A la vez ruso, judío y británico, filósofo e historiador de las ideas, y liberal criticado tanto por la izquierda como por la derecha, Isaiah Berlin dio al catedrático y político canadiense Michael Ignatieff material suficiente para publicar en 1998 “Isaiah Berlin. Su vida”, una biografía que su autor revisó y complementó años después para ofrecernos una nueva versión  en 2018. Con esa obstinación editorial, Ignatieff desoyó la frecuente y pícara afirmación de Berlin acerca de su falta de importancia e interés para los demás. El filósofo e historiador de las ideas solía terminar sus largas conferencias con la sensación de haber sido superficial y de no estar a la altura de los grandes pensadores. Berlin murió en 1997, a la edad de 87 años, y la biografía  que menciono, en su segunda versión, acaba de llegar a librerías chilenas.

  Leer el libro de Ignatieff es casi como leer una novela, una novela con un gran protagonista, ninguno de los cuales, sin embargo,  pretenden ser tales, -ni el protagonista ni la novela-, y, de paso, tener la seguridad de estar asomándose desde un lugar privilegiado a la cultura del siglo XX, pero, y sobre todo, leer esta obra es seguir los pasos y el ritmo de las ideas de un gran pensador liberal que llevó en general una vida bastante confortable y que en los acontecimientos políticos que le tocó vivir siempre se las ingenió para salir de entre las patas de los caballos cuando estos se ponían en movimiento e iniciaban algunos de los frenéticos galopes del pasado siglo, fascismo, nazismo, comunismo y guerra mundial incluidos. Si uno observa doctrinas y acontecimientos como esos, Berlin fue un liberal acorralado.

   Ignatieff  trabajo durante 10 años al  lado de Berlin y cerca de otros personajes de su tiempo y acabó dándonos un registro preciso, claro, ameno y entrañable acerca de un personaje al que alguna vez le preguntaron si desearía vivir siempre. “¿Por qué no?”, respondió él, al contrario del horror que declara la mayoría de las personas cuando se les plantea esa posibilidad. Y si Berlin dijo eso no fue por temor a la muerte, puesto que tenía claro que “la muerte no es un hecho de la vida”, sino lo contrario de esta, y porque le hacía sentido el conocido argumento de Epicuro: “¿Por qué temer a la muerte? Donde tú estás, no está la muerte, y donde está la muerte no estás tú”. Lo que importa no es la muerte, sino el acto de morir: este último sí forma parte de la vida, aunque la muerte no es un estado del que vaya a tenerse conciencia.

  Así carezca de sentido, vivir es bueno, y la falta de sentido tendría que ser vista como un consuelo y no como una desgracia. “Hacemos lo que está en nuestra mano –decía Berlin- y eso es todo lo que hay”. Los que buscan un plan, un libreto, algún tipo de designio –insistía- están completamente equivocados y, supuesto que la hubiera conocido, él habría estado de acuerdo con la invitación de Claudio Magris a tomarnos un vaso de vino mientras disfrutamos de ese brevísimo haz de luz entre dos inconmensurables oscuridades: la que precedió a nuestro nacimiento y la que seguirá luego de morir, y donde “vino” no es ese delicioso licor que fabricamos de las uvas, o no solo, sino el o los sentidos que cada individuo, incapaz de descubrirlos como una realidad previa, inventa para sí mismo.

  Uno de los puntos más visibles que hizo Berlin fue el que concierne a la pluralidad de valores y fines de orden moral, a la posibilidad de que ellos entren en conflicto, y a la consiguiente necesidad de elegir. Algunos de los valores y fines que consideramos como grandes bienes entran a menudo en conflicto –por ejemplo, orden con libertad, libertad con igualdad, justicia con clemencia, prudencia con determinación-, y, por tanto, estamos condenados a elegir y a producir en tal sentido alguna especie de pérdida irreparable. Se trata entonces de ponderar valores que pueden ser tan deseables como opuestos y, sin excluir alguno en nombre de otro, preguntarse cuánto de esto por cuánto de aquello. Eso –ponderar valores- es lo que deben hacer los gobiernos, como es especialmente claro en el caso de la pareja orden/libertad, sin aceptar la determinación más bien trágica de sacrificar uno de esos dos valores para conseguir el otro.

  En el plano ahora individual, la multiplicidad de ideas morales, muchas veces no del todo compatibles entre sí, fuerza a la virtud de la tolerancia –una virtud liberal por excelencia-, atendido que el liberalismo no es solo una doctrina política y económica, sino también ética. Las personas forman sus convicciones morales, o simplemente aceptan  las que heredan de sus progenitores. Esas convicciones no están escritas en el firmamento al modo de verdades únicas y universales. Vivir es hacer una vida y no seguir un guion que alguien hubiera escrito para esta. Todavía más: el pluralismo moral no es algo que se dé solo entre individuos; se da también, con frecuencia, al interior de un mismo sujeto. Cada cual no es uno, sino más de uno. Cada individuo, como decía Antonio Tabucchi, es un baúl lleno de gente.

  Berlin fue un tipo enérgico a la vez que desapasionado, humilde y a la par consciente de sí mismo, vital y también  melancólico, puntudo y compasivo, racional y con fijaciones románticas, irónico y a la vez comprometido, algo arribista quizás, y, por utilizar su propia imagen, un erizo con vocación de zorro, un tipo de energías centrípetas antes que centrífugas, aunque sin perder nunca la oportunidad  de explayarse.

 Como él mismo nos recuerda, entre los fragmentos encontrados del poeta griego Arquíloco hay una línea que dice: “El zorro sabe de muchas cosas, pero el erizo sabe una sola gran cosa”. Como carácter de los grandes escritores y pensadores, el erizo funciona con  un solo principio organizador en función del cual cobra significado todo lo que aquellos son, hacen y dicen, mientras que el zorro persigue muchos fines a la vez, a menudo no relacionados y tampoco conectados unos con otros. Platón, por ejemplo, fue un erizo, y Aristóteles un zorro. Nietzsche fue también erizo, al paso que Montaigne fue  zorro.

 En cuanto al propio Berlin –ya está dicho- fue más bien un híbrido, y eso lo hace posiblemente más atractivo. Uno de sus contemporáneos decía que si alguien se encontraba enfermo, frustrado o abatido, la mejor visita que podía recibir en ese momento era la de Sir Isaiah Berlin. Con él llegaban la vitalidad, la energía, la conversación  lúcida y divertida, y también un espíritu tan sensible como el que Berlin mostró en el memorable relato de su visita en Moscú, en 1945, a la poetisa disidente Anna Ajmátova, de quien se enamoró, perdidamente, en una sola noche de larga conversación.