
POR JAIME BAYLY
(A Camila, por su cumpleaños)
No se casen.
Si se casan y el novio es rico, no acepten un acuerdo previo de separación de bienes.
Si ya se casan una vez, cásense al menos dos veces más.
No le pidan nada a Dios.
No le tengan miedo a Dios ni a los que meten miedo en nombre de Dios. Continúa leyendo ›

POR JAIME BAYLY
No soy hombre de asistir a conciertos. Prefiero, si acaso, comprar el disco. Los conciertos son caros, exigen un esfuerzo físico considerable (subir y bajar escaleras, saludar a la gente, someter mis posaderas al rigor de una silla plegable) y suelen dejarme aturdido y triste al encontrarme hacinado en medio de un amasijo de gente escandalosamente feliz (más feliz de lo que yo nunca he estado ni estaré) y que sabe todas las canciones de memoria y las canta más ruidosamente que el propio cantante (canciones que, por supuesto, yo conozco a duras penas y cuyas letras ignoro a plenitud: nunca he podido aprenderme una canción entera, ni siquiera el himno de mi país). Continúa leyendo ›

POR JAIME BAYLY
Hay amigos que se mueren de pronto y hay amigos que siguen vivos pero es como si ya estuvieran muertos. La muerte de éstos suele ser provocada por una suma de decepciones, mezquindades y desengaños que uno percibe como tales (una percepción que no siempre tiene asidero real); la de aquéllos suele dejarnos con el mal sabor y la culpa de que no supimos querer y frecuentar al amigo que ya no estará más.
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POR JAIME BAYLY
Hace diez años, una noche de junio, me invitaron a una fiesta gay en la mansión Vizcaya de Coconut Grove. Al tiempo que los anfitriones me dejaban saber que se trataba de una fiesta muy exclusiva a la que asistirían gays millonarios como Calvin Klein y David Geffen, me informaron minuciosa y enfáticamente de que debía ir vestido de blanco por completo, de los zapatos al sombrero o la gorra si se me ocurría llevar la cabeza cubierta, dado que dicha fiesta llevaba el nombre de White Party.
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POR JAIME BAYLY
Mi hija mayor, que es tan inteligente y responsable que no parece mi hija, decidió inscribirse en unos cursos de verano en la universidad de Brown, a pesar de que sólo tiene quince años.
Aunque desconfío de las universidades y tiendo a creer que la mayor parte de las cosas que en ellas se enseñan son más o menos inútiles y poco o nada tienen que ver con la felicidad (que tanto tiene que ver con el azar), me pareció estupendo que mi hija tuviese unas semanas de libertad, acompañada de sus mejores amigas, en Providence, Rhode Island.
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POR JAIME BAYLY
Dicen que todos los días se aprende algo nuevo. Si aprendes algo viejo, supongo que ya lo sabías pero lo habías olvidado. Digamos que todos los días se aprende algo nuevo o viejo. Digamos incluso que, con suerte, o con mala suerte (porque no todo lo que se aprende resulta placentero de aprender), todos los días se aprende un puñado de cosas, varias cosas a la vez.
El otro día fue uno de esos días en los que aprendí varias cosas a la vez, cosas que tendría que haber sabido pero que, por tonto o por viejo o por viejo tonto, había olvidado o no había registrado en mi memoria debidamente. Continúa leyendo ›

POR JAIME BAYLY
Lola cumple catorce años. Con perdón por la cursilería, todavía quedo maravillado cuando la veo. Me parece inexplicable que una criatura tan bella haya salido en cierto modo de mí, que se haya desprendido de mis genes resbalosos. Eso es lo que más me sorprende de Lola: que, siendo mi hija, sea tan distinta a mí. Continúa leyendo ›
POR JAIME BAYLY
Enterado de que mi salud no daba señales de mejorar, Martín subió a un avión en Buenos Aires y vino a verme a Barcelona.
No me dijo nada, me dio una sorpresa, apareció de pronto en el hotel Claris.
Fue un indudable gesto de amor y quizás también una imprudencia, como suelen ser los gestos de amor.
Una vez que durmió lo que tenía que dormir y lloró lo que tenía que llorar, insistió en internarme en una clínica de desintoxicación. Le dije que si alguien terminaría en una clínica, sería él, no yo, y que si había venido a darme sermones, mejor subía al séptimo piso y se daba un baño en la piscina. Continúa leyendo ›
Por Jaime Bayly
Fueron cinco las razones que me obligaron a partir de Madrid antes de lo previsto. A saber:
1. A mi ya conocida adicción a los psicotrópicos sumé una adicción no menos perniciosa a los churros con chocolate caliente de Maestro Churro, rodeado de señoras que parecían espías contratadas por mi madre o numerarias del Opus Dei en su día de asueto o ambas cosas a la vez. Dicha adicción al churro mojado en chocolate no fue para nada benigna con mi hígado.
2. Un domingo por la tarde me encontré inexplicablemente sentado en el teatro Calderón, viendo un musical inexplicable, y sucumbí a un sueño profundo, parecido a un ataque de catatonia, y al parecer empecé a roncar como un animal, al punto que dos jóvenes acomodadores me despertaron y me invitaron a abandonar la sala, pues mis ronquidos estaban fastidiando a los espectadores sentados cerca de mí. No fue un momento halagador. Continúa leyendo ›
Por Jaime Bayly
En efecto, he muerto.
La muerte no me tomó por sorpresa, me la habían anunciado los doctores.
Me dijeron que si seguía tomando tantas pastillas mi hígado colapsaría y tendrían que transplantarme un hígado donado.
Les prometí que dejaría las pastillas y me internaría en una clínica para desintoxicarme.
Por supuesto, era mentira.
Seguí tomando esas pastillas. No quería que me injertaran un hígado ajeno. Sólo estaba dispuesto a someterme a un transplante de pene, dado que el que me fue dado originalmente se hallaba en estado comatoso, vegetativo. Continúa leyendo ›
POR JAIME BAYLY
Una noche de septiembre de 2006, una mujer cubana de setenta años estaba a punto de irse a dormir cuando me vio en la televisión de Miami y decidió que yo sería su hijo.
Ella había tenido un hijo llamado Henry, que, con apenas veinticuatro años, había muerto en un accidente aéreo en 1986.
Veinte años más tarde, me vio en la televisión y pensó que yo era tan parecido a su hijo muerto que no podía no ser él o que en cierto modo una parte de Henry se había reencarnado y habitaba en mí y que en consecuencia estaba en mi destino ser su hijo. Continúa leyendo ›
POR JAIME BAYLY
-Hola, mamá. Feliz día de la madre.
-Gracias, mi amor. ¿Estás en Lima? ¿Vas a venir a almorzar?
-No. Estoy en Miami.
-Ay, qué pena. ¿Y por qué te has quedado solito allá, amor? Deberías estar acá en Lima para celebrar mi día conmigo y con tu Sofía.
-No estoy solito, mamá. Continúa leyendo ›
POR JAIME BAYLY
Regreso de la televisión a medianoche. Enciendo la luz de la cocina. Hay una cucaracha merodeando en el piso. No es la primera vez que la veo. He intentado matarla pero es más rápida y astuta que yo y seguramente vivirá más que yo.
Me saco el zapato, me acerco sigilosamente a ella y se lo arrojo. No le doy. La cucaracha vuela, vuela hacia mí. Doy un alarido, me sacude un escalofrío.
Dios, ¿estoy alucinando por las pastillas o las cucarachas ahora vuelan en mi casa?
La cucaracha vuela como si quisiera morderme, vuela como si fuese una cucaracha vampiro. Me protejo la cara, manoteo, chillo como una niña. La cucaracha cae al piso mugriento. Me saco el otro zapato y salto sobre ella para aplastarla. Resbalo. Caigo. Me corto la mano con un pedazo de vidrio de una botella de Orangina que se me rompió en la tarde. Barrí, pero quedaron vidrios y mi mano aterriza, mala suerte, sobre una astilla resplandeciente de Orangina. Continúa leyendo ›