La pareja de chemamülles estuvo más de un mes en la oficina. Nos los había prestado la Fundación Artesanías de Chile para adornar una feria que hicimos en el Día de la Solidaridad y algunas personas se empezaron a poner nerviosas con la presencia de estas figuras de madera ancestrales, tutelares y poderosas.

Habían sido talladas por Antonio Paillafill, maestro artesano, experto en tallado ceremonial mapuche, pese a haberse criado en San Bernardo, donde todo, salvo el interior de su casa, era huinca. Quiso la fortuna que el inefable Jorge Díaz, jesuita que es el Superior de la Residencia San Ignacio, pasará por aquí y ahuyentara los prejuicios, relevando el valor religioso de estas piezas de uso funerario, diciendo algo así como que los chemamülles no son para dejarlos así en cualquier parte y de cualquier manera, que hacerlo era como dejar hostias bendecidas tiradas por ahí, fuera del sagrario.

Notables su amplitud de mente y de corazón, su sincera inquietud y su respeto por la religión del pueblo mapuche, sentimiento ampliamente desarrollado en el libro “Mitos chilenos sobre el pueblo mapuche”, lanzado de manera provocativa y simbólica el 12 de octubre pasado, y escrito por los sacerdotes Carlos Bresciani, Juan Fuenzalida, David Soto y el académico de la Universidad Alberto Hurtado, Nicolás Rojas.  Son 13 los mitos que buscan derribar con un libro que se plantea como un desaprendizaje/aprendizaje, que es el proceso que al menos tres de ellos han vivido como integrantes de la Comunidad Jesuita de Tirúa, donde no han ido a evangelizar, “sino a establecer relaciones de amistad y de colaboración con este territorio”, como precisan en la introducción.

ROGATIVA PENDIENTE Y CONCIERTO GRATUITO

Fue el año 2000 que se instaló en Tirúa, frente al mar en la provincia de Arauco, la pequeña comunidad de jesuitas, liderada por Carlos Bresciani. Invitados por “el lonko Teodoro Huenuman, llegamos a vivir a la comunidad Anillen, en Lavken Mapu -zona costera del Wallmapu o territorio mapuche-, en la comuna de Tirúa”, escriben. Y luego afirman que el principal aprendizaje que han tenido es “ampliar los sentidos y las posibilidades de experimentar la realidad y el Küme Mongen (el Buen Vivir o, mejor dicho, el Buen Con-Vivir Mapuche)”.

Desde el prejuicio, cuesta asimilar la idea del buen con-vivir en una zona que para el chileno que ve la televisión parece estar quemándose por los cuatro costados, cruzada por la violencia y los atentados, por eso la comprensión del Küme Mongen es clave para -como buscan los jesuitas autores del libro- entender qué es lo que realmente pasa en la Araucanía y el Biobío.

Hay dentro de los 13 mitos algunos espirituales en un sentido puro y otros donde cultura, espíritu, historia y economía, se entrecruzan y resultan más críticos y provocadores que otros. El Mito 4, por ejemplo, dice: “Las forestales que están allá son la tercera industria productiva del país ¿y todavía les molesta?”. Y el desarrollo del tema pasa por la manera en que la apropiación del territorio mapuche por las forestales se efectuó con el forzoso despojo de la tierra recuperada por las comunidades durante la Reforma Agraria, proceso liderado por el entonces yerno de Pinochet, Julio Ponce Lerou, cuando comandaba CONAF. Los autores hablan de la contrarreforma agraria del gobierno militar. Luego explican el daño ecológico que generan las plantaciones de pinos y eucaliptus sobre la tierra. “Las comunidades saben, por ejemplo, que son 20 litros diarios de agua los que consume un eucaliptus de tres años y 200 al alcanzar los 20 años, y que frente a ellos el canelo o lawen, las hierbas medicinales, tienen pocas oportunidades de crecer. Y un tercer elemento es el empobrecimiento de las personas. Concluye: “… no se trata de una lucha entre pueblos, sino entre un pueblo y un modelo de desarrollo devastador, concretamente, de una industria forestal que de manera implacable amenaza la supervivencia de las comunidades mapuche como sujeto colectivo”.

El Mito 1 se llama: “¿Religión mapuche? Religiosidad, querrá decir”. Es especialmente interesante porque son los propios curas quienes se preguntan ¿por qué a nosotros la sociedad chilena nos trata distinto que a los machis mapuche? “¿Acaso nuestra religión, nuestra fe y nuestra estructura organizativa son superiores? Creemos que no y que este favoritismo que nos beneficia no es justo”.

Los chemamülles dejados en la oficina del Hogar de Cristo, que asustaban a algunas personas educadas y sensibles, dan cuenta de este sentimiento de superioridad e incomprensión que hemos aprendido y debemos des-aprender, como propone este libro.

Alegra que, por la gestión del jesuita Jorge Díaz y la generosidad de Claudia Hurtado, directora de Fundación Artesanía de Chile, la pareja de chemamülles tallada por el artesano Antonio Paillafill, haya emprendido hace un tiempo la marcha rumbo a Tirúa en una camioneta conducida por David Soto, uno de los autores del libro, para señalar dónde descansa el lonko Teodoro Huenuman, quien donó el terreno a los jesuitas de Tirúa y hoy ya no está en este mundo. Hasta ahora la familia del lonko ha puesto unos canelos junto a los chemamülles, a la espera de una fecha para disponerlos en su lugar definitivo, lo que será acompañado de una rogativa.  

En paralelo, en Santiago, mañana 7 de noviembre, con ocasión del Día del Artesano, en la Parroquia San Vicente Ferrer de Los Dominicos, el jesuita que canta, Cristóbal Fones, dará un concierto gratuito a las 20 horas. Interpretará Küme Mongen, música para una ecología integral, en tributo a los artesanos de Chile. Porque como sostiene el maestro Paillafill: “Todo trabajo que hace un artesano, al hacerlo con las manos significa el traspaso de energía, de un saber, de un patrimonio, a la persona que adquiere o recibe esa pieza. Los artesanos son un ejemplo de solidaridad porque rescatan algo de la naturaleza para darle vida. Son creadores a partir de la tierra”. 

Un ejemplo del Küme Mongen, que debemos aprender para un buen con-vivir.