Mis primeros recuerdos son el campo, cuando era niño. Por entonces mi familia se dedicaba a sembrar trigo, hortalizas, papas, maíz, porotos, avena, pasto; todo arado a mano, con puros bueyes, sin tecnología.

Yo empecé como a los 10 años a ayudarlos, trabajando los fines de semana y estudiando de lunes a viernes en la escuela Cajón, que quedaba a 8 kilómetros de mi casa, donde iba con algunos hermanos –en total éramos seis, pero uno falleció en Argentina cuando trabajaba como temporero- y primos caminando.

Me acuerdo perfecto cuando era el año ’73 y un día martes nos hicieron formar en el patio y cantar la canción nacional. Éramos varios esa vez, yo diría que todos los alumnos de la Escuela, y nos dijeron: “váyanse tranquilos para la casa, no va a haber clases”, pero no nos dijeron por qué.

Cuando íbamos de vuelta vimos como pasaban aviones y helicópteros por arriba de nosotros. Como éramos niños y veníamos jugando, los saludábamos cada vez que los veíamos, sin entender nada.

Cuando llegué a mi casa, mi papá, que era lonco, dijo: “hay golpe de Estado, van a matar al Presidente”, y eso me quedó marcado para siempre en mi mente: que mi familia estaba preocupada por la muerte del Presidente, a pesar de que no tenía mucha idea de política. Después me enteré que había una guerra en Santiago.

Para ese año yo estaba en segundo básico y me fui a un colegio de campo más cerca, el San Martín, donde conocí a los sacerdotes capuchinos. Ellos me ayudaron a matricularme y pude estudiar tercero, cuarto, quinto y sexto básico, hasta que un profesor le dijo a mi papá que yo podía estudiar en otro lado por mis buenas notas.

A los 14 años terminé octavo básico, pero no tenía idea del objetivo del estudio, estudiaba por estudiar. A mi papá nunca le interesó, a mi mamá tampoco. De hecho él siempre decía que a un mapuche le bastaba con saber firmar y saber leer, nada más. Pero yo, a diferencia de ellos, tuve una oportunidad: los sacerdotes me enviaron a Santiago con la Beca Indígena.

Llegué a la casa de un tío que se llamaba Juan Vilchez, que era sargento de Carabineros. Él tenía un convenio con un ricachón, que era el dueño de la fabricadora de ropa Wilkinson que estaba en Avenida Irarrázabal. Entonces, mi tío, me llevó donde este caballero para que trabajara en su casa, que quedaba en Avenida Colón.

Así, a los 14 años, comencé a trabajar como mozo con una de las familias más ricas de ese tiempo. Ellos tenían varios choferes, un garaje tremendo y una casa de dos pisos en medio de una hectárea de tierra, que tenía que limpiar todos los días.

Mi trabajo diario era barrer, cortar el pasto manualmente, limpiar los baños, los pasillos, el jardín, la piscina. Incluso cuidaba a sus niños, porque no podían acercarse a las partes peligrosas de la casa.

A cambio me pagaban 7 mil pesos y me ponían un chofer que me llevaba al liceo, que estaba en Avenida Matta con rotonda Grecia, al que entraba en la tarde, cerca de las seis, y salía en la noche, entre las once y media y doce de la noche.

MI ÍDOLO

Cuando niño mis ídolos eran Pedro de Valdivia y Arturo Prat, porque me enseñaron que habían sido grandes luchadores de Chile. Uno venía con 40 soldados y mataba como 5 mil indios, y el otro había muerto en la Guerra del Pacífico con heroísmo.

Nunca se nos comentó lo que era la pacificación de la Araucanía, y yo me di cuenta de todo eso cuando me pidieron un trabajo de investigación en el liceo, por lo que tuve que ir a la Biblioteca Nacional de Santiago.

Ahí, leyendo, me di cuenta que los indios que mataban en los libros se vestían como mi papá, como mi mamá, como toda mi familia. Fue muy fuerte y doloroso. Me percaté que en realidad los indios no eran na’ ajenos a mí. Por eso empecé a estudiar y me preocupé harto de aprender del tema. Me enteré de todas las matanzas y de todas las guerras. Así, por ejemplo, tuve conocimiento de lo que fue la guerra Wichawe, entonces cuando volví a mi casa en el verano, pregunté dónde quedaba ese lugar y aprendí de lo que decía la gente, no solo de los libros.

Me di cuenta de la importancia de cosas que siempre había escuchado en mi familia, como cuando mi mamá decía que su abuela fue cautivada en el año 1870, y llevada a Chillán cuando tenía 15 años. Ahí tuvo dos hijos con un soldado chileno norteamericano, que se llamaba Federico Michell, de las cuales una era mi abuela, que se llamaba Micaela Michell Caneo.

A esa altura yo tenía como 15 años. En el liceo me decían “Indio” porque hablaba distinto y se reían de mí. Pero como me puse a estudiar, empecé a defenderme diciendo que sí, que era indio porque en realidad soy mapuche, porque mi gente hace gillatún, no va a misa, no ora bajo un techo, sino en un campo abierto, y no hace ese show de rezar rosarios, o Ave María o Padre Nuestro.

Ahora entiendo con mucha claridad que los árboles son los únicos que no pecan, que el agua y todo lo que respira el mapuche es gracias a su creador. Por eso el mapuche ruega al creador que le dé buena vida, que esté sano, que haya una armonía entre la planta, la naturaleza y el ser humano, esa ha sido nuestra creencia desde siempre.

Finalmente estuve cerca de cuatro años en Santiago, porque empecé a tener problemas con la señora del ricachón que me daba trabajo. Era muy prepotente ella, cortante, sometedora. Pasaba la mano por las cosas y si salía polvo me retaba muy fuerte. Me tenía estresado hasta que un día reventé y le dije un montón de cuestiones. Después de eso me vine, porque siempre he sido medio bruto en ese tipo de situaciones, porque tuve que aprender a defenderme solo y no aguantar malos tratos.

EL INICIO DE TODO

Cuando yo volví mi mamá tenía problemas de salud, específicamente asma crónica. Por eso tenía que controlarse todos los meses en un consultorio de Temuco, hasta donde yo la acompañaba. Salíamos a las cinco de la mañana y llegábamos tipo seis y media.

En ese tiempo la diferencia entre mapuche y huinca era muy profunda, había mucha más pobreza y los mapuche no tenían la misma capacidad que ahora para conversar con los huinca.

Entonces, cuando llegaban los mapuches a la ventanilla de atención, envueltos en mantas y a veces sucios, no muy bien vestidos, los profesionales se ponían a tomar café, fumar cigarro, echar la talla. Nos tocó esperar hasta una hora y media para que nos atendieran, sencillamente porque no hacían correr los números.

Yo, que tuve la suerte de tener cierto nivel de educación, empecé a reclamar por la discriminación que nos hacían los funcionarios. Como no me pescaban, pedí hablar con el director del consultorio varias veces, después con el alcalde de la época, que era José García Ruminot, quien me recibió y me dijo ¿y usted quién es? ¿A quién representa?

Desde ese momento comencé con la idea de ser dirigente, y partí formando una junta de vecinos en Lleupeco que constituyó a 90 comunidades mapuche del territorio. Con ese respaldo empezamos a pedir y a exigir que el Estado, la Municipalidad, el Gobierno, tenía que atender a la gente como correspondía. No solamente en la parte médica, sino también con mejoramientos de caminos, de infraestructura, de todo lo básico.

Ruminot, después de eso, me tomó buena y dijo que me podía ayudar con cursos de liderazgo. Me fue bien, me entregaron unas cuestiones de galardón, no sé, está por ahí, lo tengo botao’.

Después de la junta de vecinos formé una cooperativa campesina para la comercialización de lupino, con 32 socios. Logramos parar un centro de acopio y una bodega, y después negociar directamente con el comprador.

El lupino, para que se haga una idea, es un producto que trabajan comunidades mapuche desde hace tiempo. Parece una haba, una arveja, pero no se consume porque es muy amargo, entonces lo llevan a otros países, principalmente a Europa, donde lo procesan y lo consumen con cerveza.

El problema era que hasta antes de la cooperativa, su comercialización estaba a cargo de terceros y las familias mapuche sólo lo cultivaban, ganando una miseria. Entonces me propuse buscar la forma de venderla afuera, para lo que tuve que conversar con ONGs y un montón de instituciones.

Así llegamos al Instituto de Desarrollo Agropecuario (Indap), donde pedimos un programa empresarial que nos permitiera procesar el lupino, conseguir máquinas industriales, vehículos y recursos económicos.

Aunque se negaron, nos conseguimos dinero con una empresa privada que quiso aportar, pero como todavía nos faltaba para cumplir nuestra intención, comencé a presionar mucho al Estado. Incluso nos tomamos las oficinas de Indap, porque yo siempre he sido así, medio puntudo pa’ mis cosas. Al final logramos nuestro objetivo y actualmente ese producto es exportado a Alemania, Portugal, España.

Como esa fue la demostración de que la única forma de conseguir nuestras cosas era presionando, no podía quedarme ahí. Entonces, cuando noté que los campos de las familias se volverían inútiles porque no tenían sistema de riego, lo empecé a comentar con la gente. “No, pero si el agua es de nosotros”, me decían, a lo que yo respondía que no, que les podía demostrar con documentos que el agua no era de nosotros.

Cuando me eligieron Presidente de la Comunidad de Aguas Canal Itinento -un cauce que riega los cultivos de los agricultores- prometí que iba a cambiar la cosa. Me puse a exigir los papeles y todos los documentos legales sobre la propiedad del agua, y como no estaban, protestamos tomándonos Indap nuevamente. Al final lo hicimos varias veces, hasta que en el año 2000 nos entregaron recursos para poder financiar un abogado. Así contratamos a Carlos Manuel Quezada Muñoz, un profesional experto en temas de agua.

Estábamos en pleno proceso de inscripción cuando me tomaron preso por estar caminando cerca del fundo Santa Margarita, el año 2001. Apareció un piquete de carabineros y me llevaron hacia adentro del fundo, donde me preguntaron quién era y qué hacía ahí. Me formalizaron y al día siguiente pude declarar. “Soy dirigente de canal de riego y estamos constituyendo una comunidad de agua”, dije, y pensé que me iban a largar. Pero no, me mandaron pa’ adentro. En total estuve 28 días preso, bajo los cargos de daño calificado y usurpación de tierras. Así empezó la persecución.

VAMOS A TENER PROBLEMAS

Mientras estaba en la cárcel fue el fiscal Alberto Chiffelle a tomarme declaración. Puso el cassette y me comenzó a grabar. Le dije que era dirigente de un canal, que trabajaba en la bodega, que era secretario de una cooperativa campesina y administraba varios centros de acopio de lupino, donde era encargado del control de calidad del producto que se exportaba. “Usted pida los documentos y están”, le dije.

En eso, Chiffelle saca el casette, lo sella de vuelta, y me dice: “mire, si quiere estar tranquilo, deje de ser dirigente. Si no, vamos a tener problemas”. Le pregunté por qué me decía eso pero paró y se fue.

En ese momento no me dio miedo. Había leído un poquito del Código Procesal Penal y entendía que supuestamente un fiscal de la República tenía que hacer su trabajo como corresponde, con objetividad.

En ese tiempo pensaba que los fiscales eran así de transparentes, sanos, pero nunca pensé que este fiscal Chiffelle me iba a perseguir para toda la vida, porque a mí en mi casa me han hecho como 20 allanamientos a esta altura.
Cuando murió Matías Catrileo (2008), a quien no conocía, hicieron cuatro allanamientos en mi casa. Yo andaba por Temuco en esos días, pero cuando llegué encontré todo desordenado y los chiquillos me dijeron que todos fueron en un día, entre las nueve de la mañana y las tres de la tarde. A los niños los sacaron de la cama, y los echaron pa’ afuera con puro calzoncillo, los tendieron en el suelo y se metieron en la siembra que tenía.

Tiempo después, el 25 de octubre del año 2009, fui con mis hijos a jugar palín a una cancha de Aycatrahue, una zona que significa “zona de guerra” en mapudungún. Era un día domingo muy primaveral, muy lindo.

A la vuelta nos encontramos con carabineros y nos hicimos a un lado para que pasaran, pero se detienen donde estábamos nosotros y me dicen: “¿usted es José Tralcal?”, “sí”, dije yo. “¡Ya, a tenderse al suelo!”, dijeron, y me pegaron una patada en la costilla injustificadamente, porque no opusimos resistencia. Me llevaron preso junto a mis dos hijos, acusados por la Ley Antiterrorista.

Después nos enteramos que estábamos presos por el caso Tur Bus, en el que no teníamos absolutamente nada que ver. Ahí me acordé que la defensa de uno puede pedir la carpeta de investigación, algo que yo no sabía para mi primera detención, y nos dimos cuenta que el caso estaba basado en el testimonio de un testigo protegido. Se pasó la foto de la persona y nos dimos cuenta que ese era Raúl Castro Antipán, un cabro joven, desconocido para nosotros, no teníamos ninguna conexión (N. de la R: tiempo después se comprobó que Raúl Castro Antipán era un infiltrado por Carabineros en distintas comunidades de La Araucanía).

Uno de mis hijos salió el 26 de febrero del 2010, un día antes del terremoto. Yo no corrí esa suerte y estuve preso sin saber qué pasaba con mi familia, impotente, desesperado. No pude ver nunca más a mi papá, porque falleció en marzo. En total estuve 10 meses preso, hasta que se comprobó mi inocencia.

LUCHSINGER MACKAY

El 4 de enero del 2013 nosotros nos dedicamos a cosechar frambuesas, betarragas, repollos y frutillas. La gente seguía enfiestada, entonces no fuimos a vender. Además, estaba con arresto domiciliario parcial por el caso Tur Bus, y nunca falté a una visita de Carabineros, que eran entre las siete de la tarde y las siete de la mañana.

En la tarde del día del atentado, mientras esperaba la micro para ir a la ciudad, vi mi celular y tenía dos llamadas perdidas de mi señora. La llamé de vuelta para preguntar qué pasó y me dijo: “parece que murió los Luchsinger Mackay en un atentado”. Me preocupé altiro, porque desde el 2001, cada atentado en la zona significaba un allanamiento en mi casa.

La verdad es que yo había escuchado el nombre de los viejos, pero no los conocía. No sabía bien quiénes eran, qué hacían y ni dónde vivían exactamente. Sólo sabía que tenían un campo grande pa’ allá arriba.
Entonces me quedé esperando a Carabineros en mi casa, pero no llegaron hasta el siete de enero a pedirme la firma, nada que ver con el atentado. Me despreocupé, hasta que el 30 de marzo me tomaron preso bajo la Ley Antiterrorista, como sospechoso de la muerte de los Luchsinger Mackay.

Esa noche me vinieron a buscar los policías, me sacaron de la cama e hicieron tiras toda la fruta que tenía cosechada: manzanas, duraznos, membrillos. Ese día hubo tremendo operativo para tomar presos a los demás imputados.
Incluso dijeron por radio que una persona estaba oponiendo resistencia. Era José Peralino, el supuesto testigo clave, que junto a uno de sus hermanos se negó a ser detenido.

Al día siguiente, cerca de las siete de la mañana, la policía nos formó a todos los presos. Ahí vi que había varios dirigentes detenidos, como los Catrilaf, una familia que es productora de hortalizas, o la machi Francisca Linconao, a quien conozco bien. Después miré para atrás y vi que había un joven que no conocía, y le digo: “oiga, ¿quién es usted?”. “Peralino” me dijo. “¿Qué Peralino?, pregunté yo. “José Peralino, vivo en tal parte…”.

Después nos separaron en celdas, y yo quedé con él y Luis Catrilaf, que después fue absuelto. Ahí Peralino me dijo que no había dicho nada, que le hicieron firmar un documento dos oficiales de la PDI con el fiscal al frente, amenazándolo con matar a su familia y meterlo en la cárcel. Además, Peralino es una persona que no sabe leer. No puede actuar de una manera libre y espontánea frente a una situación así.
En ese momento le vi las manos y las tenía hinchadas por las esposas, sangrando por culpa de la grilla. Le dije al funcionario de Gendarmería que se las soltara un poco, y recién pudo descansarlas.

Después vimos todo el show que armaron con su declaración: a la machi supuestamente saltando rejas, yo conversando con él el día anterior. Cosas sin sentido que sirvieron como prueba.

A partir de entonces tuve que deshacerme de todo lo que tenía, de mis animales; vacunos, caballos, ovejas. Al estar en prisión, tuve que dejar de trabajar y mi familia no se pudo sustentar por sí misma. Nos tuvimos que olvidar de tener una vida tranquila.

Tenía a mis hijos estudiando y me preocupé de que no lo dejaran de hacer, de que sacaran sus carreras pese a todo. Mi señora se enfermó de la columna y me deshice hasta de mis zapatos para andar para poder costear otras cosas.

Esto me afectó profundamente en la parte familiar. Emocional no tanto, la verdad, porque no creo que me vayan a culpar, si no hay huellas, no hay evidencias claras de nada. ¿De qué me van a condenar? ¿Con qué pruebas? Ni siquiera hay registro de la declaración de Peralino.

Ahora que la Corte Suprema declaró admisible el recurso de nulidad de nuestras sentencias estoy un poco más tranquilo, porque no creo que todos los jueces se presten para ser manipulados. Porque aquí basta con mirar, con entender un poco la sentencia, para darse cuenta que se hizo una cuestión completamente fuera de lugar. Si los jueces actúan con criterio jurídico, debe anularse el juicio.

Mientras espero el resultado final del juicio, me dedico a recuperar todo lo que he perdido en estos años de injusticia. Mi campo está irreconocible y no crece nada que no sea maleza. Pero tengo confianza en que recuperaré mi vida normal de aquí a tres meses como máximo, y podré volver a dedicarme a lo que me gusta: la tierra, la gente.

Este testimonio fue recogido durante el mes de septiembre del año 2018, un mes antes de la lectura del fallo de la Corte Suprema que condenó a José Tralcal Coche y Luis Tralcal Quidel a 18 años de presidio, y a José Peralino Huinca a 5 años de libertad vigilada.