A Federico Falco no le gustan los cuentos al estilo “clásico”. En sus relatos, protagonizados por adolescentes que se enamoran del mormón del pueblo, chicos introvertidos que se masturban junto al matón del curso y padres que deciden casar a su hija con un japonés para dejar la sierra, difícilmente hallaremos una moraleja. O un momento de redención.

Se podría decir que el escenario y la forma de sus narraciones coinciden con su biografía. Falco nació en General Cabrera, un pequeño pueblo sin librerías, en 1977. Desde que tiene memoria, padece un tipo de miopía que no le permite identificar la profundidad de campo visual a su alrededor. He ahí el origen del mito archiextendido sobre él: Falco no ve las cosas donde realmente están.

Delgado, barbón y sin ese acento con que los chilenos aprendimos a reconocer a los cordobeses como él, el escritor llegó a Chile invitado por la Cátedra Abierta en homenaje a Roberto Bolaño, organizada por la UDP. Un día después, recibió a The Clinic en el café Marisol para conversar de los temas que lo ocupan: comerciales de yogurt, la subversión de las formas narrativas y las silenciosas biografías de la provincia.

– La influencia de la naturaleza y los silencios en tus personajes, ¿tienen que ver con tu infancia en Córdoba, y la forma en cómo se contaban historias en tu casa?

– Sí, y sobre todo con la familia de mi vieja, la más cercana. Una familia donde se cuentan anécdotas, se habla mucho. En los pueblos siempre hay personaje al que le gusta contar anécdotas. Tuve suerte de crecer cercano a un par de estos. Y me parece algo hermoso. ¿Viste estas sobremesas de asados, con amigos? Donde hay uno que se pone a hablar y vos sabés que va a mentir, o que va a agrandar su historia como los pescadores, a quienes hay que sacarles mínimo el 20% al tamaño de todos los pescados de los que hablan. De cierta forma entendés la especie de contrato tácito que existe en ese mentir para hacer entretenido el relato. Me parece algo muy disfrutable. 

– ¿Eres de los que cuentan historias?

– A mí, por lo general me gusta más mirar que hablar. En una sobremesa soy más de los que miran. Pero cuando aparece uno de estos personajes lo disfruto un montón. El pueblo en el que yo crecí, General Cabrera, es un pueblo que cambió mucho con el tiempo, yo viví ahí hasta los 17 años. Vuelvo con regularidad por mis padres, pero de alguna forma mis recuerdos se quedaron clavados en aquella época. Y es un pueblo, en medio de la pampa, donde es muy fácil salir al campo: de mi casa bastaba caminar cuatro cuadras en cualquier dirección. Si bien es una naturaleza medio monótona, de cultivos, pasó a ser algo muy central en mí. 

– En tus cuentos se percibe una tensión entre esa naturaleza que llamas “monótona”, y el aspecto productivo. Por ejemplo, cómo la cosecha de pinos afecta biografías, personalidades.  

– En el pueblo donde crecí se cultivaba soja o maní. Cosechas anuales. Y hay algo muy fuerte en que la vida del pueblo esté determinada por ese ciclo de las cosechas. La siembra, el recoger, las lluvias. Me parece que eso marca un tiempo muy particular, que casi no tiene que ver con el tiempo anual. Pero en las sierras de Córdoba los cultivos son pinos. Y claro, ¿cómo es cultivar algo que tardás 30 años en cosechar? Y que además cambia por completo el paisaje. Esos pinos fueron plantados en los años 70 con un programa de incentivos gubernamentales, de alguien que aparentemente no sabía muy bien lo que estaba haciendo. Los pinos traen muchos problemas para las cuencas hídricas, para el medioambiente. Mucha gente que vivía en esa zona y que incluso plantó los pinos, se terminó yendo de ahí ante la imposibilidad de vivir. 

– El conflicto de fondo de tu cuento Actividad forestal, donde un padre decide bajar a pueblo para casar a su hija

-Sí, ese es el conflicto. Esta cosa de qué pasa cuando una cosecha se extiende tanto en el tiempo que ocupa el lugar de una vida. ¿No? Y la vida de pronto se vuelve una única cosecha. Pero cuando se levanta de nuevo esta cosecha, la vida queda arrasada.

(Foto: Vito Rivelli).

“COMO NO ME SALE, TERMINO ESCRIBIENDO”

– En tu narración, los personajes guardan mucho silencio.

-Pasa que, a mí, en general, me parece muy difícil comunicarse con el otro. En general, no pienso que hablamos de las cosas importantes. Te juntás con un amigo, con tu pareja, y se habla de cosas tipo “cómo estuvo tu día”. Por ahí te das cuenta de que pasaste un montón de tiempo con alguien, y que no sabés qué piensa o cuál es su visión de la vida. ¿Cree en Dios o no? ¿Cómo le da sentido a su cotidianidad? O si por ahí ha tenido alguna crisis existencial. Yo he tenido muchos amigos que de esas cosas no hablás. 

– ¿Por qué crees que sucede eso?

– Hay cosas para las que las palabras no alcanzan mucho, y preferimos quedarnos en silencio, hablar de otras cosas. Buena parte de las relaciones que uno establece con los otros, tiene que ver con la compañía, con el cuerpo, y darte cuenta si el otro está mal porque lo ves medio decaído, con respetar incluso esos silencios; pero no necesariamente con hablar. Me parece un poco impudoroso incluso decir qué nos pasa. Imagínate venir y decir “¿cómo andás?”, y responder: “No, ando con una crisis existencial”. Nadie dice eso, porque son cosas muy difíciles de decir en palabras.     

– Podrías vivir 18 años con tu papá, y no saber qué piensa para ciertos temas claves. 

– Y también hay ciertas cosas que no hablamos porque no sabemos cómo decirlas. Siempre cuento la misma anécdota: alguna vez un tipo me hizo ver que uno de los principales problemas de estar en pareja con alguien, es que no estamos todos exactamente de acuerdo con qué significa la palabra “amor”. Es súper complicado. Lo es para uno, y especialmente saber qué significa para el que tengo en frente. 

Me parece que en ese nivel solemos ser un nudo de malentendidos. Por más que yo ahora intento ser lo más claro, lo más preciso, y decirte lo que de verdad pienso, pero en el fondo va siendo lo que me sale, el “pasemos rápido por esto porque me pone nervioso la entrevista”. Hay una serie de cosas pasando que trato de ser preciso, pero que no voy a poder poner en lenguaje. 

– Entonces, ¿cuál es la función que le queda al narrador? ¿Tu opción fue la de poner a tus personajes en situaciones que expresen esa ambigüedad o el desconcierto que sienten ante algo?

-Sí, es eso. Es la idea de que el lenguaje por ahí es una herramienta no demasiado perfecta, pero es la única herramienta que hay. Entonces, si vas a escribir, es lo que tenés que usar. Hay momentos de mi vida en que quisiera ser pintor abstracto. Ni siquiera hacer figuración, sólo pintar superficies blancas. 

– Ja, ja 

– En serio. Me parece que ahí hay mucha más comunicación que en otras instancias. Y hay otros momentos en que me gustaría ser músico, porque en la música hay toda una forma de comunicarse que muchas veces puede ser más efectiva que el lenguaje en sí. Pero bueno, no sé, salí esto.

– Claro, qué le vas a hacer

– Ya estamos acá. Aunque también está buenísimo ser escritor, pero el problema del lenguaje tiende a aparecer en mis cuentos, porque es un límite que todo el tiempo está. Al contrario de lo que ocurre en las películas de Woody Allen, ¿viste? Entran dos personajes y vienen hablando “uh, lo que me pasa es que…”. ¡Y son súper articulados en decir! Lo que sienten, lo que les pasa. Y no sé, yo nunca me encuentro gente así. Y si me las encuentro me caen mal. Pará, silencio, no necesito saber tanto de vos.  En general mis relaciones más importantes, tienen que ver con un afecto muy fuerte pero también con mucho silencio en el medio, y dejarle al otro espacio en ese silencio. Y acompañar en cosas que por ahí no se pueden poner en palabras. 

Llegamos a un lugar metafísico complicado, eh. 

– No sé cuándo agarramos ese vuelo. 

– Tampoco.  

– Aprovechando, en Chile se está dando una literatura de narradores que hablan sobre sí mismos, una y otra vez, en distintas formas. Y es un poco eso: tratar de definir cómo se sienten ante cada cosa. 

– Sí, pero pasa que es una tendencia mundial. Supongo que tiene que ver con la época, con desconfiar de los relatos, de cómo se construye la ficción. Incluso desconfiar en los relatos periodísticos. 

 -Y de las terceras personas

– Desconfiar de la tercera persona porque “¿cómo te podés meter en la cabeza de la otra persona?”. También pienso en la clase de relatos que arman los gobiernos, como el de Argentina, y el que una buena porción de la sociedad termina comprando. Hay todo un movimiento ahí de gente que piensa que la única experiencia de la que puede hablar es la propia. ¿No? El yo se vuelve un yo de testimonio. 

Lo que también tiene que ver un poco con que es muy difícil saber lo que pasa en tu cabeza. Y como no puedo saberlo, voy a hablar de mí. En algunos casos el “yo” que habla es uno más interesante, aporta a la discusión de la época. Y en otros casos, son primeras personas más cotidianas, problemas más burgueses. Que no digo que no sean interesantes, pero aportan menos. Pienso que es un momento histórico, y está bien que eso suceda. 

– En tus cuentos, al menos, casi no aparece una primera persona

– Me cuesta mucho nombrarme en primera persona. Prefiero no hacerlo. Para hablar de mí, hablo a través de cuentos. No necesariamente basados en mi vida, pero lo que me pasa, en lugar de escribirlo, lo proceso de cierta forma en la vida de los personajes. Puede que no haya nada de esa vivencia mía en el cuento, pero sí identifico ciertos períodos -la muerte de alguien, la ruptura con alguien- en algunos de mis relatos. Fue la manera que hallé, un desvío un poco más largo para poder decir. A veces pienso que me encantaría tener más sutileza en las palabras para nombrarlas. Como no me sale, las termino escribiendo.

(Foto: Thomas Langdon).

LOS TRES ACTOS

– En tu charla en la UDP hablaste de la subversión de los tres actos, la posibilidad de prescindir de la caída, redención y éxito.

– Todo el tiempo estamos siendo bombardeados por relatos. En la tele, la publicidad. Ahora una publicidad te cuenta una historia en 15 segundos. Te vende un yogurt y te cuenta la historia de una familia feliz, que tiene una mamá, papá, un perro labrador y dos hijos. Y que tienen un pequeño problema que ¿quién lo soluciona? El yogurt. Comen yogurt y son felices. Y me toma más tiempo contártelo a vos de lo que dura el comercial. Estamos todo el tiempo leyendo relatos. Y lo que me parece riesgoso es que muchos de esos relatos imponen una determinada estructura. Y muchas veces nos reflejamos en esa estructura.

– La idea de después de una caída, vamos a tener redención, y éxito.

– No es algo nuevo si lo pensás. El Quijote, que leía novelas de caballeros, se volvió loco creyendo que los molinos eran gigantes. En Madame Bovary pasa lo mismo. ¡Pero la vida no es como los libros! Parece una verdad de Perogrullo, pero nos olvidamos una y otra vez. Y encontrás mucha gente que a veces está muy mal, porque su vida no es una publicidad de yogurt. Porque tiene 30 años y todavía no se casó. O se casó, tuvo un hijo y un perro labrador y se separó. Digo, me parece que la vida de cualquiera de nosotros es mucho más complicada, mucho más llena de ansiedades, de miedo, más aburrida, y de días en que no pasa nada, de las vidas que vemos en el 80% de los relatos que consumimos. Y eso nos hace sentir mal.

Y está bueno que, en la literatura, que es un arte que por lo general no genera mucha plata, donde a nadie le importa tanto nada –nunca va a salir de tapa titular en un diario “¡Publicaron un libro de cuentos!”- use esa libertad para no repetir estructuras de la publicidad y el cine. Replanteárselas.

– ¿Tienes una forma de contar, entonces?

– No. Lo más interesante, para mí, es cuando tratas que la forma de la historia surja de eso que estás contando. Que es un poco lo que dije sobre los pueblos que van creciendo sobre la montaña, pero de acuerdo a lo que la montaña les permite. Tratar de hacer eso. No imponer una forma. Cuando uno le impone la forma a algo, no es que esté mal, pero todo se vuelve muy predecible. Y me parece que en el periodismo pasa un poco lo mismo. Está el estilo de perfil del New Yorker –que es el del Nuevo Periodismo- pero ese mismo estilo podés leerlo después en cualquier revista dominical de un diario latinoamericano. Funciona súper bien, es efectivo, pero en algún punto es siempre la misma estructura, y siempre el mismo perfil.  

Y eso de la efectividad, que en el periodismo es súper necesario, en literatura te juega en contra. Porque en literatura no es todo tan simple, tan directo. Nadie sabe muy bien qué es lo que queremos comunicar. Si supiera qué quiero decir, vengo y te lo digo, o escribo un ensayo. “Che, detengamos el calentamiento global”. En cambio, escribo un cuento cuando no sé lo que quiero decir.

– ¿Te pasa eso leyendo literatura joven?

– No. Veo dos fenómenos. Uno con la gente que empieza a escribir. Sea adolescente o tenga 60 años. Que tiende a pensar que escribir bien, equivale a escribir como otro autor. Cuando en realidad, escribir involucra una forma propia, decidir cuál es tu forma propia de ver el mundo, contar las cosas. Eso es mucho más importante que escribir igual a Borges o a Cortázar. Lo que pasa es que cuando uno escribe, uno quiere ser leído. Que la gente lo lea, que cuando vayas al taller te feliciten por tu cuento, que qué lindo que escribís. Y algunos creen que para que pase todo eso, lo que tenés que hacer es escribir esos cuentos.

– ¿Cuál es el otro fenómeno?

– Algo que cada tanto veo: los jóvenes viejos. Gente que escribe, tiene 20 o 24 años, y que quiere escribir con una perfección, un nivel de profundidad y destreza en el lenguaje propia de alguien con 40 años de experiencia. Querer ser serio, profundo. Pero en realidad cuando tenés 20 años no podemos ser serios y profundos por todo. Lo que tenés que valorar es que sos joven, tenés energía, podés hacer cosas que nadie más hace. Una falta de experiencia que te da mucha libertad. Pero hay gente que cree que tiene que ocultar eso, y se esfuerzan por escribir como alguien que no son.

* En Chile, la editorial Montacerdos lanzó dos recopilaciones con algunos de los cuentos de Falco: Flores nuevas (2014) y La actividad forestal (2016).