Mi amor por los chanchos se remonta a mi niñez viendo feliz “La telaraña de Charlotte” en la tele. Probablemente debido a mis cachetes gordos, me identificaba con Wilbur, el cerdito suertudo que se salva de ir al matadero por ser diferente al resto. Como era muy pequeño lo dejan de mascota hasta que crece y nuevamente corre peligro de ser comido, entonces Charlotte, una señora araña muy inteligente y creativa, seducida por la bondad e inocencia de su amigo, inventa un modo de mantenerlo diferente al resto tejiendo mensajes en su tela de araña para que la gente reconozca lo especial que es.

Después de grande vi “Babe, el cerdito valiente”. A un amigo gay le regalaron el peluche original en el estreno de la película y para evitar que le llamaran “pata ‘e chancho” me lo dió y fue el único peluche que llevé en la maleta a NYC. Babe también es la historia de un chancho diferente al resto. Babe es capaz de hablar con las ovejas en vez de asustarlas y mandarlas como lo hace un perro pastor,  entonces el granjero decide criarlo como un “cerdo pastor” enfrentando estoico las burlas de sus vecinos. Babe se salva de la muerte cruel y sangrienta por ser un chancho inteligente y con sentido común.

La idea de que un chancho sea diferente al resto es clave, porque son animales criados para ser exterminados. Sus existencias son todo menos auspiciosas. Si naces chancho y no eres ni Wilbur ni Babe terminarás dentro de un choripán o achicharrado dentro de un horno con una manzana en la boca.

Mi Babe de peluche fue más que mi único juguete mientras era inmigrante latina en la gran manzana, fue mi primer juguete sexual. Uno de uso externo, del tipo que aprietas entre los muslos para hacer presión. A mí me funcionaba porque tengo la entrepierna muy generosa, aunque con tantas vueltas en la lavadora y en la secadora terminó apelmazado. Ahora descansa en paz en mi bodega y ha sido reemplazado por un JapiJane precioso, de silicona y de uso interno, transparente con luces, sonidos y vibraciones. Una maravilla cuando funcionaba. Ahora es mudo y tieso. Pero igual sirve.

Debido a la relación íntima que tuve con mi chancho de peluche, fue que inventé  a Kokoro (“espíritu” en japonés), un chanchito dibujado que habla y vuela, compañero inseparable de Maliki 4 ojos (una super heroína que ayuda a los pintores en crisis creativas a cambiarles sus ampolletas quemadas).  Viéndolo en perspectiva, Kokoro representaba el autoplacer y la independencia sexual porque Maliki 4 ojos era una heroína y los héroes no sucumben al amor, viven para ayudar, hacer justicia y servir a los demás. Pero nunca dibujé esa historia porque un amigo guionista de teleseries me dijo que si había un héroe tenía que haber un villano para que el protagonista lo enfrentara y en esa lucha estaba el conflicto, y sin conflicto no hay rating. Como nunca pude inventar al malo, dibujé una versión de Maliki adulta y empecé a dibujar las anécdotas que vivía cada fin de semana en carretes con mis amigas (un Sex and the City versión pobre). Así fue como nacieron mis cómics autobiográficos.

Como ven, el chancho es para mí un animal muy importante. Representa no sólo la independencia sexual, también la necesidad de ser diferente para sobrevivir.

Se habla mucho de la masturbación de los hombres pero poco de la masturbación de nosotras las mujeres. Aún es un tema que incomoda porque la idea del sexo femenino incomoda. La vagina como palabra e imagen incómoda. Encontrar un camino corto al placer sexual  sin tener que atravesar el bosque de las relaciones románticas (llámese amor o aventuras pasajeras) es una idea que los hombres han patentado como propia. Como también el deseo de ser diferente, sobresalir, competir, lograr objetivos y metas en la vida profesional, sortear obstáculos, tropezarse, darse costalazos, volver a pararse y seguir adelante con valentía,  sin victimizarse y que ve sus cicatrices con orgullo y no como marcas de vergüenza. Todo eso huele a testosterona.

Pero como la vida es cíclica y nada es permanente, mis predicciones para este año del Chancho son dos: las mujeres estaremos inclinadas a redescubrir nuestra independencia sexual  y sentiremos el llamado interno de hacer una diferencia, de ser únicas y valientes.  Abrazaremos nuestra autonomía para llegar al éxtasis y liberaremos a las palabras “masturbación femenina” y “vagina” de esa cortina moralista que nos denigra y empequeñece y nos sentiremos cada día más orgullosas del poder transformador que tenemos. El cerdo también nos traerá a las mujeres esa necesidad de ser diferentes, de descubrir nuestros talentos y potenciarlos,  aunque el resto insista en reírse de nuestro físico o minimice nuestras capacidades intelectuales, porque en nuestro interior existirá una Charlotte sabia y valiente que nos ayudará a persistir y un granjero fiel que nos protegerá de la incredulidad del resto.

¡Mujeres, el 2019 será nuestro!