¿Fortalecer el proyecto político del Frente Amplio o converger en una gran oposición que, bajo acuerdos programáticos mínimos, asegure que el neofascismo no gane espacios en nuestro país? Un dilema que ya se comenzó a debatir con fuerza entre las movimientos de izquierda y que Revolución Democrática no puede eludir.

Hasta ahora, columnas más columnas menos, el debate gira entorno a la estrategia añeja que la centro-izquierda tradicional ha impulsado: con una línea divisoria entre aquellos que se unen, -con supuesta responsabilidad histórica- para frenar a la derecha y quienes no. Una línea imaginaria y tramposa porque lo cierto es que el contraste no se desarrolla en esos términos. O al menos no debería. Entendiendo la necesidad de combatir el avance de la derecha como un objetivo, las aguas se suelen dividir entre quienes piensan en alianzas amplias y sin contornos claros, y quienes ponen en valor la construcción de respuestas distintas a los ya conocidos dilemas del neoliberalismo. Para muchas y muchos el “todos contra la derecha” sin un proyecto de fondo, no cuaja. No prende.

Porque aunque el neofascismo ruge y asusta, y el temor de su instalación como alternativa real en la democracia chilena es real, las nuevas izquierdas tenemos la responsabilidad de pensar no sólo en cómo contenerla, sino que en cómo vencerla.

Es una amenaza concreta tras décadas de incapacidad y alienación con la elite y sus privilegios y con una ultraderecha y populismo que se han alimentado de la incapacidad de la política tradicional de dar respuesta a las consecuencias del modelo neoliberal en la vida concreta de las personas. Así es como el miedo, la ansiedad, la competencia y el individualismo excesivo que lleva al aislamiento y la frustración, ante la ausencia de confianza y alternativas de verdadero cambio, el neofascismo se vistió de “lo nuevo”; se puso “de moda” liderado por caudillos que desde fuera vienen a reemplazar lo viejo, inútil y corrupto. Esa es la estrategia que han adoptado Trump en Estados Unidos y Bolsonaro en Brasil, apropiándose de ideas que están muy lejos de ser sus atributos.

Ante este escenario y entendiendo que nuestras diferencias con otras fuerzas de oposición y al interior de Revolución Democrática no están en la necesidad de combatir el neofascismo, la pregunta en realidad termina siendo ¿cuál es la mejor alternativa? ¿Administrar mejor lo viejo o construir algo nuevo? Las fuerzas tradicionales que han combatido a la ultraderecha y han perdido, tanto en Estados Unidos como Brasil, han optado por una estrategia de concentración de siglas para defender la democracia institucional y colgarle a los enemigos adjetivos calificativos como el de xenófobos, misóginos, ultras, fascistas, neonazis, entre otros. Pero, aunque sea verdad, quienes han tomado esa estrategia han fracasado debido al desprestigio generalizado de esas instituciones, en un mundo donde la democracia no le hace sentido a la gente porque no les dan respuesta a sus necesidades profundas. Entonces, la pregunta de cajón es: ¿Por qué habríamos de seguir el mismo camino?.

Habemos otros y otras que creemos que nuestra responsabilidad histórica -por el contrario- es construir, articular y conducir un proyecto transformador que camine hacia una profundización democrática. Tenemos la convicción que aquello no solo ayuda a frenar el avance de la extrema derecha, sino que también pavimenta el camino para vencer al modelo neoliberal y construir una sociedad bajo nuevas reglas. Creemos que las victorias que vayamos acumulando con nuestro pueblo son el camino al triunfo definitivo y que por tanto, la victoria de corto plazo no puede hipotecar nuestro triunfo en el mediano y largo. El pragmatismo no nos puede llevar a la renuncia a todo tipo de transformación.

Y cuidado, no queremos decir que debamos entregarnos al testimonio, al ombliguismo o negarnos a construir alianzas. Queremos decir que los triunfos inmediatos no son triunfos reales si no nos ayudan a dar un paso para cambiar la historia.

Sabemos que la construcción de una alternativa al modelo neoliberal y la derrota de la ultraderecha -y la joven derecha que se viste de liberal- no va a ser un objetivo que consigamos solos. Las fuerzas políticas tradicionales, entre las que se encuentra la ex-Nueva Mayoría, tienen que definir si estarán por la superación del neoliberalismo o la administración de lo que ya existe, y el éxito de nuestra estrategia se medirá en nuestra capacidad de sumar aliados a ese camino, no en la dilución de nuestro proyecto en pos de la unidad meramente instrumental. Tenemos el desafío de dialogar con otras historias, otros proyectos, pero construyendo la fuerza para no subordinarnos a lo existente, y con la paciencia para demostrar la viabilidad, responsabilidad y gobernabilidad de nuestra alternativa socialista democrática.

Hace un año, el Frente Amplio representó la opción electoral de ese proyecto nuevo para más de un millón de chilenas y chilenos, hoy estoy convencida que somos más los que, con osadía, queremos seguir construyendo esta revolucionaria senda de transformaciones.

Catalina Pérez
Diputada Distrito 3
Revolución Democrática