora es una vuelta al origen porque el ser humano es así, la sociedad necesita reconocerse cada cierto tiempo.

-¿Y con qué nos reconocemos ahora?
– Creo que la búsqueda que tenemos ahora tiene que ver con el misterio de ser latinoamericanos, eso es súper interesante, especialmente ahora con todo el fenómeno de la migración y la pobreza. ¿Quién carajo sabe lo que significa ser latinoamericano hoy en día?

Por eso, afirma, tocará en la segunda inauguración de la muestra Isla Flaca: Geografía de la Pobreza, que recoge las obras de 6 artistas nacionales connotados que fueron invitados por el Hogar de Cristo a entregar su mirada respecto de la vulnerabilidad y la desigualdad social de nuestro país.

Gepe será el responsable de poner la música en la inauguración que tendrá Isla Flaca en el edificio de Alonso de Córdova 3788, en Santiago Oriente, luego de haber estado en el Centro Cultural La Perrera, en Santiago Poniente.

“El arte en Chile y en el mundo es súper elitista, en todo sentido. Para mí, debe estar hecho desde la gente y para la gente. No debiera estar dirigido a una elite. Por lo tanto, está bueno que el arte baje de ese pedestal ridículo y trabaje en función del pueblo y de los sectores más vulnerables. Me parece lindo”.

-¿Crees en la responsabilidad social del arte?
-Sin lugar a dudas tiene una responsabilidad y además debe dialogar constantemente con la realidad, sin generar contradicciones. En cuanto a las artes plásticas, al estar en un mercado súper elitista, es la responsabilidad más cruda de todas y la más divertida, al final.

-¿Por qué?
-Tengo muchos amigos que pintan y para sobrevivir tienen que entrar en círculos o rodearse de gente con harta plata. Pasa en todos lados, eso pasa en Nueva York, en Santiago, en Concepción, en todos lados, es un absurdo, casi ridículo.

-¿Un mal necesario?
-No necesariamente, cuando le preguntaron a Violeta Parra con qué dimensión del arte se quedaba, ella decía: “con la gente” y eso me hizo mucho sentido, porque las personas son las que necesitan esto. Eso es súper lindo, eso es lo que debería interesarle a uno como artista, descubrir los misterios de la gente.

-¿Y tú qué misterios has descubierto?
-Que a los artistas se les debería enseñar a trabajar su intuición. Yo siempre he trabajado desde la intuición, pero desde hace muy poco le perdí el susto. La describo como algo que uno ve, pero sin enfocar. Eso me ha sido de mucha ayuda porque en el campo visual “más enfocado” viven los prejuicios.

-¿Qué prejuicios te sacan de quicio?
-Muchísimos, tanto como la existencia de una dictadura que sigue teniendo repercusiones, como la relación de la Iglesia Católica con la sociedad, en términos de la autoridad moral. Por ejemplo, cuando quiso venir Iron Maiden por primera vez, el fantasma Iglesia hizo una campaña absurda para que no viniera porque eran “satánicos”. Eso no fue hace tanto, pasó en los 90. A mí me da la sensación de que Chile aún es un país bastante infantil, hasta en la forma de de manifestarse, eso de ir para afuera y romperlo todo, es como enojarse con el profe y rayarle el cuaderno al compañero.

-¿Y en el mundo del arte?
-Que el artista no es un ser aparte, no es un huevón ni de una naturaleza más sutil o superior. Los músicos se creen no se qué, bohemios, como aparte de la realidad, cuando debería ser todo lo contrario. Yo llevo poco más de 10 años viviendo de la música, y cada vez me doy más cuenta de que este trabajo es como cualquiera. Esa imagen del artista que vive en la estratosfera, que lo agarra el manager y lo pone en un auto para llevárselo al hotel sin que se entere de nada, ya no es así, y me alegro. Eso no le baja el perfil. ¿Cachai?