Se está haciendo habitual esto de que yo me confiese con ustedes (a final  de cuentas es menos peligroso que con un monseñor). El caso es, sobrinos queridos, que debo confesarles dos cosas: La primera de ellas es que para hacer esta columna tuve que “subirme en hombros de gigantes”, como le gustaría a Don Francis sin que sepa la Valdebenito. Me explico: la política internacional no es mi fuerte, así es que para documentarme y hablar con la rigurosidad que me es habitual me reuní con las tres personas que más saben del tema en Chile: Raúl Sohr, Luli y Daniel Matamala (Quien es experto en todo porque fue a la Universidad de Chicago) fueron los pilares sobre los cuales me apoyé para escribir este ensayo.

La segunda confesión es que esta columna ha sido generosamente auspiciada por siete familias chilenas anónimas, las que me pidieron mantener sus identidades en secreto, por lo que no puedo revelar quiénes son, pero siento que en aras de la transparencia es mi deber comentarles esto sin entrar en detalles.

Dicho lo anterior y antes de entrar de lleno en el tema por el cual fui sobornado a hablarles quiero aclarar una última cosa: Esta columna no se tratará de hacer chistes chovinistas como los que se hicieron toda la semana pasada respecto del triunfo de mis auspiciadores en La Haya. Lo que yo pretendo en los siguientes párrafos es fingir superioridad moral frente a ustedes, respingar la nariz e inventar alguna solución sencilla a un problema que no existe, pero sin marear a nadie, la idea es que no se sientan como boliviano arriba de un barco (lo siento, no puedo evitarlo.

El Presidente Evo Morales es, al menos para los cortos de vista, un personaje peculiar. Y no me refiero a su origen étnico sino más bien a su innegable carisma y a su capacidad de permanecer doce años  como presidente en un país donde los presidentes suelen durar menos que ministro de Cultura converso (aunque sea con elecciones más truchas que las de Ciudadanos).

Aunque ya es parte de la cultura pop del barrio latinoamericano el nombre de Evo me sigue resultando llamativo, y es que no me deja de recordar a “Eva”, la primera mujer que pisó la faz de la tierra y que, por ende, fue la primera mujer con derecho a-mar. Lo sé, sobrinos, ese chiste le pertenece a Alvaro Salas, lo reconozco, de la misma forma que él reconoce a sus hijos.

Evo rima con “ego”, y es que el líder cocalero (aguante Negro Piñera) cayó preso de sus propios delirios mesiánicos, cosa que afortunadamente no nos pasa con nuestro primer mandatario, quien no tiene empacho en poner nuestro símbolo patrio en el corazón de EEUU, demostrando que nuestra humildad y servilismo para con nuestra casa matriz continúan intactos. Algunos critican al Primer mandatario aymara porque hace no mucho inauguró la nueva Casa de Gobierno de Bolivia, un imponente edificio que costó entre pito y flauta unos 34 palitos verdes. Les apuesto que sus adversarios ya hicieron el cálculo de cuántos hospitales se podrían haber construido con esa plata. ¿Se han fijado en que cada vez que hay un despilfarro los zurdos ultrones y resentidos homologan todo a hospitales? Bueno, esos son los zurdos que saben sumar y restar números superiores a 100 mil, el resto suele calcular todo con javas de cerveza.

Pero no seamos tan duros con mechas de clavo, el chiquillo tiene algunos puntos a su haber. ha reducido la pobreza de Bolivia, ha estabilizado la economía del país y aparece en la portada de uno de los libros de Axel Kaiser, entrevistador favorito de Mario Vargas Liosa.

A Evo le pasó algo parecido a los chilenos que votaron por el No hace 30 años: Nunca le terminó de llegar la alegría. Está próximo a terminar su mandato y aunque ha mejorado varios puntos en la economía y de la calidad de vida del pueblo boliviano (cosas que no son necesariamente iguales, vaya que lo sabe el chileno proletario) es difícil que su pueblo malagradecido lo reelija: la derrota en La Haya fue un golpe demasiado duro, y es sabido que a los presidentes zurdos y sudacas no se les da bien eso de soportar Golpes.

Por último, y ya que me lo exigieron los auspiciadores de esta columna, no puedo dejar de destacar a nuestro canciller (¿Ampuero se llama?): creo que es primera vez que un ministro maneja de manera tan certera el bajo perfil, es como si lo hubiese preparado de antemano. Incluso logró lo imposible, que Piñera no fuera a dar la hora a La Haya, asegurándole que el resultado iba a ser negativo. Señor Ampuero: el pueblo de Chile a través mío le agradece que el presidente sólo haya hecho el ridículo afuera de La Moneda, y que no se haya ido a celebrar al barrio rojo.

La historia entre Chile y Bolivia está condenada a permanecer siempre condicionada a la disputa territorial, pero al menos en este capítulo nuestros empresarios han salido victoriosos. Y al pobre Evo no queda más que decirle Chao pescao.