“Ojalá que te agarre una cagadera feroz.

Ojalá. Ojalá. Ojalá”.

Así comienza la crónica publicada por Revista Anfibia, un relato vivencial donde un periodista argentino describe su experiencia de 10 días como repartidor de Rappi. La cagadera, en este caso, era deseada a un tipo que no dejó propina al repartidor/periodista. El relato continúa:

“En Rappi no hay tiempo para furia. O sí: arriba de la bici.

Ya tengo otro pedido. Retirar en Palermo, entregar en Recoleta. Me calzo la caja naranja en la espalda. El cronómetro de la aplicación Soy Rappi me dice: ‘Tiempo para llegar a la tienda, 8 minutos’. Y contando. Son casi las 21 de un jueves de septiembre. Me voy del Abasto. Llueve apocalipticamente. Entrego pedidos en bicicleta pero en la calle nadie se conmueve fácilmente. Mi trabajo recién comienza. La lluvia también. ¡Dale!”.

La crónica, firmada por el periodista Emiliano Gullo, se sumerge en la industria del neo delivery. “A fines de agosto [Rappi] ya contaba con 9 mil rappitenderos en Argentina. O mejor dicho, 9 mil trabajadores no reconocidos. Hoy ya son más de 12 mil sin obra social, sin ART, ni vacaciones, ni seguro, ni beneficios de ningún tipo. Una cantidad similar de empleados tiene en el país la cadena de supermercados Wall Mart. El CEO local de Rappi, Matías Casoy, dice que los rappintenderos no son trabajadores formales sino ‘microempresarios porque disponen de su tiempo’”, escribe Gullo.

El periodista relata que, en su mayoría, los repartidores llegaron como inmigrantes a Argentina. Y que también, la inflación en dicho país, provocó una alza de trabajadores que complementan su sueldo pedaleando para la aplicación. “Como le pasó a Johnny, también venezolano, que llegó hace un mes, arrancó en Rappi pero se perdió en la telaraña de trámites: ‘Hice siete mil pesos y no los puedo cobrar porque no entiendo cómo tengo que hacer con el monotributo’”.

Gullo relata la escena de la inducción, cuyo guión pudo haber sido tomado de un capítulo de Los Simpsons:

“La charla la da Viviana. Comienza el operativo seducción. Promete que no vamos a pedalear más de 3 kilómetros (…) No todo es dinero en la vida. Acá estamos también para ‘divertirnos y hacer amigos. Somos latinos’. Ok. La seguridad vial pasa ligerita. Así está bien, con casco y sonrisa. Así está mal, sin casco y sin sonrisa“, describe Gullo.

“En diez días entregué 40 pedidos; recorrí cerca de 250 kilómetros en bici, casi lo mismo que ir desde Buenos Aires a Rosario. Gané 2300 pesos que todavía no me depositaron. Si alguno de la empresa está leyendo esto, apuren que tengo que pagar internet”, cuenta el periodista.

“Estoy controlado por satélites, me asignan y desasignan tareas desde un teléfono, me suspenden o me despiden desde una tablet, pero yo pedaleo una bicicleta para trabajar. Los nuevos modos de explotación parecen evolucionar de una manera bastante singular. El Siglo XXI a mano de las empresas, los trabajadores anclados en el Siglo XIX. El capital viaja en el tiempo. Podría ser la última película de Volver al Futuro. La más siniestra. El capitalismo moderno se desplaza con tracción a sangre“, reflexiona el periodista.