*Santiago Ortúzar es Investigador del Instituto de Estudios de la Sociedad

La impresionante y postergada final del Superclásico entre River Plate y Boca Juniors levantó, entre el polvo, las piedras y las lacrimógenas, algunos de nuestros viejos fantasmas. Despierta en nosotros, latinoamericanos, la tensión decimonónica entre civilización y barbarie: el estadio clausurado, los jugadores agredidos y el partido suspendido transpiran el miedo al atraso y el subdesarrollo que cruzan nuestra historia.

Ver en la televisión un estadio así resulta demasiado elocuente. El espectáculo nos causa risa y sorpresa, pero también resignación. En ese gesto, está latente la mirada de un otro. “Esto en Europa no pasa”, solemos decir. Y a ese otro no lo dejamos de mirar, aunque no nos mire de vuelta. Las pocas veces que se fija en nosotros, sospechamos que lo hace para confirmar nuestra inferioridad. Para tomar fotos de bosques y pasar vacaciones con indígenas, de quienes aparentamos orgullo, pero que pareciera que en realidad sentimos vergüenza.

El fútbol nos resulta tan fascinante como el hincha. En él confluyen la pasión, el terror y la esperanza: es la psicología de la procesión y la catarsis. Porque lo que el hincha presencia y lo que el fútbol esconde es, en el fondo, un carnaval que se impone como un rito entre nosotros. Una celebración cuya fuerza reside en su desmesura, que hace de todos actores y espectadores a la vez. Es el acto en que las barreras se rompen sólo para volver a confirmarlas. Porque después del juego reaparecen el ciudadano y el delincuente: la relación entre el actor y el espectador deviene pura ruptura. ¿Pero esa distancia no es, aparentemente, el signo que nos une? ¿No es esa condena de la barbarie lo que nos define, aunque nos resignemos a ella? Sólo el fútbol nos libera, aunque sea por noventa minutos, del miedo al atraso, de sentirnos condenados a ser algo que no queremos.

¿Y si en Europa esto también pasara? No, no es posible. Europa es una utopía, la imagen divinizada de un mundo imposible. Los hooligans no son más que la excepción que confirma la regla, y volvemos a la misma conclusión de que ellos son civilizados y nosotros no. Al mismo tiempo, hay algo nuestro que nos seduce y nos encanta. Descubrimos que la civilización es vulnerable. El flaite internacional es el signo de esa viveza que se impone sobre las normas. Muy civilizados serán, pero también giles. Esa ambivalencia reafirma lo que somos, nos permite reencontrarnos, pero también ratifica la distancia: el flaite es el bufón que dice verdades de las que podemos reírnos, pero también es un chivo expiatorio, a quien recurrimos para culparlo por nuestra barbarie. Nadie más apto para eso que la negación exacta de lo que nos gustaría ser.

Aunque sepamos que las normas son vulnerables, eso no nos impide sentir cierta veneración por ellas: son la fe inquebrantable en el lenguaje que construye realidad. Es propio de una comunidad civilizada darse normas, se dice; y las normas resuelven los problemas. La ciudad letrada, con sus curas y sus notarios, es la partera de las leyes.

Allí confluyen todas las lenguas, todos los códigos, todas las reglas en una inmensa torre de Babel. La palabra escrita no tiene la vida de la palabra hablada; los textos nos adornan, pero en la oralidad están nuestras raíces.
Que siga la fiesta, si no la cancelan de nuevo. Una final suspendida primero por la lluvia y después por las piedras. Esto en Europa (no) pasa.