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	<title>The Clinic Online &#187; Carolina Errázuriz Mackenna</title>
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		<title>Ayer: El pollo al velador</title>
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		<pubDate>Sun, 26 Jun 2011 08:10:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Errázuriz Mackenna</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas y Entrevistas]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2011/06/Pollo.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-51754" title="Pollo" src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2011/06/Pollo.jpg" alt="" width="640" height="480" /></a></p>
<p>El “pollo al velador” es la ida al motel, pero siendo más específica, es la acción de asistir a un motel a la hora de almuerzo. A la peor hora, a la hora más trucha. La hora del jefe y la secretaria, la hora del “hombre casado”, la hora donde la gente decente lo que hace es ir a la esquina y almorzar con sus compañeros de trabajo con el cheque restaurante o a la hora en que uno se sienta a comer el menú de mil nueve noventa o dos mil nueve noventa o tres mil nueve noventa con café y postre.</p>
<p>La hora en que se habla de la ofi, del jefe, de la fotocopia, de la portada de LUN, de la tele y en altas esferas, de política y de la caída en picada de Wall Street o de Obama. En escasas ocasiones el almuerzo ligado a la oficina es atractivo, pero para los calientes es una ventana, una adorable posibilidad de tragar una verga o lamer una entrepierna. Y ese acto ya es liberador, que a la misma hora que tu compañero de oficina se está sirviendo el menú, pues uno está sirviéndose carne cruda.</p>
<p>Además, seamos francos, casi siempre si uno está en esa situación lo que hace es andar en una truchada y si no fuera así, el cien por ciento de las veces el “almuerzo” toma más del tiempo razonable, por lo tanto, hay que mentir que uno estuvo en alguna huevada productiva. Amén de esto, hay tips que hay que mantener para estas ocasiones y que a mí me cuestan tanto, como por ejemplo, que una no puede llegar con el pelo mojado, que se arrugue la ropa o se rompa la media; evitar marcas físicas, el exceso de entusiasmo y la excitación al regreso  (la cara de cama hay que embalarla), nada de marihuana o alcohol y, por favor, huirle a todas luces a la siesta: hace estragos en la apariencia física.</p>
<p>Toda esta perorata está fantástica, siempre y cuando una la siga y no como yo, que me cebé por pendeja. Salí a eso de la una para estrujar al máximo mi tiempo de almuerzo, y tuve antes que sortear a los amigotes de colación de siempre con una fingida y sentida visita a un sobrino enfermo. Corriendo, agarro taxi rumbo a un restaurante sólo con la idea inicial de un almuerzo de “trabajo” coqueteado, muy coqueteado, tanto, que en el taxi me saqué el sostén.</p>
<p>Comida a la carta, nada de menú ¡por Dios!, y de ahí al espiral de “tengamos-sexo-ya!” nos demoramos, con suerte, la entrada. Dejamos la comidita hasta ahí y nos subimos al auto del tipo en cuestión. Casado, muy casado el hombre, nos fuimos al único motel en Santiago que sigue siendo decente –o que una no se siente tanto que está con el hombre casado-, ese del  puente del Arrayán. Ese que se escucha el río y una siente que está como en una cabaña de playa piola. Claro que a esa hora hay que entrar fondeada en la parte baja del auto, porque al menos si lo ven a él, que no sepan que fui yo la perra que se caga a la mujer con niños chicos y tan buena…</p>
<p>Entramos y como no hay tiempo, todo es a mata caballo, a tope, calientes como solo se puede estar a esa hora con un tipo casado, a esa hora donde no hay tiempo porque ya son las dos y media de la tarde y claro, queda media hora para todo… Ahí como que no da -por suerte- para el preámbulo patético de falso amor, sino que vamos directo a clavarla… Entre la bosca diminuta que está a full, la calentura y la verga que entra y sale, empiezo a sudar como animal, hasta que por fin me olvido de la oficina, la colación, el matrimonio para toda la vida y el hombre se transforma en una presa más y que se vaya a la mierda mi jefe&#8230; Me monto encima y lo cabalgo hasta acabar antes que él para no quedar a mil, porque llegar a la oficina con cara de cama y caliente, es una tortura.</p>
<p>Ahora que estoy lista me viene de golpe la hora otra vez y cambio la posición: él se pone detrás de mí y para que todo siga su curso le pido más rápido y le agarro la verga para que no pare y siga, siga y siga&#8230;Pienso en la hora, la cuenta, en que la mujer que se lo va a tirar en la noche y que siga y siga y el  pollito al velador y que siga y por fin&#8230; Pido la cuenta. Me meto a la ducha y el pelo se moja más de lo que quiero. Me hago un moño. Me pongo la polera, que por la puta la pisé y está sucia. Me quiero pintar la boca y por la mierda no traje el rouge. Lo miro y ya no lo quiero nada. Lo odio por ser infiel y meterse conmigo. Pagamos a medias con plata al contado. Me escondo en el auto. Bajamos rajados y me bota en la oficina. Son casi las cuatro. Pongo cara de drama por el sobrino. Odio a todos.</p>
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		<title>La Carne: La máquina del juego</title>
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		<pubDate>Sat, 22 Aug 2009 04:01:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Errázuriz Mackenna</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[carolina errázuriz mackenna]]></category>
		<category><![CDATA[juego]]></category>
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		<description><![CDATA[El primer juego sexual que recuerdo era uno que jugaba sola. Era chica, no sé qué edad, pero calculo que no más de ocho años. Lo hacía cuando estaba en mi cama y aunque es medio difuso lo que recuerdo, el juego era que estaba secuestrada por una tribu, que me tenían atada de manos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2009/08/la-carne-logo.jpg" align="right"width=300 /></p>
<p>El primer juego sexual que recuerdo era uno que jugaba sola. Era chica, no sé qué edad, pero calculo que no más de ocho años. Lo hacía cuando estaba en mi cama y aunque es medio difuso lo que recuerdo, el juego era que estaba secuestrada por una tribu, que me tenían atada de manos y pies y que  estaba rodeada, amarrada a una especie de poste. Todos los que me rodeaban eran hombres, sin recordarlos bien, sé que eran hombres y que estar atada en esa situación imaginaria era algo que no le contaba a nadie, no era un juego que yo hiciera con mis amigas. Me acuerdo que sudaba estando así con la manos detrás de la espalda. <span id="more-8970"></span>El segundo juego que recuerdo ya era literal. Fue con una amiga del colegio. Yo estaba acostada en el suelo de espalda y ella estaba sobre mí moviéndose como si me estuviera penetrando, pero entre medio nos separaba un cojín. Estoy casi segura que eso no fue mi idea, sino la de ella. Estábamos en su casa en la playa y ella era fea. Luego vino la mejor etapa de mi niñez sexuada. Mi mejor amiga y yo teníamos un juego que durante varios años fue casi como una rutina. Una hacía de una especie de esclava o sometida sexual y la otra de un tipo que la maltrataba. Eso me gustaba mucho. Nunca nos tocamos, pero parte de las escenas que hacíamos eran sin ropa.<br />
La que mejor tengo grabada es una que mi amiga hacía de malo. Estaba recostada en la cama y yo, de esclava era empujada al rincón donde lloraba y gemía como una escena de película antigua con mucho quejido falso. Tengo escrito en mi diario de vida algo así como “Querido diario: Hoy fui al la casa de la XX y jugamos como pololos”, pero después de escribirlo lo rayé. Imagino que debió haberme dado vergüenza luego de verlo escrito. No sé a quién se le ocurrió este juego, ni en qué minuto empezamos a hacerlo, ni cuándo dejamos de jugar a eso, pero jamás lo he vuelto hablar con mi amiga. Estudiamos en el mismo colegio de monjas y ella era una chica discreta, pudorosa, tímida con los hombres y selectiva. Yo era más bien lo contrario. Ahora de grandes para el sexo somos bien parecidas, nos gustan las pornos guarras, la entrepierna bien depilada, un buen sexo y hombres que tengan buena verga y algo de maldad. En lo que ella no ha cambiado es en que sigue siendo más discreta, y decente que yo. </p>
<p>Con el tema de los Juegos Sexuales, partí con mis recuerdos más antiguos, porque creo que ahí está el juego más inconsciente, el infantil. De grande, una de las acepciones de lo que se entiende como juegos sexuales es una suerte de catálogo de preámbulos previos al sexo. Y si del catálogo se trata, pues vamos a los que adoro y odio: </p>
<p>JUEGOS SEXUALES QUE ODIO<br />
*Cualquier tipo de juego que incluya la cena romántica con velitas.<br />
*A los preámbulos que los hombres inventan para minas. Esos tipos que te hablan “desde lo femenino” para poder sacarte un revolcón.<br />
*Los que son sin alcohol y drogas de por medio.<br />
*Los lentos, cariñosos y besuqueados.<br />
*Los biográficos, esos en los que te cuentan estupideces aburridas del tipo laboral o personal. </p>
<p>JUEGOS SEXUALES QUE ADORO<br />
*El que se da en la pista de baile. Sin más dato que el nombre y un par de frases sueltas.<br />
*El borracho-violento.<br />
*El drogado-inconsciente.<br />
*El agresor.<br />
*El honesto-brutal. </p>
<p>Ahora bien, existe otra categoría que podría considerarse Juegos Sexuales, pero que sería muy larga detallarla. Esa incluye absolutamente todo. Cada vez que uno se acerca con interés sexual a otro, entra la primera ficha a la máquina. De ahí en adelante cada uno elige su  juego. Aunque uno crea que es una víctima de la banca, igual uno está en el juego. Aquí hay winner, looser, lúcidos, sanos, enfermos, perversos, adictos, idiotas, suertudos, privilegiados, cobardes, fomes… En fin.<br />
Al menos para mí, la única cagada es no jugar.</p>
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		<title>La Carne: Mi adiós a Hermógenes Pérez de Arce</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Jan 2009 03:04:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Errázuriz Mackenna</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Los abuelos, los padres y los tíos deben despedir a sus hijos, nietos y sobrinos… No es justo que esta columna ignominiosa le sobreviva a la de mi tío Hermógenes Pérez de Arce. El mundo es malo tío, Ud. ya lo dijo en sus palabras al cierre de ese fatídico miércoles 31 de diciembre de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/11/carne.jpg" align="right" />Los abuelos, los padres y los tíos deben despedir a sus hijos, nietos y sobrinos… No es justo que esta columna ignominiosa le sobreviva a la de mi tío Hermógenes Pérez de Arce. El mundo es malo tío, Ud. ya lo dijo en sus palabras al cierre de ese fatídico miércoles 31 de diciembre de 2008 en que anunció su retiro. Le digo tío a Hermógenes porque lo vi en casa de unos amigos de mis padres, a esa edad en que a todos los adultos cercanos a los padres los niños les dicen tíos. Era en ese entonces un hombre maduro, pero lo encontré lindo. Incluso ahora, más viejo, es lindo. Esa lindura de los estirados, de los rígidos, de los malos para bailar, pero que les quedan bien los trajes. Me perturbaba mi tío. Porque sabía mucho, porque cuando hablaba todos lo escuchaban, porque olía a colonia importada, porque siempre estaba afeitado, porque tenía camisas y trajes impecables, porque en esa época ser famoso era un beneficio de muy pocos y él lo era, porque todas las tías viejas decían que era tan “buenmozo Hermógenes”, “tan dije, tan caballero” y porque tiene algo de mi padre al que desde siempre he adorado y deseado. <span id="more-3597"></span></p>
<p>De grande lo encontré en una universidad y me seguía perturbando, quería que me viera entre la turba, pero jamás me atreví a dirigirle la palabra. Me contaron que cuando era profesor, en una de las notas del semestre, calificaba el cuaderno, es decir el mismísimo Hermógenes se llevaba el cuaderno y lo corregía y, obviamente, para poder pasar había que pasarlo en limpio por completo. Habría matado por escribirle en una hoja del cuaderno: “Clávamela tío, clávamela”… En esos años ya entendí que mi obsesión por mi tío Hermógenes era algo similar al enganche que hay con el torturador. </p>
<p>Pero tío, le escribo porque quiero lamer sus heridas como corresponde. Déjeme comenzar por su verga. Porque usted era un pinochetista duro. Y eso me hace confiar en su verga madura. De roca la he pensado todos estos años. Es que con esas reaccionarias convicciones la cabeza no puede ser lo único que tiene duro. Tiene que tenerla firme, de esas vergas que se marcan en los pantalones de traje y/o tipo dockers, porque como usted usa boxer de género –blancos, celestes y con estampado de cuadritos-la roca no perdona. Todo lo tiene duro, el cuello también, me he fijado que sus movimientos corporales se dan por bloques, siempre rectos, no circulares… Lo veo, por ejemplo, frente a una entrepierna caliente, con la roca enhiesta calculando el segundo preciso -es matemático el tío-en el que podría clavarla y por fin hacer calzar esa recta con las curvas. Quizás ese ha sido su gran logro en materia sexual: hacer que su rectitud atraviese y derrote a las curvas. Pero su columna final deja en claro que su roca está tan dura que ya no encaja en nada. Y se cansó de intentarlo tío Hermógenes. Eso, debo reconocer, es lo que me ha defraudado. Un hombre como usted jamás debió haber claudicado. Pero lo hizo y su silencio, su pluma muerta es su verga fláccida, una verga fláccida que ya no puede procrear. Sus vástagos irán, al igual que usted, a la muerte sin resurrección. </p>
<p>En su columna final habla del sur, el lugar donde su alma mejor transita. Entre inquilinos, chinas, jaurías de perros, sillones mullidos y grandes bibliotecas vivirá su ostracismo. Pero no estará solo con su mujercita, ya verá que tendrá sus devotos. Porque usted pasó a esa calidad amoral de los personajes de culto. </p>
<p>Reconozco que extrañaré sus extravagancias, su interpretación torcida de la historia, su pluma, su ironía, su cinismo. Pero viviré. Al igual que todos. Lo que me pareció de poca monta fue la despedida que le dio su diario por tantos años. Un par de páginas con una pobre selección de lo suyo&#8230;Y usted, tío, era mucho más que eso, lo sabemos. Dios mío, alguien así se retira y se merece algo más que un recocido mal hecho. </p>
<p>Pero yo no quiero quedar corta Don Hermógenes Pérez de Arce. Desde este pasquín le envío mi reconocimiento más sentido: mi entrepierna abierta y en alto -tipo Bolocazzo-y de fondo la canción nacional con la estrofa de los valientes soldados, por supuesto. Que no se note pobreza ni mezquindad. </p>
<p>Siempre suya,<br />
Carolina.</p>
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		<title>La Carne: &#8220;El exceso de la carne&#8221;</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Dec 2008 04:43:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Errázuriz Mackenna</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[El Mercurio]]></category>
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		<description><![CDATA[Más que aburrirme, escribir de El Mercurio me complica. Primero porque es difícil no tenerle miedo… Es como mi papá. Le tengo miedo, pero a la vez fue el primer hombre del que estuve enamorada, el que por más que he dado vuelta por el mundo escapándole, siempre termino adorando y clavada en él. Siempre [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/11/carne.jpg" align="right" />Más que aburrirme, escribir de El Mercurio me complica. Primero porque es difícil no tenerle miedo… Es como mi papá. Le tengo miedo, pero a la vez fue el primer hombre del que estuve enamorada, el que por más que he dado vuelta por el mundo escapándole, siempre termino adorando y clavada en él. Siempre he querido culiarme a mi viejo. Y lo asqueroso de una chica como yo no es querer hacer eso, sino hacerlo y, además, con todo el resto del espectro. Y es ese mismo miedo es el que me hace ser violenta, excesiva y guarra con los hombres que identifico con El Mercurio: Los chicos bien que nos iban a buscar a la salida del colegio, los chicos de pantalón dockers, los chicos que van a misa, los chicos casados y con hijos, los chicos solteros con <span id="more-3055"></span>muchos masters internacionales y negocios prósperos, los chicos con familias numerosas y casa en la playa, los chicos nerds con mucho dinero, los chicos decentes y de apellidos… Los odio a todos y a la vez les tengo miedo y me los quiero tirar a todos. Por eso creo que me volví puta más pública, para que me despreciaran y no caer en la tentación. Para no lamer su mano que da de comer, sino sólo su verga hasta el fondo; para no dejar que me volvieran esclava a tiempo completo y terminar hecha un útero vestido en Alonso de Córdova o en el Mall La Dehesa; para no tener cada domingo un almuerzo familiar eterno en el que junto con parecer una santa y decente mujer, aprovecho de chuparle la verga al primo en el baño de la pieza de mis suegros; para no tener que rogarle a mi amo que me dé mi dosis cada día sin sentirme que lo estoy exigiendo más allá de lo razonable para un buen proveedor y excelente padre de familia; para no tener que mentir con que voy a la peluquería, mientras salgo a fumar marihuana por el camino a Farellones con mi amigo de la infancia con quien me revuelco un poco, pero sin meterla porque eso sí que está mal, pero si nos toqueteamos no es pecado mortal; para no terminar en un confesionario llorando que soy infiel de palabra, obra y omisión; para no volverme una pobre niña rica con la zorra más apetecida del condado, pero sin poder soltarla para que los perros la persigan como desaforados y la lleven ante su dueño… Para no caer en toda esa mierda que odio y que a la vez me gusta, pero me doblega. Y creo que ésta es una de las razones por las que escribo en este pasquín por tantos años. Porque no encuentro cómo culiar y amar ese hombre de El Mercurio sin hundirme ni desintegrarme. Es una pendejada, lo sé. </p>
<p>Escribo porque quiero que a ellos le de asco y vergüenza ajena: </p>
<p>Que vean mi boca llena de leche comiendo la verga de todos sus padres por debajo de la mesa de comedor mientras él habla: yo en cuatro, desnuda con tacos y un collar de perro que él tira con fuerza… </p>
<p>Que vean mi entrepierna roja y empapada siendo lamida por una jauría de perros de fundo&#8230; </p>
<p>Que vean a sus hijas mascando suavemente mis pezones duros… </p>
<p>Que vean mi lengua llena de saliva entrando y saliendo de la boca de sus abuelos moribundos… </p>
<p>Que mis tetas froten la entrepierna seca de sus madres… </p>
<p>Que mi culo reciba la verga de sus tíos, mientras mi entrepierna a la vez es clavada por sus hermanos… </p>
<p>Que sus nanas me acaricien y metan sus dedos en mi entrepierna y mi culo… </p>
<p>Que me vean en medio de su living sobre la alfombra persa desnuda, golpeada, sudada, culiada, ensangrentada, mordida, reventada con todas sus vergas, sus lenguas, sus culos, sus bocas, sus dientes… </p>
<p>Que todo el odio del mundo se vuelva exceso de la carne… </p>
<p>Amén. </p>
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		<title>La Carne &#8211; El sonido del sexo</title>
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		<pubDate>Thu, 20 Nov 2008 03:50:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Errázuriz Mackenna</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El sonido del sexo tiene versiones clichés como los jadeos: “Ah…ah… ah…ah…aaaaahhhh” o “Ai…ai…ai” o los ya clásicos “Yes…yes….yes…”o “I´m coming baby” de película porno gringa. Clichés ridículos que sirven para reírse, pero como el sexo es una larga lista de clichés, en circunstancias de embotamiento sexual, pues estos siguen siendo efectivos. No puedo negar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/11/carne.jpg" align="right" />El sonido del sexo tiene versiones clichés como los jadeos: “Ah…ah… ah…ah…aaaaahhhh” o “Ai…ai…ai” o los ya clásicos “Yes…yes….yes…”o “I´m coming baby” de película porno gringa. Clichés ridículos que sirven para reírse, pero como el sexo es una larga lista de clichés, en circunstancias de embotamiento sexual, pues estos siguen siendo efectivos. No puedo negar que un buen jadeo en un momento adecuado es un aliciente para endurecer la verga o que una buena escena porno con el horrible y vapuleado texto “I´m coming baby” sigue siendo calentón. Y es en estos detalles que me doy cuenta que el maldito poder del sexo, en que uno puede seguir por manual los rituales más desgastados, funciona&#8230; Pero los sonidos, volvamos a los sonidos… eso me obsesiona ahora. <span id="more-2664"></span></p>
<p>Siempre he sido una entusiasta del sexo con texto, de la cochiná dicha al oído, de la guarrada bien puesta, de la chulería, de la ordinariez, del texto chocante asqueroso y lo que es aún peor, de las historias, eso de estar revolcándose y hablando a la vez, describiendo una situación… te agarran perra y te dan entre cinco… ¿está caliente la guarra?&#8230;toda mojada la verga enorme, dura…dile que me la meta hasta el fondo… cómemela…cógeme… Parece que me da pudor hasta escribirlo, porque el asunto es que desde hace un tiempo el texto se me ha vuelto algo molesto e incómodo. Al principio pensé que era porque había cambiado de hombres, pero eso no es sostenible porque yo con mayor o menor dificultad les he enseñado a todos a hablar –bueno, los que valen la pena- así es que no es la razón. Estoy pasando por un momento de menos agresividad y más suavidad, de más sutileza, algo que es raro en mí. Se me fue a dormir la perra desenfrenada y apareció la que llamaría la gata de chalet. Una tipa más floja, más pilla, que le cuesta más derretirse, menos extrovertida, menos servicial y silenciosamente prepotente. Si las comparo a ambas y fueran droga, diría que la perra consume cocaína y la gata, opio. A la gata no le gustan las palabras, ni la música, no le gusta mucho hablar ni las historias guarras, más bien le gustan al oído las palabras que la adulan, que la hacen sentir la mina más hermosa y deseable del condado, está por sobre las otras en todo, en belleza, en estilo, en suavidad, en clase… de hecho es incomparable. A esa gata le gusta el sonido de la verga cuando se golpea contra la carne de la entrepierna del hombre: ese sutil sonido de pequeño látigo de carne la enloquece. A la gata le gusta el sonido de los labios de su entrepierna cuando ella se los toca y se los moja con saliva y de a poco todo se va humedeciendo, ese sonido de los labios que se baten. A la gata le gusta el sonido de la lengua cerca del oído, pero hay dos lenguas distintas, la que raspa y va lenta y arenosa… y la húmeda, que avanza rápido como una ola y resbala. A la gata le gusta el quejido suave y contenido de un hombre, no su grito ni su euforia. A la gata le gusta el sonido de la lengua del hombre cuando le come la entrepierna, cuando la lame, cuando la lengua escarba entre las piernas y sus labios succionan su jugo. A la gata le gusta el sonido de la lengua que va de arriba abajo entre sus piernas desde el clítoris al culo en una sola lamida larga y húmeda. A la gata le gusta su propio sonido al comer la verga y sobre todo el que provoca cuando se la come abriendo y cerrando los labios y haciéndola entrar un poco más cada vez o cuando se la traga entera, la succiona y apretando los labios la saca de la boca rápido como si destapara una botella. Le gusta la respiración suave, los jadeos suaves, la ausencia de palabras y de música, le gusta el sonido de los perros del barrio cuando se revuelca con la ventana abierta, el viento que mueve un poco los árboles, adora el calor que ahoga y que no exista más explicación que los sonidos calientes y silenciosos de ese sexo que no grita ni chilla pero que estremece y clava.</p>
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		<title>La Carne. Hoy: Catherine Millet</title>
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		<pubDate>Sun, 02 Nov 2008 13:20:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Errázuriz Mackenna</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[la carne]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Carolina Errázuriz Mackenna. Ya lo he dicho. No leo literatura erótica ni sigo autores calentones ni tengo colección de comics hot. No me jacto de esto en todo caso, es más bien una muestra de debilidad, ignorancia, y en parte, de soberbia. Porque de alguna manera quiero decir que no le copio a nadie [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/11/carne.jpg" align="right" />Por Carolina Errázuriz Mackenna.</p>
<p>Ya lo he dicho. No leo literatura erótica ni sigo autores calentones ni tengo colección de comics hot. No me jacto de esto en todo caso, es más bien una muestra de debilidad, ignorancia, y en parte, de soberbia. Porque de alguna manera quiero decir que no le copio a nadie lo que hago en este pasquín, algo que me imagino no le interesa a nadie más que a mí misma… Pero, bueno, una cosa es que no lea comúnmente literatura caliente y otra es que nunca lo haya hecho. “La vida sexual de Catherine M.”, escrito por Catherine Millet, es una excepción. Aunque ni tanto porque lo compré hace años y nunca lo terminé. <span id="more-2135"></span>El libro, según dice la contratapa, fue escrito por una chica (que calculo es una señora) directora de Art Press, una publicación sobre arte contemporáneo y bla, bla… Lo que quiere decir al final es que la autora de tanta guarrada que uno se avecina a leer es una mujer sofisticada y bien educada. Una intelectual mejor dicho. Así parte, pues, la lectura de esta magna obra que relata, tal como su título lo dice, la historia sexual de la señorita Millet. La cual es activísima, a tal extremo que la chica en cuestión adora el sexo en grupo y se la pasa follando con Pedro, Juan, Diego, Julio, Julia y lo que sea y dónde sea. Pero a mi gusto, lejos de ser calentón es algo, como la autora misma, muy intelectual, algo gélido y en su mayoría un relato del viejo-mete-y-saca demasiado cool para mi gusto. Una no va de polla en polla como de bar en bar, quizás claro, esta es una visión latina del mundo. Eso de que la culpa, los celos, la rabia, la vergüenza, el pudor estén presentes de alguna manera en el sexo lo hace para mi más real. De hecho, esta columna no existiría si en cada revolcón no hubiese algo de todo lo anterior… Si para mí fuera como lavarse los dientes, pues no tendría más que una columna. A lo sumo dos. </p>
<p>Pero claro, no estoy dando la lata con la Millet si no creyera que hay algo rescatable en su libro. Y que lo más rescatable para mí fue que este mismo discurso sobre su frialdad e intelectualidad se lo dije a un tipo hace un tiempo. Y como estábamos en mi casa, pues me hizo sacar el libro y me pidió que le leyera una parte. Estábamos en mi cama, acostados, ya habíamos tenido sexo y era esa hora en que hay que decidir si el tipo que está por desgracia en pelota en tu cama se tiene que quedar o se tiene que ir. Un momento al que pocas veces me veo enfrentada ya que, por lo general, si es que tengo dudas sobre el hombre, me encargo de estar yo en el lugar del tipo y poder huir si es necesario… Pero bueno, estábamos en ese trance y le intercambié la lectura de un pasaje de la Millet por su partida amable de mi casa… Como un juego. Lo elegido del libro fue lo siguiente: </p>
<p><em>“En Chez Aimé los contactos entre personas eran menos corteses. Aimé era un club de intercambios muy concurrido(…) El placer de entregarse durante largas sesiones en Chez Aimé, con las nalgas clavadas en el borde de una mesa grande de madera, y la luz suspendida que me caía sobre el torso como sobre un tapete de juego, sólo se iguala con mi aversión al camino que conducía al lugar. Estaba lejos de París(…) Eric no me avisaba nunca del programa de la velada (…)”</em> El tipo que está en mi cama a punto de irse comienza a bajar hacia mi entrepierna… <em>“Sin embargo, cuando comprendía que estábamos en camino, me sentía ansiosa(…) Era un estado próximo al que me embarga siempre al dar una conferencia(…)Se entraba por el bar. No conservo el recuerdo de que allí me poseyeran, aunque el hecho de tener el coño en contacto con el molesquín de un taburete, y de las nalgas aplastadas se prestasen muy bien al manoseo de hurtadillas, haya pertenecido al registro de mis fantasmas más antiguos”&#8230;</em> Comienza a lamerme suave el clítoris y luego la lengua sube y baja por toda la entrepierna como si se comiera un helado… Y sigue el texto: <em>“No estoy segura siquiera de haber estado atenta a lo que ocurría a mi alrededor, a las mujeres que estaban plantadas cerca del mostrador y a las que en efecto acababan de batir el chocho o las mantecas del culo. Mi sito estaba en una de las salas del fondo, tendida en una mesa, como he dicho. Las paredes estaban desnudas, no había sillas ni banquetes ni nada más en aquellas habitaciones que las mesas rústicas y las lámparas que colgaban en el techo”</em>&#8230; Me deja cada vez que sube y baja mucha saliva que se va uniendo a mi humedad… Estoy empapada… <em>“Podía permanecer allí dos o tres horas. La pauta era siempre la misma: unas manos recorrían mi cuerpo, yo agarraba pollas, giraba la cabeza a la derecha y a la izquierda para chuparlas, mientras que otras empujaban mi vientre&#8230;”</em> Sube a mi oído y me dice que siga leyendo, que no pare, que siga, y me roza con su verga dura la entrepierna que está derretida como mantequilla caliente… <em>“Durante una velada podían turnarse de esta forma una veintena. Esta posición, la mujer de espaldas, con el pubis a la altura del pubis del hombre bien plantado sobre sus piernas es una de las más cómodas y mejores que conozco. La vulva está muy abierta, el hombre está a su gusto para entrar muy horizontal y embestir sin interrupción al fondo de la pared”</em>. Me la clava despacio, suave, de a poco y me cuesta leer… Sigue, sigue leyendo, dale, dale… Sube y baja con su verga dura dentro de mí…Y el clítoris que está lleno de saliva se frota como los dioses y esta hirviendo… <em>“Son polvos vigorosos y precisos. Algunas veces recibía remetidas tan fuertes que tenía que agarrarme con las dos manos al borde de la mesa y …sigue, sigue, por favor, métemela más fuerte, dale, dale…durante mucho tiempo tuve casi contínuamente la marca de una pequeña desolladura justo encima del coxis, donde mi columna vertebral se había restregado con la madera rugosa”</em>.</p>
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