Tengo trabajo nuevo. Es en la cocina de un restorán italiano, uno fancy en el centro de Minneapolis, la ciudad donde vivo, en Minnesota. Nunca he trabajado en un restorán tan grande, en una cocina tan grande. Sí he trabajado haciendo pizzas en una pizzería en Santiago, pero esto es a otra escala. Cameron es el afroamericano que me explica cómo hacerlo, y la verdad es que le entiendo bien poco.

Lo primero que sentí fue miedo. Miedo a lo distinto, miedo a ser el distinto, miedo a no entender, a ser inmigrante y a la incertidumbre. Ryszard Kapuscinksi, el periodista polaco del siglo XX, decía que lo que más le asustaba en sus viajes era el encuentro con el otro. Al otro como distinto. Lo otro: a la imposibilidad de comunicarse, de entenderse. A pesar de que hablo inglés y lo he estudiado desde chico, a Cameron no le entiendo. Y necesito entenderle.

Estados Unidos es la tierra de los distintos. La historia estadounidense no se entiende sin el fenómeno migratorio y el ideal de la tierra prometida del valiente y del libre, sin importar de donde sea. Lo dice su himno, lo dice su símbolo de libertad convertido en estatua. Pero yo me paro acá y lo que siento es miedo, y los demás sienten miedo de mí traducido en desconfianza y en rechazo.

La sombra de Trump y su discurso lleno de miedo y rechazo alcanza no solo a sus seguidores, sino que a toda una sociedad en decadencia que busca su pasado mejor en un lugar que no existe. Se siente en el ambiente. Es la contradicción que se refleja en el “bienvenido pero lejos de mí”. Las calles de las ciudades como Minneapolis están llenas de carteles que dicen “no importa de donde vengas, eres bienvenido” en cuatro idiomas. Pero esos carteles no tienen caras. Por lo general están vacíos.

Hablo español en un café o en el paradero o en el supermercado o en la botillería y la gente me mira, se da vuelta a mirarme, aunque en todas partes hayan carteles con instrucciones en español y música en español y restoranes latinos y aunque hayamos decenas de millones de hispanohablantes y seamos cada vez más. Nunca me había sentido así, como un bicho raro, como el ajeno, como un alien.

Alien, antes que “extraterrestre”, significa “extraño” en inglés. Y a diferencia de Charly García, yo acabo de llegar y sí soy un extraño. Conozco esta ciudad, este país, pero desde acá no es como en los diarios o en la tele de allá. Los miro queriendo mirar, porque quiero mirarlos, pero lo que veo son perfiles de LinkedIn y de Instagram y de Facebook y de Tinder.

Puede que en las costas no sea así, pero en el medioeste estadounidense, que es donde estoy, los aliens sí somos de temer. Es muy difícil para los latinos relacionarse con los locales, ya sean “güeros” (como se les dice a los blancos) o afroamericanos o asiamericanos. El entendimiento mutuo es complicado por los acentos, por las culturas, por el espacio social que ocupamos. Entonces nos tememos, nos desconfiamos.

Pero alguien se acerca y me comienza a hablar. En inglés, con acento latinoamericano. Al lado mío, en la estación del grill, hay un ecuatoriano. Se llama Luis. Le respondo en español. “Ah, ¿sí que hablas español? Si no entiendes algo, me preguntas”, dice, y yo me alegro por dentro, porque aunque tengo miedo lo que más deseo es tener contacto con la gente. Y entender. Sea de donde sea.

Entonces me acuerdo de algo que una vez me enseñó una amiga en Santiago: la valentía viene del mismo lugar que el miedo, y siempre tiene que ganar.