Anita Ester Alvarado Muñoz, más conocida como “la Geisha chilena”, creció en la comuna de El Bosque al interior de una familia evangélica. Trabajó en una fábrica de calzados, como ayudante de costurero y de garzona en un restaurante de Mapocho antes de oficiar como prostituta en el Charly Bar y el Black Cat, en el barrio de Bellas Artes. Apenas retornó la democracia partió a Japón en busca de mejores perspectivas, donde, ya de regreso, convertida en millonaria, contó que hizo sexo en vivo para más de 500 personas, con cuatro orientales distintos por show a los que debía ponerles un condón con la boca. Algunos le pedían que “hiciera cacuca” sobre ellos. “Hacer esto, contó, me daba lo mismo, porque el volumen de la música no me dejaba pensar”. De regreso, con la fortuna de un nipón estafador que se enamoró de ella, compró una mansión en Chicureo, con columnas como las de Lo que el Viento se Llevó. La decoró a su gusto y cuando un comentarista sostuvo que ahí nada combinaba con nada, que mezclaba peras con manzanas, respondió: “¿y desde cuándo no pueden mezclarse las peras con las manzanas?”. Mientras tuvo dinero, llenó de niños marginales la piscina de su casa. Nunca le hizo el quite a ninguna pregunta ni se avergonzó de haberle realizado sexo oral a cientos, quizás miles de orientales. Cuando mucho bromeaba que le había quedado la boca hecha tira.  No es que sus acciones constituyan un ejemplo, pero confieso haber admirado en ninguno como en ella, la grandeza para decir “ésta he sido yo”, mostrando sus lados oscuros en lugar de lucir virtudes. Un año en que brillaron los santones, Anita Alvarado aparece en mi cabeza como La Libertad Guiando al Pueblo, en el cuadro de Delacroix, con una teta al aire.