El fenómeno de la reciente elección de Jair Bolsonaro en Brasil, sumado al avance de otros proyectos similares en otras parte del Mundo, nos obliga a convocar un análisis conjunto a las fuerzas democráticas y progresistas, respecto a cómo enfrentar estas emergencias de una derecha con fuerte capacidad de avance. Y es en este marco que, en estos días de confusión y alarma, algunos actores se han apresurado a exigir responsabilidad y unidad “de la izquierda” ante la creciente amenaza de las derechas autoritarias y populistas apelando, entre otros argumentos, a la constatación de que la sumatoria simple entre las fuerzas de centroizquierda es superior, electoralmente hablando, a la de las derechas. Pero vamos con calma.

Algunos datos de contexto. Año 2017 y las elecciones presidenciales en Chile: En primera vuelta, Piñera más Kast suman 2,9 millones de votos, mientras que Guillier, Bea Sánchez , MEO y Goic suman más de 3,5. En segunda vuelta, Guillier alcanzó 3,1 millones de votos, mientras que Piñera llegó finalmente a 3,8 millones. Revisando los datos, hay dos cosas que se pueden desprender.

Primero, que hubo un intercambio de votantes en segunda vuelta y segundo, que no hubo total traspaso de votos del Frente Amplio a la Nueva Mayoría.

En el 82% de las mesas de Chile, tal y como indican los datos, hubo más votantes en segunda vuelta que en primera. Las mesas que más crecieron fueron aquellas en donde mejor le fue a Piñera (o donde más mejoró respecto a la primera vuelta). Por otro lado, y si solo consideramos la pequeña cantidad de mesas en donde hay menos votos en segunda que en primera vuelta (18% de las mesas) Beatríz Sánchez tiene un exitoso 31% de los votos, en donde supera incluso a Piñera. En definitiva, existe una correlación claramente observable: mientras mejor le haya ido en una mesa a BS en primera vuelta, menos votos nuevos emergen en segunda vuelta. De este modo, si tomamos, por ejemplo el 25% de las mesas en donde mejor le fue a Bea Sánchez, hubo en ellas solo 15 mil votantes adicionales, mientras que en el 25% de las mesas donde obtuvo un más bajo rendimiento, hubo 187 mil votantes más.

Es decir, en las elecciones presidenciales de 2017 hay un indicador medible que marca tendencia: buena parte (quizás no mayoritaria pero estadísticamente significativa) del voto FA simplemente no acudió a las urnas en segunda vuelta. Este dato, poco analizado hasta ahora, constituye a nuestro juicio un elemento de suma importancia a considerar de cara al futuro próximo.

El 2017, en segunda vuelta y como ya dijimos, Piñera es quien atrajo a nuevos votantes, en este caso desde una mirada más directamente “conservadora” que durante la primera vuelta. Y es que, como resulta ampliamente sabido, en aquella coyuntura de la segunda vuelta se instaló en el imaginario y a nivel mediático la posibilidad real de que el FA se transformara en una especie de “co-gobierno” de la NM, dada su exitosa performance electoral de la primera vuelta. El “miedo” que genera la primera votación de Bea Sánchez en los entornos de “derecha” (o más bien anti NM) bien pudo haber hecho que el “todos contra Piñera” terminara beneficiándolo a él mismo, pues colocó a Guillier como promotor de una agenda de cambios potencialmente desestabilizadores y confusos (“Chilezuela”), sobre todo si se ponían en marcha por parte de una coalición desgastada, clientelar y corrupta. El “todos contra la derecha” sostuvo en Piñera, su liderazgo en la continuidad de otro imaginario: el proyecto exitoso del Chile moderno contra otra propuesta poco convocante, sin mística y con bajísima capacidad de hacer sentido.

Visto de otra manera: hay una fracción de votantes FA que nunca votará NM, aunque esté Piñera (¿o Kast?) al frente, en una situación analogable al voto (o no-voto) de castigo contra el PT en Brasil. En esta fracción se alberga la expresión de un nuevo actor desmembrado de la herencia de la Transición. Es una proporción (aún minoritaria) de gente que castiga duramente a la NM pero no se inclina por outsiders autoritarios sino que exige más democracia, derechos sociales y mejor repartición de la riqueza. Mientras la NM esté sumida en una fragmentación interna, vacío ideológico y desgaste, el único actor actualmente constituido que convoca a parte de esa disidencia anti “vieja política” es el Frente Amplio, quien para efectivamente convocar, debe ampliarse, empoderar su espíritu épico, renovador y dotarse de proyección de futuro.

En este escenario el cada vez más resonante argumento de unirse para hacerle frente a la derecha dura, la ultraderecha o el fascismo, según se prefiera, constituye a nuestro juicio un riesgo, toda vez que caer en esta trampa podría implicar que el FA se vea asimilado a viejos actores que mermen su capacidad de convocar a nuevas franjas sociales, de representar lo nuevo y de expresar de modo genuino su vocación transformadora. El “todos contra la derecha” asume, por su parte, que hay más gente de la que realmente existe que se siente convocada a ser una “izquierda responsable”, lo que en contextos de alta abstención electoral y de movilización social no resulta tan cierto. Si no hay una identidad política novedosa, que haga política masiva para con las y los desencantados, habrá una carretera pavimentada para los Bolsonaros. Y es que, como diría Slavoj Zizek, “el problema no era Trump sino Hillary Clinton”.

No basta, por supuesto, con insistir en ser actores políticos “nuevos” ni elaborar altanerías morales para desdeñar lo obrado durante la compleja Transición chilena. Pero la unidad exitosa contra el autoritarismo no será de la mayor cantidad de partidos políticos en una sola coalición sino de la sociedad organizada exigiendo un nuevo contrato social que sea capaz de constituir una distinción más clara entre los responsables de la crisis y quienes la padecen. En política, muchas veces sumar uno más uno no da necesariamente dos.

En medio de la sensación de vacío ante la crisis post Transición, lo que está en juego en Chile es la convocatoria a una nueva alternativa que se entronque en alianzas transversales que construyan movilización social y política que pueda darle certezas materiales a los menos privilegiados. Esto lo movilizan los sectores conservadores y autoritarios cuando encaran la crisis de la exclusión construyendo retóricamente el conflicto entre sectores medios y más vulnerables en donde prometen: “El pan no alcanza para todos, les prometo una cancha en donde puedan pelear con justicia por quién se lo lleva”. Un relato que esconde, por cierto, quiénes son los verdaderos responsables de la desigualdad.

El discurso autoritario que nos devuelve a la Ley de la Selva en pleno siglo XXI precisa ser contenido.

Y ya se han cavado a lo largo de Chile muchas trincheras de organización social, pero son aún insuficientes. Ahí, se articulan franjas sociales que se han movilizado por educación pública, por pensiones dignas, por vivienda, por reivindicaciones medioambientales y por una ética y práctica feminista que son hoy el corazón que late fuerte a la interna de un heterogéneo Frente Amplio que debe seguir manteniéndose unido, inspirado y convocante de quienes aún no se movilizan o ni siquiera votan, para llevar la disputa social a la política de redistribución de la riqueza y la profundización de la democracia.

Hoy, es más necesario que nunca dar un paso al frente en la Historia. Respondernos la pregunta si queremos disputar al mismo segmento tradicional que hoy ya participa en política o más bien queremos ampliarnos y convocar a quienes han decidido alejarse de las organizaciones sociales y del activismo político. En nuestra opinión, sólo si tomamos el segundo camino, el Frente Amplio podrá ser alternativa que supere la creciente derechización autoritaria.