Trump, Duterte, Salvini, Bolsonaro y acá en Chile el fenómeno neofascista creciente que es liderado por José Antonio Kast. La ultraderecha crece, se empodera y cada vez se va tomando diversos espacios que hace tiempo uno no lo veía posible. Y eso es en parte gracias a su alianza con sectores históricamente conservadores pero anteriormente ‘despolitizados’, como ha sido el caso de ciertos grupos evangélicos. El nacionalismo (como ideología netamente xenófoba y hasta racista), la LGTBIfobia y otros flagelos culturales, se han hecho espacio aprovechándose de sus alianzas y de la misma desidia y arrogancia de quienes se le oponen.

Responsabilidad política de este auge ultraderechista tiene ese ‘centro liberal’ y esa ‘derecha más moderada’ que en vez de buscar rechazar y erradicar a este fenómeno pro-barbarie y de carácter antidemocrático, han actuado de manera tibia (acomodados en sus privilegios) o simplemente, en caso de Chile Vamos, de forma cómplice, dándole cupos y vitrina política en su coalición (como ocurre ahora con la diputada Flores, la bancada Evangélica, Urrutia en la UDI, etc).

Pero de todas las complicidades, la que más preocupa y la que a uno más le hace difícil entender, es la de la izquierda. Histórica enemiga del nazismo y del fascismo en el siglo XX (fuerte opositora de Hitler, Mussolini, Franco y de Vichy), hoy tanto por sus errores en su gestión del poder y/o en leer el contexto al momento de hacer frente al neofascismo amenazante actual, como también por su arrogancia ante tal y peligroso auge, se ha hecho una culpable importante de lo que sucede por ejemplo hoy en Brasil.

La ultraderecha desatada

Se ha vuelto una constante en las redes sociales y en los medios, ver y escuchar conceptos delirantes como la “ideología de género” o propuestas populistas como la “pena de muerte” que bajo un discurso punitivista ineficaz y dañino solo tiene como fin convertirse en una aspirina para la sociedad (a costo de una incivilización de esta). Pero estos discursos crecen y no de manera silenciosa. No tendrán todos un apoyo “mayoritario” como dicen ellos (al menos no el conservadurismo y el fanatismo religioso), pero sí cada vez se hacen más presentes.

Y es que los fake news, el uso de ‘bots’ (cuentas falsas hechas solo para apoyar e inflar posturas en RRSS) y la viralización de diferentes mitos que ellos han realizado para fortalecer sus posturas, como lo es el caso del falso “milagro económico” de la dictadura Pinochet (que nos legó pobreza marginalizada, desigualdad y un país con sus servicios públicos mayoritariamente privatizados) o también por ejemplo, el caso actual de Duterte en Filipinas, que se expone como un “exitoso caso del uso de la mano dura contra la delincuencia”, cuando dicha acción en poco más de 1 año ha conllevado más víctimas fatales (inocentes y no) que años y hasta décadas de delincuencia y narcotráfico en ese país.

Ni hablar de la reciente apología a regímenes dictatoriales y criminales, siendo tal vez el caso más ilustrativo las poleras con helicópteros o el apoyo público al homenaje a un torturador y asesino como Krassnoff. Y es que su discurso conservador (ligado fuertemente con el más rancio fanatismo religioso, gracias a la alianza con grupos evangélicos), de ‘ley & orden’, de la venganza social como respuesta a las faltas y delitos, y de la mejoría en lo económico -alimentado todo esto de fake news y mitos- ha logrado fortalecerse frente a una izquierda que -en buena parte gracias a ellos- terminó por hacerse de una imagen (ante muchos/as) con todo lo que la ciudadanía rechaza: el amparo de la delincuencia, la corrupción, el desorden, el mal manejo económico (muchas de estas bajo el concepto de “Chilezuela”) y esto sumado a figuras inventadas para demonizar y atacar los derechos de las mujeres y personas LGTBI, como es el caso de ser ‘partidarios de la ideología de género’.

La izquierda atada a sus falencias

Toda esta imagen que se ha adjudicado la izquierda (de manera injusta, mayoritariamente), era tal vez algo impensado antes. Que delirios como la ‘ideología de género’ lleguen y se vuelvan creíbles ante la ciudadanía, uno nunca antes lo hubiera imaginado. La misma pena de muerte fue un proyecto antes presentado por Hasbún (UDI), que fue rechazado entre burlas y una oposición muy mayoritaria, pero hoy tiene apoyo.

Y es que la izquierda no ha sabido hacerse cargo y crítica de sus errores. Partiendo por la política exterior. Han habido gobiernos latinoamericanos de centroizquierda o izquierda que han buscado la justicia social y un ‘socialismo de siglo XXI’, sin realizar cambios mayoritarios y/o estructurales ante flagelos sociales como la delincuencia y -ojo- lo cultural.

Es cierto y condenable lo del intervencionismo estadounidense (y de sus aliados) y lo de la oposición que cae constantemente en lo antidemocrático, pero, ¿ese caudillismo de quedarse uno, dos y más gobiernos en el poder para después ‘legarlo’ a un delfín (como Maduro) para que este repita dicho proceso, no se no es también criticable? O por ejemplo la existencia de policías militares matando en las favelas en Brasil durante los gobiernos de Lula y Dilma (o también, la represiva OLP de Maduro, con decenas de denuncias por violaciones a los DDHH), ¿no se nos hace criticable? El gasto asistencialista y desmesurado de las arcas fiscales en procesos inflacionarios (sin mostrar una alternativa o solución real a la crisis económica), ¿no se nos es algo criticable? Que en Ecuador (con Correa y Movimiento País en el gobierno) se alimentara el hombre de pájaro que es la ‘ideología de género’ para negar derechos e igualdad ante ellos a mujeres y LGTBI, ¿no es eso criticable? La misma corrupción que es tema por ejemplo en Argentina con el FPV y en Brasil con el PT (que sí, es en mucho menor medida que la de sus adversarios políticos), ¿no es criticable?

O yendo a Chile: una ‘coalición progresista’ que era gobierno (Nueva Mayoría) desorganizada y disfuncional (al nivel de atacarse fuertemente entre sí), que reprime en Wallmapu, que apoya agendas cortas populistas penales y que muestra una acción insuficiente ante la crisis en Sename o en otros temas de Derechos Humanos (como el ‘no cierre de Punta Peuco’), ¿no se nos algo criticable, y por lo tanto, como todas las otras, algo de lo que debamos aprender para no repetir tales errores?

Ante ello, por sobretodo la ‘nueva izquierda’, representada hoy en el Frente Amplio tiene ahí una importante responsabilidad. Ya que no puede caer en dichos caudillismos, desorganización, falta de probidad y transparencia ni dar paso a políticas irresponsables. Se debe asimilar esta crítica y autocrítica de la izquierda a nivel latinoamericano. Si como izquierda no somos capaces de criticarnos y de autocriticarnos (sin quebrarnos ni caer en conflictos mediáticos que alimenten ataques hacia nosotros), damos la señal de que pareciera que nos amamos más a nosotros (a la izquierda, su historia y sus símbolos) que al mismo pueblo.

En construcción de una auténtica izquierda de siglo XXI

La nueva izquierda que se necesita para hacer frente al actual contexto y al neofascismo, debe tener la transparencia como principio rector (tanto para su propio actuar político en partidos, coalición y territorio, como también en trabajo y gestión en el congreso, municipios y gobierno). La corrupción es más prevenible y limpiable cuando es resaltada entre la claridad y visibilidad de su entorno, como también lo es cuando existen protocolos y medidas cautelares (y no) extrajudiciales para mostrar el distanciamiento del espacio político ante todo lo que vaya en contra de la probidad y lo ético.

Una izquierda para tiempos nuevos, debe tener una masiva presencia territorial y comunicacional. Debe volver a insertarse con fuerza en los territorios (con trabajo social y político), pero sin caer en el asistencialismo y paternalismo de lógica electoralista. Debe dar herramientas (sociales, cívicas, políticas, estratégicas, etc) y generar puentes sociales que ayuden y empoderen a la gente de dichos espacios y que motiven su propia y autónoma inserción en ‘lo político’ y en ‘la política’.

Y comunicacionalmente debe organizarse, crear brigadas de información ante la desinformación, y orquestar denuncias ante las incitaciones al odio y el ataque directo a personas y a sus derechos. Ir y tomarse la vitrina que dan los medios sin dar respiro a la ultraderecha y a su dañino discurso.

Para enfrentar el populismo penal del neofascismo -además de volver masivamente a las poblaciones y difundir la correcta información ante la desinformación, como se mencionó anteriormente- se necesita un discurso y una propuesta clara. No sirve de nada hablar de ‘populismo’, ‘medidas ineficaces’, ‘horrible represión’, si no ofrecemos alternativas concretas y reales -enfocadas claro está, en la prevención y reinserción social- para hacer frente la inseguridad que hoy vulnera y hace temer a la ciudadanía.

En línea también con lo anterior, no podemos hacernos rostros del desorden y de la violencia. Y hay que tener presente que tanto el crecimiento de José Antonio Kast o del mismo Bolsonaro, tuvo un empujón importante tras la agresión que sufrieron. La justicia no es venganza ni violencia, y debemos hacernos eco de aquello en nuestra praxis. En la última marcha conservadora, se buscó agredir a neofascistas y solo consiguieron invisibilizar su masiva incitación al odio y su violencia contra jóvenes en el Parque San Borja a costa de que ‘la izquierda’ quedara como la ‘victimaria’ en los medios y para el ciudadano común. Debemos construir en barrios y en la calle, pero sin destruir ni hacernos cómplices de cualquier violencia. El ciudadano/a promedio de este país quiere paz y votará en contra de todo aquel que de un señal contraria.

Y ante la LGTBIfobia, principalmente educar y visibilizar. El interés superior del niño/a está por sobre todo fanatismo religioso de los padres y de quienes intentan adoctrinar el odio en el niño, niña o adolescente en sus semejantes solo por tener una diferente identidad de género u orientación sexual. Pero se debe llegar a todos/as, no solo a los estudiantes a través de principalmente de la educación formal, sino que también a sus familias y vecinos, a través de instancias educativas y de visibilización comunicacionales y territoriales.

Y lo mismo con las mujeres y sus derechos. El feminismo además de ser interseccional, debe ser popular. No es suficiente informar en las universidades y en otros espacios ya politizados, sino que hay que ir a los mismo barrios a hablar de lo dañino que es el machismo cultural para todas y todos, el cual impone roles de géneros y niega derechos, de tal manera, que va en contra de nuestra inherente libertad y autonomía como seres humanos.

Sin olvidar también que ante los afanes teocráticos, fortalecer el laicismo, tanto en la autogestión colectiva en los barrios como a través de lo institucional, buscando laicizar el Estado y especialmente la educación. Y no debe plantearse y verse esto como una “ofensiva ateísta”, sino como una defensa de la pluralidad y convivencia de las diferentes creencias y antítesis de estas en una comunidad democrática.

En lo económico, donde la izquierda tiende a ser muy criticada, debemos primero: recuperar el Estado. Este necesita fortalecer y ampliar su cobertura para garantizar y proteger los derechos de todos y todas, pero también necesita transparencia y una seria reforma en cuanto a disminuir y atacar grandes sueldos y privilegios (congresistas, ministros, presidente, directores de organismos autónomos estatales, etc.), como también en línea de todo lo anterior, fortalecer un real concurso público de la mayor cantidad de cargos posibles en contraposición del cuoteo político y del amiguismo laboral. Un Estado hipertrofiado -y con algunas personas no capacitadas- que gasta más en sí mismo que en garantizar derechos (educación, salud, vivienda, niñez y adolescencia, etcétera), no es viable ni útil para la ciudadanía.

Los ricos deben tributar más, ya que en comparación de la OCDE y gracias a la cantidad de beneficios tributarios que en Chile existen, son de los que menos contribuyen al país a nivel proporcional. También hay recursos estratégicos como el litio que deben ser explotados y desarrollados de manera integral, saliendo de la lógica del país exportador de materias primas. Y sin olvidar que hay que diversificar la economía, a través de la innovación y otras herramientas como alternativas a nuestro actual sistema económico rentista y extractivista.

Además debemos de hacernos cargo de nuestras debilidades, como la no saber llegar a potenciales aliados en lo económico (ante nuestra innegable adversidad con la ‘derecha económica’). Pequeños comerciantes y emprendedores, son un nicho amplio al cual la izquierda no ha sabido llegar, no les tiene un discurso y una propuesta clara. No les habla de beneficios ni de ayuda para sacar adelante su negocio, o, motivar a otros a emprender y a volverse comerciantes. Tanto pymes, innovadores de las nuevas tecnologías, almaceneros y los mismos vendedores ambulantes, requieren de políticas que les den estímulos y seguridad económica y una paz integral.

Y ni hablar de iniciativas como las cooperativas, ya que si hay un sector económico en que la izquierda (y centroizquierda) debería ser pionera y la más reconocida en la propuesta y lucha su por crecimiento y fortalecimiento, estas son parte de ese nicho.

La izquierda debe replantearse y reorganizarse (en unidad, lo más importante), para hacer frente a una ultraderecha que se rearmó así misma y que no deja de hacer alianzas con sectores sociales anteriormente no politizados. Y hacer un esfuerzo para radicalizar la democracia y lograr una concepción hegemónica de ella como un fin (con toda su integralidad) y no como un medio.