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Hace siete años Juego de Tronos nos regaló esta metáfora perturbadora. Winter is coming es el título del primer capítulo de la serie y el augurio de una lucha fratricida entre las distintas casas mientras ninguna se hace cargo de la verdadera amenaza: los caminantes blancos, que se creían extintos, avanzan desde el pasado destruyendo todo a su paso. Pocos lo quieren creer, pocos los creen posible. El fragor de las batallas pequeñas y las legítimas pretensiones de poder les impide ver la urgencia de colaborar. Winter is coming para toda la izquierda, aquí y en la quebrada del ají.

El muro, como en la serie, tiene mucho que ver. Al caer, la izquierda global se reconvirtió y lideró el proceso de modernización capitalista que la tiene aquí: pasmada ante un mundo que construyó y no termina de entender. Impotente ante la inminencia de tener que hacer lo que siempre soñó: pensar una nueva era y sus modelos de desarrollo, comprender el futuro que llegó y sus caminos a la justicia y la libertad.

Global y localmente, la definición de izquierda ya no existe, no tiene límites ni horizontes definidos. Habita un tránsito entre lo que muere y lo que nace, pero ni lo uno ni lo otro ha terminado de ocurrir. Más que nunca, hay que hablar de las izquierdas y ni siquiera eso sirve para saber de qué hablamos.

Chile, como en otros tiempos, es un buen indicador global del presente y futuro del sector. Hoy, más allá de la casuística, hay dos grandes bloques de izquierda, ambos cubren desde la centroizquierda hasta la izquierda. Los separan juicios y prejuicios mutuos, tácticas, prácticas, estrategias y, sobre todo, 20 años. De 55 para arriba y de 35 para abajo. Muchos dirán que las diferencias son más profundas, pero más allá de juicios sobre el otro, de las diferencias tácticas y prácticas sobre cómo se ejerce la política, en las convicciones y las dudas, para un observador lejano, para el ciudadano común, no difieren demasiado.

Las virtudes de lado y lado son notorias. Unos lograron lo que inicialmente se propusieron: recuperar y consolidar la democracia, reducir drásticamente la pobreza, asegurar derechos sociales mínimos, generar mayores grados de equidad y libertad. Los otros, en poco tiempo, lograron romper el statu quo complaciente, corriendo la barrera de lo posible y revalorizando la política. Unos frutos ya florecieron, los otros son brotes que vienen sanos y firmes. Hay quienes dirán que los primeros se acomodaron, se malearon y renunciaron a las convicciones, otros dirán que los segundos son ilusos, infantiles y soberbios. Pero, ni los unos ni los otros, están sabiendo interpretar los anhelos de quienes buscan representar. Ahí están los resultados electorales. Y nos podemos quedar en esa disputa, avanzando a sablazos, zancadillas, siempre preocupados de marcar puntos, mientras al frente, la derecha moderna y moderada usa hábilmente el centro político y a su extremo derecho, ya a viva voz, avanzan los caminantes blancos cosechando de la soledad, el miedo y el abandono que sienten las mayorías.

Pertenezco a la generación intermedia, esa que no alcanzó a romper las barreras de entrada de unos y que llegó demasiado pragmática a los albores de otros. Esa que ya tiene hijos y que en ellos encarnamos el mundo que soñamos, que está aquí, presente, inmediato. Y desde ahí, el invierno es inaceptable. El presente exige dejar de competir y comenzar a colaborar, aprovechar la experiencia y la visión, aprender las lecciones del pasado sin renunciar al futuro deseado.

Desde la admiración a unos y otros, desde el agradecimiento por lo que han hecho y soñado, les pedimos humildemente generosidad para abandonar las trincheras, dejar de hablar y pensar en código electoral y sentarse a construir un acuerdo de mínimos comunes que nos permitan detener el invierno. Así se han escrito los pasos adelante en la historia de Chile. Tarde o temprano habrá que recorrer ese camino, es un esfuerzo inevitable que implicara siempre alguna renuncia. La única receta de éxito es la voluntad para iniciarlo y sostenerlo. Queremos que sea más temprano que tarde para que esta vez no sea a costa de la vida, la dignidad o los sueños de nuestros hijos. Estoy seguro de que somos muchos en la “generación perdida” que estamos disponibles para servir de puente, quizás con ello habremos pagado nuestra deuda.

* Álvaro García Mintz, es sociólogo