Las primeras heladas en Madrid nos regalan algo parecido a nuestra cordillera: la sierra madrileña nevada, forma un paisaje otoñal matizado con árboles de cafés y rojos. Hasta ahí todo bien, sino fuera porque al turista bucólico que viaja hasta El Escorial –situado a 56 km al noreste de Madrid- “le molesta” en esta idílica postal, una cruz de 150 metros de altura, que recuerda que ahí yace un dictador, que firmó sentencias de muerte hasta sus últimos días. Es la tumba de Francisco Franco, pero también el lugar donde están enterrados más de 33 mil muertos sin nombre de los dos bandos de la Guerra Civil. Extraño cóctel que se transforma en surrealismo puro si se tiene en cuenta que hay que pagar 9 euros por la entrada. Pero el morbo puede más que el dinero: desde junio de este año las visitas al tétrico mausoleo han aumentado en 108%, desde que el presidente socialista Pedro Sánchez anunció después de 43 años, la retirada de los restos de Francisco Franco del Valle de los Caídos. Quedamos con Pablo Sánchez León a la entrada, para subir más de 9 kilómetros a los pies de la cruz, que es donde está realmente el mausoleo.

 

Pablo Sánchez León, investigador en memoria histórica.

 

43 años con Franco aquí, en este tétrico lugar terminado de construir en 1959. Se han demorado en pensar qué hacer con él ¿no?¿Cómo ha vivido España con este dictador muerto?

-Lo ha vivido como si hubiera desaparecido del mapa, porque no es posible tener un buen recuerdo del dictador, es un bloqueo que va a durar muchas generaciones. Durante todo este tiempo, la figura de Franco ni siquiera ha sido reivindicada por la extrema derecha: hay fascistas españoles al estilo neonazi, que les parece que Franco fue un militar de poca monta, un tipo que no estuvo a la altura de lo que el fascismo y el nazismo estuvo y que es una rémora. Por otro lado, hay sectores que tratan de reivindicar la etapa desarrollista de Franco, el Franquismo de la última década y media, que se inscribe en una ola mundial de procesos de desarrollo como los que se dan en otros países también en dictaduras. Pero en España hay una diferencia clave que es que la legitimidad del régimen de Franco está desde los orígenes fundada en una noción de victoria que implica la destrucción de una república democrática y la matanza de decenas de miles de personas. A partir de ahí creo que los españoles han vivido la democracia como si Franco no estuviera y lo que ha terminado sucediendo es que la Constitución española creada en 1978, tiene su origen en el franquismo. A eso hay que añadir que en España desde hace 20 años hay un movimiento por la memoria  y eso ha modificado la percepción de los españoles en torno al trauma, al sufrimiento el coste colectivo enorme de haber tenido la dictadura más larga de la historia de Europa occidental.

¿Duró mucho entonces la dictadura? ¿Influyeron los 40 años de duración en esto?

-Es que es una dictadura intergeneracional, es decir, cuando Franco muere, las cárceles están llenas de luchadores antifranquistas que ni siquiera han vivido la guerra, no tienen esa memoria, de manera que la represión brutal que se ejerció en la guerra y en la primera postguerra no ha tenido la posibilidad de ser reivindicada. Hay un hiato entre una generación de luchadores y la otra. Esta es la gran tristeza y la gran diferencia con las dictaduras latinoamericanas, que son mucho más breves que la española de manera tal que la memoria se puede transmitir. Y eso es una victoria del régimen porque llamarle dictadura  es usar un eufemismo, es muy profundo el grado de desestructuración y destrucción de culturas ciudadanas que hizo Franco. Destruyó el tejido de una cultura popular, solidaria, horizontal, destruyó toda la tradición de sindicatos, partidos políticos y lo hizo pueblo por pueblo, lugar por lugar. Tiene tiempo para generar las instituciones que descomponen esta tradición democrática, no es una simple represión ideológica y política la que pone en marcha, sino una sociológica y más cultural.

La tumba de Franco es visitada cada fin de semana por 4.000 personas.

Transición con amnesia

La transición española siempre se ha presentado como modélica, de hecho fue copiada por las democracias latinoamericanas en los 90, ¿También costó pactos de silencio?

-El problema en España es que llamamos al Régimen del 78 un régimen basado en un pacto de silencio, pero un pacto implica un diálogo para acordar el silencio y en realidad el silencio está acordado de antemano, porque es el propio régimen el que pone en marcha el dispositivo de la transición. Adolfo Suárez, el presidente de la Transición, es un miembro de la vieja guardia falangista joven que es capaz de entender que existe la posibilidad de tomar iniciativa y esa iniciativa que toma el gobierno en el año 76 de fomentar la transición y de obligar a la oposición a tomar partido y admitir un escenario de diálogo, ya incorpora el silencio. Hay necesidad de amnesia y olvido. Hay una cultura de dejar de lado el pasado que es una forma de mostrar que el relato de la dictadura desarrollista de la segunda etapa del franquismo, está metido en la mente de todos los líderes políticos. Todo esto influye para que se produzca hasta el día de hoy un clima de impunibilidad, no impunidad. No es que existan unas normas jurídicas, un acuerdo político expreso donde los líderes olviden el pasado, lo que existe es un acuerdo donde la gran masa de ciudadanos españoles educados en la dictadura y socializados en sus valores, aunque se están volviendo demócratas, comparten que no hay que remover absolutamente nada de lo que sucedió en la guerra. Y solamente la memoria de los vencidos, de los exiliados, de los hijos de republicanos, ha asumido un papel subsidiario, subalterno.

 

¿La izquierda no hizo nada entonces?

No hubo en los setenta un discurso fuerte de la izquierda, del antifranquismo en general que argumentara seriamente que lo que sucedió en 1936 fue un Golpe de Estado  como resultado de una violencia extrema desatada por los golpistas. Fue una verdadera masacre de ciudadanos que hasta ese momento se habían podido defender, gracias a un aparato político estatal como era el republicano. En la transición se pierde la posibilidad de hacer un censo de esos muertos: con la memoria más viva hubiera sido mucho más fácil censar todo el conjunto de muertos que estaba en las fosas. Sin embargo se ha tenido que esperar hasta el año 2008, para hacerlo a través de una ley insuficiente, como fue la ley de la memoria histórica. Y digo insuficiente porque no plantea la exhumación de fosas comunes de las más de 140 mil personas enterradas en fosas comunes en España hasta nuestros días.

La construcción del Valle de los caídos

¿Cómo se construye el Valle?

No es simplemente un monumento de exaltación a una victoria que significa a su vez la destrucción de una democracia y la represión. Tiene una componente tétrica y terrorífica que es que está construida por esclavos, prisioneros de guerra del bando derrotado, cumpliendo sus penas con trabajos forzados, igual que los nazis durante la segunda guerra mundial. Se puede decir que es un prolegómeno de los campos de trabajo, poniendo a trabajar a poblaciones enteras de derrotados eligiendo a minorías étnicas y enemigos ideológicos. Franco demuestra con esto que la guerra es una conquista y muestra a un conjunto de presos y los pone a trabajar en obras públicas haciendo carreteras, pantanos y el Valle de los Caídos. En la construcción del Valle de los caídos que dura 20 años, hay muertes, sufrimiento, dolor y por lo tanto no es cualquier monumento hecho por el Estado.

¿No es lo mismo que los monumentos post Segunda Guerra mundial?

-No porque está albergando miles de restos de muertos de la guerra de ambos bandos, extraídos de fosas comunes en España, extraídos sin el permiso de sus familiares. Es muy raro porque en Europa al finalizar la guerra, se hacen monumentos como el soldado desconocido, pero aquí se hace una mezcla de vencedores –caídos por Dios y por España-  y vencidos, que es de lo que más hay. Una cosa muy tétrica. Desde la muerte de Franco el 20 de noviembre de 1975, el Valle sigue allí, pagado por el Estado y al amparo de una congregación religiosa de monjes cuyo único trabajo es mantener el lugar y dar misas en la exaltación de la victoria y en nombre de los caídos. 40 años después sigue siendo financiado por el dinero público y el dinero va a parar a la congregación que cuida ese gran monumento de granito.

Y 40 años después recién se piensa seriamente en una salida de Franco del Valle de los caídos…

El proceso se abrió realmente hace 10 años, cuando la Ley de memoria histórica, impulsada por José Luis Rodríguez Zapatero se discutió no tanto la salida del dictador, sino qué hacer con ese lugar de memoria tan cargado y complejo. Una comisión de expertos hace un informe, pero una vez que el Partido Socialista hace la ley, se olvida de esto.  

Grupos de fanáticos enarbolan la bandera española a los pies del mausoleo y recolectan firmas para impedir la retirada de los restos de Franco.

Tiene que venir entonces otro socialista para sacar a Franco…

Es que el contexto 10 años después de muy diferente. Hoy tenemos a una opinión pública muchísimo más sensible y con la figura de Franco totalmente vilipendiada por la gente. Entonces no tiene ningún sentido de que se siga manteniendo esto con dinero público. ¿Qué hacer con todo? Lo primero dice Sánchez, es sacar a Franco con un argumento que cuadra muy bien con la propia filosofía del monumento: es un monumento a caídos y Franco no es un caído, por lo tanto no tiene ningún sentido que esté allí. José Antonio Primo de Rivera al fin y al cabo sí, pero Franco no. Franco va a salir seguro, porque no hay ningún argumento que lo sostenga, José Antonio se puede quedar allí, pero tiene que “diluírse” con los demás restos, sin nombre propio.

¿Y qué puede hacerse con el Valle una vez quitado Franco?

-Ahí empiezan los “problemas”. Las familias de algunos familiares que saben que están allí han interpuesto querellas y eso está haciendo que se apersonen Comunidades Autónomas enteras, que quieren recuperar a todos los muertos que son de sus comunidades. Hay otro problema: el osario de los restos de más de 33.000 personas está en abandono total, los restos se han ido mezclando entre sí y los exámenes de adn saldrían muy caros. Pero parece ser que el Estado va a contratar al gran antropólogo forense, Francisco Etxeberría – que por cierto, exhumó a Salvador Allende- y que se ha encargado de todas las exhumaciones en la época contemporánea en España, para determinar qué se hace con ese osario inmenso. Eso  va a ser polémico, porque los familiares de otras fosas comunes en España pueden preguntarse por qué el Estado no se ha hecho cargo de otras exhumaciones más fáciles de realizar a lo largo de toda la geografía española.

¿Y el monumento?

-Se puede resignificar, se le podrían quitar todos los símbolos, pero sería raro. Por lo que resignificar podría ser demoler el lugar. Otra opción es abandonarlo, que el tiempo haga lo suyo y que se transforme en una ruina. Pero ahí también viene la polémica, porque es un espacio interior, un edificio, entonces existe la posibilidad de hacer un gran museo de la memoria y de la democracia. Interesante pero costoso, porque el contenido de ese espacio de memoria, obligaría a tratar con profundidad la cuestión de fondo que es preguntarse ¿qué se ha hecho durante toda la transición española con el tema de memoria? Y la respuesta es nada, cuestionándose el concepto de reconciliación. Creo que no estamos en condiciones de asumir ese discurso. España no ha resuelto un problema de hace 80 años.

*Pablo Sánchez León es investigador en temas de historia y memoria desde las ciencias sociales. Actualmente es profesor en el Centro de Humanidades CHAM de la Universidad Nova de Lisboa.