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	<title>The Clinic Online &#187; Jaime Bayly</title>
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		<title>Consejos a mis hijas</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Sep 2009 23:10:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[consejos a mis hijas]]></category>
		<category><![CDATA[decálogo]]></category>
		<category><![CDATA[hijas]]></category>
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		<description><![CDATA[POR JAIME BAYLY (A Camila, por su cumpleaños) No se casen. Si se casan y el novio es rico, no acepten un acuerdo previo de separación de bienes. Si ya se casan una vez, cásense al menos dos veces más. No le pidan nada a Dios. No le tengan miedo a Dios ni a los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2009/09/consejos-a-las-hijas-copia.jpeg" align="right" /><br />
POR JAIME BAYLY</p>
<ol>
<em>(A Camila, por su cumpleaños)</em></ol>
<p>No se casen.<br />
Si se casan y el novio es rico, no acepten un acuerdo previo de separación de bienes.<br />
Si ya se casan una vez, cásense al menos dos veces más.<br />
No le pidan nada a Dios.<br />
No le tengan miedo a Dios ni a los que meten miedo en nombre de Dios.<span id="more-9554"></span><br />
No esquíen.<br />
No buceen.<br />
No hagan canotaje.<br />
No trepen montañas.<br />
No sean trepadoras.<br />
No salten en paracaídas.<br />
No salten soga.<br />
No vayan al gimnasio.<br />
No se operen nunca nada, aun si les dicen que su vida está en riesgo. La vida siempre está en riesgo, mucho más cuando te operan.<br />
No confíen en los médicos, en los políticos, en los psiquiatras, en los vendedores ni en nadie de aspecto humano.<br />
Limítense a hacer lo que les dé placer.<br />
No se limiten en hacer lo que les dé placer.<br />
Bailen todo lo que puedan.<br />
Traten en lo posible de no matar a nadie.<br />
Si es inevitable matar a alguien, háganlo con delicadeza y compasión, procurando el menor sufrimiento a la víctima y no dejando huellas del crimen.<br />
Matar puede ser divertido una vez, más ya es vicio. No se envicien. Si se envician, usen silenciador y disparen tres veces, por las dudas.<br />
No vayan a velorios, funerales, misas ni casamientos.<br />
Si matan, vayan al velorio y lloren un poco, es lo mínimo que pueden hacer. Una dama siempre sabe cuándo corresponde llorar.<br />
No tengan hijos.<br />
No adopten hijos.<br />
Si tienen hijos, traten de saber quién es el padre.<br />
Si tienen hijos, no los bauticen.<br />
No les pongan sus nombres a sus hijos ni a sus hijas. Puestas a elegir, póngales sus nombres a sus hijos, así los confunden un poco.<br />
No viajen. Caminen. Miren.<br />
No estudien. Lean. Miren.<br />
No lean nada que no les dé placer.<br />
No lean mis libros.<br />
No se maquillen.<br />
No usen tacos.<br />
No hagan el amor. Tengan orgasmos.<br />
No viajen nunca sin un consolador y dos juegos de baterías.<br />
No limpien la casa.<br />
No cocinen.<br />
No tomen pastillas para dormir.<br />
No tomen antidepresivos.<br />
No tomen.<br />
No fumen.<br />
Fumen un porrito de vez en cuando.<br />
No prueben coca.<br />
Piensen que este año puede ser el último.<br />
No respondan los agravios. No inmediatamente.<br />
Dicen que la mejor venganza es pasarla bien. Es una verdad a medias. La mejor venganza es dejar ciego a tu enemigo, que no te pillen y luego pasarla bien.<br />
La única manera científica de medir la felicidad es el número de orgasmos que alcanzarán a lo largo de sus vidas. Que sean muchos (los orgasmos y los proveedores: traten de que no sean los mismos proveedores de Wong, por el amor de Dios).<br />
No vayan a reuniones familiares. Si van, traten de sembrar cizaña y encender una discusión, luego ya se pueden ir más tranquilas.<br />
No traten de ser amigas. Es imposible. Son hermanas.<br />
Si les gusta el mismo hombre, traten de compartirlo. Si no se deja compartir, es gay.<br />
Es aconsejable tener un amante oficial y uno (por lo menos uno) clandestino. Es aconsejable que el clandestino esté mejor dotado que el oficial. Es aconsejable que el oficial no sea oficial de la policía.<br />
En caso de ser pilladas, no se disculpen, no nieguen las evidencias, búsquense otro amante.<br />
No recen. Nadie escucha. Mejor canten.<br />
No esperen que nos encontremos en el más allá. Pero si llegásemos a encontrarnos, por favor no me despierten si estoy durmiendo.<br />
Usen sombreros.<br />
Huelan las rosas.<br />
Maten mosquitos.<br />
Beban un vaso de lluvia escandinava.<br />
No esperen nada bueno de la gente.<br />
No amen al prójimo, desconfíen de él.<br />
Las orgías no son recomendables, se pierden los zapatos y los relojes con facilidad.<br />
No pidan consejo a nadie. Hagan lo que les salga del corazón. Si no les sale nada, no hagan nada. Ante la duda, abstente. Ante la certeza, duda. En cualquier caso, abstente.<br />
No hagan caso a nadie de la familia, salvo a mi hermano Javier.<br />
Aunque solo sea por una vez, hagan el amor con una mujer. Aunque no les provoque, háganlo por respeto a mí, como un homenaje a mi memoria.<br />
Vuelen en globo.<br />
No hagan dietas. Engorden. Soben con cariño su panza. Pónganle un nombre. Hablen con ella.<br />
Un día cualquiera, en una ciudad cualquiera, escúpanle sin razón alguna a un peatón. Sigan caminando. No se disculpen.<br />
No se pinten el pelo.<br />
Si llegan a tener canas, no se las pinten.<br />
No usen hilo dental en las nalgas. En los dientes, de vez en cuando.<br />
No busquen la felicidad. Busquen el punto G. Allí habita.<br />
Nieguen con absoluto cinismo todas las flatulencias que despidan. Atribúyanlas a otros.<br />
Mientan todo lo que sea innecesario.<br />
Si un amante te deja, no te ahorres un par de insultos.<br />
Si un amante te deja y luego te pide perdón y quiere volver contigo, no lo perdones, insúltalo un poco más.<br />
Si un embarazo las sorprende, hagan todo lo posible por parir a ese crío.<br />
Si abortan, no se arrepientan.<br />
Si no abortan, tampoco se arrepientan.<br />
Traten de que no las sorprenda un embarazo.<br />
Estar sola puede ser una cosa muy buena.<br />
Dormir sola puede ser una cosa muy buena.<br />
Vivir sola puede ser una cosa estupenda.<br />
No hagas a los otros lo que no quieres que te hagan a ti. Pero si te hacen algo que no querías, hazle algo peor a esa persona o a cualquier otra persona. No te quedes con las ganas.<br />
Si tienes un hijo, llámalo Circuncisión.<br />
Si tienes una hija, llámala Clítoris o simplemente Clit, que es más glamoroso e internacional.<br />
A Circuncisión no te olvides de hacerle la susodicha operación cuando nazca. No dejes pasar el tiempo.<br />
No confíen en un hombre al que no le gusta el fútbol. Tampoco confíen en uno al que le gusta el fútbol. Desconfíen de ambos, pero más del primero.<br />
No se acuesten con un magnate ruso. No se jueguen la vida de esa manera.<br />
Nunca acepten nunca una taza de té de un magnate ruso residente en Londres. Puede que no le echen azúcar o sacarina al té, sino plutonio 210.<br />
Tengan sexo con un negro al menos una vez en la vida, por respeto a lo que sufrieron los esclavos. En circunstancias ideales, que no hable ninguna lengua comprensible para ustedes.<br />
Traten de recibir más regalos de los que den. No es cierto que goza más el que da.<br />
Solo den limosna a los que tocan el violín en la calle.<br />
Recuerda que esa violinista callejera podrías haber sido tú.<br />
Si no aprenden a tocar la guitarra, el piano o el violín, aprenden al menos a tocarse a sí mismas.<br />
Si llegan a viejas, en alguna reunión navideña simulen un ataque de Alzheimer y echen a todos de la casa acusándolos de ser unos intrusos.<br />
Si tu chico se pone tu calzón, déjalo, no lo regañes. Pero no vuelvas a ponértelo tú.<br />
No hagan el amor en la ducha, en el ascensor o en el baño de un avión. Eviten lugares resbalosos o movedizos. Las escaleras son más seguras.<br />
Si un hombre no sabe ponerse un condón, échenlo enseguida de la casa y no lo vean más.<br />
Si se pone dos condones, échenlo también, díganle pusilánime.<br />
Siempre que les convenga, nieguen que son mis hijas y digan que no me conocen.<br />
Siempre que les convenga, digan que son hijas de mi tío Walter, que es un gran tipo. Da más prestigio y abre líneas de crédito.<br />
Cuando arrojen mis cenizas al mar, asegúrense de no tener el viento en contra.<br />
En caso extremo, conviértanse a cualquier religión que les permita salvar la vida.<br />
No digan que son ateas. Suena mal. Digan que son agnósticas. Suena a que están investigando algo científico.<br />
No se vuelvan mormonas. Se puede malinterpretar.<br />
No traten de tener éxito. Es un estrés. Traten de aprender a estar bien con pocas cosas y pocas personas. Si no aprenden, acostúmbrense a estar mal, encuéntrenle un cierto gusto, disfruten del fracaso. Tal vez eso sea precisamente el éxito.<br />
Resumiendo:<br />
Limítense a hacer lo que les dé placer.<br />
No se limiten en hacer lo que les dé placer.<br />
Suerte.<br />
Buen viaje.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>La monja loca</title>
		<link>http://www.theclinic.cl/2009/08/17/la-monja-loca/</link>
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		<pubDate>Mon, 17 Aug 2009 13:24:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Iglesia Católica]]></category>
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		<description><![CDATA[POR JAIME BAYLY No soy hombre de asistir a conciertos. Prefiero, si acaso, comprar el disco. Los conciertos son caros, exigen un esfuerzo físico considerable (subir y bajar escaleras, saludar a la gente, someter mis posaderas al rigor de una silla plegable) y suelen dejarme aturdido y triste al encontrarme hacinado en medio de un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2009/08/putalamonja2.jpg" align="right"width=180/><br />
POR JAIME BAYLY</p>
<p>No soy hombre de asistir a conciertos. Prefiero, si acaso, comprar el disco. Los conciertos son caros, exigen un esfuerzo físico considerable (subir y bajar escaleras, saludar a la gente, someter mis posaderas al rigor de una silla plegable) y suelen dejarme aturdido y triste al encontrarme hacinado en medio de un amasijo de gente escandalosamente feliz (más feliz de lo que yo nunca he estado ni estaré) y que sabe todas las canciones de memoria y las canta más ruidosamente que el propio cantante (canciones que, por supuesto, yo conozco a duras penas y cuyas letras ignoro a plenitud: nunca he podido aprenderme una canción entera, ni siquiera el himno de mi país).<span id="more-8742"></span></p>
<p>A pesar de todo ello, allí estaba sentado en la fila 7, asiento 14, del American Airlines Arena de Miami, esperando a que comenzara el concierto de Ricardo Arjona, quien había tenido la generosidad de visitarme en mi programa de televisión (sorprendiéndome con su inteligencia y sentido del humor, diciendo que mi bisexualidad se debe a que soy “un glotón” y a que “cualquier colectivo me lleva a mi casa”) y de invitarme luego a su concierto. </p>
<p>No estaba en mis planes ir a un concierto de Ricardo (ni de nadie) en este último tiempo antes de morir en una clínica suiza bebiendo veneno dulce a diez mil euros el vaso, pero, contra todo pronóstico, me dije que debía hacerlo por razones de cortesía (Ricardo había sido muy amable al venir al programa), por razones de avaricia pura (la entrada me salía gratis) y, principalmente, por razones de investigación sociológica: todas las mujeres que en mi vida han sido, absolutamente todas (tampoco es que sean tantas, pero son más de las que habitan en mí), me habían confesado, en algún momento de la intimidad amorosa o del intercambio de fluidos y secreciones, que nunca podrían amarme a mí como amaban a Ricardo Arjona. Esto era entonces algo que me intrigaba desde hacía ya más de dos décadas: que cualquier mujer que aceptaba o se resignaba a ir a la cama conmigo terminaba diciéndome que el sueño de su vida era conocer a Arjona y hacer el amor con él. Hubo incluso una joven que, en plena escaramuza genital, me dijo (cómo se han desinhibido las chicas de ahora) que estaba pensando en Arjona y no en mí y por eso cerraba los ojos.</p>
<p>Lo que no calculé, por tonto y atropellado, fue que llegar al concierto a las siete y media de la noche sería un error, pues Ricardo salió a cantar a las nueve, y durante esa hora y media de espera algunas mujeres que me reconocieron vinieron a tomarse fotos conmigo y a decirme que me encontraban agradable, gracioso, vagamente atractivo, modosito y papichulo, de modo que sobarse conmigo les parecía una manera divertida y estimulante de perder el tiempo a la espera de que saliera Ricardo. Me sentí humillado, ultrajado. Sentí que estaba calentándole el público a Ricardo. Sentí que estaba hirviéndole el agua para que él se tomara el té. Sentí que yo era sólo un bocadito o canapé para esas mujeres voraces que habían acudido aquella noche a devorarse al plato de fondo, el legendario cantante, seductor y domador de fieras, Ricardo Arjona.</p>
<p>Un tanto abrumado por las fricciones, los halagos, los pellizcos y el roce de mejillas con tantas mujeres ardientes, procuré espantarlas echando mano a mi conocido repertorio de pirotecnia verbal (soy impotente, soy más gay que Liberace, tengo cáncer terminal y moriré a fin de mes, ya me han dado la extremaunción, mi pene es tan diminuto que no alcanza las dimensiones de un frijol, un garbanzo o una habichuela), pero la bulla era tal que mis coartadas no conseguían disuadir el furor uterino de las fanáticas de Arjona, quienes se sacaban una foto conmigo como quien se come un pan duro antes de engullirse el lomo fino. Diré algo de lo que me enorgullezco: no rechacé un solo pedido de foto y a todas las dije que estaban lindas, regias, guapísimas, y sonreí siempre con la mansedumbre de un bobo asustado.</p>
<p>Cuando Ricardo salió al escenario y comenzó a desplegar sus dotes de hechicero y sumió en un estado de hipnosis profunda a la multitud variopinta, pensé que me encontraba a salvo del acoso de sus admiradoras y que podría disfrutar tranquilamente de sus canciones, especialmente las de su último disco, “Quinto piso”, que había escuchado antes de entrevistarlo. </p>
<p>Fue entonces cuando apareció la monja loca. </p>
<p>No estaba en mis planes hallarme en el concierto de Ricardo aquella noche, pero, sobre todo, no estaba en mis planes advertir aterrado que una monja loca vendría caminando hacia mí con una determinación suicida, con la mirada trastornada, en una suerte de vuelo kamikaze, poseída por una fe inquebrantable, dispuesta a cumplir una misión redentora, purificadora, no exenta de sangre derramada.</p>
<p>Podría alegarse que “una monja loca” es una tautología. En principio, suscribo esa idea o calumnia: toda monja, por definición, ha de estar más o menos loca; dicho de otro modo: una mujer razonable no podría ser una monja. Pero escribo con énfasis el adjetivo “loca” porque esta monja no era una monja ordinaria, cualquiera: era joven, guapa, estaba enteramente vestida de monja (o de novicia), con un hábito color café o caramelo, y estaba en Miami, en el concierto de Ricardo Arjona. Todo ello me dejó, a la vez, perplejo, estupefacto y devorado por el miedo de quien ve acercarse la muerte en la forma improbable de una monja de cejas pobladas y mirada flamígera.</p>
<p>Un número de preguntas quemantes se agolparon en mi mente: ¿Por qué una mujer joven y atractiva se torturaba siendo monja? ¿Qué hacía una monja vestida como tal en un concierto de Ricardo Arjona? ¿Sería realmente una monja o un travesti o drag queen? ¿Cómo era posible que todavía existiera una monja en Miami, donde la canícula abrasadora se encargaba de extinguirlas a todas sin piedad, del mismo modo que no podrían sobrevivir pingüinos en Miami?</p>
<p>Resignado a que al parecer estaba escrito en mi destino morir acuchillado por una monja loca en un concierto de Arjona, esperé gallardamente esa cita con la muerte. Sentí, como dicen que sintió Borges en una casa alquilada en Ginebra, en junio de 1986: ha llegado la muerte, está aquí, y es fría, helada.</p>
<p>La monja atropelló sus pasos, clavó su mirada ardiente sobre mí, me sujetó de los brazos, me miró como si fuera a hipnotizarme o a exorcizarme o a vampirizarme, me miró con una gravedad de monja que le ha perdido el miedo a todo lo humano, y me dijo:</p>
<p>-Te amo, Jaime Baylys. Antes te odiaba, pero ahora te amo.</p>
<p>Dos cosas llamaron poderosamente mi atención: el aliento de la monja delataba que se había empujado recientemente comida enchilada o encebollada, y sobre sus labios voluptuosos se asomaba un vello incipiente mas recio y viril que el mío.</p>
<p>La monja no me dio oportunidad de decir palabra y prosiguió gritándome al oído, sin dejar de sujetarme los brazos:</p>
<p>-Antes te odiaba, Jaime Baylys. Pero una noche, en el convento, vi una fila de hormiguitas caminando ordenadamente y de repente noté que una hormiguita se salió de la fila y se fue a caminar por su cuenta, se perdió solita, alejándose del resto de las hormiguitas, y en ese momento comprendí que esa hormiguita perdida eras tú, Jaime Baylys.</p>
<p>Por puro instinto de supervivencia, atiné a comentar:</p>
<p>-Sí, sí, esa hormiguita era yo.</p>
<p>-Eras tú, Baylys, eras tú –siguió la monja-. La hormiguita perdida eras tú. Y mi misión es llevarte de regreso a tu familia de hormigas.</p>
<p>La monja loca parecía embriagada de un amor tóxico y muy segura de que nada le impediría cumplir su misión.</p>
<p>-Gracias, muchas gracias –le dije.</p>
<p>Ella me tomó de la mano, me miró como si hubiese hallado al gran amor de su vida y me cantó al oído lo que en ese momento estaba cantando Ricardo en el escenario: “¿Qué estas haciendo tú, qué estoy haciendo yo, subastando en el mercado besos tan improvisados con despecho al portador?”.</p>
<p>Luego me dijo, sus manos sudorosas enlazadas con las mías, su bigote incipiente en entredicho con sus ojos almendrados:</p>
<p>-Eres mi hormiguita, Jaime Baylys. Te amo.</p>
<p>Me pareció evidente que si me negaba a ser su hormiguita, la monja me mataría. Por eso me uní al coro de Ricardo y canté: “¿Qué estás haciendo tú, qué estoy haciendo yo, malgastando en cualquier cama lo que se nos dé la gana para vengarnos de los dos?”.</p>
<p>En un momento de distracción, cuando la monja sacó una cámara digital y se puso de espaldas a Ricardo y empezó a dispararse fotos en las que ella salía sonriendo con Arjona al fondo, salí corriendo como un demente, sorteando a los guardias de seguridad, corriendo como un atleta olímpico, sintiendo el aliento acezante de la monja loca que venía agitándose detrás de mí, gritando:</p>
<p>-¡Hormiguita, hormiguita, no te me escapes!</p>
<p>Corrí y corrí a toda prisa, trepé como cien escaleras a una velocidad de la que me creía incapaz (pero mi vida estaba en juego y no podía dejarme alcanzar) y en algún momento salí del coliseo, bajé como un lunático las escaleras, esquivé a un mendigo, subí a mi auto y salí disparado. A lo lejos, jadeando en la playa de estacionamiento, la monja me hacía unos gestos ampulosos y enfáticos, unos gestos que podían ser los de una bendición o una condena a muerte o los de un insulto cantinero.</p>
<p>A salvo de la monja loca, pensé: Está claro que si Dios existe, tiene que ser un comediante. </p>
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		<title>Por qué mueren los amigos</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Aug 2009 05:13:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[amistad]]></category>
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		<description><![CDATA[POR JAIME BAYLY Hay amigos que se mueren de pronto y hay amigos que siguen vivos pero es como si ya estuvieran muertos. La muerte de éstos suele ser provocada por una suma de decepciones, mezquindades y desengaños que uno percibe como tales (una percepción que no siempre tiene asidero real); la de aquéllos suele [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2009/08/mueren-los-amigos.jpg" width=450/></p>
<p>POR JAIME BAYLY</p>
<p>Hay amigos que se mueren de pronto y hay amigos que siguen vivos pero es como si ya estuvieran muertos. La muerte de éstos suele ser provocada por una suma de decepciones, mezquindades y desengaños que uno percibe como tales (una percepción que no siempre tiene asidero real); la de aquéllos suele dejarnos con el mal sabor y la culpa de que no supimos querer y frecuentar al amigo que ya no estará más.<br />
<span id="more-8482"></span><br />
Curiosamente, puede que duela más la muerte de los amigos que siguen vivos que la muerte de los que de verdad han expirado. Los que siguen vivos nos recuerdan un fracaso (un fracaso que siempre es compartido por el amigo que se nos murió virtualmente y por nosotros, que lo dejamos morir con cierto despecho o rencor). Los que de verdad se murieron nos recuerdan un fracaso distinto: que no supimos estar a la altura de los desafíos que aquella amistad planteaba, que no cuidamos esa amistad como debimos, que no vimos todo lo que hubiéramos querido a ese amigo al que ya no veremos más. </p>
<p>En ambos casos, sin embargo, y quizá porque uno se hunde en la trinchera del cinismo para sobrevivir a las balas enemigas (que con el paso del tiempo silban más cerca de nuestras cabezas), la reacción más habitual cuando muere un amigo, sea virtual o real su deceso, es pensar que esa amistad no se desarrolló todo lo que podría haberse desarrollado no por culpa nuestra sino porque el amigo perdido no supo entendernos y querernos como éramos, porque el amigo muerto no daba la talla, no era tan buena gente como pensábamos, o porque ese amigo, siendo en apariencia nuestro amigo, era en realidad un tipo más o menos pesado, irritante, que, con el paso de los años, se fue haciendo cada vez menos simpático y más insoportable. </p>
<p>Las personas suelen practicar la curiosa costumbre de no hablar mal de un muerto (al menos en público). A muchos les parece que hablar mal de un muerto, aun si el muerto fue un miserable, es de mal gusto. Tal vez por eso, cuando se muere un amigo al que, al mismo tiempo, apreciábamos y evitábamos sistemáticamente porque su presencia nos resultaba incómoda después de los primeros cinco minutos, sentimos una rara mezcla de tristeza porque no lo veremos más y de alivio porque, en realidad, ya habíamos decidido que no queríamos verlo más. </p>
<p>Me pasa a menudo cuando muere un amigo que me digo: qué pena que no pude verlo una última vez, qué pena que no alcancé a tener un gesto de generosidad con él, qué lástima que no supe expresarle mi cariño. Poco después me digo: qué alivio saber que ya no me lo encontraré en el pasillo de un aeropuerto o en el restaurante en el que a veces coincidíamos (y donde yo me escondía de él) o en una librería o en un café. </p>
<p>En cualquier caso, parece un hecho que, a medida que uno envejece, se nos van muriendo los amigos, le van quedando menos amigos. También parece cierto que esto, que podría provocar tristeza o amargura, nos deja con una extraña sensación de alivio, de liviandad, de habernos sacado un peso de encima, de habernos desembarazado de un bulto o un mono que ya resultaba incómodo. ¿Vamos perdiendo amigos porque, al conocernos mejor, los conocemos mejor a ellos también y descubrimos de pronto, disgustados por una felonía, que quienes simulaban ser nuestros amigos no lo eran en verdad y eran sólo unos sujetos entregados a la inercia o la rutina de una amistad hecha de imposturas y falsificaciones, eso que llamamos la cortesía? ¿O vamos perdiendo amigos porque, al conocernos mejor, y al encontrar creciente placer en los momentos de soledad, advertimos que los que antes nos parecían divertidos o simpáticos ahora nos parecen unos charlatanes insufribles? ¿O es simplemente que el paso del tiempo cambia tanto a las personas que resulta inevitable que nuestra percepción de ellas cambie tan radicalmente como la que ellas tienen de nosotros, y por lo tanto nadie, salvo el tiempo, tiene la culpa del naufragio de esa amistad, puesto que esas dos personas que se hicieron amigas tiempo atrás no son ya estas otras dos personas que no encuentran razón alguna para seguir fatigándose en el juego de una amistad que el tiempo y sólo el tiempo corroyó? </p>
<p>No sé bien por qué me van quedando tan pocos buenos amigos, pero advierto que en los últimos años se han muerto casi todos mis mejores amigos, siendo que muchos de ellos siguen vivos, pero si me dijeran que acaban de morir por completo, no sentiría tristeza, sentiría incluso la vergonzosa satisfacción de haberlos sobrevivido. ¿Cómo puede ser que si ese sujeto fue uno de mis mejores amigos ahora sólo sea un nombre fantasmagórico que evoca vilezas y traiciones y que uno espera que salga en los obituarios? ¿Cómo puede ser que los años corrompan minuciosa y cruelmente aquellas amistades que pensábamos que eran para siempre y ahora sabemos que sólo fueron unos años confusos, un mal recuerdo? </p>
<p>Se murió de verdad un amigo escritor y sentí pena por no haberlo visitado y alivio porque no me seguiría humillando con sus libros. Se murió de verdad un amigo famoso y sentí un fastidio vanidoso porque no vino a verme al teatro cuando lo invité y un alivio porque yo pude haber muerto intoxicado como él. Se murió de verdad un amigo actor y me quedé con las notas manuscritas que me dejaba en el restaurante, pidiéndome que lo llamase, y con el recuerdo culposo de las tardes en que me escondí en ese restaurante para que no me viese. Se murió un amigo millonario y lo que más me molestó fue que nunca me devolvió los libros que le presté. Se murió un amigo y recordé que cuando me regaló su libro lo tiré a la basura sin leerlo y pensé que en estos tiempos publicaban cualquier cosa. Ninguna de esas muertes me apenó en modo alguno. Peor todavía, me dejaron contento de estar vivo y tranquilo de saber que no los vería más. </p>
<p>Luego están los amigos que se han muerto y sin embargo siguen vivos y seguramente esperan a que uno se muera antes que ellos para alegrarse, y entonces lo que antes fue una amistad (o la simulación de una amistad) ahora es una competencia miserable para ver quién resiste más, quién sobrevive al otro, quién se da el gusto de saber cómo murió el otro. No son pocos los amigos vivos que se me han muerto ya. Está el intelectual de aire pontificio. Está el escritor filibustero. Está el escritor plúmbeo. Está el escritor canoso de mal aliento y mala entraña. Está el escritor bobo. Está el actor en el armario. Está el actor narciso. Está el canciller frustrado. Está el editor mafioso. Está la marica vocinglera. Está la vieja loca. Está la loca de mi tío. Está la argentina tatuada. Está el chileno pérfido. Está el uruguayo felón. Está el enano intrigante español. Está la editora que rechazó mi novela. Está la foca amaestrada. Cuántos enemigos. Cuántas ganas de que la muerte les tienda una emboscada y me procure así una discreta alegría. Cuánta gente innoble que fingió que me quería y luego me hundió la puñalada artera. ¿O será que soy yo el innoble paranoico que mató a esos amigos sin razón alguna o para que dejaran de estorbar mi vocación ermitaña? No lo creo: creo que esas personas nunca fueron en verdad mis amigas y mi vida es mejor o menos espesa sin ellas. Que lo sepan: no los echo de menos, espero leer sus nombres en las páginas de defunciones, no esperen de mí coronas de flores. Por mi parte, sé que ellos esperan mi muerte con impaciencia y los que consigan sobrevivirme escupirán sobre mi memoria y sentirán el mismo alivio que sentiré yo cuando ellos mueran del todo. </p>
<p>Lo raro de todo esto es que a esos amigos muertos en vida les tuve bastante cariño y en la mayor parte de los casos no podría precisar por qué se murieron para mí, qué bajeza o mezquindad me hicieron para no querer verlos más. En algunos casos, recuerdo el minúsculo incidente que provocó la ruptura (una crítica, un desplante, una traición, un ensañamiento incomprensible), pero en otros no consigo recordar por qué ese amigo ya no lo es más y si lo viera procuraría esquivarlo para ahorrarme el mal trago de saludarlo. Quizá, pensándolo bien, no hubo razones para matar en vida a esos amigos, sólo nos fuimos inventando pretextos y coartadas, alucinaciones paranoicas, complejos megalómanos para expulsarlos de nuestras vidas y darnos el gusto de quedarnos solos. Quizá esos amigos nos querían de verdad y nosotros todavía los queremos clandestinamente, pero resultaban un estorbo para permitirnos el solapado deleite de estar en casa, a solas, en silencio, escuchando una melodía vibrante y odiando a todo el mundo porque sí. Es decir que ningún amigo podría procurarnos nunca semejante deleite, ni siquiera el más fiel y virtuoso de los amigos, y por eso es preciso matarlos a todos para poder quedarse uno solo y hacer lo que le salga de los cojones, por ejemplo escribir de esos cabrones a los que ahora uno recuerda con un punto de desprecio y rencor y que, por supuesto, no son peores que uno mismo, pero al menos no están acá, metidos en la casa, haciéndonos preguntas, afeándonos la vida con sus chácharas, sus cotorreos y sus flatulencias doctorales, jodiéndonos con su sola presencia. </p>
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		<title>Plegarias no atendidas</title>
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		<pubDate>Mon, 03 Aug 2009 05:37:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/10/bayly2.jpg" align="right" /></p>
<p>POR JAIME BAYLY</p>
<p>Hace diez años, una noche de junio, me invitaron a una fiesta gay en la mansión Vizcaya de Coconut Grove. Al tiempo que los anfitriones me dejaban saber que se trataba de una fiesta muy exclusiva a la que asistirían gays millonarios como Calvin Klein y David Geffen, me informaron minuciosa y enfáticamente de que debía ir vestido de blanco por completo, de los zapatos al sombrero o la gorra si se me ocurría llevar la cabeza cubierta, dado que dicha fiesta llevaba el nombre de White Party.<br />
<span id="more-8224"></span><br />
No por rebelde, sino porque no tenía pantalones ni zapatos blancos y carecía de vitalidad o espíritu glamoroso para salir a comprarlos, me vestí de negro y pensé que no me dejarían entrar por violar el estricto código de etiqueta nívea. Tal vez porque me reconocieron de la televisión o porque pensaron que me había vestido de negro para hacerles un desplante nihilista o porque creyeron que mi reticencia a disfrazarme de blanco tenía que ver con que no me sentía del todo gay sino sólo en parte, los suaves y fornidos señores que permitían la entrada de unos y echaban a otros sin miramientos me saludaron con simpatía y me dieron la bienvenida a la mansión. </p>
<p>De pronto me encontré en medio de un enjambre jubiloso de querubines afeminados, travestis emplumados con las bocas ahítas de carmín, señores distinguidos que bebían champagne delicadamente y recios varones de brazos marineros, todos en perfecta comunión o reverencia al dios que adoraban esa noche, el color blanco inmaculado y purísimo, un blanco que refulgía, un blanco tan blanco como el de la nieve recién caída antes de ser pisada, un blanco que parecía, por lo mucho que resplandecía con una textura fosforescente, un color que ellos se habían inventado y yo no había visto antes. </p>
<p>Comprensiblemente, me sentí incómodo y fuera de lugar, me sentí una mancha humana, me sentí un intruso que contaminaba tanta felicidad translúcida, risueña y apretujada, alguien que afeaba la fiesta con sus vaqueros gastados, sus zapatos negros y su barriga insoslayable. Sentí además un número no menor de miradas reprobatorias que desdeñaban con un mohín torcido menos mi ropa desafiante que mi panza bochornosa. </p>
<p>Poco duré en la fiesta. Ya me iba cuando advertí que estaban expulsando de la mansión a un joven fornido, de corta estatura, vestido de negro. Apuré mis pasos y lo saludé y elogié su buen gusto. Nos hicimos amigos. Era alemán, hablaba inglés perfectamente, trabajaba como modelo a pesar de no ser alto, se llamaba Harry (o así dijo que se llamaba y yo no le creí porque aquella noche había en el ambiente un cierto aire falso a felicidad simulada, esforzada, posada).<br />
Hacía ya unos años que me había divorciado y vivía solo en Miami y esperaba con creciente impaciencia la oportunidad de irme a la cama con un hombre atractivo, sin pagarle ni jugarme la vida. Harry pareció esa oportunidad que había esperado dos o tres años: era joven, guapo, divertido, tenía un lindo cuerpo y cara de chico bueno y por suerte no sabía quién era yo, no me había visto nunca en televisión ni había leído las ficciones más o menos chapuceras que había publicado. Tanto mejor. </p>
<p>Me ofrecí por eso a llevarlo a su apartamento en Hollywood, al norte de Miami. En aquella época conducía una camioneta verde que entonces encontraba elegante y ahora me parece espantosa. Harry me contó que vivía entre Berlín y Miami, que venía a Miami cuando le salían trabajos como modelo, que estaba ahorrando para retirarse en unos años del agobiante mundo de las fotos y las pasarelas y las sonrisas impostadas y dedicarse a lo que en verdad le interesaba, estudiar medicina. Quería ser un doctor, un doctor alemán, y, aunque apenas tenía veintidós años, decía estar harto de la vida itinerante del modelo que no puede engordar y tiene que exhibir un catálogo de no menos de ocho sonrisas, todas falsas por supuesto. </p>
<p>Nunca había hecho lo que me permití aquella noche: conocer a un extraño, llevarlo a su casa, entrar en su casa invitado por él, beber unos tragos y terminar en su cama. Siempre había pensado que confiar en un extraño, por simpático que pudiera parecer, era correr un riesgo excesivo, pero esa noche no me lo pareció o Harry me gustó tanto que neutralizó mi sentido de la prudencia. </p>
<p>Pasó lo que tenía que pasar, y como lo que pasó no fue tan placentero como había pensado que sería (no por culpa de Harry, sino por incompetencia o impericia mía), me quedó un mal sabor, una sensación de desasosiego, confusión y vértigo sobre mi destino incierto. Lo cierto es que, tras despedirnos, conduciendo aprisa por la autopista de regreso a casa, sentí que había esperado dos o tres años ese encuentro con aquel muchacho encantador, y las escaramuzas o refriegas eróticas a las que nos habíamos entregado me habían dejado inesperadamente decepcionado y triste, como si hubiese idealizado una forma de placer que, en realidad, no era tal cosa, no era el goce o el deleite o la fruición que mi imaginación había prometido, era algo bastante más mediocre y predecible, unos movimientos o posturas que incluso me habían resultado en cierto modo indecorosos, como si no hubiese sido capaz de dejar de observar con espíritu crítico lo que estaba haciendo con ese joven modelo. </p>
<p>Por supuesto, no era la primera vez que me iba a la cama con un hombre, pero ésta era sin la duda la peor de las decepciones que había vivido en ese territorio peligroso, el del amor entre varones. Mi memoria registraba unas pocas noches de intoxicación feliz: una noche con un músico en un apartamento sin muebles, una o varias noches con un actor en el mismo apartamento ya con muebles, una noche fallida con un camarero francés, ninguna noche más a pesar de mi fama de promiscuo y libertino (ya se sabe que a menudo se escribe de lo que no se pudo vivir, de lo que se hubiera querido vivir). </p>
<p>Al llegar a casa llamé a mi ex esposa y le conté lo que me había ocurrido y creo que rompí a llorar y ella me consoló y me dijo que siempre había estado segura de que lo mío con los hombres era sólo una confusión, un trauma o una herida provocada por la mala relación con mi padre. Humillado por mis dudas y mi confusión, le pedí a mi ex esposa que volviera conmigo, que me diese una nueva oportunidad, que esta vez las cosas serían distintas. Me dijo que no convenía atropellarse, que ella estaba saliendo con un estudiante de medicina, hijo de un ministro, y que no quería interrumpir esa relación, y dijo además que no quería sacar a nuestras hijas del colegio en Lima y me aconsejó que fuese al siquiatra y que me tomase un tiempo para saber bien quién era y qué quería. </p>
<p>Llamé entonces a mi madre y le pedí que viajase a Miami a acompañarme unos días. Mi madre, siempre tan generosa, no dudó en subirse al primer avión. Pasó un par de semanas conmigo. Como era previsible, se alegró cuando le conté que no había encontrado el placer que estaba buscando aquella noche con Harry. Me dijo que yo era un varón, un varón heterosexual, un recto varón heterosexual, un pío y recto varón heterosexual, y que todas mis dudas al respecto se despejarían rezando, confesándome y asistiendo a misa con ella todos los días. </p>
<p>Por una vez, para variar, le hice caso a mi madre. Fui a misa con ella todos los días, le pedí a Dios que borrase de mi mente las apetencias prohibidas y me encaminase en el amor a mi ex esposa y me confesé con un sacerdote de la parroquia católica de la isla, que me pareció tan afeminado que sospeché haberlo visto en la mansión Vizcaya, vestido de blanco, y que por supuesto me conminó a contarle en detalle mis escarceos eróticos con varones, unos juegos que ahora me parecían viciosos, extraviados, y de los que me arrepentía muy de veras. </p>
<p>Mi madre me recomendó que visitase a una siquiatra amiga suya. De paso por Lima, la visité. La señora siquiatra me dijo con mucho aplomo que la homosexualidad no existía, que yo estaba confundido y aturdido, que debía tomar unas pastillas antidepresivas, hacer mucho deporte y olvidarme de las dudas puramente ficticias sobre mi identidad sexual. Tú eres un hombre, no puedes convencerte de que eres una mujer porque no lo eres, tienes que aceptar que eres un hombre y que por lo tanto te gustan las mujeres, dijo la siquiatra. </p>
<p>Calculo que mi fervorosa cruzada por borrar todo vestigio o residuo gay que hubiese en mí y convertirme en un recto varón heterosexual duró como mucho un par de meses. No exagero si digo que hice mi mejor esfuerzo. Oré, me ejercité, ingerí hormonas, lloré ante un cura afeminado, le rogué a Dios que me enseñase el camino. Entretanto, mi ex esposa y mi madre me arengaban a no desmayar en la lucha por rescatar mi virilidad perdida y la siquiatra me recetaba cápsulas hormonales para aniquilar al chico suave y confundido que habitaba en mí desde que tenía uso de razón (y uso de esas partes que no gobierna la razón). </p>
<p>Fue entonces cuando Harry me llamó una tarde, me dijo que estaba de paso por la isla, vino a mi casa, me regaló unas galletas de chocolate que había horneado él mismo y me sugirió meternos a la piscina. Esa tarde luminosa, viendo a Harry deslizarse en el agua azulada con olor a cloro, perdiéndome en su sonrisa, comiendo una galleta más, confirmé sin la menor duda que no tenía que besar ni tocar a un hombre para saber que la proximidad de un chico como él era algo que me hacía curiosamente feliz. Y no había Dios ni madre ni ex esposa que justificase renunciar a esa felicidad esquiva y en cierto modo ficticia, pero tan parecida por otra parte a la felicidad que sentía cuando me encerraba a escribir ficciones. Quizá, después de todo, uno no era esto o lo otro, uno podía convertirse en la suma de ficciones que era capaz de urdir para escapar de la mediocridad católica y avinagrada de la vida misma.</p>
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		<title>La ropa escondida</title>
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		<pubDate>Mon, 27 Jul 2009 05:33:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
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		<description><![CDATA[POR JAIME BAYLY Mi hija mayor, que es tan inteligente y responsable que no parece mi hija, decidió inscribirse en unos cursos de verano en la universidad de Brown, a pesar de que sólo tiene quince años. Aunque desconfío de las universidades y tiendo a creer que la mayor parte de las cosas que en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/10/bayly2.jpg" align="right" /></p>
<p>POR JAIME BAYLY</p>
<p>Mi hija mayor, que es tan inteligente y responsable que no parece mi hija, decidió inscribirse en unos cursos de verano en la universidad de Brown, a pesar de que sólo tiene quince años. </p>
<p>Aunque desconfío de las universidades y tiendo a creer que la mayor parte de las cosas que en ellas se enseñan son más o menos inútiles y poco o nada tienen que ver con la felicidad (que tanto tiene que ver con el azar), me pareció estupendo que mi hija tuviese unas semanas de libertad, acompañada de sus mejores amigas, en Providence, Rhode Island.<br />
<span id="more-7987"></span><br />
A decir verdad, poco importaba que me pareciera estupenda su decisión, pues, de haber pensado que mi hija estaba cometiendo un error, ella no hubiese cambiado sus planes. Mi relación con ella no es una de amistad sino de obediencia. Quiero decir, ella manda, yo obedezco y pago, y de ese modo ambos somos felices. </p>
<p>Como consecuencia de su decisión, y como yo no podía viajar a buscarla cuando terminase el curso, convencí a su madre y  su hermana de que viajasen a Boston a reunirse en esa ciudad con ella, que tomaría un tren desde Providence, nada más terminar su curso, que era (y esto me pareció notable) sobre la relación entre la política, la música y la poesía. Si me encargaran dictar un curso sobre esa ardua cuestión, me arriesgaría a postular dos ideas: los músicos y los poetas mitigan o alivian el daño estético, acústico y moral que perpetran los políticos y nos salvan del suicidio colectivo; si los músicos y los poetas se dedicasen a la política y los políticos, a la música y la poesía, todo sería mucho peor y ya nada nos salvaría del suicidio colectivo. Por suerte para mi hija, no fui su profesor. </p>
<p>Como era previsible, no fue laborioso convencer a Sofía y a Lola de que viajasen a Boston. Aceptaron encantadas. Ambas (y en esto se parecen mucho) ven siempre con entusiasmo la idea de subirse a un avión, sea para ir al lago Titicaca, a la selva amazónica o a Nueva Inglaterra. Ambas son notablemente inquietas y asocian el placer al movimiento continuo, al cambio frecuente de paisajes, escenarios y usos horarios. </p>
<p>Dado que no hay vuelos directos entre Lima y Boston, pareció razonable que pasaran un fin de semana en Miami conmigo, antes de seguir viaje al norte. Sólo había un problema, y es que Martín estaba en mi casa, escapando del crudo invierno argentino. </p>
<p>Con inteligencia y generosidad, Martin aceptó irse a un hotel de South Beach en vísperas de que llegasen mi ex esposa y mi hija, de modo que ellas pudiesen quedarse conmigo sin que Sofía pasara por el disgusto o el sobresalto de compartir la casa con él. Lola conoce a Martín y se llevan muy bien, pero Sofía se lleva muy bien con Martín precisamente porque no lo conoce, no quiere conocerlo, no lo menciona, no existe para ella. Así las cosas, y como no soy un hombre valiente, prefiero que Sofía y Martín sigan llevándose bien pretendiendo que el otro no existe. </p>
<p>Me pareció que Martín fue, a la vez, práctico y generoso al resignarse a pasar cuatro noches en un hotel, cediendo su cuarto, su cama, a mi ex esposa, la mujer que se ha pasado los últimos años simulando que él no existe, que es una criatura fantasmagórica o una ficción escapada de mis alucinaciones. Lo quise más. Pensé que Sofía no hubiera hecho lo mismo por él. </p>
<p>Después de dejar a Martín en el hotel, volví a casa y esperé a que llegaran mi ex esposa y mi hija. Llegarían al alba. En otros tiempos hubiera ido a buscarlas al aeropuerto. Ahora, por razones de salud (que es la cortada perfecta para justificar que soy un holgazán), decidí enviarles un chofer. </p>
<p>Mientras las esperaba, me sorprendí al verme buscando unas fotos que Sofía y mis hijas me habían regalado y que estaban guardadas en un armario. Saqué las fotos y las desplegué en la sala, de modo que se sintieran halagadas de verse en un lugar notorio de la casa. En una foto mis dos hijas sonreían abrazadas, en otra Sofía montaba bicicleta, en otra las tres se apretujaban contentas, en la última (una foto de estudio) mis hijas parecían dos modelos de piernas largas y miradas lánguidas.<br />
Luego encendí la computadora del escritorio y borré todos los documentos y las fotos que tuvieran que ver con Martín. Sabía que mi hija y su madre usarían esa computadora y prefería que no encontrasen en la pantalla tantos íconos que remitían a la vida personal de mi chico. Quería evitar alguna escena de celos, despecho o rencor. Recordaba tantas peleas con Sofía que me daba pavor volver a caer en ese abismo. </p>
<p>A una hora incierta de la madrugada, y cuando ya no faltaba mucho para que llegasen, subí al cuarto de Martín y retiré cuidadosamente toda su ropa y la escondí en mi closet. Sólo dejé su colección de Vogue y sus libros de Puig, Mishima y Leavitt. </p>
<p>No dejé rastro alguno de que ese hombre pasaba el verano en mi casa. Borré todas las pistas, huellas o evidencias que delataran su existencia. Como Sofía había convertido en política oficial fingir que Martín no existía, hice lo que supuse que ella esperaba de mí: fingir que para mí tampoco existía. ¿Fue una cobardía despreciable? ¿Fue un acto deshonesto y manipulador? ¿O fue una cortesía de buen anfitrión, dispuesto a todo con tal de no incomodar a sus visitantes? No lo sabía bien y no importaba tanto. Lo único que me importaba a esas alturas era que Sofía y Lola pasaran un fin de semana tranquilo en mi casa y que no hubiera ninguna discusión, ninguna pelea, que mi hija viese que sus padres, no siendo ya amantes, eran capaces de dormir en la misma casa y tratarse con amabilidad. </p>
<p>El plan salió mejor de lo que había calculado. Martín estuvo encantado de darse unas vacaciones en South Beach y en ningún momento se quejó ni lamentó su suerte. Estaba tomando mojitos, conociendo drag queens, dándose baños de mar, exhibiendo su hermosa complexión, espantando con timidez (y placer) a los que se acercaban para seducirlo. Sofía y Lola pasaron poco tiempo en la casa conmigo. Subieron al auto que tanto le gustó a Sofía y se fueron de compras y a visitar a sus tíos y a pasear en bote y a hacer tantas cosas que, de sólo escucharlas al final del día, yo quedaba extenuado. Desde luego, no tuvieron tiempo de ver mi programa a las diez de la noche, y me pareció casi mejor que así fuera. No hubo una sola pelea, un solo momento crispado, irritante, ninguna discusión. Fuimos a comer los tres al mismo restaurante de siempre y hasta nos bañamos en la piscina y naturalmente todo adquirió una tonalidad más luminosa cuando le di a Sofía el popular “fajito”, un sobre con dólares para solventar sus urgencias comerciales. </p>
<p>Mientras ellas dormían en los cuartos vecinos con el aire acondicionado a tope, yo me recluía en mi cuarto y hablaba por teléfono con Martín, sin importarme demasiado que Sofía pudiese estar despierta, escuchándome. Era, a la vez, un acto que encerraba un minúsculo grado de valor y uno mayúsculo de miedo. Era valiente en hablarle a mi chico, pero era cobarde en hablarle susurrando. </p>
<p>El lunes, como estaba previsto, sonó el despertador, se bañaron, las ayudé a cargar sus maletas, les di un abrazo y un beso y le pagué al chofer que las llevó al aeropuerto. Luego regresé a mi cama a seguir durmiendo. A la una de la tarde, ya estaba en el hotel, recogiendo a Martín. </p>
<p>Cuando entramos a la casa, habían desaparecido las cuatro fotos de Sofía y mis hijas y habían reaparecido las fotos y los documentos de Martín en la computadora y había devuelto su ropa al closet de su cuarto, de modo que él no notase que, cobardemente, yo había camuflado su existencia para que mi ex esposa no se sintiera incómoda. </p>
<p>Pensé: qué astuto soy, todo salió bien, no hubo peleas, nadie se molestó. </p>
<p>A la noche fui a la televisión y Martín se quedó en la casa. Cuando volví, cenamos juntos viendo a Letterman. Al terminar, me preguntó si sabía dónde estaban sus calzoncillos. Quedé paralizado. Le dije que no sabía. Me dijo que tenía miedo de que Sofía los hubiese tirado a la basura. Le dije que ella era incapaz de destruir sus calzoncillos. Me miró desconcertado. No entendía qué podía haber ocurrido con sus calzoncillos, pero estaba seguro de que alguien tenía que haberlos movido del cajón donde él los había dejado antes de irse al hotel. </p>
<p>Fue sumamente bochornoso confesarle que, con toda seguridad, estaban en mi closet, que yo había escondido su ropa allí por temor a Sofía y que al devolverla a su ropero, tonto y despistado como soy, había olvidado sus calzoncillos. Subimos a mi closet, buscamos entre mi ropa y allí estaban sus calzoncillos, camuflados entre mi prendas de invierno, ocultos como si fuesen la prueba de un delito o un hecho vergonzoso, cuando la única vergüenza parecía que yo hubiese humillado a Martín, pidiéndole que se fuese a un hotel para no perturbar a mi ex esposa, y luego borrando y ocultando todo vestigio de su existencia para evitarme conflictos con ella. </p>
<p>Pensé que Martín se molestaría y me haría airados reproches. Pero, al parecer, ya nada le sorprende de mí, ya espera lo peor de mí. </p>
<p>-¿No estás molesto? –le pregunté. </p>
<p>-No, para nada –me dijo-. Lo que me molestaba era perder mis calzoncillos. </p>
<p>Sentí que perder sus calzoncillos era algo que le molestaría mucho más que perderme a mí y sentí que por eso lo quería tanto. </p>
<p>Luego nos echamos en su cama y, como siempre, hablamos de algún viaje que haríamos juntos. </p>
<p>Quizá eso sea el amor: amar a tu ropa interior más que a tu amante. Por lo pronto, aquélla suele acomodarse a ti más fácilmente que éste.</p>
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		<title>Tranquilo, Jimmy, tranquilo</title>
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		<pubDate>Sat, 18 Jul 2009 11:01:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
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		<description><![CDATA[POR JAIME BAYLY Dicen que todos los días se aprende algo nuevo. Si aprendes algo viejo, supongo que ya lo sabías pero lo habías olvidado. Digamos que todos los días se aprende algo nuevo o viejo. Digamos incluso que, con suerte, o con mala suerte (porque no todo lo que se aprende resulta placentero de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/10/bayly2.jpg" align="right" /><br />
POR JAIME BAYLY</p>
<p>Dicen que todos los días se aprende algo nuevo. Si aprendes algo viejo, supongo que ya lo sabías pero lo habías olvidado. Digamos que todos los días se aprende algo nuevo o viejo. Digamos incluso que, con suerte, o con mala suerte (porque no todo lo que se aprende resulta placentero de aprender), todos los días se aprende un puñado de cosas, varias cosas a la vez.<br />
El otro día fue uno de esos días en los que aprendí varias cosas a la vez, cosas que tendría que haber sabido pero que, por tonto o por viejo o por viejo tonto, había olvidado o no había registrado en mi memoria debidamente. <span id="more-7736"></span><br />
Todo comenzó en el baño de un aeropuerto. En general, no soy partidario de visitar los baños de un aeropuerto. Pero hay momentos en los que es urgente, impostergable, correr al baño más cercano. Es lo que me pasó el otro día. Sentí un cataclismo intestinal y atropellé mis pasos hasta sentarme en el inodoro del baño del aeropuerto. Hice conforme a ley mis deposiciones. Sin entrar en detalles escatológicos, dejé una bomba de neutrones. Cumplida la violenta evacuación intestinal, acerqué mi mano en busca del papel sanitario. No había tal cosa. Miré en los alrededores del retrete y comprobé con pavor que no había nada de papel higiénico. En el basurero habían arrojado papeles arrugados con secreciones innombrables: un mínimo sentido de la dignidad me previno de limpiarme con tales desechos.<br />
Con las posaderas sucias y sin papel a la vista, me dije: Si quieres ser presidente de tu país, tienes que ser capaz de salir de esta crisis. Es tu prueba de fuego. No pierdas la calma. Piensa. No entres en pánico. No grites. No llores. Piensa.<br />
Lo único que fui capaz de pensar fue lo siguiente: Con suerte en el inodoro vecino encontraré papel higiénico, sólo tengo que esperar a que se desocupe y luego reptar sigilosamente, como un soldado en combate, hasta el rollo de papel ultrasuave.<br />
Mientras esperaba a que el caballero que ocupaba el inodoro adyacente terminase de hacer sus deposiciones conforme a ley, me hice dos preguntas que hasta ahora no soy capaz de responder: ¿Quién inventó el papel higiénico? ¿Cómo se limpiaban el trasero los hombres antes de que se inventase dicho papel? También me asaltó la siguiente reflexión: En los siglos pasados en que no se había inventado el papel sanitario y los hombres defecaban y se limpiaban con las hojas de los árboles o con sus recias manos, esos hombres mal limpiados debían de vivir escaldados, y el escozor o las irritaciones provocadas por las escaldaduras debieron de ser el origen de muchas guerras y asesinatos. Un hombre escaldado tiene que ser un hombre peligroso, un hombre a punto de cometer un crimen.<br />
Apenas se desocupó el inodoro vecino, una pestilencia salió de aquel recinto envenenado y me hizo dudar de que sería capaz de asaltarlo. Eché una mirada y me cercioré de que no hubiese nadie espiando mis movimientos. Con los pantalones y los calzoncillos caídos, y con las posaderas al aire crudo, atravesé gallardamente el corredor de la muerte, desde una trinchera a la otra. Apenas entré, trabé la puerta y me indigné al comprobar que el pasajero recién salido no había tenido la cortesía de jalar la cadena. Me ocupé yo mismo de que desapareciera tamaña miasma inhumana. Luego me agaché (ya sé que es peligroso agacharse en un baño público, pero no tenía más remedio) y busqué, debajo de los cobertores metálicos, el papel que aliviaría mi orificio mancillado. Para mi horror, tampoco había papel higiénico en ese retrete y ya no había más inodoros en el baño de varones.<br />
En una libre adaptación de la canción de Juan Luis Guerra, me dije: Tranquilo, Jimmy, tranquilo. Pasarás el Niágara en bicicleta.<br />
Caminé, si a ese andar oscilante y errático se le puede llamar caminar, hasta el lavatorio y busque papel de manos, ese papel rugoso que, sin embargo, en aquel trance desesperado habría sido de incalculable valor y utilidad, pero no era mi día de suerte, o era uno de esos días diseñados para que aprendas algo y no lo olvides más.<br />
Por lo pronto, y sin saber cómo me limpiaría el trasero antes de subir al avión, ya había aprendido una cosa esencial: nunca hagas tus deposiciones conforme a ley sin antes verificar que dispones de papel sanitario al alcance de tu mano. Dicho de otro modo: primero tocas el papel, luego eyectas la bomba de neutrones. Pero nunca dispares desavisadamente sin haber sentido en las yemas de tus dedos el confort del papel higiénico.<br />
Dado que no sobraba el tiempo y que me sentía comprensiblemente humillado con los pantalones abajo y el trasero maculado, y puesto que no era una opción subir de ese modo al avión ni subir al avión con los pantalones arriba y el trasero maculado, no me quedó otra opción (y no era la primera vez que lo hacía, desde luego) que entrar al baño de mujeres. En muchas otras ocasiones, por muy diversas razones, había entrado a los baños de mujeres, a veces solo o con otras mujeres, y siempre me había sentido muy a gusto y en general guardaba un bonito recuerdo de esas incursiones guerrilleras. Pero nunca antes había penetrado en los servicios higiénicos de mujeres con los pantalones y los calzoncillos caídos y mis órganos sexuales expuestos a la libre contemplación de quien quisiera o no quisiera contemplarlos.<br />
Pensé: esto puede terminar mal, o puede terminar muy bien, pero tienes que entrar como una dama y encontrar el maldito papel higiénico y limpiarte el culo antes de que se vaya el avión. Pensé: en ciertas ocasiones, la vida te obliga a comportarte como una perra, y esta parece ser una de esas ocasiones.<br />
Nada más entrar arrastrando los pies al baño de mujeres, bajé la mirada, la clavé en el piso con olor a lejía, evité todo contacto visual y escuché que dos señoras hablaban en español:<br />
-Es el peruano de la televisión.<br />
-Salió en el periódico que quiere ser mujer.<br />
-Se nota que ya se siente una mujer.<br />
-Déjalo, pobrecito, son las pastillas.<br />
-Está más loca que una cabra.<br />
-Cómo sufrirá su mamá. Cómo sufrirán sus hijas. Pobres criaturitas.<br />
-Voy a escribir una carta al periódico contando que este señor se mete calato a los baños de mujeres.<br />
-No pierdas tu tiempo. Todo el mundo sabe que es un degenerado.<br />
-Por lo menos ya sabemos que todavía no le han cortado el pipilín.<br />
-Pobre su mamá. Imagínate que un día la señora está en el baño haciendo sus cositas y se encuentra a su hijo. Pobre señora. Cómo sufrirá.<br />
Mientras las mujeres que habían sido atestiguado mi incursión exhibicionista seguían comentando sobre mi decadencia moral y los sufrimientos que imponía a mis familiares, me encerré en uno de los retretes y encontré el rollo de papel higiénico más redondo, blanco, luminoso y espléndido que he visto en mi vida. Nunca un rollo de papel higiénico me pareció una obra de arte como ese rollo que me ocupé de devastar entero. No quedó nada de él. Lo usé todo en limpiar una y otra vez, obsesivamente, las partes maculadas.<br />
Cuando salí del pequeño habitáculo fecal, ya con los pantalones subidos, osé mirar a las señoras de lenguas viperinas y me sentí toda una dama y acallé sus comentarios insidiosos con mi helada mirada.<br />
Esta fue otra de las cosas que aprendí ese día: a veces, un hombre tiene que actuar como una mujer. A veces, para sobrevivir, un hombre tiene que sentirse una mujer. Porque cuando me limpié las nalgas, lo hice como una mujer, me sentí una mujer. Y cuando salí del baño, nadie hubiera podido convencerme de que, a pesar de andar vestido como un hombre, yo no era una mujer.<br />
Cuando el avión aterrizó seis horas después, subí a un taxi y me dirigí a una clínica en la que me esperaba un médico muy atento. Ordenó que me sacaran sangre y que dejara muestras de orina y de heces. Le dije que no tenía ganas de hacer heces ni eses ni zetas. Me dio una pequeña (muy pequeña) vasija de plástico y me dijo que podía irme a mi casa y que cuando tuviera ganas de hacer mis deposiciones conforme a ley, las dejase caer en la vasija de plástico y se las llevase enseguida, bien tapada la vasija, claro está.<br />
Pensé que el asunto sería sencillo o que sería menos complicado que encontrar papel higiénico en el baño del aeropuerto. Pues esa fue la tercera y última lección que aprendí aquel día peripatético y accidentado: ten mucho cuidado con los análisis de heces. Quiero decir, ten mucho cuidado de que tus heces terminen exactamente en el diminuto cubo de plástico. Quiero decir, es virtualmente imposible (al menos para mí) hacer mis deposiciones conforme a ley y, a la vez, apuntarle al vaso de plástico. Quiero decir, puedo apuntar con el viril colgajo de mi entrepierna, pero no he perfeccionado aún la técnica de apuntar con el ano, de tener recta puntería rectal.<br />
Dicho lo cual, y sin entrar en detalles escatológicos, aprendí esta otra cosa: cuando debas entregar una muestra fecal para que te sometan a un análisis de heces, mejor defeca en un balde o en una batea, porque las probabilidades de que aciertes en esa pequeña vasija de plástico son una en un millón.<br />
Como no quisiera pasar de nuevo por esos trances denigrantes, ahora viajo con un rollo de papel higiénico y tengo en casa un balde rojo de plástico, y no precisamente para ir a la playa.<br />
Cumplida la violenta evacuación intestinal, acerqué mi mano en busca del papel sanitario. No había tal cosa. Miré en los alrededores del retrete y comprobé con pavor que no había nada de papel higiénico. En el basurero habían arrojado papeles arrugados con secreciones innombrables: un mínimo sentido de la dignidad me previno de limpiarme con tales desechos.<br />
Con las posaderas sucias y sin papel a la vista, me dije: Si quieres ser presidente de tu país, tienes que ser capaz de salir de esta crisis.</p>
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		<title>Lola</title>
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		<pubDate>Mon, 13 Jul 2009 02:15:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[POR JAIME BAYLY Lola cumple catorce años. Con perdón por la cursilería, todavía quedo maravillado cuando la veo. Me parece inexplicable que una criatura tan bella haya salido en cierto modo de mí, que se haya desprendido de mis genes resbalosos. Eso es lo que más me sorprende de Lola: que, siendo mi hija, sea [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2009/07/jaimebayly.jpg" align="right" width=180 /></p>
<p>POR JAIME BAYLY</p>
<p>Lola cumple catorce años. Con perdón por la cursilería,  todavía quedo maravillado cuando la veo. Me parece inexplicable que una criatura tan bella haya salido en cierto modo de mí, que se haya desprendido de mis genes resbalosos.  Eso es lo que más me sorprende de Lola: que, siendo mi hija, sea tan distinta a mí.<span id="more-7620"></span></p>
<p>Se llama Paola, pero yo le digo Lola, y en ocasiones, según mi humor o el suyo, también Paoli, Pao, Paulina, Loli o Lolita. </p>
<p>Si tuviera que describir los rasgos más acentuados de su carácter, diría que es una mujer (porque ciertamente no es más una niña) que sabe bien lo que quiere y que no se complica la vida. Esto es algo que no deja de asombrarme: la porfiada certidumbre de sus deseos. Desde muy niña, supo siempre expresar lo que quería y defender obstinadamente aquello que deseaba conseguir. No es una mujer que duda, que no sabe lo que quiere, que pide consejo, que prefiere que otros elijan por ella. Lola da la impresión de haber nacido ya sabiendo exactamente lo que quería. En esto, y en muchas otras cosas más, no se parece, por suerte, a mí. </p>
<p>No siempre una persona consigue lo que quiere, pero primero hay que saber lo que uno quiere para después intentar conseguirlo, y a Lola no le falla el instinto en lo primero (el objeto de su deseo) ni en lo segundo (el modo más eficaz de aproximarlo a ella). Puede ser un perro, un hurón, un conejo, un caballo para montarlo y dar saltos con él: Lola sabe perfectamente lo que quiere y lo dice sin esperar a que se lo preguntes, lo dice con la distraída seguridad de que ha nacido para que las cosas que desea no le resulten esquivas y le sean concedidas bien pronto. </p>
<p>Diría que Lola ha nacido programada para la felicidad, que sus genes sirven por fortuna a la causa de su bienestar y no conspiran contra ella. Porque no sólo es una mujer que sabe intuitivamente cuáles son las cosas que le procurarán felicidad, sino, y esto es casi tan importante como lo anterior o todavía más, sabe cómo conseguirlas, sabe cómo pedírtelas, sabe cómo vencer tus temores y reservas, sabe cómo seducirte, cómo convencerte, cómo defender porfiadamente (con una fe ciega en ella misma, en la sabiduría de sus corazonadas) lo que quiere conseguir. Así fue con el perro, con el hurón, con el conejo y con el caballo que da saltos  bajo su mando. Ni si madre ni su hermana ni yo queríamos complacerla, pero ella se las ingenió para derribar nuestras resistencias y ganarnos las batallas y demostrarnos con el tiempo que tenía razón, que el perro, el hurón, el conejo y el caballo la harían feliz y, lo que no estaba para nada en nuestros cálculos, nos harían felices también a nosotros, que tanto nos habíamos opuesto a incorporar a esos animales a la vida familiar. </p>
<p>Esas son dos cosas (me niego a llamarlas virtudes o defectos) que admiro de Lola: la certeza de sus deseos y la terquedad para conseguirlos. Aunque uno nunca puede estar muy seguro de estas cosas (o yo nunca he sido bueno para distinguir quién tiene lo de quién, quién ha sacado la nariz del padre, las manos de la madre o las orejas de la abuela), creo que Lola debe sus rasgos más conspicuos y estimables a  su madre, a la familia de su madre, una familia en la que abundan las mujeres con carácter, que saben bien lo que quieren y que saben mejor cómo conseguirlo. Son mujeres prácticas, listas, seguras, exitosas, que no se complican la vida en andar filosofando o en poner trabas a sus ambiciones, que siempre encuentran la manera de que alguien les facilite con el mayor gusto sus más peculiares caprichos y extravagancias. </p>
<p>Me atrevería por eso a decir (sabiendo que es temerario lo que voy a decir, porque todo es incierto, por ejemplo que este avión llegará a su destino y me permitirá estar mañana con mi hija celebrando sus catorce años) que a Lola le aguarda una vida plácida y confortable, quiero decir que no creo que se prive de nada bueno o placentero y que seguramente encontrará la manera (espero que legal, pero eso no es tan importante) de darse la gran vida, de pasarla realmente bien y hacer lo que le dé la gana. Es tan bella y adorable (ya sé que los padres siempre vemos bellos y adorables a nuestros hijos, pero en su caso parecería un hecho indiscutible) que me cuesta trabajo no imaginarla acompañada siempre de personas que encontrarán inmenso regocijo en amarla y en expresarle ese amor en cosas bien concretas, en cosas bellas y convenientes, esas cosas que una mujer como ella suele necesitar para sentirse querida y a gusto. </p>
<p>No siendo tan aplicada ni académicamente competitiva como su hermana mayor, y no sabiendo qué es lo que acaso querrá estudiar cuando termine el colegio, uno puede presagiar que Lola no ha nacido para estudiar y que ya encontrará la manera de cortar camino y ahorrarse esos disgustos (y en esto sí se parece a mí, que terminé el colegio de mala manera y fui expulsado de la universidad, y que nunca encontré placer en leer y memorizar lo que ciertos profesores se empeñaban en hacerme leer y memorizar: a menudo, los libros que ellos mismos habían escrito). Puede que me equivoque, pero creo que mi hija está genéticamente programada no para devanarse los sesos ni quemarse las pupilas estudiando cosas densas e inútiles,  sino para vivir una vida espléndida, una vida llena de pasiones, viajes, lujos y aventuras, una estupenda vida feliz, una vida tan bella y luminosa como la serenidad angelical que irradian su mirada y su sonrisa. </p>
<p>Ya sé que no parece razonable creer que las personas nacen con las cartas marcadas y que unas nacen para ser felices y otras no y que no está al alcance de ninguna de ellas la posibilidad de torcer su destino. Pero en el caso de Lola creo que, sin hacer mayores esfuerzos, simplemente siendo ella misma, dejando que las cosas fluyan como deberán fluir, vivirá una vida no exenta de grandes amores y luminosas felicidades, una vida definitivamente menos contrariada que la mía o la de su madre. </p>
<p>Ninguna palabra puede describir completamente el carácter de una persona, pero si me viera forzado a elegir una palabra para decir cómo es Lola o cómo la recuerdo ahora (ahora que voy en este avión tembloroso para celebrar su cumpleaños), diría que es, ante todo, en cualquier caso, en las buenas y en las malas, una mujer relajada. Nada le preocupa demasiado: no le interesa ser la primera de la clase (pero tampoco la última) ni la más lista o la más graciosa ni la que más llama la atención. No recuerdo haberla visto angustiada, estresada o seriamente preocupada por algo. Todo le resbala, le da igual y le parece bien o regular. Cuando digo que la recuerdo siempre relajada, quiero decir que la recuerdo despreocupada, tranquila, confiada en su buen porvenir, en su buena fortuna, contenta y a gusto de ser exactamente ella misma, de ser hija de su madre y de tener un padre tan impresentable como yo, un padre que, sin embargo, ella encuentra curioso o divertido y al que quiere con el mismo amor que prodiga a sus animales indefensos. Relajada, así es Lola, no como su hermana, no como su madre, no como su padre, precisamente como nosotros no podemos ser. Relajada es y creo que será siempre Lola, porque ella intuye (en realidad está segura) que las cosas le van a salir bien, y esa seguridad en su buena estrella hace que, en efecto, las cosas le salgan bien, o le salgan como ella quiere, ni tan bien ni tan mal, en el justo medio para que nada perturbe su buena vida relajada. </p>
<p>Lola es, pues, una mujer que sabe o intuye o no duda de que todo lo que desee (incluso las cosas más extravagantes) le será concedido y que ha nacido para pasarla bien y para que las cosas mejores sean lógicamente suyas (pues así funciona su lógica: lo que me gusta será mío y nada lo impedirá). Pero no se entienda mal, no es una mujer engreída, altiva o presumida, es simplemente una mujer que sabe que ha nacido para que otros se ocupen de cuidarla y amarla y complacerla en todo, pues ella suele estar ocupada cuidando y amando a sus animales indefensos. </p>
<p>Lo que más me gusta de Lola es que, sabiendo como sabe que lo que desee será suyo, no le interesa mayormente nada, tal vez porque su instinto le dice que interesarse mayormente por algo suele traer molestias y decepciones. A diferencia de su hermana, que quiere saberlo y vivirlo todo, Lola no muestra interés alguno en aprender francés, en tocar el piano, en leer los libros de moda, en usar zapatos de taco (ella sabe que no es alta y no hace ningún esfuerzo por disimularlo), en destacar o sobresalir. Cuando le pregunto qué está haciendo, suele decirme nada, pero en esa palabra, nada, yo siento que se esconde una felicidad tranquila, relajada. Cuando le pregunto qué quiere estudiar, me dice que nada. Cuando le pregunto qué planes tiene para su cumpleaños, me dice que ninguno, que no le gusta hacer planes, que ya veremos cuando llegue el día y que lo mejor seguramente será no hacer nada. Cuando le pregunto qué quiere que le regale, me dice que nada, que no necesita nada. Allí radica su sabiduría: en que le basta ser ella misma para estar bien. </p>
<p>La infelicidad suele ser el abismo que separa lo que uno imagina que merece y lo que en realidad obtiene. En el caso de Lola, me parece que ella no pierde el tiempo imaginando que merece tal o cual cosa, ella simplemente obtiene sin dilaciones lo que le viene en gana, lo merezca o no. Eso la blinda, o eso quiero creer, contra las frustraciones y amarguras que socavan la felicidad de otras personas: que ella al mismo tiempo está contenta con nada y consigue sin esfuerzo todo. </p>
<p>Tal vez no sea descabellado pensar que el amor rotundo e indudable que Lola siente por ella y su destino proviene del amor no menos rotundo e indudable que yo sentí por su madre, hace casi quince años, cuando hicimos el amor y, sin saberlo, la hicimos a ella, o permitimos que ella fuese ella.</p>
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		<title>No debiste leer mis correos</title>
		<link>http://www.theclinic.cl/2009/06/29/no-debiste-leer-mis-correos/</link>
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		<pubDate>Mon, 29 Jun 2009 09:01:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[POR JAIME BAYLY Enterado de que mi salud no daba señales de mejorar, Martín subió a un avión en Buenos Aires y vino a verme a Barcelona. No me dijo nada, me dio una sorpresa, apareció de pronto en el hotel Claris. Fue un indudable gesto de amor y quizás también una imprudencia, como suelen [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/10/bayly2.jpg" align="right" />POR JAIME BAYLY</p>
<p>Enterado de que mi salud no daba señales de mejorar, Martín subió a un avión en Buenos Aires y vino a verme a Barcelona. </p>
<p>No me dijo nada, me dio una sorpresa, apareció de pronto en el hotel Claris. </p>
<p>Fue un indudable gesto de amor y quizás también una imprudencia, como suelen ser los gestos de amor. </p>
<p>Una vez que durmió lo que tenía que dormir y lloró lo que tenía que llorar, insistió en internarme en una clínica de desintoxicación. Le dije que si alguien terminaría en una clínica, sería él, no yo, y que si había venido a darme sermones, mejor subía al séptimo piso y se daba un baño en la piscina. <span id="more-7094"></span></p>
<p>Quien subió a la piscina fui yo. Martín se quedó en mi cuarto. Subí con todas mis pastillas, temeroso de que él las tirase al inodoro. Ya en la piscina, las dejé a la sombra, para que no las dañase el calor. Nunca imaginé que cuidaría a mis pastillas como si fuesen mis hijas. </p>
<p>Despistado como soy, dejé abierto mi correo electrónico. Martín lo encontró abierto y procedió a leer todos los que le parecían sospechosos (que no eran pocos). No podría decir que hizo mal en violar mi intimidad. Yo hubiera hecho lo mismo si él subía a la piscina y dejaba abierto su correo. Es lo normal. Es lo humano. Es lo que alguien hace por amor o por celos, que es casi lo mismo. </p>
<p>Mi madre solía decirme que uno nunca debe hacer en privado lo que no se atrevería a confesar en público. Yo le hice caso y terminé confesándolo todo, incluso lo que no hice en privado pero me inventé para darle un poco de colorido a mi opaca biografía. Lo que mi madre no le dijo a Martín (porque no lo conoce ni quiere conocerlo) es que uno nunca debería leer lo que sabe que le hará daño. Y leer los correos de la persona a la que amas o crees amar es algo que con seguridad te hará daño. Porque todos guardamos secretos, todos tenemos derecho a guardar secretos. Y esos secretos suelen estar encerrados en los correos electrónicos que protegemos malamente con una contraseña que a veces olvidamos o que cualquier intruso más o menos avezado (no digamos Lisbeth Slander) podría leer sin mayor esfuerzo.<br />
Fue así como Martín leyó los correos que me había escrito Lucía desde Lima y los que yo le había respondido desde lugares inciertos.<br />
Lucía me había escrito: No te preocupes. No estoy embarazada. Ya tengo cólicos. Seguro que la regla me viene la próxima semana.<br />
Yo le había escrito: Ojalá no te venga. Ojalá los cólicos sean las pataditas de mini-James.<br />
Lucía me había escrito: No seas tonto. Lo último que quiero es quedar embarazada. Tendría que escapar de esta ciudad.<br />
Yo le había escrito: Lo último que quiero antes de irme es tener un hijo contigo. Estás chiflada. Sería un honor tener un hijo contigo.<br />
Lucía me había escrito: Estoy asustada. No me viene la regla.<br />
Yo le había escrito: No tengas miedo. Todo va a estar bien. Pasará lo que tenga que pasar. Deja que las cosas fluyan. No vayas contra la corriente. Si estás embarazada, no será un problema, será una aventura fantástica.<br />
Lucía me había escrito: No estoy embarazada. Estoy asustada. Y si estoy embarazada, no pienso tener un hijo. Soy demasiado joven para tener un hijo. Y tú no vivirás mucho tiempo más. No quiero tener un hijo sin padre. Si estoy embarazada, tendrás que llevarme a abortar.<br />
Yo le había escrito: Será lo que tú quieras. Cuenta conmigo en cualquier caso. Pero me romperías el corazón si abortases. No puedes hacerle eso a James. No lo merece. Yo viviré en él. Me tendrás siempre a tu lado. Y beberé tu leche. Y eructaré en tus hombros. Por favor no pienses en abortar. Sería un error.<br />
Lucía me había escrito: Tienes razón. A la mierda con todo. Si estoy embarazada, lo tendremos y se llamará James. Te quiero.<br />
Yo le había escrito: Yo te quiero más. Cuento los días para que no te venga la regla.<br />
Martín leyó todo eso y cuando entré al cuarto en bañador y sandalias me preguntó:<br />
-¿Estás enamorado de Lucía?<br />
Le dije:<br />
-No.<br />
Me preguntó:<br />
-¿Has hecho el amor con ella?<br />
Le dije:<br />
-No.<br />
Me dijo:<br />
-Me voy. Esto se terminó. Eres un mentiroso.<br />
Luego me contó llorando que había leído mis correos. Le dije que había hecho bien, que yo hubiera hecho lo mismo. Me preguntó:<br />
-¿Quieres tener un hijo con ella?<br />
Le dije:<br />
-No.<br />
Me preguntó:<br />
-¿Quieres que le venga la regla?<br />
Le dije:<br />
-Creo que no.<br />
Me dijo:<br />
-No te entiendo.<br />
Le dije:<br />
-Yo tampoco me entiendo. Lucía no estaba en mis planes. Pero me da ilusión tener un hijo con ella.<br />
Me preguntó:<br />
-¿Y si es una hija?<br />
Le dije:<br />
-Igual. Sería genial. Una cachorrita loca. Que ande sin zapatos y con piojos y comiéndose los mocos. Fantástico.<br />
Es cierto que Lucía no estaba en mis planes. Se metió lenta y cuidadosamente en mi vida, y luego yo me metí lenta y no tan cuidadosamente en ella. Ahora ella no tiene planes porque no sabe si está embarazada y yo no dejo de hacer planes pensando dónde debe nacer el bebé y cómo puedo ayudarla.<br />
Martín me preguntó:<br />
-¿Es la primera vez que haces el amor con ella?<br />
Le dije:<br />
-Sí.<br />
Me preguntó:<br />
-¿Antes no se asustaron porque no le venía la regla?<br />
Le dije:<br />
-No.<br />
Me dijo:<br />
-Mientes.<br />
Le dije:<br />
-No tendría por qué mentirte.<br />
Me dijo:<br />
-Cuando estuviste en Buenos Aires por mi cumpleaños, leí tus correos y allí le decías que no querías que le viniera la regla y ella te decía que tenía miedo de estar embarazada.<br />
Le dije:<br />
-Es cierto. Ahora que lo recuerdo, fue así.<br />
Me preguntó:<br />
-¿O sea que no es la primera vez que hacen el amor y no es la primera vez que lo hacen sin cuidarse?<br />
Le dije:<br />
-No. Nunca me cuido. A estas alturas no tendría sentido.<br />
Me preguntó:<br />
-¿O sea que quieres tener un hijo?<br />
Le dije:<br />
-Digamos que sí. Y digamos que si tuviera que elegir a la mamá, sería Lucía.<br />
Me dijo:<br />
-Estás loco. Eres un irresponsable. Eres un mitómano. Esto se acabó. Me voy.<br />
Por supuesto, no se fue. Terminamos haciendo el amor, que es otra manera de irse.<br />
Me preguntó:<br />
-¿La amas?<br />
Le dije:<br />
-No.<br />
Me preguntó:<br />
-¿Me amas?<br />
Le dije:<br />
-Claro.<br />
Que es lo mismo que le hubiera dicho a Lucía, si me preguntaba esas cosas.<br />
Uno nunca es una sola persona. Uno es todas las personas a las que ama. Uno es todas las personas a las que miente para terminar amando. Uno es todos los orgasmos que procuró a las personas que amó.<br />
Martín me pidió dos pastillas para dormir y se fue a su cuarto con aire triste.<br />
Lucía me escribió: No me viene la regla, estoy aterrada, no sé cómo se lo diría a mis papás.<br />
Yo le escribí: Escritora maldita de los cojones. Te amo. La regla nunca viene cuando debe venir. Esa es la excepción a la regla. Según mi propia experiencia, la regla es la siguiente: la regla no te viene cuando quieres que te venga. Ésa es la regla.<br />
Lucía me escribió: ¿Dónde lo tendríamos?<br />
Yo le escribí: Donde quieras.<br />
Lucía me escribió: ¿Y si quiero que sea en Lima?<br />
Yo le escribí: En Lima será.<br />
Lucía me escribió: ¿Pero tú estarás?<br />
Yo le escribí: Me encantaría. Pero conmigo nunca se sabe.<br />
Lucía me escribió: Si no estás, te mato.<br />
Yo le escribí: Si no estoy, es que ya no estoy.<br />
Lucía me escribió: Te prohíbo que te mueras antes de que nazca James.<br />
Yo le escribí: Te prohíbo que te mueras.<br />
Cuando Martín despertó, salimos a caminar por el paseo de Gracia y terminamos viendo una película francesa. Como era previsible, alguien se mata por amor. Como era previsible, Martín me reprochó por llevarlo a ver películas tristes. Cuando llegamos al hotel, nos metimos a la piscina, ya de noche.<br />
Martín me dijo:<br />
-Tu problema es que quieres ser todo a la vez. Y no se puede. Por querer ser todo, no vas a ser nada y te vas a morir.<br />
Le dije:<br />
-Yo sólo quiero ser Lisbeth Slander.<br />
Me dijo:<br />
-Imposible. Eres demasiado distraído. Lisbeth Slander nunca dejaría que su amante lea sus correos.<br />
Me reí. Le dije:<br />
-Tienes razón. Pero al menos soy bisexual como ella.<br />
Me dijo:<br />
-Eso no tiene ningún mérito.<br />
Le dije:<br />
Te equivocas. Tiene mucho mérito.<br />
Me dijo:<br />
-Te amo, Lisbeth.<br />
Le dije:<br />
-Si no estoy cuando nace James, quiero que seas el padrino.<br />
Me dijo:<br />
-Ni en pedo. Si no estás, yo tampoco estaré. </p>
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		<title>Las muñecas de Sitges</title>
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		<pubDate>Mon, 22 Jun 2009 13:43:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
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		<category><![CDATA[jaime bayly]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Jaime Bayly Fueron cinco las razones que me obligaron a partir de Madrid antes de lo previsto. A saber: 1. A mi ya conocida adicción a los psicotrópicos sumé una adicción no menos perniciosa a los churros con chocolate caliente de Maestro Churro, rodeado de señoras que parecían espías contratadas por mi madre o [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/10/bayly2.jpg" align="right" />Por Jaime Bayly </p>
<p>Fueron cinco las razones que me obligaron a partir de Madrid antes de lo previsto. A saber:<br />
1. A mi ya conocida adicción a los psicotrópicos sumé una adicción no menos perniciosa a los churros con chocolate caliente de Maestro Churro, rodeado de señoras que parecían espías contratadas por mi madre o numerarias del Opus Dei en su día de asueto o ambas cosas a la vez. Dicha adicción al churro mojado en chocolate no fue para nada benigna con mi hígado.<br />
2. Un domingo por la tarde me encontré inexplicablemente sentado en el teatro Calderón, viendo un musical inexplicable, y sucumbí a un sueño profundo, parecido a un ataque de catatonia, y al parecer empecé a roncar como un animal, al punto que dos jóvenes acomodadores me despertaron y me invitaron a abandonar la sala, pues mis ronquidos estaban fastidiando a los espectadores sentados cerca de mí. No fue un momento halagador.<span id="more-6883"></span><br />
3. Como la cuota mensual del gimnasio “Excellence” de la plaza de Santa Ana era tan cara, me sentía moralmente urgido a visitarlo todas las tardes. Desde luego, no hacía ninguna forma de gimnasia, a no ser que mirar cuerpos atractivos se considere una forma de gimnasia. Me ponía el bañador y el gorro y me metía a la piscina climatizada y me daba chorros de agua en la espalda y luego me quedaba más tiempo del prudente en la cámara de vapor, sudando los residuos fatigados de mi humanidad en vías de extinción. Era todo muy placentero hasta que a) terminé con las axilas irritadas de tanto sudar, y b) un sujeto musculoso y tatuado estornudó sin cubrirse la nariz ni la boca, esparciendo sus gérmenes en la diminuta cámara de vapor, de la que salí espantado para nunca más volver.<br />
4. En una semana ya había visto toda la cartelera de cine y no me quedaba una película sin ver. En rigor, había entrado a todas las películas en exhibición, pero no las había visto todas completas porque a menudo me quedaba dormido y me despertaba el muchacho ecuatoriano que barría las palomitas de maíz dispersas en el piso, entre función y función. El muchacho se animó a preguntarme: ¿Usted viene a ver la película o a dormir? Me sorprendió la tosquedad de su pregunta. Respondí: Las dos cosas. Inesperadamente, repreguntó: ¿Y qué le gusta más? Respondí: Dormir. Comentó: Pero si lo que le gusta es dormir, mejor quédese en su casa. Me defendí: Es que no tengo casa. Me dijo: Yo tampoco. Duermo en mi Renault Mégane.<br />
5. La filipina que me daba masajes en los pies en una banca de la plaza de Oriente me anunció que en los próximos días se presentaría el cantante Diego de las Flores. No supe a quién aludía. Me advirtió que todo el mundo quería ver cantar al señor de las Flores. Le pregunté: ¿Es cantante o vendedor de flores? Me dijo: Las dos cosas. Dicen que es hijo de Lola Flores. Canta muy bonito, como su madre, que Dios la tenga en conserva. Me reí. Que Dios la tenga en conserva, repetí, pensando que la filipina estaba más loca que yo. Luego le dije que mi enfermedad no me permitía estar de pie más de diez minutos y lamentablemente no podría disfrutar del concierto del hijo de Lola Flores. Días después leí en un periódico que Juan Diego Flórez había cantado en Madrid. Que Dios lo tenga en conserva.<br />
Hubo una razón más que me hizo escapar de Madrid con treinta grados centígrados:<br />
6. La señorita Hela. Hela, con hache. Fue ella quien se ocupó de la ingrata tarea de cortarme las uñas de los pies. Lo hizo como carnicera, como si estuviera cortando lonjas de jamón ibérico. Era una bestia peluda la señorita Hela. Me hizo sufrir, me hizo gritar. Poco le importó. Le pregunté de dónde era. Me dijo: De la República. No dijo nada más. Me quedó claro que venía de un país republicano y no de una monarquía. Naturalmente, repregunté: ¿De qué República? Me miró con desdén, como si la respuesta fuese obvia: De la República Dominicana. Le pregunté por qué se llamaba Hela, con hache. Me dijo: No sé. Debe ser porque en la República se comen muchos helados. Debe ser, añadí. Luego le pregunté qué haría si ganase la lotería. Me miró con ojos perturbados y me dijo: Sería famosa. Pregunté: ¿Famosa por qué? Me dijo: Por mi voz. Sería cantante famosa. Como Rihana. Pregunté: ¿Quién es Rihana? Me miró de nuevo con desdén. No perdió su tiempo en contestarme. Estrujó mis uñas con furor uterino. Pregunté: ¿Y te cambiarías de nombre para ser cantante famosa? Respondió: Claro. Me llamaría Ela, sin hache.<br />
Todo eso sumado me hizo ver la necesidad de abreviar mis días en Madrid. Subí a un avión, tomé un taxi y llegué a Sitges, un balneario al sur de Barcelona.<br />
Me alojé en un hotel frente a la playa. Pero Sitges no tiene una playa, tienes muchas playas, todas preciosas. Y yo no me sentía del todo cómodo en la playa frente a mi hotel, porque 1) un anciano caminó al mar, se paró en la orilla, se acomodó el colgajo de manera lateral, sin bajarse el bañador, y orinó sin pudor ni complejo alguno, meándose indirectamente en todos nosotros, los que habíamos pensado meternos al mar de esa playa, 2) unas lesbianas obesas se instalaron a mi lado y exhibieron sus pechos sin pudor ni complejo alguno y yo pensé que un parvulario entero podría amamantarse de esas tetas colosales, y 3) un chino vino a ofrecerme masajes, sobándose la entrepiernas y mirándome de un modo inequívocamente puto.<br />
Sentí entonces la imperiosa necesidad de abandonar esa playa y caminar por el paseo marítimo hasta la playa de Las Muñecas, la playa gay o, dicho con más exactitud, la playa llena de gays o preferida por los gays. Fue una sabia decisión la mía. Me tendí en una tumbona a la sombra y me sentí muy a gusto. Me sorprendió ver a tantos gays tranquilos, refinados, ensimismados, casi todos leyendo, casi todos en pareja y de edad madura. Me conmovió ver a una pareja de ancianos franceses, uno echándole protector de sol al otro con suma delicadeza, y a una pareja de ancianos ingleses, ambos con sombrero y a la sombra, muy blancos, octogenarios por lo menos, sobrios y elegantes, con bastón pero en la playa, sin intención de meterse en el mar. Nunca había visto una pareja gay octogenaria hablándose con tanta ternura. Los amé. Amé a todos los gays viejitos de Sitges.<br />
Tal vez turbado por la emoción del momento, decidí meterme al mar. Fue claramente un error. Todos los gays refinados y cosmopolitas de Sitges llevaban bañador ajustado, tipo tanga, zunga, hilo dental o ropa de baño con nariz, una prenda escueta y escurridiza que a duras penas ocultaba lo que en realidad todos queríamos ver. Entonces advertí abochornado que 1) yo era el único bañista de la playa gay sin tanga, 2) yo era el único bañista de la playa gay con una panza descomunal, y 3) yo era el único bañista de la playa gay que, como llevaba un bañador holgado y hasta las rodillas, no dejaba en evidencia si tenía un paquete grande, mediano o pequeño.<br />
Ya en el mar, marrón pero transparente, tan transparente que veía a los peces más gays que he visto en mi vida (tanto que pasaban rozando mis pantorrillas y uno no sabía si querían ligar o qué), sentí que ese era uno de los momentos más felices de mi vida, más aún porque podía ver a lo lejos a Martín, mi chico, el chico más lindo de la playa.<br />
A la noche fui a comer a un restaurante italiano. El camarero era encantador. Le dije: quiero unos spaghetti con salsa de tomate, pero que no estén muy grasosos porque estoy mal del hígado. Me dijo: entonces no le conviene el tomate, porque da acidez, es malo para el hígado. Pregunté: ¿Qué cree que me conviene? Me dijo: alcachofa. Mucha alcachofa. Lo sé porque mi madre estaba mal del hígado. Pregunté: ¿Y comió mucha alcachofa y se curó? Respondió: No. No quería curarse. Quería suicidarse. Se tomó veinte Gelocatil. Pregunté: ¿Y se mató? Respondió: Sí, dos meses después. El Gelocatil no te mata enseguida. Te mata en dos meses. En dos meses te destruye el hígado. Comenté: Parece una mala manera de suicidarse. Dijo: Sí, pero mi madre era así. No quería curarse, pero tampoco quería matarse muy deprisa. Por eso se tragó los veinte Gelocatil. Para tener tiempo de despedirse de nosotros, sus hijos. Dije: Ya. Qué amorosa.<br />
Me dijo: Le voy a traer unos spaghetti con salsa de alcachofa. Dije: Magnífico. ¿Cómo era que se llamaban esas pastillas que tomó su madre? Me dijo: Gelocatil. Apunté en una servilleta: Ge lo ca til. Me dijo: Si estás mal del hígado, te matan en dos meses. Pero si lo que quieres es curarte, mucha alcachofa y jengibre rallado. Le dije: ¿No tendrás unos spaghetti con salsa de Gelocatil? Se rió. Se marchó presuroso. Poco después volvió con la pasta con alcachofa y me dejó dos pastillas de Gelocatil. Tómelas después de comer, me recomendó. Las tomé antes de comer. Luego devoré los spaghetti con alcachofa.<br />
Caminando de vuelta al hotel por el paseo marítimo, tres jóvenes probablemente alemanes o escandinavos (y miopes) me hicieron guiños y mohines. Les sonreí y seguí caminando. Pude leer lo que decían sus camisetas blancas: 1) Top, 2) Bottom y 3) Middle. Pensé que 1) yo debía llevar una camiseta blanca que dijera Gelocatil, 2) qué clase de vida sexual era la que llevaba el sanguchito Middle, y 3) debía quedarme a vivir en Sitges, hacerme amigo de los ancianos ingleses con bastón, pedirles que me entierren en estas costas catalanas y contarles mi epitafio: “Supo dar y recibir. Y es cierto que goza más el que da”. </p>
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		<title>Hombre muerto</title>
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		<pubDate>Sun, 14 Jun 2009 05:44:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[jaime bayly]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Jaime Bayly En efecto, he muerto. La muerte no me tomó por sorpresa, me la habían anunciado los doctores. Me dijeron que si seguía tomando tantas pastillas mi hígado colapsaría y tendrían que transplantarme un hígado donado. Les prometí que dejaría las pastillas y me internaría en una clínica para desintoxicarme. Por supuesto, era [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/10/bayly2.jpg" align="right" />Por Jaime Bayly </p>
<p>En efecto, he muerto. </p>
<p>La muerte no me tomó por sorpresa, me la habían anunciado los doctores. </p>
<p>Me dijeron que si seguía tomando tantas pastillas mi hígado colapsaría y tendrían que transplantarme un hígado donado. </p>
<p>Les prometí que dejaría las pastillas y me internaría en una clínica para desintoxicarme. </p>
<p>Por supuesto, era mentira. </p>
<p>Seguí tomando esas pastillas. No quería que me injertaran un hígado ajeno. Sólo estaba dispuesto a someterme a un transplante de pene, dado que el que me fue dado originalmente se hallaba en estado comatoso, vegetativo. <span id="more-6606"></span></p>
<p>La muerte me asaltó en un hotel de Barcelona, después de entregar el manuscrito de mi última novela. Tomé ocho pastillas para dormir, me reventó el hígado y morí envenenado por chorros de bilis. </p>
<p>La verdad es que ya no tenía muchas ganas de seguir viviendo y sentía curiosidad por saber si había alguna forma de vida después de la muerte. </p>
<p>Antes de morir creía que la muerte humana no podía ser distinta de la de otras especies animales: dejabas de existir, tu cuerpo se corrompía, lo que habías sido desaparecía por completo, no había ninguna vida después de esta vida, simplemente entrabas en un agujero negro y te olvidabas de ti y con el tiempo los demás también se olvidaban de ti. </p>
<p>Estaba equivocado. </p>
<p>Después de morir, me encontré sentado en un tren rápido, con otros pasajeros. Nadie se conocía. Nos mirábamos perplejos y, sin embargo, serenos. Pude verme reflejado en la ventana del tren. Me reconocí enseguida. Era yo mismo, antes de morir. Tenía la misma cara, la misma barba incipiente tras una semana sin afeitarme, la misma ropa que me ponía todos los días. </p>
<p>Sin embargo, no me dolía el hígado, no me dolía nada. </p>
<p>Cuando llegamos a la estación, había un tumulto de gente esperándonos. Los pasajeros descendían (la mayor parte eran ancianos) y eran saludados efusivamente por personas que habían ido a esperarlos (la mayor parte eran también de edad avanzada, aunque había gente de todas las edades, incluso niños y madres con sus bebés). Hablaban en todas las lenguas y dialectos. Sólo reconocí el inglés, el español, el francés, el italiano y el portugués. Los italianos eran los más afectuosos, se daban besos en la mejilla, hablaban a gritos. Escuché muchas otras lenguas que no supe reconocer. </p>
<p>No sabía dónde estaba y no esperaba que nadie fuera a buscarme. Sólo para estar seguro de que era yo mismo, dije estas palabras: </p>
<p>-Hola, buenas noches, soy Jaime Baylys, bienvenidos al programa. </p>
<p>Lo dije en español y me salió la misma voz que solía tener cuando estaba vivo. </p>
<p>De pronto apareció mi padre. Se acercó sonriendo. Tenía muy buen aspecto. Se veía contento y saludable. Parecía un hombre de unos setenta años, la edad que tenía al morir. Me sorprendió que no cojeara como había cojeado casi toda su vida. También me sorprendió que me dijera con cariño: </p>
<p>-¿Qué haces por acá, chiquilín? </p>
<p>Nunca me había llamado así, “chiquilín”. Sólo lo había escuchado llamar así a su hermano menor. </p>
<p>-No sé –le dije-. No sé dónde estoy. ¿Dónde estamos? </p>
<p>-Te has muerto –me dijo-. Estamos en la otra vida. Estamos en el infinito. </p>
<p>-¿O sea que Dios existe? –pregunté, asustado. </p>
<p>-Bullshit –dijo mi padre-. No hay Dios. Todo era un cuento. Acá todos somos ateos. Ya sabemos que Dios no existe. </p>
<p>Caminábamos con dificultad entre la muchedumbre espesa y maloliente. Había muchísima gente. </p>
<p>-Esta vida no es el paraíso, hijo.  </p>
<p>-¿Por qué dices eso? </p>
<p>-Porque acá no tienes que comer, no tienes que dormir, no tienes que cagar ni mear, no puedes tener hijos, no te enfermas y nadie se muere. O sea, vives eternamente, pero es un aburrimiento de la gran puta. Vives caminando y caminando entre un huevo de gente que no conoces y que te habla en unos idiomas que no entiendes y nunca te cansas y no paras a descansar o a dormir porque, como te digo, nunca te cansas, nunca tienes hambre, nunca te tiras un pedo. </p>
<p>El panorama era desolador. No había sino calles atestadas de gente y parques de los que provenían gemidos y jadeos inquietantes. No había casas, edificios, locales comerciales. No había autos, motos, bicicletas. Nadie llevaba dinero, nada se vendía ni se compraba. No había otros animales (no había dinosaurios, simios, perros, gatos, pájaros, cucarachas ni hormigas), sólo hombres y mujeres condenados a no morirse nunca </p>
<p>-Estamos jodidos –le dije. </p>
<p>-Jodidos –dijo mi padre-. Jodidos, pero no tanto. </p>
<p>-¿Por qué? –pregunté, notando un destello de picardía en su mirada. </p>
<p>-Porque en esta vida puedes tirar todo lo que quieras y las mujeres nunca quedan embarazadas y, como ya sabemos que no hay Dios, la gente le pierde el miedo al sexo y se la pasa culeando. Esto es un puterío del carajo. Uno se muere y se va a una ciudad sin camas, sin casas, sin edificios, sin restaurantes, sin dinero, una ciudad sin límites donde sólo hay calles y parques, y la gente sólo hace dos cosas: camina o se va a los parques a culear parejo. </p>
<p>Eché una mirada a un parque cercano y me pareció ver una gran orgía en la que todos fornicaban sin pudor. Muchos de quienes copulaban eran ancianos. Las parejas no hablaban siempre el mismo idioma, lo que no les impedía gozar. </p>
<p>Mi padre y yo caminamos sin fatigarnos y todo estaba bien entre nosotros, no había rencores. Pasamos por un parque en el que se exhibían numerosos varones fornicando entre sí. Mi padre los miró como si mirase la lluvia caer. </p>
<p>-No te imaginas la cantidad de maricones que hay acá –dijo, como si tal cosa no le molestara en absoluto-. Casi la mitad de la gente acá es homosexual o bisexual. Nadie tiene miedo al castigo de Dios porque ya sabemos que Dios no existe. No hay gays en el clóset. Yo no le entro a eso, como comprenderás. A mí me siguen gustando las mujeres y todos los días me echo un buen polvo con una mujer distinta. Las griegas y las rusas son las mejores. Cuando están arrechas gritan en su idioma y no entiendes un carajo y eso es cojonudo, hijo. Tienes que tirarte a una rusa. O a un ruso. Lo que más te guste. </p>
<p>-No puedo –le dije.<br />
-¿Por qué, chiquilín? –se preocupó mi padre.<br />
-Las pastillas me han vuelto impotente –le dije.<br />
-Huevadas, hombre –dijo-. Eso era antes de morirte. Acá cambia todo. Acá no es como allá. Acá todos somos ateos, todos somos inmortales, todos tenemos la misma edad que teníamos al morir (de haberlo sabido, me hubiera muerto más joven, carajo), todos tiramos con todos (claro que los viejitos la tienen más jodida y sólo tiran entre ellos, esa es la gran desventaja de morirte viejo) y nadie tiene hijos y nadie come, caga ni duerme ni se enferma nunca, o sea que olvídate de las pastillas y de la impotencia, lo único bueno que tiene la vida eterna es que todo el mundo anda eternamente al palo y las mujeres eternamente a punto de caramelo, chiquilín.<br />
-Pero hay demasiada gente, papá.<br />
-Demasiada –se quejó él-. Todos los que se han muerto en la historia de la humanidad vienen en tren a esta ciudad sin límites. Tú caminas y caminas y nunca se termina la calle y siempre hay un parque más y todo el tiempo ves personas raras, de otra época, vestidas como se vestían siglos atrás, cuando murieron.<br />
-¿Y nadie se pelea? –pregunté.<br />
-No –dijo mi padre-. Aquí no hay guerras, no hay gobiernos, no hay países. Nadie tiene ganas de pelearse, no vale la pena. Acá te das cuenta de que lo único que realmente vale la pena es echarse un buen polvo. Acá en la vida eterna el que no está culeando está buscando a alguien para culear. Así nomás es la cosa, hijo. Bienvenido.<br />
-Gracias, papi –le dije, con un amor que no había sentido nunca por él.<br />
-Bien huevón tú también de tragar tantas pastillas y hacerte mierda el hígado –me dijo-. Te dijeron que si seguías tragando todas esas pastillas te ibas a matar y no te importó un carajo. Siempre fuiste un loco de mierda. Saliste a mí. Tú te enviciaste con las pastillas, yo con el trago y las pistolas. Pero tú tuviste más suerte que yo.<br />
-¿Por qué? –pregunté.<br />
-Porque ahora tienes cuarenta y cuatro años y esa será tu edad eterna. En cambio yo me partí el lomo para llegar a los setenta y ahora estoy jodido con esta cara de viejo –añadió, sonriendo.<br />
-Pero ya no cojeas –le dije.<br />
-No, ahora camino como tú –dijo-. Acá vienes cero kilómetros y nunca tienes que ir al taller a que te hagan una bajada de motor o un afinamiento, ¿entiendes? Acá no hay pastillas para dormir porque no necesitas dormir y no hay pastillas antidepresivas porque no te deprimes nunca. La mejor cura para la depresión es culearte a una rusa tetona. Además no tienes que ponerte condón.<br />
-Buenísimo –dije-. Yo nunca pude con los condones.<br />
-Yo tampoco –dijo él-. Por eso tuve diez hijos. </p>
<p>De pronto se acercó una mujer muy guapa, de unos cuarenta años, con un vestido elegante, de otra época, y le habló a mi padre en inglés, en un inglés con acento irlandés. Mi padre le miró el escote y comprendió que tenía deberes que cumplir. </p>
<p>-Me voy al parque, chiquilín –me dijo, y palmoteó mi espalda-. Ya te veo más tarde. </p>
<p>Luego se fue caminando con la mujer, diciéndole cosas al oído, tomados de la mano. </p>
<p>No podía creer que mi padre caminase sin cojear y, con setenta años, tuviese tanto éxito con las mujeres. Bien por él, pensé. Se lo merece. </p>
<p>Caminé sin saber adónde iba hasta que me detuvo suavemente un hombre joven y apuesto. Me habló en un idioma que no pude entender, pero me pareció que era alemán o danés o sueco o noruego, una lengua áspera y enfática. Era o había sido un hombre de mi tiempo, a juzgar por su ropa. Le dije en inglés que no le entendía. Me habló en inglés, me dijo si quería ir al parque con él. </p>
<p>-Yes, indeed –respondí y lo seguí, presuroso.</p>
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		<title>Morir en sus brazos</title>
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		<pubDate>Sun, 31 May 2009 04:59:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[jaime bayly]]></category>

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		<description><![CDATA[POR JAIME BAYLY Una noche de septiembre de 2006, una mujer cubana de setenta años estaba a punto de irse a dormir cuando me vio en la televisión de Miami y decidió que yo sería su hijo. Ella había tenido un hijo llamado Henry, que, con apenas veinticuatro años, había muerto en un accidente aéreo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/10/bayly2.jpg" align="right" />POR JAIME BAYLY</p>
<p>Una noche de septiembre de 2006, una mujer cubana de setenta años estaba a punto de irse a dormir cuando me vio en la televisión de Miami y decidió que yo sería su hijo. </p>
<p>Ella había tenido un hijo llamado Henry, que, con apenas veinticuatro años, había muerto en un accidente aéreo en 1986. </p>
<p>Veinte años más tarde, me vio en la televisión y pensó que yo era tan parecido a su hijo muerto que no podía no ser él o que en cierto modo una parte de Henry se había reencarnado y habitaba en mí y que en consecuencia estaba en mi destino ser su hijo. <span id="more-6221"></span></p>
<p>La mujer se llamaba Talía y no había tenido otros hijos con su esposo de toda la vida, Hugo, un médico ya jubilado. Se habían conocido en La Habana cuando eran un par de quinceañeros, habían escapado de la revolución y se habían casado atropelladamente nada más llegar a Miami. </p>
<p>Talía fue a verme la noche siguiente al estudio, me abrazó con una intensidad desusada y me dijo que yo era idéntico a su hijo Henry, me enseñó fotos de Henry, me contó que había muerto en un vuelo al Caribe, rompió a llorar, la consolé, le dije que Henry era muy guapo, me dijo que había esperado veinte años a que llegase este momento, el de encontrar al hijo que había perdido. </p>
<p>Pensé que hablaba metafóricamente. </p>
<p>Desde entonces no faltó un lunes ni un viernes en el estudio de Miami donde hacía el programa. Como decía que no le gustaba manejar su auto de noche, llegaba en compañía de otras amigas, todas guapas, señoras elegantes, llenas de joyas, que me colmaban de halagos y regalos. </p>
<p>Todos los lunes y viernes Talía me esperaba en el estudio una hora antes de que comenzara el programa, y apenas terminaba se me acercaba y me daba una bolsa llena de comida. Yo nunca le pedí nada, pero ella decía que era feliz comprándome comida. Me traía tantas cosas que no alcanzaba el tiempo para comérmelas todas. No me preguntaba qué me gustaba, ella elegía por mí. No faltaban nunca el salmón ahumado, el queso cremoso, las tostadas, la tortilla española, los sánguches de miga, las sopas de pollo que se derramaban en la camioneta, frutas exóticas, chocolates, pirulines, caramelos de menta, sales digestivas, laxantes y boletos de la lotería. No sé por qué, Talía deslizaba siempre, entre las bolsas de comida, boletos de la lotería que se jugaba el sábado. </p>
<p>Yo le agradecía y tiraba a la basura casi todo lo que me regalaba. </p>
<p>También me traía regalos muy lindos para mis hijas (vestidos, joyas, perfumes), que yo llevaba a Lima y les entregaba como si fueran regalos míos, sin mencionar a esa extraña señora que había decidido ser mi madre. </p>
<p>No contenta con esas muestras desmesuradas de cariño, Talía viajó a Lima para conocer a mi madre. Me pidió el teléfono de mi madre, cometí la imprudencia de dárselo, le conté a mamá que Talía señora había perdido a su único hijo y era muy cariñosa conmigo y que por favor la atendiera. Talía y mamá tomaron té en el hotel Country. Talía me dijo al volver a Miami que habían llorado juntas y que le había rogado a mi madre que fuese más tolerante y compasiva conmigo. Durante un tiempo Talía no hacía sino preguntarme si mi madre había cambiado gracias a ella y yo, por supuesto, le decía que sí, que era increíble cómo había cambiado mi madre gracias a ella. </p>
<p>Talía decidió entonces que debía viajar a Buenos Aires para conocer a mi amigo Martín y a su madre, Inés. No hacía mucho, Inés había visto morir de cáncer a su hija Carolina, la hermana mayor de Martín. Enterada de esa desgracia, Talía decidió que debía ser amiga íntima de Inés, pues ambas habían pasado por la tragedia de perder hijos, y eso la llevó hasta Buenos Aires en pleno invierno. A pedido de Martín, Inés se resignó a reunirse con esa señora cubana que había viajado desde Miami para consolarla. Tomaron el té en el hotel Alvear, donde se alojó Talía. Inés se sorprendió con la cantidad de regalos que Talía le entregó. Por supuesto, Talía lloró al recordar a su hijo Henry y fue inevitable que Inés llorase también. Cuando regresó a su departamento en San Isidro, Inés le dijo a Martín que esa señora estaba loca y que no quería verla más. Martín, que la había conocido en alguna de sus visitas a Miami, le dio la razón y dejaron de contestarle las llamadas y los correos electrónicos. Talía se fue llorando desconsolada de Buenos Aires, sin entender por qué su nueva amiga se había hartado tan pronto de ella. Llamó al teléfono de Inés y dejó un mensaje quejumbroso en el contestador. </p>
<p>Al volver a Miami, Talía me pidió explicaciones. Le dije que Inés y Martín todavía estaban de duelo por la muerte de Carolina. Le sugerí que dejase de escribirles. Por supuesto, no me hizo caso. </p>
<p>Cada semana, Talía llamaba a mi madre y hablaban largamente de mí. Mamá estaba encantada de que una señora tan religiosa me cuidase con tanta generosidad. Lo atribuía a la Divina Providencia. Talía era una enviada de Dios, mi ángel de la guarda. </p>
<p>De vez en cuando, durante el programa, viéndola allí sentada entre el público, yo mencionaba su nombre y eso la hacía muy feliz y luego me daba un montón de comida que terminaba tirando a la basura. </p>
<p>De tanto insistir, acepté tomar un café con ella un sábado en la isla de Key Biscayne. La cité en una panadería. Acudió sola en su auto de lujo. Me contó de su hijo Henry. Me enseñó fotos de él. Me contó todo lo que había sufrido cuando murió. Me dijo que no amaba a su esposo Hugo, el médico retirado. Me dijo que Hugo no la tocaba hacía años. Me dijo que Hugo tenía una amante, una enfermera de Puerto Rico bastante menor que él. Me dijo que sufría mucho por eso. Lloró. La animé a que le dijera a Hugo que sabía de sus amoríos escondidos, la animé a separarse de él. No puedo, me dijo. No sé vivir sola. Por eso te necesito más que nunca, hijo mío. </p>
<p>Luego me siguió hasta mi casa. Fue un error permitirle saber dónde vivía. Desde entonces las bolsas de comida aparecían en la puerta de mi casa, rodeadas de hormigas. </p>
<p>Un día me tocó la puerta y me entregó llorando un montón de ropa que había sido de su hijo Henry. Le agradecí, le invité un café, la vi llorar una vez más. Cuando se fue, pensé en tirar la ropa a la basura, pero no me animé. La guardé en el depósito. Me daba miedo tocarla. Además era ropa extraña, pantalones de cuero negro, guayaberas, ropa que no usaría en ningún caso. </p>
<p>En febrero enfermé y me interné en un hospital de Miami sin decirle nada a nadie. Al registrarme, pedí que ocultasen mi identidad. Me peraron. Al día siguiente, Talía apareció en el cuarto donde me tenían enganchado al suero y la morfina. ¿Cómo se había enterado? Su esposo Hugo, médico retirado, era amigo del doctor que me había operado. Talía siempre sabía dónde encontrarme. Se instaló a mi lado, me puso un rosario en el pecho y no se alejó de allí. Rezaba, me acariciaba, me peinaba, me llevaba al baño tratando de que orinase (pero yo no podía, y ella quería mirarlo todo) y no paraba de decirme mi hijito, yo soy tu mami, no te preocupes, tu mami está aquí para cuidarte. </p>
<p>Pero yo no quería que ella fuese mi mami, yo quería que se largase y me dejase en paz. </p>
<p>Fue un pesadilla que duró cuatro días con sus noches. Talía me volvió loco. No dejaba de tocarme, peinarme, acariciarme, acomodarme las almohadas, darme de comer gelatinas. No dejaba de rezar por mí. </p>
<p>Cuando el médico me dio el alta, salí en silla de ruedas del hospital, acompañado de Talía. Le pregunté si había traído su auto. Me dijo que no, que iría conmigo en mi auto y se quedaría cuidándome en mi casa. No lo pude creer. Caminamos hasta el estacionamiento, subió a mi auto, se molestó porque no la dejé manejar y, llegando a mi casa, entró conmigo y dijo: </p>
<p>-Vamos a ducharte, no te preocupes que yo estaré a tu lado para jabonarte y para que no te resbales. </p>
<p>Fue demasiado. Le dije que le daba diez minutos para irse de mi casa o llamaría a la policía. Me dijo que no tenía auto. Le dije que llamase a un taxi. Me pidió que lo llamase yo. Le dije que no tenía fuerzas. Se sentó en el sofá y rompió a llorar. Mi hijito adorado, cómo puedes hacerle esto a tu mami que tanto te quiere, repetía, sobándose los ojos. </p>
<p>-Si no te vas, llamo a la policía, le dije, y abrí la puerta. </p>
<p>Se fue sin mirarme, llorando. </p>
<p>-No quiero verte más, le dije. </p>
<p>Desde entonces prohibí que entrase público al estudio. Han pasado tres meses y todos los días me escribe correos que borro sin leer. A veces me deja mensajes condolidos en el contestador de casa. A veces encuentro bolsas de comida al salir. Siempre me deja boletos de la lotería con una nota que dice: “Tu mami que te quiere”. </p>
<p>Pensé que no la vería más. </p>
<p>Anoche al salir de casa estaba abriendo la puerta de mi auto cuando ella detuvo su auto gris, bajó de prisa y se acercó a mí. Pensé que me mataría. Esperé el disparo. He venido a despedirme, me voy dos semanas a Madrid, me dijo. No le permití que me tocase, retrocedí, puse mala cara. Buen viaje, le dije secamente. Hasta pronto, hijo mío, me dijo ella, con la mirada alunada. Nos vemos en Madrid, añadió. </p>
<p>¿Cómo sabía Talía que en una semana viajaré a Madrid? </p>
<p>Subí el auto y aceleré. Miré por el espejo. Ella venía detrás de mí. </p>
<p>Me temo que estoy condenado a ser su hijo y morir en sus brazos.</p>
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		<title>La madre que hay en mí</title>
		<link>http://www.theclinic.cl/2009/05/21/la-madre-que-hay-en-mi/</link>
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		<pubDate>Thu, 21 May 2009 19:14:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[POR JAIME BAYLY -Hola, mamá. Feliz día de la madre. -Gracias, mi amor. ¿Estás en Lima? ¿Vas a venir a almorzar? -No. Estoy en Miami. -Ay, qué pena. ¿Y por qué te has quedado solito allá, amor? Deberías estar acá en Lima para celebrar mi día conmigo y con tu Sofía. -No estoy solito, mamá. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/10/bayly2.jpg" align="right" />POR JAIME BAYLY</p>
<p>-Hola, mamá. Feliz día de la madre.<br />
-Gracias, mi amor. ¿Estás en Lima? ¿Vas a venir a almorzar?<br />
-No. Estoy en Miami.<br />
-Ay, qué pena. ¿Y por qué te has quedado solito allá, amor? Deberías estar acá en Lima para celebrar mi día conmigo y con tu Sofía.<br />
-No estoy solito, mamá.<span id="more-5990"></span><br />
-¿Tienes visita en Miami?<br />
-Sí, mamá. Digamos que tengo visita.<br />
-Ay, qué alivio, amor. No es bueno estar solo.<br />
-Eso dice el padre Alberto.<br />
-¿Alberto se llama tu visita?<br />
-No, mamá. Se llama Martín. Es mi chico. Me encantaría que lo conozcas. ¿No te da curiosidad?<br />
-Será lo que Dios quiera, amor. El hombre propone y Dios dispone.<br />
-Sí, claro. Mamá, necesito pedirte un favor.<br />
-Lo que quieras, hijito. Pídeme lo que quieras. Tú sabes que por mi Jaimín muevo cielo y tierra.<br />
-Necesito plata.<br />
-¿Plata, tú? Pero si tú tienes más plata que yo, amor.<br />
-Pero les he prometido a mis hijas y a Martín que no voy a gastar mi plata en mi campaña presidencial. Y sin plata, no puedo ser candidato.<br />
-Eso de ninguna manera, amor. Tú tienes que ser candidato. Tú has nacido para ser presidente.<br />
-Por eso te digo. Necesito que vendas tus acciones de Volcan y me prestes medio millón de dólares.<br />
-¿Tanto necesitas, amor?<br />
-Medio millón no es nada, mamá. La campaña puede costar dos o tres millones, fácil.<br />
-¿Y en qué te vas a gastar tanta plata, corazón?<br />
-Comprar un partido que ya está inscrito me cuesta doscientos mil. Y con los otros trescientos mil tengo que abrir como cien comités de mi partido en todo el Perú.<br />
-Ay, qué maravilla, amor. Vas a viajar por todo el Perú. Vas a conocer tu patria querida. Muchas cosas buenas van a salir de todo esto, ya verás.<br />
-No estoy tan seguro, mamá. Por ahí me matan de una pedrada. Hay mucho loco suelto que me odia.<br />
-Nadie te odia, mi hijito. Tú vas a ganar fijo. Desde que eras chiquito ya te veía fijo como presidente.<br />
-¿Cuento con tu plata, entonces?<br />
-Bueno, en principio sí, pero tengo que consultarlo, amor, no puedo decidirlo yo solita ahora mismo.<br />
-Entiendo. ¿Y con quién piensas consultarlo?<br />
-Primero que todo, con tus hermanos. Van a venir todos hoy a almorzar, no sabes cómo te vamos a extrañar.<br />
-Pero ellos no van a aprobar que vendas tus acciones y me prestes plata para mi campaña, mamá. Te aseguro que se van a oponer.<br />
-Bueno, si ellos se oponen, ya veremos, al final la decisión la tomo yo.<br />
-¿O sea que cuento con tu plata? Mira que si quieres que sea presidente, tienes que apoyarme, si no me das este empujoncito no hay candidatura ni nada.<br />
-En principio, sí, amor. Pero tengo que consultarlo con mis asesores espirituales y con tu papi, amor.<br />
-Pero papi está muerto, mamá.<br />
-Está en el cielo, amor. Yo converso todos los días con él. Ya te cuento lo que me dice tu papi. Seguro que se va a poner feliz cuando le diga que vas a ser presidente.<br />
-Pero no va a estar tan feliz cuando le digas que te estoy pidiendo medio millón de dólares.<br />
-No creas, amor. Tu papi ha cambiado mucho y él siempre quiere lo mejor para ti.<br />
-Y lo mejor para mí es ser presidente, ¿no?<br />
-Sí, mi amor. De eso no tengo dudas. Pero tienes que casarte de nuevo con Sofía. ¿Cómo vas a ser presidente del Perú sin una primera dama?<br />
-Ya tengo primera dama, mamá.<br />
-¿Quién es, amor? ¿Te has enamorado y no me lo has contado, bandido?<br />
-Sí, mamá, de Martín. Martín será mi primera dama.<br />
-Tu visita no es una dama, amor. Tu visita es un amigo. ¡No puede ser primera dama!<br />
-No sabes la dama sofisticada que es Martín. Es mucho más dama que Sofía, créeme.<br />
-Pero tienes que casarte, mi amor. Y no puedes casarte con tu visita. Tienes que casarte con Sofía.<br />
-Está bien, mamá. No hay problema. Tú me das la plata y yo me caso con Sofía, trato hecho. ¿Qué iglesia sugieres para casarnos?<br />
-María Reina es la que me queda más cómoda, está a dos cuadras de la casa y el Padre Griffin es un santo y da unos sermones increíbles.<br />
-Magnífico. Separa fecha cuando quieras.<br />
-¿Pero estás seguro que Sofía quiere casarse contigo?<br />
-No tengo idea. Será cosa de negociar, ¿no? Creo que la idea de ser primera dama no le molestará en absoluto.<br />
-Ella es tu primera y única dama, amor. Es toda una dama. ¡Cómo te quiere Sofía! ¡Se desvive por ti!<br />
-Además habla inglés y francés perfecto y tiene un aire a Carla Bruni.<br />
-¿A quién, amor?<br />
-A nadie, a nadie. No lees el Hola.<br />
-Yo conozco a todo Lima, amor. Esa Carla me suena.<br />
-¿Y si tus asesores espirituales te aconsejan que no me des la plata, qué harías?<br />
-Mira, amor, ese es un tema muy sumamente delicado. Yo, por ser supernumeraria de La Obra, no puedo ir contra los preceptos de mis superiores.<br />
-Pero si eres supernumeraria, ¿cómo puedes tener superiores?<br />
-Todos tenemos superiores, amor. Todos. Sólo Dios no tiene superior.<br />
-Ya. ¿O sea que si te dicen que no, no me das la plata?<br />
-No seas pesimista, hijito. No pienses así. ¿Por qué me van a decir que no, si tú serías un presidente de lujo para este país?<br />
-Te van a decir que no porque soy agnóstico y porque en el Opus Dei me detestan y porque si gano las elecciones el Perú será un Estado laico, mamá.<br />
-¿Un Estado qué, amor?<br />
-Laico. Un Estado laico.<br />
-Amor, eso no lo van a entender los cholos, eso no lo entiendo ni yo. ¿Qué es un Estado laico?<br />
-Un Estado que no le da plata a ninguna religión. Un Estado que respeta a todas las religiones, pero que no financia a ninguna.<br />
-Pero el Perú es un Estado católico, amor. Católico, apostólico y romano.<br />
-Sí, y eso es injusto y debe cambiar, mamá.<br />
-¿Has estado tomando esas pastillas que te ponen medio loco, amor? ¿Te estás drogando de nuevo?<br />
-No, mamá. Pero creo que es injusto que el Estado peruano le dé plata a la Iglesia Católica.<br />
-Es la cosa más justa del mundo, amor. Todos somos católicos en el Perú. La Iglesia necesita esa plata para ayudar a los pobres.<br />
-No todos somos católicos, mamá. Hay un montón de gente que es de otras religiones o que es atea o agnóstica y que paga sus impuestos, ¿y por qué vas a usar su plata para dársela a Monseñor Cipriani? No es justo.<br />
-Amor, no te permito que hables mal de Monseñor Cipriani, que es un santo en vida.<br />
-Perdón, mamá.<br />
-Y justamente tu misión como presidente será convertir a todos esos pobres descarriados que no son católicos. Tú tienes que convencerlos. Para eso Dios te dio la inteligencia y el don de la palabra. Para enseñarles el camino de la verdad y del bien.<br />
-No, mamá. Yo no puedo ser presidente para eso. Ni loco.<br />
-¿Entonces para qué quieres ser presidente, amor?<br />
-Para que el Perú sea un Estado laico y la Iglesia Católica se autofinancie como las demás iglesias. Para que los gays tengan los mismos derechos que los heterosexuales. Para que el aborto y el consumo de drogas no sean delitos. Para que la plata que malgastamos en los militares la gastemos en educar a los niños pobres. Básicamente para eso.<br />
-¡Qué locuras estás diciendo, mi amor! ¿Estás empastillado? ¿Estás medio loco otra vez? ¿Estás tomando Xanax como caramelitos? ¿Te quieres suicidar?<br />
-No, estoy bien.<br />
-¿Me estás diciendo hoy, ¡hoy que es el día de la madre!, que estás a favor de las drogas, del aborto, ¡del sexo contra-natura! y en contra de los militares y de la santa Iglesia Católica?<br />
-Sí, mamá. Exactamente.<br />
-Me has partido el corazón, Jaime.<br />
-No me digas Jaime, mamá. Sólo me dices Jaime cuando estás molesta.<br />
-No estoy molesta. Estoy triste. Estoy muy triste. Y tu papi también.<br />
-¿Por qué?<br />
-Porque no voy a votar por ti, Jaime. Y porque no voy a darte ni un centavo para tu campaña, si piensas defender el pecado y atacar a la santa Iglesia.<br />
-¿Entonces no cuento con tu medio millón de dólares?<br />
-No, hijito. Ni con medio sol.<br />
-¿Tampoco cuento con tu voto?<br />
-No, amor. Yo votaré por Alan.<br />
-Pero Alan no será candidato.<br />
-Es lo que tú crees, hijito. Alan y yo hablamos siempre por teléfono y ya te llevarás una sorpresa.<br />
-Bueno, mamá, feliz día de la madre.<br />
-Deja de tomar tantas pastillas, amor. Te inducen al pecado. Te inducen al libertinaje.<br />
-Ya, mamá. Dale saludos a Alan.<br />
zzz<br />
-Se llama Martín.<br />
-Por eso, saludos a tu visita.<br />
-Besos, mamá.<br />
-Besos, mi Jaime.<br />
-¿Mamá?<br />
-¿Amor?<br />
-¿No me darías cien mil dólares para comenzar?<br />
-Sólo si me lo aprueban Alan y el cardenal, amor.<br />
-Gracias. Feliz día. Saludos a papi.</p>
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		<title>Cucarachas voladoras</title>
		<link>http://www.theclinic.cl/2009/05/16/cucarachas-voladoras/</link>
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		<pubDate>Sat, 16 May 2009 09:06:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[POR JAIME BAYLY Regreso de la televisión a medianoche. Enciendo la luz de la cocina. Hay una cucaracha merodeando en el piso. No es la primera vez que la veo. He intentado matarla pero es más rápida y astuta que yo y seguramente vivirá más que yo. Me saco el zapato, me acerco sigilosamente a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/10/bayly2.jpg" align="right" />POR JAIME BAYLY</p>
<p>Regreso de la televisión a medianoche. Enciendo la luz de la cocina. Hay una cucaracha merodeando en el piso. No es la primera vez que la veo. He intentado matarla pero es más rápida y astuta que yo y seguramente vivirá más que yo. </p>
<p>Me saco el zapato, me acerco sigilosamente a ella y se lo arrojo. No le doy. La cucaracha vuela, vuela hacia mí. Doy un alarido, me sacude un escalofrío. </p>
<p>Dios, ¿estoy alucinando por las pastillas o las cucarachas ahora vuelan en mi casa? </p>
<p>La cucaracha vuela como si quisiera morderme, vuela como si fuese una cucaracha vampiro. Me protejo la cara, manoteo, chillo como una niña. La cucaracha cae al piso mugriento. Me saco el otro zapato y salto sobre ella para aplastarla. Resbalo. Caigo. Me corto la mano con un pedazo de vidrio de una botella de Orangina que se me rompió en la tarde. Barrí, pero quedaron vidrios y mi mano aterriza, mala suerte, sobre una astilla resplandeciente de Orangina. <span id="more-5862"></span></p>
<p>La cucaracha se detiene, me mira, tal vez sonríe y luego corretea y se desliza debajo de la lavadora. </p>
<p>Maldita cucaracha hija de mil putas, algún día te mataré. </p>
<p>Subo a buscar la escopeta de perdigones que compré para matar al pájaro cantor al que disparé como cincuenta veces y nunca le di. El pájaro desapareció después de una noche de tormenta. No sé si murió o si se fue a joder a otro vecindario. Saco la escopeta, la cargo, apago las luces de la cocina, enciendo la linterna amarilla, apunto hacia el piso de la lavadora y espero a que salga la cucaracha. </p>
<p>Espero y espero y espero y ella, que es astuta y rápida, mucho más que yo ciertamente, no sale, sabe que si sale la cazaré. </p>
<p>Me aburro y disparo un perdigón a la lavadora para asustarla y el sonido metálico del balín rebotando en la puerta blanca de la lavadora me recuerda a mi padre disparando al espejo en el que mi madre se maquillaba: yo vi ese espejo quebrarse como se partió en mil astillas la botella de Orangina en el piso de la cocina, yo vi el rostro aterrado de mi madre, yo vi a mi padre disculpándose por esa bala que se le escapó mientras limpiaba su pistola. </p>
<p>Subo a mi cuarto a leer el libro de Cercas sobre el golpe fallido y veo una cucaracha. No es tan grande como la de la cocina. Merodea a un paso de mi cama. Nunca había visto una cucaracha en mi cuarto en los varios años que llevo viviendo en esta casa. ¿Cómo y por qué subió a buscar comida al pie de mi cama? ¿Tan inmunda es mi casa que hay cucarachas hasta en mi cuarto? </p>
<p>Tengo la mano cortada por el vidrio de la Orangina que no supe barrer debidamente. Con la otra mano, intento aplastar a la cucaracha una y dos veces, pero la muy puta me esquiva y corre como una bala perdida y se mete debajo de la cama. </p>
<p>Te jodiste, cabrona, estás atrapada, te mataré, de allí no sales viva. </p>
<p>¿Cómo te atreves a dormir debajo de mi cama? ¿Crees que mi cuarto es una pocilga hedionda para que te cobijes debajo del colchón? </p>
<p>Sí, mi cuarto es un asco, pero no permito que duermas conmigo. Morirás. El problema es que no sé cómo matarte. </p>
<p>Muevo la cama, muevo el colchón, intento asustarla para que salga, pero no sale. </p>
<p>Bajo a la cocina, cargo la escopeta y la linterna, subo a toda prisa, me agacho al pie de la cama, prendo la linterna, ilumino debajo de la cama con la escopeta apuntando, listo a disparar. No veo ninguna cucaracha. Hay tantos ovillos de polvo que es todo como una densa alfombra gris, como una capa de nubes de Lima escondida bajo la cama. Puede que la cucaracha esté camuflada bajo esa capa espesa de ácaros, puede que haya huido cuando bajé a la cocina. </p>
<p>Lo cierto es que hay una cucaracha en la cocina y no puedo matarla y hay otra en mi cuarto y no sé dónde está. </p>
<p>No es una sensación agradable vivir con cucarachas. Yo quería vivir solo. Por lo visto no se puede. Siempre terminas viviendo con cucarachas voladoras. </p>
<p>Tal vez habría menos cucarachas en mi casa si alguien la limpiase de vez en cuando. Pero no puedo dejar entrar a nadie a mi casa, salvo que sean mis hijas, y ellas ya no quieren venir a mi casa, se aburren. </p>
<p>Nadie puede entrar a mi casa porque he escondido aquí todo el dinero que tenía en el banco. Leí que el banco estaba a punto de quebrar. Saqué el dinero, corté los tres colchones de arriba y lo metí en bolsas de plástico. No es mucho dinero, no es poco dinero. Es suficiente para vivir diez años sin trabajar. </p>
<p>Por eso no puedo dejar que alguien entre a limpiar mi casa. Me arriesgaría a que se robe mis ahorros de toda una vida mercenaria. En estos tiempos todo el mundo roba lo que puede porque nadie tiene trabajo o se aferra a un trabajo que desprecia y el robo es un acto de supervivencia como el de la cucaracha que come en mi cocina. Todos robamos. Todos hemos robado. Vivir es robarle a alguien. No se puede vivir sin robar. Se puede vivir sin amor, pero no se puede vivir sin robar y sin cucarachas robándote restos de comida. </p>
<p>La chica de la casa vecina me ha tocado la puerta y se ha ofrecido para limpiar mi casa. Ni loco la dejaré entrar. Creo que me ha visto cargar el dinero cuando lo saqué del banco y seguramente se lo ha contado a su novio y han urdido un complot para robarme. Nadie limpiará mi casa. Nadie limpiará mi casa nunca. Podría limpiarla yo, pero soy un inútil y un haragán y no sé limpiar una casa ni tengo ganas de aprender. Tampoco me molesta la suciedad. Me acompaña. Me sienta bien. Va con mi carácter. Sólo me molestan las cucarachas porque me han perdido el respeto, saben que soy un idiota incapaz de matarlas y ahora vienen a mi cuarto, insolentes, a buscar comida o a comerme a mí. No lo permitiré. </p>
<p>Esta noche no dormiré y mataré a las cucarachas. Si no las mato, me matarán ellas. </p>
<p>El problema es cómo matarlas si son tanto más rápidas y astutas que yo. </p>
<p>Pensaré como una cucaracha, tal vez eso ayude. </p>
<p>Bajo a la cocina, prendo la luz, no hay cucarachas a la vista. Abro la refrigeradora, saco un pedazo de pollo, lo tiro en el piso, cerca de la lavadora donde sé que se agazapa la muy cabrona. El olor la turbará, la hará salir. Apago las luces, enfoco la luz amarilla de la linterna sobre el pedazo de pollo, apunto con la escopeta. </p>
<p>Espero y espero y espero. </p>
<p>Pienso en mi padre, pienso que mi padre estaría orgulloso de mí. </p>
<p>Un hombre de bien no puede convivir con unas intrusas asquerosas en su casa, un hombre de bien tiene que matarlas. </p>
<p>Aprieto el gatillo. Todos los perdigones que fallé apuntando al pájaro cantor fueron un entrenamiento para este momento de éxtasis: la cucaracha voladora vuela por los aires viciados de la cocina, pero no vuela porque quiere, vuela porque le he clavado un balín en el orto y la he despedazado, maldita hija de mil putas, ahora sabes quién manda en esta casa. </p>
<p>Puede que sea el momento más feliz de mi vida. </p>
<p>No me detengo a recoger los restos de la cucaracha esparcidos entre las astillas de la botella de Orangina y las manchas de antigüedad incalculable en el piso que era de mármol y ahora es de mugre. </p>
<p>Que nadie camine nunca descalzo en mi cocina: perdería la vida o un dedo. </p>
<p>Repito la operación en mi cuarto. Dejo el pedazo de pollo allí donde vi a la cucaracha, a un metro de la cama. Apago las luces, apunto la linterna a las hilachas de pechuga que compré en el gourmet de la venezolana, espero con la carabina cargada. </p>
<p>Me quedo dormido. Son las pastillas. Me tumban en el momento menos pensado. ¿Cómo pude dormirme viendo el Barcelona-Chelsea? ¿Cómo pude dormirme manejando en la autopista y llegar ileso a casa? ¿Manejo mejor sonámbulo? </p>
<p>El instinto de francotirador me sacude. Allí está la puta viciosa refocilándose en el pollito con espárragos que le serví como su última cena. Allí está mi compañera de cuarto dándose un banquete a los pies de mi cama. Come, hija de mil putas, que no comerás más. Disparo. Vuela la cucaracha, vuelan las hilachas de pollo, vuela medio espárrago jugoso. La cucaracha cae sobre mi cama y corre, malherida. Salto sobre ella, enloquecido por el rencor y las pastillas y la mugre que es mi vida, y la aplasto con mi mano cortada por el vidrio de la Orangina. La mato. Sus restos se confunden y entremezclan con mi herida sangrante. Me infecto de cucaracha. La cucaracha se mete en mí, es su venganza postrera. </p>
<p>Puede que sea el momento más feliz y repugnante de mi vida. </p>
<p>Me doy una ducha y veo mi mano derecha cortada y manchada de cucaracha y me duele cuando paso agua y jabón por esa pestilencia infecta. </p>
<p>Salgo de la ducha. Me visto. No puedo dormir en esa cama. Está manchada de cucaracha. </p>
<p>Me voy a la cama de mis hijas con mi escopeta y mi linterna. Me echo y dejo la escopeta y la linterna a mi lado. Me pongo guantes, zapatos, cubro mi cara con una bufanda. No quiero que me coman las cucarachas. No quiero que me roben la plata que está bajo el colchón. Quiero vivir solo, ¿es mucho pedir? </p>
<p>Cuando despierto, tengo hormigas en las orejas, chupando la secreción que se adhiere a los tapones de plástico naranja. </p>
<p>Nunca podré vivir solo. Los insectos se quedarán con esta casa y me comerán pacientemente cuando muera y nadie se entere. Sólo pido que el dinero escondido en los colchones, o lo que quede de ese dinero, sea entregado a mis hijas. </p>
<p>No soy un buen escritor, no seré presidente, pero he matado dos cucarachas esta noche. Puede que mi padre, si está por allí, esté orgulloso de mí. </p>
<p>En su honor, apunto al espejo, disparo y lo hago trizas. Puede que sea el momento más triste de mi vida.</p>
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		<title>Cosas que no tienen precio</title>
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		<pubDate>Sat, 02 May 2009 16:01:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[jaime bayly]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Jaime Bayly Las cosas nunca pasan como las planeas, esto ya deberías saberlo. Por lo general, los planes que haces se tuercen para mal y la vida termina siendo una película bastante más mediocre de la que habías dirigido en tu imaginación. No fue esto lo que me pasó en semana santa en Buenos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/10/bayly2.jpg" align="right" />Por Jaime Bayly</p>
<p>Las cosas nunca pasan como las planeas, esto ya deberías saberlo.<br />
Por lo general, los planes que haces se tuercen para mal y la vida termina siendo una película bastante más mediocre de la que habías dirigido en tu imaginación.<br />
No fue esto lo que me pasó en semana santa en Buenos Aires. Una cadena de eventos infortunados terminó en un momento luminoso y feliz. Nada por supuesto estaba planeado.<br />
Lo que estaba planeado era llegar a mi departamento en San Isidro a las nueve de la mañana del lunes, en un auto negro blindado que me cobró quinientos pesos y me llevó por una ruta inhabitual, protegiéndome de los que quieren matarme, que saben que es aquí donde soy más vulnerable y donde ellos operan con absoluta impunidad. <span id="more-5555"></span><br />
Lo que no estaba planeado, y aquí comenzó a urdirse la trama del relato dictado por el azar, ese narrador infatigable, era que el vecino del primer piso estuviera rompiendo todo el baño a martillazos para refaccionarlo. Bajé, hablé con él, le pregunté cuántos días duraría la obra, me informó que la cosa recién comenzaba y tenía para dos semanas, comenzando a las ocho de la mañana y terminando a las seis de la tarde, incluyendo los días feriados de semana santa. Le deseé suerte, subí al departamento y comprendí que tenía que irme de inmediato.<br />
Una opción era volver a Lima, pero en Lima las cosas suelen pasar como las planeas y eso acaba por aburrirte.<br />
Otra opción era escapar a Montevideo, pero no tenía ganas de subir a un avión más.<br />
Fue Martín quien tuvo la genialidad de sugerir que fuésemos al hotel Sofitel de Cardales, en el campo, lejos de la ciudad. Llamé, me dijeron que no había cupo, pedí hablar con el gerente, le pedí un gesto magnánimo, de clemencia con un forastero enfermo, con los días contados, y me separó una habitación tranquila con vista al lago.<br />
Martín trajo el auto de la cochera, manejó por la autopista a Escobar, puso las canciones de No Doubt que le pedí (esas canciones que escuchamos en un Jaguar alquilado, manejando a un concierto de No Doubt en Sacramento, California, cuando éramos un par de pendejos frívolos y dispendiosos, es decir cuando éramos lo que ahora seguimos siendo con bastante más descaro) y una hora más tarde, bordeando el mediodía, estábamos registrándonos en el Sofitel de Cardales y acomodándonos en la suite Prestige.<br />
El lunes, el martes, el miércoles y el jueves, tres ideas cosquilleaban mi cerebro adormilado: 1) qué genio el vecino que me hizo huir del edificio y terminar en este hotel espectacular; 2) no estoy en Buenos Aires, no estoy en la Argentina, este Sofitel es una república independiente, estoy en un lugar lleno de palmeras y piscinas climatizadas y masajistas apuestos y tanta belleza sosegada y omnipresente que está no puede ser la misma ciudad a la que llegué hace unas horas, este es un país secreto, sin nombre, clandestino, sin padres fundadores, una escisión caribeña-afrancesada de la Argentina; y 3) qué lindo sería jugar un partido de fútbol en esa cancha pequeña de césped impecablemente recortado, una tarde a eso de las cinco, qué lindo sería pellizcar la pelota después de tantos años sin pisarla.<br />
El jueves a la noche fue el punto de quiebre, la irrupción del caos.<br />
Martín no quería salir, pero yo insistí en ir a los cines de Pilar a ver la película de Lucía Puenzo, El niño pez, con esa actriz que nos gusta mucho, Inés Efrón. Bajamos, la recepcionista me habló en francés, lo que me pareció muy atinado, y luego me dio un mapa con indicaciones muy precisas para llegar a los cines de Pilar.<br />
En los mapas siempre aparecen las autopistas, las calles y bifurcaciones, pero nunca aparecen los accidentes.<br />
Teníamos que tomar la ruta 25, que une la autopista a Escobar con la calle Chubut, y allí doblar a la izquierda y luego dar con los cines de Pilar. Parecía fácil llegar. No lo fue. Martín tuvo la inteligencia de no fumar el porro antes de llegar al cine. Yo tuve la prudencia de insistir en salir a las nueve cuando las función era a las diez y cuarenta. Nos tomó una hora llegar. El camino era estrecho, oscuro, entrecortado por dos vías de trenes y un número alucinante de lomos de burro, y uno sentía que en medio de esa penumbra espesa y campestre podía pasar cualquier cosa, cualquier cosa mala por supuesto, entendiéndose “mala” como “ilegal”, no necesariamente como “inconveniente”.<br />
Llegamos al cine a las diez, fumamos el porro en el auto, vimos la película, no nos gustó tanto, tampoco nos disgustó, Inés Efrón es una criatura maravillosa y pagar quince pesos por verla es siempre un buen negocio, y luego subimos al auto y manejamos de vuelta al Sofitel por la ruta 25.<br />
Antes de subir al auto, pensé: mejor manejo yo, Martín es muy tenso y angustiado, es una señora manejando, y con el porro adentro y en esa ruta del orto algo malo podría pasarnos. Pero no se lo dije porque Martincito se ofende cuando le digo que maneja como una señora, así que me acomodé en el asiento del copiloto.<br />
Pasamos los mil lomos de burro, todo bien, y la primera vía del tren y entonces pasó lo que pasó: al llegar a la segunda vía del tren, el semáforo se puso rojo y la barrera empezó a bajar. Pasa, pasa, no pares, le dije a Martín. El tren todavía estaba lejos, podíamos pasar sin problemas. Pero Martín, toda una señora, frenó. No, está en rojo, me dijo. Pasa, pasa, grité. No voy a pasar, está en rojo, gritó él. Treinta segundos después, la luz del tren se acercaba, los silbidos raspaban la noche quieta, los vagones de carga zumbaban como moscardones en la oscuridad. Era perfectamente lógico y predecible que ocurriera lo que ocurrió: tres jóvenes se acercaron al auto, mostraron una pistola, gritaron insultos que no se escucharon bien por el fragor del tren, subieron bruscamente al asiento de atrás. Los miré: eran chicos, jovencitos, no llegaban a tener dieciocho años. Buenos chicos, pensé, chicos con hambre, chicos desesperados. Sentí que ellos estaban más asustados que yo. Yo soy un ladrón veterano, avezado, un asaltante refinado de la buena fe. Estos principiantes no me dieron miedo, me cayeron bien de entrada.<br />
Pidieron la plata a gritos.<br />
No nos maten, por favor, pidió Martín.<br />
Hoy es su día de suerte, les dije, con mi mejor cara de rufián cosmopolita. Tengo cinco mil pesos y cinco mil dólares. ¿Prefieren pesos o dólares?<br />
Martín me miró como si me hubiera vuelto loco. Yo sólo quería hacerme amigo de estos chicos atropellados.<br />
Como era previsible, pidieron todo. Les di los pesos y los dólares y cuando me pidieron el reloj les dije que me lo había regalado Joaquín Sabina y que tendrían que matarme para quitármelo.<br />
Uno de ellos me reconoció en los siguientes términos: ¿vos no sos el paraguayo puto de la tele?<br />
Preferí responder con una pregunta: ¿Quieren venir a comer con nosotros?<br />
Luego de un acalorado debate (en el que se esgrimió el argumento o la sospecha de que queríamos sexo con ellos), aceptaron venir a comer al hotel, no sin amenazarnos que, si tramábamos alguna jugarreta para delatarlos, no tendrían compasión en meternos plomo en las entrañas. No fue así, desde luego, como lo dijeron. Fue más más o menos así: dale, vamo a morfar, puto de mierda, pero si el morfi no tá bueno, los hacemo boleta.<br />
Ahora estábamos los cinco entrando en la recepción del Sofitel. Nos dijeron que, si bien el restaurante ya estaba cerrado, podían atendernos pidiendo la carta de room service. Nos sentamos en los sofás. Los chicos estaban con hambre, pidieron pasta de entrada y suprema de pollo con papas fritas, y mientras esperaban la comida, comieron tres canastas de panes con mantequilla. Era fantástico verlos comer con tanta pasión. Era un espectáculo inmensamente superior a la película. Nunca vi a tres chicos comer tantos panes, tomar tantas cocacolas, eructar felizmente tantas veces. Luego se empujaron la pasta, el pollo y los helados de crema.<br />
Parecían contentos y agradecidos cuando pedí que llamaran un taxi y los llevaran adonde ellos indicaran y lo cargaran a mi cuenta.<br />
Los acompañé hasta la puerta del taxi. Martín se quedó en el restaurante. Les di un abrazo, les deseé suerte. Luego los sorprendí: ¿Se animan a venir mañana con unos amigos para jugar un partido de fútbol a eso de las cinco? Vamo a ver, vamo a ver, paragua, dijo el líder, el de la pistola, y se fueron eructando.<br />
La verdad, pensé que no vendrían. Pero en la Argentina, como se sabe, el fútbol es una pasión, un delirio, una filosofía de vida, una religión capaz de reunir, alrededor de una pelota, a un grupo de ladronzuelos con sus víctimas esquilmadas.<br />
Salió un poco caro el partido, pero ganamos. Martín parecía el Loco Houseman o la Araña Amuchástegui zigzagueando por la punta derecha a la velocidad de la luz. Yo metí dos goles y me hice respetar cuando le hice un caño finito al ladrón de la pistola. No me devolvió la plata, pero ese caño no se le olvidará nunca. Ese túnel, ese picadito de viernes santo en el césped de Cardales, esa alegría de tocar en corto con Martín y pisarla todavía con aplomo, todo eso me parece que no tiene precio, todo eso tendría que valer mucho más que cinco mil pesos y cinco mil dólares.</p>
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		<title>Esperando a James</title>
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		<pubDate>Fri, 10 Apr 2009 05:54:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Gay]]></category>

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		<description><![CDATA[POR JAIME BAYLY Quiero tener un hijo. Estoy impaciente por tener un hijo. Estoy desesperado por tener un hijo. Siento que se me escapa la vida y no quiero irme sin dejar un hijo. Quiero que mi hijo se llame James. James a secas. James como debí llamarme yo, como me llaman mis hermanos. Jaime [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/10/bayly2.jpg" align="right" />POR JAIME BAYLY</p>
<p>Quiero tener un hijo. Estoy impaciente por tener un hijo. Estoy desesperado por tener un hijo. Siento que se me escapa la vida y no quiero irme sin dejar un hijo. </p>
<p>Quiero que mi hijo se llame James. James a secas. James como debí llamarme yo, como me llaman mis hermanos. Jaime es un nombre atroz, un nombre sumiso, de chofer, de mayordomo. Yo soy un mayordomo, sólo que no tengo claro quién es mi amo. Creo que soy un mayordomo de mí mismo. <span id="more-5138"></span></p>
<p>Quiero que James sea gay. Sé que no depende de mí, pero si pudiera elegir, lo haría gay, condenadamente gay, felizmente gay, todo lo gay que no pude ser yo. No es improbable que lo sea. En mi familia no son infrecuentes los genes alegres. Abundan. A veces se esconden, a veces irrumpen con insolencia, pero están por todos lados. O sea que James, con suerte, saldrá gay. Dios quiera. Sería lindo tener un hijo muy gay. </p>
<p>Quiero que James nazca en una ciudad propicia para la felicidad. Es decir que no quiero que nazca en Lima ni en ninguna ciudad, aldea o caserío peruano. Quiero que nazca en Dublín, en Estocolmo o en Copenhague. Lo lógico y natural sería que naciera en Dublín porque de allí vienen mis antepasados, ilustres borrachos tacaños. Nunca entenderé cómo y por qué un señor irlandés se subió a un barco, huyendo sabe Dios de qué, y terminó arrojado meses después en el puerto del Callao, que era como irse al infierno sin haberse muerto. Nunca debió ese señor huir de su isla flemática y afincarse en el país gris. Mucha desdicha, muchas suertes torcidas, mucha infelicidad soterrada, muchos destinos castrados, mutilados, se desprendieron de esa incomprensible decisión que tomó el caballero irlandés. Quiero que James sea peluquero, diseñador de modas o decorador de interiores. Quiero que sea muy bello y que persiga ciegamente la belleza y sólo la belleza. Quiero que sólo crea en lo que se puede ver y tocar y que se ame a sí mismo más que a todos los prójimos sumados y hacinados. Quiero que sea egoísta, ególatra, egocéntrico. Quiero que esté absolutamente fascinado de conocerse. Quiero que sus manos le den más placer que las de cualquier otra criatura humana. </p>
<p>Quiero que James no se parezca en nada a mí y se parezca completamente a su madre. </p>
<p>El problema es que no sé quién debería ser su madre. </p>
<p>Aquí es cuando las cosas se enredan y me dan ganas de llorar como una quinceañera, que es la única manera de llorar que conozco. </p>
<p>Lo natural, predecible y políticamente correcto sería que la madre de James fuese Sofía, la madre de mis dos hijas. No hay una madre más de putamadre que ella. Es bella, elegante, refinada, irresistible. Me sigue pareciendo una mujer a la que tenía que perseguir por medio mundo, a la que tenía que robar de los brazos de su novio francés, quien se quiso matar por despecho y no supo ejecutar cabalmente su empresa suicida (ya se sabe que los franceses no son buenos en el oficio de matar). </p>
<p>¿Por qué no estoy convencido de que Sofía debe ser la madre de James? </p>
<p>Porque Sofía está felizmente instalada en Lima y, si consiguiera convencerla de dejarse embarazar de nuevo por mí, no dudo de que ella elegiría, sin negociar un ápice, que los nueve meses preñada y el parto a gritos tendrían lugar en Lima, acompañada de sus amigas, de sus hijas, de su madre. James sería entonces peruano, nacería contagiado de ese virus incurable, estaría condenado a padecer esa enfermedad corrosiva que es la pertenencia a la bárbara tribu instalada a orillas del Pacífico. James no debe ser peruano en ningún caso. James debe crecer lejos del Perú. James, si queremos que sea verdaderamente James, debe ver el Perú como yo veo a esa araña en la esquina del techo de mi casa: como una amenaza peligrosa. </p>
<p>Lo siento por Sofía, pero no será ella la madre de James. </p>
<p>¿Quién será entonces la madre? </p>
<p>No lo sé todavía, pero ando buscándola con cierta impaciencia porque sé que no me queda mucha vida, y no escribo esto por frivolidad, lo sé porque lo sé, lo sé y no hagan preguntas. </p>
<p>Le pedí a Princesa Austríaca, besándonos de madrugada en Madrid, que fuese la madre de James. Princesa Austríaca, ennoviada con argentino millonario, se deshizo en una carcajada y me dio un beso de despedida y nunca más supe de ella, sólo me quedan las fotos que nos hicimos en bicicleta por el Retiro. </p>
<p>Le pedí a Mariposa Inmortal, volando por el Caribe, que me dejara entrar en ella, que alojase en su vientre alado al pequeño James, que viniese conmigo a Dublín o Copenhague a parir a nuestro benjamín. ¿Le haríamos la circuncisión?, preguntó Mariposa Inmortal. Pensé entonces que había encontrado a la madre perfecta. Por supuesto, respondí. Es una cuestión de higiene y de estética y de respeto a las tradiciones familiares. Mariposa Inmortal estuvo de acuerdo en que un pene circuncidado es moralmente superior a uno encapuchado. Todo parecía confluir favorablemente. Pero Mariposa Inmortal rompió a llorar y dijo que en los próximos cinco años no podía ser madre porque así se lo había dicho su bruja pitonisa: “Mariposa, me ha dicho la Virgen, que se me ha aparecido sentada sobre mi cabeza (y no pesaba nada la Virgencita), que no debes ser madre en los próximos cinco años, porque si quedas preñada en esos cinco años abortarás un feto sin ojos”. Mariposa Inmortal nunca osaría desobedecer a su bruja pitonisa y a la Virgen que se le sentó encima. </p>
<p>Cinco años es demasiado tiempo para mí. En cinco años estaré muerto o casi muerto. En cinco años seré cenizas o carne podrida o ese tipo que agoniza detrás de las cortinas atendido por una enfermera gorda filipina que se come mi gelatina. </p>
<p>Hay que capturar el momento. Es ahora o nunca. Tengo que secuestrar a una mujer, llevarla conmigo a Copenhague y ponerla a parir. </p>
<p>Le he pedido a Escritora Maldita que me haga el favor. Escritora Maldita es bella, es loca, es maldita, no le tiene miedo a nada. Escritora Maldita está dispuesta a ser la madre de James en Dublín, en Copenhague, en Estocolmo o adonde yo la lleve. Escritora Maldita tiene apenas veinte años y, si bien no encuentra apetecible mi cuerpo estragado, sí se deja tentar por la idea de escapar a una monarquía escandinava y parir a mi hijo idealmente gay. </p>
<p>El problema parecía resuelto: Escritora Maldita y yo haríamos el amor, haríamos el amor tantas veces como fuesen necesarias para que ella quedase preñada, esperanzada, esperando a James. Luego escaparíamos a Copenhague, no a Dublín ni a Estocolmo, a Copenhague ciertamente. </p>
<p>¿Por qué a Copenhague? Una vez vi a Gwyneth Paltrow diciendo que Copenhague es la ciudad más bella del mundo. Creo que es una verdad irrefutable y científicamente demostrable que la Sra. Paltrow es la criatura viva más hermosa del planeta. Lo que me lleva a la conclusión de que James no debe nacer en Dublín, como sus antepasados borrachos y tacaños, James debe nacer en Copenhague y ser un súbdito leal del Reino de Dinamarca y la Corona Danesa (moneda con la cual he de pagar el parto).<br />
Todo estaba bien pensado: James, gay, peluquero, danés, hijo de Escritora Maldita, inmediatamente circuncidado. No me moriría sin concederme esa menuda extravagancia. </p>
<p>Lo diré sin rodeos: quiero tener un hijo porque cuando mi verga desaparezca de la faz de la tierra me gustaría cederle la posta a otra verga salida de mi verga, de modo que el mundo no eche de menos a mi verga y la de James se ocupe de procurar felicidad y consuelo a quienes se hallen urgidos de ella.<br />
Esta mañana he comprado los pasajes en SAS. Escritora Maldita y yo viajaremos a Nueva York y luego a Copenhague el primero de agosto y nos alojaremos en un hotel con vistas a los jardines Tivoli. </p>
<p>Hace un momento me llamó Escritora Maldita desde Lima y me dijo llorando (las cosas en Lima suelen decirse llorando) que no le habían dado la visa para entrar a Europa, que James no podría nacer en Copenhague porque una maldita-gorda-danesa-estreñida le había negado el sello en su pasaporte rojo peruano. </p>
<p>No llores, Escritora Maldita, le dije. Nos casaremos en Nueva York, te pasaré la ciudadanía norteamericana y cuando te la den, iremos a Copenhague a encontrarnos con James. </p>
<p>Escritora Maldita se quedó feliz, pensando que nos casaremos en Nueva York el próximo verano. Yo me quedé triste porque sé que no me alcanzará el tiempo para que las autoridades migratorias norteamericanas le expidan el pasaporte a Escritora Maldita: el asunto es lento, toma años, lo sé porque lo he vivido. </p>
<p>Hace un momento desperté sobresaltado y até cabos. Cuando Sofía quedó embarazada en Georgetown el año 92, yo sólo podía escuchar una canción, Tears in Heaven, que Clapton escribió el año 91, devastado por la muerte de su hijo Conor, de cuatro años, que cayó del piso 53 y fue llevado ya muerto al hospital Lenox. Cuando Sofía quedó embarazada en Miami el año 94, yo sólo podía escuchar una canción de Annie Lennox, Why? El fin de semana pasado viajé a Boston y sin saber por qué elegí dormir en el hotel Lenox de Back Bay. </p>
<p>Lenox, Lennox, Lenox: James nacerá entonces en el hospital Lenox de Manhattan. De momento, la madre será Escritora Maldita. Pero si Mariposa Inmortal y Princesa Austríaca cambian de opinión y se suman a la aventura, tendré un hijo con cada una de ellas y los tres se llamarán James.</p>
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		<title>La isla del Tano</title>
		<link>http://www.theclinic.cl/2009/03/28/la-isla-del-tano/</link>
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		<pubDate>Sat, 28 Mar 2009 12:35:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
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		<description><![CDATA[No me pregunten cómo he terminado con El Tano y su novia en una isla desierta de las Bahamas. No sé mucho del Tano, lo conocí la otra noche en un hotel de Nassau, me pidió la laptop en el bar del Compass Point para leer sus correos, me dijo que su hija estaba en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/10/bayly2.jpg" align="right" />No me pregunten cómo he terminado con El Tano y su novia en una isla desierta de las Bahamas. </p>
<p>No sé mucho del Tano, lo conocí la otra noche en un hotel de Nassau, me pidió la laptop en el bar del Compass Point para leer sus correos, me dijo que su hija estaba en las Galápagos y que no sabía nada de ella, la novia del Tano me preguntó por qué llevaba boina y chalina en Nassau y luego me preguntó sin esperar mi respuesta si yo era canadiense y le dije que sí, que soy de Montreal. <span id="more-4834"></span></p>
<p>Todo lo que sé del Tano es que es argentino, vive en Nueva York desde que tenía veinte años (y ahora tiene cincuenta) y alquila cincuenta departamentos amoblados en esa ciudad. Todo lo que sé del Tano es que es dueño de cincuenta departamentos de lujo en Manhattan, que le dejan un millón de dólares al mes. Está claro que el Tano es un maestro porque además me cuenta todo eso como si me estuviera contando que está resfriado.</p>
<p>Todo lo que sé de la novia del Tano es que es sueca y bastante menor que yo y está siempre un tanto borracha y coqueteando, lo que no parece molestarle al Tano, porque el Tano es un grande y nada parece molestarle a estas alturas. </p>
<p>Tan grande es el Tano que se ha comprado una isla virgen en las Bahamas por doce millones de dólares y me ha dicho para ir a visitarla y cuando le dije aquella noche en el bar del Compass Point que sí, que iríamos al día siguiente, estaba seguro de que todo era mentira, su isla de la fantasía y mi entusiasmo por conocerla, pero ahora un avión bimotor ha acuatizado frente a una isla desierta más grande que Key Biscayne, a la que hemos llegado volando cuarenta minutos sobre un mar tan transparente que podías ver los tiburones. </p>
<p>El Tano, la sueca y yo hemos bajado de la avioneta, saltado al mar y, con el agua rozándonos el ombigo, hemos caminado hasta la orilla de la isla del Tano, que a lo mejor no es del Tano, pero que él reclama como suya, y nos hemos sentado a la sombra de un árbol y era como estar en un capítulo de Lost esperando a que viniera una criatura monstruosa a devorarnos y arrojar nuestras extremidades en las copas de los árboles. </p>
<p>Solo he visto en la isla a dos criaturas vivas, sin contar al piloto que se quedó cuidando la avioneta y bebiendo cerveza (yo pensaba: si la avioneta falla y no enciende y nos quedamos a pasar la noche acá y el moreno tiene hambre, nos come a los tres crudos y sin sal): una mariposa naranja y un numero indeterminado de moscas más grandes que las moscas domésticas peruanas que me son familiares, tan grandes que el Tano ha dicho que no eran moscas, que eran tábanos y venían por nuestra sangre. </p>
<p>Le he dicho “Tano de mierda, la puta que te parió, no tenemos nada que comer ni tomar en esta isla, todas las islas desiertas son iguales, para qué carajo me has traído acá si estoy enfermo, y ahora me dices que nos van a comer unos tábanos, no me jodas y larguémonos de acá y llévame a un restaurante donde podamos comer como gente civilizada”. La sueca por suerte se ha amotinado conmigo y ha dicho que se muere de sed (cómo no va a tener sed, si está con una resaca feroz) y que vayamos a no sé qué isla perdida en el archipiélago de las Bahamas, donde dice ella que sirven unos pescados fritos deliciosos. </p>
<p>El Tano, hombre sabio, de pocas palabras, ha sacado un porro, lo ha encendido con obvia destreza, nos lo ha pasado a la sueca y a mí y hemos fumado los tres, espantando a los tábanos y yo temeroso de que apareciera alguna serpiente o esos lagartos gigantes con cola de escorpión que el Tano jura haber visto entre la jungla de su isla. No fumaba un porro hacía exactamente seis años y medio. La verdad es que, en esas circunstancias, no era una opción no fumarlo. Dado que no había comida ni bebida y que era un rehén del Tano, convenía relajarse y dejar que las cosas pasaran como tenían que pasar. </p>
<p>Todo cambió después del porro. Tenía hambre pero no quería ir ya a ningún lado, quería quedarme mirando a la mariposa naranja solitaria, al sol rebotando en la cabeza calva del Tano como si fuera un espejo, al cuello de cisne o pavo real de la sueca, que era como un ave grácil y elegante, de una belleza sobrecogedora, pero que nunca sonreía, como si escondiera una tristeza incurable de la que no hablaría esa tarde ni nunca. </p>
<p>El Tano dijo que quería hacerse una casita rústica en esa isla, sin luz eléctrica ni agua potable, y usarla para venir con la sueca o con su hija (no con ambas, porque su hija ya tiene veintidós años y no se lleva con la sueca) a descansar unos días, a perderse, a no ser nadie, a no ser el Tano de Nueva York que manda matones a los que no le pagan la renta, a ser uno más en esa isla despoblada de criaturas humanas y dedicarse a pescar y comer los peces dorados en el fuego de una hoguera y cagar en cuclillas al pie del árbol y dejar salir a la bestia salvaje que todos llevamos dentro y aprendemos a domar. </p>
<p>Yo le dije al Tano que nunca más volvería a esa isla y que en poco tiempo el mar la devoraría cuando terminasen de derretirse los glaciares, pero él me dijo que yo era un pajero y que él nunca había fallado moviendo su dinero y que con esa isla tampoco fallaría. </p>
<p>“Como quieras, Tano, pero vamos a comer algo”, le dije. </p>
<p>Entonces empezamos a caminar por la orilla de regreso al avión y el Tano se detuvo, vio algo, nos asustó. </p>
<p>“Quédense acá, ya vuelvo”, dijo, y se metió por la maleza, y yo pensé que se había vuelto loco y no regresaría más y la sueca y yo tendríamos que sobornar al piloto para escapar de la isla o comérnoslo para sobrevivir hasta que alguien nos encontrase. </p>
<p>El Tano regresó a los dos minutos con un maletín deportivo. </p>
<p>Sonreía de una manera inesperada, sonreía como si se hubiera ganado la lotería, como si ese fuese el mejor día de su vida y la isla en verdad fuese suya. </p>
<p>“No me van a creer lo que encontré”, dijo. </p>
<p>Abrió el maletín y nos mostró los paquetes de cocaína. Eran grandes, parecían ladrillos de plástico amarillo. Abrió uno y la probó y dijo que era buena. Por suerte no me la ofreció, no hubiera sido bueno recaer en ella. </p>
<p>El Tano dijo que los narcos a veces tiraban maletas con droga en su isla y a los pocos días venía una lancha rápida y recogía la maleta y se la llevaba. Lo dijo con aplomo y naturalidad, como decía cualquier cosa el Tano, sin asustarse ni nada. </p>
<p>Le sugerí que dejase la maleta y nos marchásemos rápido de allí, “no vaya a ser que vengan ahora los narcos, Tano, y nos encuentren abriéndoles la maleta y metiendo mano en su coca, que lo que vamos a terminar almorzando es una lluvia de plomo”. El Tano me dio la razón pero se quedó con el paquete que había abierto y cerró el maletín y lo dejó un poco más lejos de la orilla, por si crecía la marea. </p>
<p>“Ya vendrán a buscarlo”, dijo. “Y si no vienen, la vendo toda en Nassau y con esa plata me hago la casa acá en la isla”, dijo. “No hagas eso, Tano”, le dije. “Si te robas la coca, te matarán”. </p>
<p>Subimos al avión. Despertamos al piloto. Como buen habitante de las Bahamas, estaba borracho y dormido, y así mismo piloteó la aeronave zumbona de vuelta a Nassau, silbando sobre las cabezas de todos los yates de los ricos que habían bajado a buscar el sol del Caribe, ya se sabe que la recesión sólo golpea a algunos, nunca a todos, hay algunos que están a salvo de la recesión y que, como el Tano, siempre se levantan, limpios, un millón de dólares al mes como mínimo, no importa si para eso hay que partir algunas rodillas. </p>
<p>La sueca se tomó tres latas de cerveza sin detenerse creo que ni a respirar (aunque dándose tiempo para eructar) y dijo que estaba segura de que ese avión achacoso se caería en dos minutos. </p>
<p>“No va a pasar nada, estás conmigo”, le dije, tratando de calmarla, y besé su mano temblorosa. </p>
<p>“Eso es lo que YO les digo siempre a mis novias”, dijo el Tano y lanzó una carcajada que estalló como un trueno en el cielo de las Bahamas. </p>
<p>La sueca irguió el cuello y movió la cabeza como un cisne asustadizo. </p>
<p>Yo le pedí al Tano que prendiera un porrito más. </p>
<p>El Tano, un grande, lo prendió, me dijo “abre la boca”, acercó sus labios a los míos y echó todo el humo magistralmente dentro de mi boca.</p>
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		<title>Montevideo</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Mar 2009 18:54:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
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		<description><![CDATA[No pensé que llegaría a cumplir cuarenta y cuatro. Hace poco, cuando me llevaban a la sala de operaciones, pensé que me quedaría dormido para siempre y los cuarenta y cuatro los cumpliría esparcido en el mar. Me tomó por sorpresa seguir vivo y ver que los cuarenta y cuatro estaban a la vuelta de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/10/bayly2.jpg" align="right" />No pensé que llegaría a cumplir cuarenta y cuatro. Hace poco, cuando me llevaban a la sala de operaciones, pensé que me quedaría dormido para siempre y los cuarenta y cuatro los cumpliría esparcido en el mar. </p>
<p>Me tomó por sorpresa seguir vivo y ver que los cuarenta y cuatro estaban a la vuelta de la esquina y al parecer llegaría en pie, arrastrándome. </p>
<p>Los médicos que me operaron en Miami me prohibieron subirme a ningún avión, pero la obediencia no ha sido nunca una de mis virtudes y todo lo feliz que he sido lo debo a desobedecer las reglas en las que fui educado. <span id="more-4382"></span></p>
<p>Por eso tomé un avión para abrazar a mis hijas y darles lo que me habían pedido, una cámara digital y un Ipod nano. Nada es mejor para mi salud que verlas sonreir. Eso cura las peores heridas y me recuerda lo bueno de resistir y sobrevivir. </p>
<p>Gracias a ellas tuve una visión luminosa. Debía cumplir cuarenta y cuatro en una ciudad nunca antes pisada. Debía llegar a un lugar remoto y desconocido. No lo dudé. Debía caminar las calles inexploradas de Montevideo. </p>
<p>La verdad es que no fue fácil llegar. Estuve a punto de desmayarme, enredado en el tráfico de la “9 de julio”, corriendo en un taxi de Ezeiza a Aeroparque, y luego a punto de colapsar de la fatiga y el dolor, pasando los controles en Aeroparque, y, una vez sentado en el Pluna, la policía identificó a un malhechor y lo obligó a bajar del avión con su maletín sospechoso y apuntado por pistolas y perdimos dos horas en ese contratiempo, y entonces no pude evitar los mareos y los vómitos y por un momento sentí que no llegaría vivo a Montevideo y me desplomaría extenuado como el brasileño que corrió la maratón de Manhattan y al llegar a la meta se dejó caer y murió sudoroso y con la satisfacción del deber cumplido, pero después el avión despegó y pensé en todos los destinos que acabaron prematuramente hundidos en ese río turbio y decidí que no era allí dónde me convenía morir. Fue tan arduo poner los pies en Montevideo que tuve el presagio de que vendrían días buenos, sosegados, felices: cuando algo te cuesta tanto trabajo, es porque vale la pena. </p>
<p>No me equivoqué. De pronto estaba en Montevideo y todo fluía con una levedad plácida e insospechada, como si aquí hubiera vivido toda mi vida o la mejor parte de ella, como si estas calles de Carrasco fuesen mi barrio de siempre, como si la piscina del Belmont fuese la de esa casa que quisiera comprarme, la casa del escritor ermitaño con la que sigo soñando y en la que seguramente nunca viviré. De pronto era jueves y ya sumaba cuarenta y cuatro años y una armonía desconocida invadía mi cuerpo estragado y me hacía tenderme como anestesiado, en traje de baño, a la sombra, leyendo morosamente, haciendo las paces con mi cuerpo tres veces mutilado, incontables veces horadado. Fue uno de esos raros días felices en el que no haces nada ni hablas mayormente con nadie. No había nada que celebrar, la enfermedad y la decadencia no son fuente de regocijo. Pero estar caminando sin zapatos por la hierba cálida después de todo era una sorpresa que me tomó desprevenido y me hizo sonreír con gratitud al sol bienhechor de Montevideo y a su gente discreta y amable. </p>
<p>Mis más persistentes preocupaciones eran sólo dos: por qué Montevideo se llamó así cuando aun no<br />
existían los videos y cuando no he alcanzado a otear monte alguno en el horizonte, sólo las ramblas y el ríomar que no sé si es río o mar o ambas cosas, y por qué ese restaurante de la calle Arocena se llama La Pasiva, una pregunta que repito una y otra vez a todos los habitantes del barrio de Carrasco y que no encuentra respuesta satisfactoria, pues nadie sabe por qué el dueño de La Pasiva le puso La Pasiva a su restaurante, y cuando pregunto imprudente si el caballero es gay y acaso pasivo, se me asegura que no, que es armenio, que no le van los hombres, que le puso La Pasiva por alguna otra razón y que en todo el Uruguay hay doce Pasivas, y yo respondo que es imposible, que no puede haber sólo doce pasivas uruguayas, que tienen que haber más, muchas mas, y yo he venido a conocerlas y, si me dejan, a poseerlas. </p>
<p>Si aquellas eran mis preocupaciones mas hondas, debía de estar pasándola bien en Montevideo, tanto que andaba buscando casa y resuelto a venirme a vivir aquí lo que me quedase de vida en los zapatos<br />
gastados que ahora ya olían un poco a la rambla, al ríomar, a las calles de Pocitos, Buceo, Punta Gorda y Carrasco, mi barrio de la infancia inventada. </p>
<p>Uno no es los libros que ha leído ni las personas que ha amado ni el dinero que ha amasado sino,<br />
ante todo, las calles que ha caminado. Uno lleva en el cuerpo, como tatuajes o puntos sin cerrar, las calles y plazas y malecones que ha pisado, errante. Uno es la suma de todas las ciudades en las que ha dormido, de las caras desconocidas a las que ha arrancado una palabra dormida o una sonrisa. Y uno raramente elige las calles o ciudades por las que camina. Un viento que viene de lugares inciertos te lleva a ellas buscando algo que no sabes bien qué es, algo que seguramente no vas a encontrar. Nunca se va tan lejos como cuando estás perdido. Nunca te conoces mejor que cuando estás solo en una ciudad donde nadie te conoce. Por eso tenía que revivir a los cuarenta y cuatro, curiosa cifra, impensada edad, aquí en Montevideo. </p>
<p>A veces las mejores cosas que te pasan son aquellas que ocurren por accidente. Esto fue lo que me pasó volviendo del cine en un taxi por la rambla. A la altura de Punta Carretas, no muy lejos de la prisión que se convirtió en centro comercial, el chofer, que conducía de prisa azuzado por mí (pues debía cenar con mi amigo Dani Umpi, escritor y músico genial), chocó su Renault nuevo con uno veinte anos más viejo. Desde que subí al primer taxi en Montevideo, tuve la corazonada de que, todavía lastimado por la operación, chocaría: fue como una epifanía. Por eso esperaba resignado el momento del choque. Lo ví venir antes de la colisión. Levanté las piernas, agaché la cabeza y me puse en posición fetal, como dicen que debes ovillarte si cae el avión. El choque no fue tan fuerte para salir lastimado, apenas me golpeé las piernas. El Renault del taxista quedó bastante averiado, y el Renault de la mujer quedó invicto, sin magulladuras, lo que tal vez demuestra que los carros nuevos son a veces peores que los viejos, del mismo modo que las personas nuevas pueden ser peores que las viejas. Cuando empezaron a discutir por las culpas y el seguro y esas cosas, me escabullí discretamente, caminé por la rambla, bajé a la playa y me senté en la arena. Eran las siete y media y el sol se descolgaba como una fruta apetitosa en las aguas azuladas del ríomar. </p>
<p>Algo tenía que pasar. Yo sabía que ese choque no era casual, que algo tenía que pasar en esa playa de Montevideo. Por eso me quedé sentado y espere a que el azar jugara un poco más con mis zapatos. </p>
<p>No mucho después apareció en forma de mujer. Era alta, rubia, delgada, cuerpo de atleta, y venía trotando toda de negro y con un labrador corriendo al lado con la lengua afuera. Era bella y refinada como las tardes lánguidas de febrero en Carrasco. La miré sin pudor. Me devolvió la mirada con curiosidad y descaro. Se detuvo. Se acercó. Me dijo si yo era quien era. Le dije que estaba condenado a ser ese mismo. Se sentó, me abrazó, me dijo las cosas más suaves y alentadoras. Ahora su perro se metía al mar a traer la pelota que ella arrojaba una y otra vez, y Florencia me contaba que vivía en París y era campeona de esgrima y se ganaba la vida batiéndose a duelo con otras mujeres mientras unos parisinos perversos pagaban no poco dinero para verlas simular un crimen y al mismo tiempo bailarlo y atacarse cadenciosamente, mórbido espectáculo hechicero, refriega puntiaguda a primera sangre, pues cuando alguna empezaba a sangrar, hincada por su rival, el duelo terminaba, dado que la que primero sangraba perdía. De modo que Florencia, como yo, se ganaba la vida haciendo sangrar a la gente, y me lo decía con modestia, como si supiera que ése, el de batirse a duelo con mujeres enjutas en París, era su destino y ella se resignaba a cumplirlo sin quejarse y sangrando cuando era el caso. Luego me enseñó sus heridas, sus cortes y cicatrices, y algo se erizó en mi, y yo le enseñé los tres cortes en la panza que me hicieron en el hospital, y le pedí que no se fuese, que me llevase con ella y su maldito perro, que me enseñase a batirme a duelo en esgrima porque tengo demasiados enemigos a los que debo hacer sangrar, y ella me prometió que sería mi maestra de esgrima (y otros lances peligrosos) y me llevaría a París a verla cimbrear, saltar, enroscarse y atacar con la espada, el florete y el sable. </p>
<p>Todo pasa por algo o todo pasa por nada y de un accidente puedes salir caminando aturdido para encontrar a una mujer herida y extraviada como tú, que de pronto te insufla un soplo de vida inesperada y te recuerda que todavía hay muchas ciudades por descubrir, muchas calles por caminar, muchos cuerpos en los que reposar, victorioso, resucitado, adolescente a los cuarenta y cuatro.</p>
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		<title>El arte de esperar</title>
		<link>http://www.theclinic.cl/2009/01/26/el-arte-de-esperar/</link>
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		<pubDate>Mon, 26 Jan 2009 03:33:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Mis hijas han elegido pasar diez días de sus vacamciones conmigo. No estaban obligadas a pasar esos días conmigo. Podrían haber elegido quedarse en la playa con su madre, pero han decidido que prefieren subirse a un avión y arriesgarse a pasar diez días conmigo en Miami. Es un halago y una reivindicación para mí. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/10/bayly2.jpg" align="right" />Mis hijas han elegido pasar diez días de sus vacamciones conmigo. No estaban obligadas a pasar esos días conmigo. Podrían haber elegido quedarse en la playa con su madre, pero han decidido que prefieren subirse a un avión y arriesgarse a pasar diez días conmigo en Miami.</p>
<p>Es un halago y una reivindicación para mí. En julio me dijeron que no querían pasar sus vacaciones conmigo porque se aburrían, porque todo el día andaba durmiendo la siesta y tosiendo, porque las condenaba a una rutina tediosa, densa, a ver películas que no siempre les interesaban, y por eso me dijeron, con una franqueza que dolió pero agradecí, que preferían pasar sus vacaciones de julio enteramente con su madre en París. Ese mes descubrí que desde entonces y en adelante mis hijas eligen con quién pasan sus vacaciones, cómo las dividen y cuánto tiempo dedican a sus padres. Ese mes,echándolas de menos, reparando en los errores que había cometido para perderlas, comprendí que tenía que competir amorosamente con su madre para que ellas quisieran pasar al menos una parte de sus vacaciones conmigo. <span id="more-3993"></span></p>
<p>Este mes de enero ha sido un pequeño triunfo en ese sentido. La victoria en realidad ha sido de su madre, como corresponde, pues las niñas decidieron pasar un mes y medio o más de sus vacaciones de verano con ella, en la playa, y con sus amigas y amigas, en el mundo divertido y estimulante de las fiestas, los chismes sobre amores incipientes o imaginarios, los mensajes de texto que van y vienen a toda hora y las noches locas con tacos altos en esa discoteca o bar polvoriento llamado “Juanito”, un mundo con el cual yo naturalmente no puedo competir, un mundo que me derrota de antemano. Pero al menos mis hijas me concedieron la alegría de regalarme diez días conmigo y se resignaron a pasarlos en Miami, una ciudad que antes les encantaba y ahora comienza a parecerles espantosa y crecientemente insoportable, cosa que no me ocurre a mí, lo que dice mucho de lo poco que soy. </p>
<p>Lo más difícil de las vacaciones es comprender que mi tarea principal consiste en darles dinero ilimitadamente y en llevarlas a tiendas de ropa y esperarlas también ilimitadamente, mientras ellas compran un número igualmente ilimitado de ropa. Está claro que no necesitan esa ropa, pero también lo está que son inmensamente felices comprándola. Por consiguiente, no me cabe duda de que mi obligación como padre es darles el dinero que me piden, sentarme a esperarlas y no quejarme si la espera se hace algo incómoda o prolongada. Aquí está la clave del correcto ejercicio de la paternidad: en saber esperar, en inventarse cosas mientras uno espera. Por eso llevo libros, revistas y periódicos a las tiendas donde ellas compran ropa. De ese modo la espera se hace menos tediosa. </p>
<p>No siempre, sin embargo, consigo recibirlas con una sonrisa después de una espera prolongada y unas compras masivas que se adivinan en los bolsos voluminosos que cargan al salir de la tienda. A veces me quejo y les digo que ya tienen suficiente ropa, que una persona no es lo que viste sino lo que piensa y lo que hace, que la ropa es una cosa tonta, sin importancia, que cualquier idiota puede andar lujosamente vestido, que no puedo comprender esa cruzada insaciable que las animas a salir en busca de más ropa que no necesitan pero que les procura una felicidad indudable. Cuando me quejo, después me siento mal. No tengo razón. Mi política es que lo que las hace felices a ellas es lo que debemos hacer. No tengo otra política o moral que ésa. Y si las hace felices comprar tanta ropa, y yo puedo pagarla, entonces debo aprender a esperarlas y no quejarme y no pretender que ellas, unas adolescentes inquietas y hermosas, se pongan todos los días la misma ropa vieja, como yo. </p>
<p>A mí, en realidad, nunca me interesó la ropa, ni siquiera cuando era adolescente, pero yo no soy mujer (ni quisiera serlo, como creen algunos) y tengo que entender que para ellas la ropa es un asunto que les proporciona placer y gratificación inmediata en dosis nada desdeñables y ciertamente no comparables con un beso mío en la mejilla, un abrazo o una palabra de aliento: esas cursilerías paternales son perfectamente prescindibles, no así la ropa de moda. </p>
<p>Mientras las espero en una banca o en un sofá de la tienda o sentado en la escalera o hablando de política con algún espontáneo o leyendo las desgracias del día en el periódico, comprendo que el buen ejercicio de la<br />
paternidad consiste en subordinar tus deseos a los de<br />
tus hijas, en ser un leal empleado a su servicio, en rebuscar en tus genes los pequeños residuos de paciencia, humildad y generosidad que puedas hallar en beneficio de ellas. No son, como es obvio, diez días míos. Son diez días de ellas. Ellas son las dueñas absolutas de esos días y de las decisiones que tomamos esos días. Yo me limito a cumplir humildemente (si podemos suponer que puedo hacer algo humildemente) sus deseos, caprichos, apetencias y extravagancias, aun si no estoy de acuerdo con ellas. </p>
<p>Porque si quiero que vuelvan a pasar sus vacaciones conmigo, tengo que ver las películas que a ellas les provoca ver, no las que yo quisiera ver, y tengo que llevarlas a esas tiendas de ropa que detesto y abomino y me dan mareos, y tengo que hablar con no pocos extraños que se me acercan y me preguntan qué diablos hago sentado en un sofá de Nordstrom o en un sillón de cuero de Saks o en una silla plegable de Urban Outfitters (soportando una música satánica) o en una esquina del reluciente piso de madera de Abercrombie o entre los cojines de Anthropologie o en la dura banca de cemento a la salida de Forever 21. Alguna gente me pregunta si estoy bien, si me han despedido, si estoy deprimido o buscando trabajo, incluso me han preguntado si ahora trabajo en esa tienda en la que de pronto me encuentran sentado una tarde de enero, leyendo el diario, como si fuera una víctima más de la recesión. Luego entienden que estoy esperando a mis hijas y me felicitan, pero es una felicitación que algo tiene de pésame o condolencia, como si supieran que el goce de la paternidad no está exento de una mínima cuota de sufrimiento, si por sufrimiento entendemos el desprendimiento de nuestro egoísmo y la subordinación al egoísmo de los otros o las otras, nuestros hijos. </p>
<p>Al final, en vísperas de volver a casa, y mientras ellas hacen las maletas, que como de costumbre no son pocas y van bien abultadas, me siento satisfecho de haber cumplido mi deber de entretenerlas tal y como ellas entienden el entretenimiento, y no como lo entiendo yo. Porque si pretendía seguir imponiéndoles mi concepto del entretenimiento a despecho del suyo, es seguro que no hubieran querido pasar estas vacaciones ni ningunas vacaciones conmigo, y eso ya lo aprendí en julio, cuando me dijeron sin rodeos que se aburrían conmigo en Miami o en cualquier ciudad. </p>
<p>No podría precisar si son más las horas que he pasado con ellas o esperándolas estos días frescos de enero, pero da igual a estas alturas, porque lo que más me recompensa es sentirlas felices, eufóricas después de un largo, duro y extenuante día de compras, llegando a la casa con tantos bolsos que a duras penas podemos cargarlos y sintiendo que ninguna chica de su ciudad tendrá ropa tan linda como la de ellas. Y eso, a su edad, es una cuestión de suma, vital importancia. Y creo que a cualquier edad es de suma, vital importancia saber que tienes a un padre dispuesto a comprarte todo lo que le pides, incluso si no lo necesitas, especialmente si no lo necesitas, y dispuesto además a esperarte leyendo alguna tontería mientras compras esas cosas que no necesitas pero que te hacen feliz. Supongo que el amor se demuestra precisamente en esas circunstancias: esperando, pagando, cargando, entrando a otra tienda a la que no quisieras entrar, esperando un poco más. </p>
<p>Se podría decir que estoy educando a mis hijas equivocadamente en el lujo, el exceso y la frivolidad y que debería imponerles unos límites, una cierta disciplina. Yo prefiero creer que la vida se encargará, con su previsible crueldad, de imponerles esos límites y esas inevitables decepciones. Yo prefiero, mientras me quede algo de plata y de vida, seguir jugando el papel de padre dispendioso, sumiso y cantinflesco, casi una mascota para ellas o un empleado doméstico más. Porque es así como quisiera que me recuerden cuando ya no esté: como ese hombre resignado y paciente que les daba plata y se sentaba a esperar sin apuro mientras ellas compraban toda la ropa del mundo para ser las chicas más lindas del mundo. Yo, al menos, las recordaré siempre, lleven la ropa que lleven, como las chicas más lindas del mundo.</p>
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		<title>Las vidas inesperadas</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Jan 2009 04:20:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
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		<description><![CDATA[No podría probarlo, pero me asalta la poderosa sospecha de que la mayoría de los seres humanos no hemos sido “planeados” o “planificados” por nuestros padres, es decir que hemos llegado a nuestra precaria y fugaz condición de personas debido a un hecho más o menos fortuito o accidental, que, desde luego, nuestros padres no [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/10/bayly2.jpg" align="right" />No podría probarlo, pero me asalta la poderosa sospecha de que la mayoría de los seres humanos no hemos sido “planeados” o “planificados” por nuestros padres, es decir que hemos llegado a nuestra precaria y fugaz condición de personas debido a un hecho más o menos fortuito o accidental, que, desde luego, nuestros padres no previeron ni probablemente desearon en el momento en que, tratando de gozar comprensible y humanamente de sus cuerpos, y no necesariamente tratando de reproducirse, dieron origen a nuestras vidas inesperadas.<span id="more-3817"></span></p>
<p>Creo, sin poder demostrarlo, que la inmensa mayoría de las personas hemos llegado bruscamente al mundo no porque nuestros padres lo desearon y planificaron cuidadosamente antes de que ocurriese nuestra concepción, sino porque nuestros padres simplemente desearon tener sexo, desearon compartir un momento de puro placer, lo desearon con tanto ardor que olvidaron tomar las debidas precauciones y luego se resignaron, más o menos abatidos, o más o menos esperanzados, a los hechos fríos y consumados: ella había quedado embarazada y no había más remedio que aceptar la paternidad como un pesado mandato del destino que sólo los muy crueles osaban interrumpir para no complicarse más la vida.</p>
<p>Podría apostar todo mi dinero (que no es mucho, pero es todo el que tengo) a que yo no fui un embarazo planeado, a que mis padres tampoco fueron embarazos planeados, a que ninguno de mis hermanos fue un embarazo planeado, a que ninguno de mis abuelos fue planeado,a que ninguno de mis tíos y tías fueron planeados. Podría apostar que toda o casi toda mi familia llegó al mundo de la misma manera como las demás familias suelen llegar al mundo: de casualidad, accidentalmente, por imprevisión, negligencia o calentura de los padres. No dudo, por supuesto, de que había amor en las personas que nos concibieron, sólo me permito dudar de que en el momento en el que estaban copulando, estaban también pensando en concebirnos y deseando que tal cosa ocurriera. Creo que terminamos siendo un “daño colateral” o un “precio a pagar” por un momento de placer. Pero lo que en verdad dio origen a nuestras vidas no fue el deseo de que en efecto viviéramos,sino el deseo de nuestros padres a gozar de sus vidas,a gozar de sus vidas amándose más o menos torpe y descuidadamente. </p>
<p>No hay, que yo sepa, una encuesta o censo universal que pueda probar esta sospecha, pero de veras creo que la mayoría de las personas hemos llegado a tal condición porque nuestros padres no fueron suficientemente racionales, precavidos o calculadores. Es decir, que si nuestros padres hubiesen podido elegir en el momento mismo en que nos concibieron si sólo querían gozar de buen sexo o si además querían pagar el “daño colateral” de ser padres, muy probablemente la mayoría (sin conocernos, claro está) hubiese elegido el puro goce sexual y no la paternidad subsiguiente e inconveniente. </p>
<p>Me atrevo a afirmar entonces esta impertinencia: que muchos de nuestros padres no eligieron racional y felizmente ser padres. Nuestros padres se resignaron a serlo como quien acepta que uno a veces se resfría o se corta un dedo o tiene un dolor de cabeza o le viene a una mujer la menstruación, como una cosa humana, fastidiosa, como un mal necesario. </p>
<p>No deja de ser curioso que el origen de la vida humana parezca estar menos en el deseo de reproducirnos que en el mero deseo de gozar. Es decir, que el deseo de gozar de nuestra precaria humanidad parece ser tan intenso y abrasador que obnubila nuestros cálculos y nuestro mínimo sentido de la prudencia y trae como consecuencia inesperada e indeseada una nueva vida humana. A veces esa nueva vida mejora la vida de sus padres y los llena de felicidad. A veces la empeora y la llena de conflictos, reproches, enconos y rencores. Lo que nos lleva a otra conclusión igualmente imposible de probar: toda vida humana se origina en la búsqueda del placer (no siempre en la búsqueda mutua del placer, a veces en la búsqueda solitaria e incluso brusca, violenta y forzada del placer de un individuo sobre otro), pero no toda vida humana es fuente de placer. Que lo sea o no depende de la sabiduría de los padres o de la sabiduría de los hijos o del imperio del azar o del capricho de los dioses. </p>
<p>Si me dijeran que mañana voy a morir, aquello de lo que más me arrepentiría sería haber deseado no ser padre, haber intentado porfiada y estúpidamente interrumpir los embarazos que me hicieron padre. </p>
<p>Respetando la tradición familiar, mis hijas no fueron embarazos planeados, fueron embarazos accidentales. Su madre y yo nos amábamos sin la menor duda y queríamos obtener el máximo goce posible acercando nuestros cuerpos, pero no calculamos que aquella pasión formidable y ciega nos haría padres. La paternidad fue entonces una consecuencia inesperada, no exenta de conflictos y recriminaciones por mi parte,un evento azaroso que no asumí con la menor alegría. </p>
<p>Es decir que es sólo exacto afirmar que soy padre de dos hijas no porque deseé tenerlas y las planifiqué racionalmente,sino porque amé y deseé a su madre con tanta intensidad que dejé de pensar en las consecuencias que dicho acto amatorio podía acarrear. </p>
<p>Se puede decir entonces que,siendo sin duda fruto del amor, mis hijas no fueron fruto del cálculo o la razón. Racionalmente, yo no quería ser padre. Racionalmente, yo sólo quería obtener un magnífico orgasmo. Irracionalmente, no tomé las debidas precauciones y dejé embarazada a mi chica. </p>
<p>En aquellos momentos turbulentos, ambos embarazos pudieron ser vistos (al menos, por alguien tan tonto como yo) como un error, un descuido o una imprudencia. Es decir, que no me alegré cuando mi chica me dijo que estaba embarazada. No era algo que ella ni yo deseábamos. Fue un hecho fortuito, una consecuencia inesperada de la pasión irracional que nos unía. </p>
<p>Irónicamente, lo que entonces consideré que había sido un error, un acto irracional o imprudente, ha terminado siendo lo mejor que me ha pasado en la vida, la experiencia más feliz y enriquecedora de mi existencia, aquello de lo que me siento más orgulloso cuando pienso en lo que dejaría si muriera mañana: mis hijas, dos vidas preciosas y formidables que llegaron al mundo no gracias a mí, sino a pesar de mí. </p>
<p>Ninguna de las cosas que yo puedo haber deseado, calculado o planificado, como un libro o un programa de televisión,podría compararse nunca en belleza,armonía y perfección a aquellas dos personas, mis hijas, a las que contribuí a dar vida sin calcularlo ni planificarlo, e incluso oponiéndome tozudamente y haciendo sufrir a su madre. </p>
<p>Esta melancólica conclusión, que dos circunstancias que en su momento consideré erróneas o imprudentes terminasen siendo el origen de las más grandes alegrías y los más perdurables placeres que he vivido, que de dos supuestos errores racionales surgieran dos fantásticas vidas humanas que han enriquecido y mejorado la mía de un modo que no podría siquiera comenzar a describir, hace que, cerca de cumplir cuarenta y cuatro años, y viendo dormir a mis hijas de quince y trece años, me sienta ahora mismo el hombre más idiota y feliz del mundo.</p>
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		<title>Un final hediondo</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Jan 2009 17:14:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
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		<category><![CDATA[caca]]></category>
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		<description><![CDATA[No me gusta lamer genitales ni que laman los míos. No me gusta si se trata de mujeres o de varones. Me disgusta especialmente lamer genitales de mujeres y en muy raras ocasiones me puede gustar (aunque esto ya no me pasa hace años) que una mujer bese los míos. No me gusta penetrar orificios [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/10/bayly2.jpg" align="right" />No me gusta lamer genitales ni que laman los míos. No me gusta si se trata de mujeres o de varones. Me disgusta especialmente lamer genitales de mujeres y en muy raras ocasiones me puede gustar (aunque esto ya no me pasa hace años) que una mujer bese los míos. </p>
<p>No me gusta penetrar orificios de mujeres y varones. No me gusta introducirme en cuevas, cavernas, túneles pedregosos, alcantarillas. No me gusta hundir mi fatigado colgajo en la baja policía de los individuos de este mundo. No encuentro placer alguno. Me da miedo, angustia y eso que ahora llamen estrés. Soy un enemigo de toda forma de penetración y, por extensión, de toda forma de pene que intente penetrarme. <span id="more-3681"></span></p>
<p>En efecto, no sólo me disgusta introducir mi desdichada verga comatosa en cualquier orificio humano, seco o lubricado, sino que me disgusta todavía más que alguien, por lo general un varón, intente horadar el reducido y estragado agujero que controlan mis esfínteres para evacuar el vientre, una operación que, con cuarenta y cuatro años ya casi cumplidos, me resulta cada vez más ardua, seguramente por la masiva cantidad de psicotrópicos que están destruyendo mi hígado y mi vida en general, aunque paradójicamente dicha destrucción no parece exenta de placer, reflexión y conocimiento cabal de mis propias miserias. </p>
<p>Lo único cierto a estas alturas es que soy un hombre solo, que no me interesa el sexo en ninguna de sus formas y que estoy condenado a vivir a solas el resto de lo que me quede por vivir, que presiento que no será mucho. </p>
<p>Y no porque me parezca glamoroso o sexy morir joven sino porque ya no encuentro sentido alguno a la vida y siento que hice todo lo poco que tenía que hacer. Lo que confirma, sin la menor duda, que soy un mediocre, un pusilánime, pero un mediocre feliz, con la sensación del deber cumplido. </p>
<p>Lo que me obsesiona últimamente es que lo único seguro en los miles de millones de humanos que poblamos el planeta, en los miles de millones que nos han antecedido y perecido en el caos puro que es la frágil existencia humana, es que el ser humano puede ser bruto o inteligente, emprendedor o haragán, simpático u odioso, puede producir una idea ingeniosa o innovadora o ser un perfecto inútil, puede dejar una contribución valiosa a la humanidad o, lo que es bastante más común, ser una insignificancia ridícula y prescindible en el contexto de la historia de la especie humana, un accidente genético que no sirvió de nada ni mejoró en modo alguno la evolución de los mamíferos parlantes que somos; pero, dentro de esa variedad de monos devenidos hombres que somos, una cosa es segura, irrefutablemente segura: lo que siempre produce el ser humano, no importa su cultura, su religión, su lengua, su sexualidad, es mierda, un montón de mierda, toneladas de mierda. El ser humano es, en efecto, y sin excepción conocida, una máquina de producir mierda. No es muy seguro que sepa producir otras cosas de valor o excelencia, pero sí lo es que a lo largo de su existencia va a producir una masiva, importante cantidad de mierda pestilente, kilos, toneladas de heces y estiércol apestoso. Me pregunto cuánta mierda producirá en promedio un ser humano a lo largo de setenta u ochenta años de vida. Me pregunto cuánto pesará toda esa mierda, en cuántos camiones de remolque cabría. Lo poco que he podido investigar es que un occidental caga en promedio 130 gramos de mierda al día y un africano caga 185 gramos diarios. Calculando la población mundial en unas 6 mil 300 millones de personas cagando sin descanso, podríamos calcular a la ligera (con alto temor a equivocarnos) que los seres humanos producimos alrededor de 950 millones de kilos de mierda cada día. Es mucha mierda. Me pregunto si no sería rigurosamente cierto decir que la mayor parte de los humanos que hemos poblado y poblamos este planeta hemos sido consistentes y porfiados productores de mierda y de nada más que nos sobreviva, salvo aquella mierda que se recicla en el mejor de los casos y contamina, en el peor. Cierto es que hay algunos escritores, pintores, músicos (artistas, como les gusta llamarse a sí mismos), pero la mayor parte de ellos han añadido a su miserable caca humana esa otra forma de mierda procesada y de muy dudoso prestigio intelectual (y cuénteseme por favor entre ellos). Pocos son los que, además de mierda, han dejado a la humanidad algo que posea un cierto valor artístico, una belleza indudable que perdure por siglos y nos conmueva y redima de nuestra condición de productores profesionales de mierda. </p>
<p>Lo que me lleva a un par de cuestiones un tanto descorazonadoras. Una, ¿cuánta mierda puede haber producido la humanidad desde que el hombre descargó el primer mojón en cuclillas y sin papel suavizante a mano? ¿Podría medirse toda esa mierda que el mundo ha producido en siglos de guerras, genocidios, barbaries y felonías, que sólo han confirmado que de mierda estamos hechos y pura mierda somos? Y la otra, que creo que la especie humana, siendo como es una fábrica incesante de mierda, y habiéndose multiplicado en proporciones alarmantes desde las cuevas hasta la modernidad superpoblada, lo que desde luego aumenta de modo considerable el volumen de mierda que depositamos discretamente en desagües, silos, albañales, alcantarillas y a veces sobre tierra firme como los perros o los gatos, está condenada a destruirse, no por el calentamiento global o en una guerra nuclear, sino ahogada en su propio mar de mierda. Veo el futuro con pesimismo: habrá tanta gente cagando y tanta mierda en los ríos y los mares y tantos glaciales derretidos y tan poca agua limpia, que no habrá forma de que la especie humana deje de extinguirse y perecer bajo el peso abrumador de los toneladas de mierda que lo envenenarán todo y acabarán con la poca agua limpia que quede y nos infectarán de las peores enfermedades y de las más resistentes bacterias alojadas en las heces humanas. Siglos de homínidos odiándose y entrematándose en nombre de unos dioses asesinos confirman que somos, ante todo, unos cagones, unos grandísimos cagones, y que tal vez habría más justicia en el mundo si todavía gobernasen, a su despótica manera, los dinosaurios y tiranosaurios. Cagones como somos, máquinas de producir caca como somos, será nuestra propia caca la que acabará con la humanidad. Y no habrá Dios ni juicio final ni castigo a los pecadores, que todos cagamos por igual y si Dios existe, seguro que cagará también y a lo mejor hasta con crisis de estreñimiento, viendo el desmadre que ha creado. Lo que habrá es una planeta entero cubierto de mierda, apestado a baño de estadio, y millones de moscas y cucarachas que habrán de sobrevivirnos y a lo mejor crearán formas de gobierno probablemente menos crueles que la democracia capitalista. </p>
<p>Sería justo por eso que la mayoría de los avisos de defunción publicados en los diarios del mundo terminasen de esta honesta manera: “Ha muerto Fulanito de Tal. Vivió tantos años. Cagó tantos kilos de mierda. Fuera de eso, no hizo nada que valga la pena de mencionarse”. Pero la gente, claro, se esconde para cagar, echa aerosoles para disimular el olor hediondo de sus deposiciones esforzadas, procura ocultar lo que es un hecho cierto e irrebatible: que los seremos humanos producimos mierda en todos los casos y muy excepcionalmente alguna buena idea.</p>
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		<title>Guerra en la familia</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Dec 2008 15:30:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[mary kilpatrick]]></category>
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		<description><![CDATA[Cuando la señora Mary Kirkpatrick enviudó hace unos años, heredó de su esposo de toda la vida (al que encontraron muerto de un infarto en un hotel de Lima, en el que se había reunido con una prostituta de lujo, cuarenta años menor que él) una importante suma de dinero. Como la señora Mary nunca [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/10/bayly2.jpg" align="right" />Cuando la señora Mary Kirkpatrick enviudó hace unos años, heredó de su esposo de toda la vida (al que encontraron muerto de un infarto en un hotel de Lima, en el que se había reunido con una prostituta de lujo, cuarenta años menor que él) una importante suma de dinero. </p>
<p>Como la señora Mary nunca se había preocupado por ganar dinero, pues de ello se ocupaba su marido, quien la mantenía holgadamente, no supo qué hacer con los millones que su esposo infiel le había dejado en varias cuentas bancarias en Grand Cayman. <span id="more-3047"></span></p>
<p>Por eso, al día siguiente de los funerales de su esposo, la señora Mary reunió a sus tres hijos y les pidió consejo sobre cómo proteger y, si acaso, multiplicar el dinero que había heredado. </p>
<p>Fátima, su hija mayor, le aconsejó que trasladase el dinero a un banco de inversiones de Nueva York. La señora Mary no le hizo caso porque Fátima se había divorciado de Antonio (apodado inexplicablemente “Popotito”), con quien tenía dos hijos varones, y eso a ella le parecía una crueldad con el pobre “Popotito”, que había tenido la mala suerte de enamorarse de su secretaria, algo que la señora Mary pensaba que Fátima debía haber pasado por alto, como ella había ignorado, haciéndose la distraída, las repetidas travesuras amorosas de su marido ya muerto, y muerto precisamente en combate sexual con una prostituta de quinientos dólares la hora. </p>
<p>Su hijo Leopoldo le recomendó que comprase acciones en la compañía minera del hermano de doña Mary, el distinguido millonario solterón Henry Kirkpatrick III, uno de los hombres más ricos del país. La señora Mary se negó rotundamente, sin dar explicaciones. Su hermano Henry tenía fama de homosexual discreto y todavía en ejercicio, lo que a ella, que era tan religiosa, le parecía una cosa muy mala, tan mala que por eso se negó a comprar acciones en la compañía de Henry, quien por lo demás era siempre generoso y encantador con ella. </p>
<p>Sergio, el menor de sus tres hijos, el que más problemas le había dado, el que había sido enviado a siquiatras desde niño y al que habían dado a tragar innumerables pastillas tratando de aplacar su carácter díscolo y revoltoso, el que le había robado joyas y dinero, el que había sido enviado a un internado en Ginebra con el propósito de reformarlo, la oveja negra de la familia, le aconsejó que comprase departamentos (“el ladrillo nunca te lo pueden robar, mami”) y los alquilase y viviese de esas rentas. Pero la señora Mary tampoco le hizo caso a su hijo menor porque pensó que vivir de los alquileres pagados esforzadamente por familias de clase media no era moral ni cristiano, que era una forma de usura reñida con su sentido de la ética. </p>
<p>Tras escuchar a sus hijos, la señora Mary decidió que su deber como peruana de bien era trasladar el dinero heredado de su esposo a una cuenta en un banco de Lima, la cuenta que ella había mantenido durante años en el banco más prestigioso de la ciudad, donde por suerte trabajaba Michael, otro de sus hermanos, en quien ella confiaba a ciegas. </p>
<p>Fue así como los millones viajaron en una simple operación cibernética de Grand Cayman a Lima y la señora Mary le pidió a su hermano Michael que cuidase de ese dinero sin exponerlo a grandes riesgos. Sus tres hijos le dijeron que era una locura meter la plata en un banco de Lima, pero la señora Mary no les hizo caso y dijo que así se demostraba amor a la patria. Ellos se rieron y le dijeron que se arrepentiría de su patriotismo.</p>
<p>Todo marchaba relativamente bien en la familia hasta que Fátima decidió comprarse una casa en los suburbios, endeudándose con el banco en el que trabajaba su tío Michael. Una vez instalada en la nueva casa, Fátima le pidió un préstamo a su madre para amoblarla y equiparla con la última tecnología. La señora Mary se negó a darle el dinero por considerar que Fátima había hecho mal en divorciarse de Antonio, “Popotito”, y no perdonarle los amores furtivos con la secretaria de pechos voluptuosos. Esto naturalmente provocó un distanciamiento entre madre e hija. </p>
<p>Al poco tiempo Leopoldo le pidió a su madre una suma considerable para comprar tierras y ganado en el sur. La señora Mary, que nunca se había entendido con su hijo Leopoldo, quien le recordaba a su marido por su carácter autoritario y sus modales hoscos, le negó el préstamo, alegando que ella hacía lo que le aconsejaba su hermano Michael, quien pensaba, y así se lo había dicho claramente, que el dinero no debía retirarse de los certificados a plazo fijo en los que se hallaba a buen recaudo. Leopoldo se molestó con su madre, le dijo que era una vieja tacaña y no la saludó por el día de la madre. </p>
<p>Estando ya indispuesta con Fátima y Leopoldo por esos asuntos monetarios, la señora Mary, orgullosa de que su hijo Sergio, que tantos problemas le había dado de chico, se hubiese convertido en un hombre religioso, de misa diaria y confesión semanal, de rezar el rosario con ella y preservar su castidad hasta que encontrase a la mujer ideal con la cual casarse, no dudó en prestarle dinero a Sergio cuando él se lo pidió para comprar acciones de una compañía petrolera que, según le aseguró, iban a dispararse pronto. Contrariando la opinión de su hermano Michael, la señora Mary sacó casi todo su dinero de los certificados y lo transfirió a la cuenta de Sergio, no sin antes pedirle a Michael absoluta discreción al respecto, pues no quería que Fátima y Leopoldo se enterasen de ese préstamo para evitar más conflictos familiares. </p>
<p>La señora Mary y su hijo Sergio supieron guardar el secreto durante unos meses, tiempo en el cual las acciones de la petrolera se desplomaron, reduciendo a escombros la inversión que Sergio había hecho a escondidas de sus hermanos y en complicidad con su madre. </p>
<p>Como la señora Mary tenía ya setenta y cuatro años, a veces se olvidaba de ciertas cosas. Por ejemplo, no recordaba dónde había escondido el dinero para pagarles a sus empleadas domésticas o la clave secreta de su tarjeta para retirar efectivo, el poco efectivo que le quedaba. Por eso, cuando, hace pocos días, tomando el té en el hotel Country, su hijo Leopoldo le pidió una módica suma de dinero para hacerse una operación de cirugía estética en la nariz, ella se olvidó del préstamo secreto y le dijo con toda naturalidad: </p>
<p>-No puedo darte ni un centavo, mi amor, porque todito se lo he prestado a tu hermano Sergio. </p>
<p>Indignado, Leopoldo le dijo cosas tremendas a su madre (“siempre preferiste a Sergio, eres una vieja arpía, ahora entiendo por qué papi no te aguantaba y tenía otras mujeres”), no tardó en llamar a Fátima para informarla de ese préstamo que consideraba injusto y desleal y fue a buscar a Sergio para romperle la cara por tener la desfachatez de vaciar las cuentas bancarias de su madre e invertir en unas acciones que habían caído vertiginosamente. </p>
<p>Fátima llamó a su madre y le dijo: </p>
<p>-Vieja de mierda, no quiero verte más. </p>
<p>Luego llamó a su hermano Sergio y le dijo: </p>
<p>-Yo sabía que seguías siendo un ratero. </p>
<p>Leopoldo se ahorró los insultos, esperó a Sergio a la salida de un café de San Isidro y le dio una golpiza tan brutal que lo mandó de urgencia a la clínica. </p>
<p>Ahora que se acercan las navidades, la familia se encuentra dividida en dos bandos enemigos y al parecer irreconciliables: Fátima y Leopoldo, quienes planean una celebración austera en casa de ella, y la señora Mary y su hijo Sergio, que sigue en la clínica Americana, recuperándose de la paliza que le propinó su hermano. Ayer por la tarde, la señora Mary Kirkpatrick le llevó empanadas de la cafetería Baguette a Sergio, quien encontró un momento para decirle, sobándole la mano: </p>
<p>-No te preocupes, mami, que las acciones van a subir. </p>
<p>La señora Mary lo miró con cariño y le dijo: </p>
<p>-No me importa la plata, mi amor. Lo único que me importa es subir al cielo contigo.</p>
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		<title>Mi padre soy yo</title>
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		<pubDate>Fri, 28 Nov 2008 05:02:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Sabía que tenía que volver a subirme a una bicicleta y recorrer esa calle de bajada en la que me accidenté y dejé manchas de sangre y me partí el brazo ante la mirada compasiva de algunas señoras que me ayudaron a levantarme. Sabía que debía regresar a esa esquina aviesa de Menéndez Pelayo y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/10/bayly2.jpg" align="right" />Sabía que tenía que volver a subirme a una bicicleta y recorrer esa calle de bajada en la que me accidenté y dejé manchas de sangre y me partí el brazo ante la mirada compasiva de algunas señoras que me ayudaron a levantarme. </p>
<p>Sabía que debía regresar a esa esquina aviesa de Menéndez Pelayo y demostrarme que se me fue una vida en aquella caída pero pude recuperarme gracias a una cierta obstinación, a un espíritu de resistencia que se forjó en mí desde niño, muy a mi pesar. <span id="more-2849"></span></p>
<p>Entonces tenía que resistir a los correazos que mi padre me daba en las nalgas (sin saber que estaba educándome en una escuela del placer en la que ahora estoy condenado a seguir instruyéndome) y a los golpes con una regla de madera que Mr. Moulder, ese calvo perverso y encantador que enseñaba en el colegio inglés, me daba en la palma de la mano derecha, el brazo extendido, tembloroso. En ambos casos aprendí a que cuando se cansaban de golpearme, la mejor revancha era pedir un golpe más, un correazo más, una lección que me ha sido útil para la vida pública que me asaltó después. </p>
<p>No tenía que volver a Madrid tan pronto. Había estado los últimos días de septiembre cuando me accidenté, levitando por el exceso de pastillas y burlando con arrojo torero desde la bicicleta todas las suertes contrariadas que surgían de cada esquina, y ahora era noviembre y ese sol engañoso me hacía pensar que seguíamos en septiembre y ya no me dolía el brazo. </p>
<p>Pero el brazo aún dolía a pesar de la rehabilitación, las descargas eléctricas, los ejercicios y los masajes, y por eso, por lo que me enseñaron mi padre y el profesor, supe que debía volver a montar en bicicleta esas mismas calles en las que dejé regada una vida y un poco de sangre. </p>
<p>Cuando fui a comprar otra bicicleta en la calle Goya no encontré al vendedor que me atendió en septiembre. Pregunté por él. Me dijeron que había renunciado. No les creí. Seguramente lo habían despedido. Compré esta vez una bicicleta de varón, a ver si me deparaba mejor fortuna que la otra, con canasta, que terminó retorcida e inservible. </p>
<p>No estaba en mis planes estrenarla aquel sábado a medianoche. Quería dar vueltas por el Retiro y dejarme llevar por Menéndez Pelayo al día siguiente, domingo, día que, según los pronósticos, sería despejado y agradable. Salí del departamento y me puse a esperar un taxi en la esquina de casa, frente a la bodega de las chinas que me recibieron con alborozo y me sobaron el brazo lastimado diciéndome cosas agridulces en mandarín, cosas que desde luego no entendí pero mitigaron el dolor del brazo casi rehabilitado y ya no tan tieso y entumecido como cuando me quitaron el cabestrillo. </p>
<p>No pocas veces he pasado por Madrid y sabía por eso que un sábado a medianoche era altamente improbable encontrar un taxi en esa esquina o en ninguna. No pocas veces he caminado en Madrid hasta volver al hotel o a casa, a falta de un taxista, no importa si fascista, que me rescatase del frío. Aquel sábado no fue una excepción. Estuve media hora esperando un taxi y nunca apareció. Los pocos que pasaban iban ya ocupados y el frío empezaba a molestar. No era el frío despiadado de diciembre, pero era un frío que se metía por los pies y conspiraba contra mi precaria recuperación. </p>
<p>Harto de esperar, comprendí que el destino había adelantado la cita que tenía conmigo para expiar mis demonios y volver al coso en el que la bestia me corneó y dejó malherido, volver y no sentir miedo, porque un torero con miedo es un torero muerto, el miedo se olfatea desde lejos y te condena en ese oficio y en todos los demás, incluyendo el mío, que no sé bien cuál es, creo que el de charlatán, gitano y ciclista ocasional. </p>
<p>Bajé a la cochera con olor a basura rancia, cargué la bicicleta, me subí en ella y empecé a pedalear de subida por la Menéndez Pelayo, sintiendo que en cada esfuerzo muscular se me iba otra vida y que era peligroso trepar cuesta arriba a esa hora, tratando de llegar a la función de medianoche del cine de la calle Narváez que tanto me gusta para ver una película que sospechaba que sería mala pero no importaba, un viaje a Madrid era incompleto si no veía al menos una y a veces hasta tres películas al día y ese sábado no había visto ninguna. </p>
<p>Cuando llegué al cine, estaba excitado, poseído por una confianza ciega en mi poderío, y por eso no me importó pedirle a la chica que me vendió las entradas que cuidase mi bicicleta porque no tenía cadena ni candado para amarrarla y ella aceptó tan ingrato encargo, no sin que sus manos fuesen previamente lubricadas por unos euros siempre bienvenidos. </p>
<p>La película fue menos mala de lo que sospechaba porque Ariadna Gil estaba soberbia y Diego Luna parecía a ratos un demente suicida y por eso mismo alguien que podría ser tu amigo, pero no pude disfrutarla del todo porque estaba impaciente por salir a ver si me habían robado la bicicleta, quizá la chica de la taquilla o algún peatón avispado, y arrojarme pedaleando por la calle de necesidad mortal que me había convocado de vuelta a Madrid. </p>
<p>No me habían robado la bicicleta y la chica sonrió y me hizo pensar que debo pasar más tiempo en Madrid y menos en Miami. Luego empecé a pedalear de prisa por Narváez y doblé a la derecha en Menorca y tomé Menéndez Pelayo de bajada. Lo prudente hubiera sido elegir la acera, despoblada a esa hora. Pero lo prudente no ha sido nunca, en mi caso, lo aconsejable. Por eso me quedé en la misma pista por la que me descolgué aquella tarde última de septiembre y busqué con frenesí autodestructivo toda la velocidad que mis piernas pudiesen obsequiarme y por un momento pensé que estaba muerto y que ese recorrido lo hacía otra persona que ahora habitaba mi cuerpo. Porque aquella persona que se accidentó vivía dopada y tragando pastillas y esta otra quería resistir, sobrevivir, remontar la adversidad y afirmar virilmente la búsqueda del placer a cualquier precio y contra toda adversidad. </p>
<p>Helada la nariz por el viento de las tres de la mañana, sujetando con un brazo el timón, buscando tozudamente esa cita inevitable con mi destino y mi historia hecha de golpes y caídas, pude ver a mi padre dándome correazos en el culo y al profesor del colegio descargando su rabia con una regla de madera en mi mano extendida y a mi madre haciéndome rezar en latín y a mi bella hermana refugiándose en un convento en las montañas sin colchón ni agua caliente y a un amigo cocainómano humillándome por un tiro más y a mis amantes avergonzados abandonándome por una mujer conveniente y a mis hermanos peleándose a golpes para negar lo innegable, lo que está ya escrito y dicho, lo que soy porque está en mis genes o porque mi padre lo quiso así: que yo también fuese cojo de alguna manera para parecerme a él. Y fue así como llegué a la esquina donde volé y me partí el brazo y me detuve un momento y sentí la presencia reconfortante de mi padre contentándose por mi espíritu guerrero, por atreverme a cruzar silbando ese puente imaginario sobre el río Kwai, como en la película que me llevó a ver cuando era niño, y comprendí que su destino y el mío era el de ser cojos, él porque los huesos se le encogieron y yo porque el alma me quedó coja, lisiada. Y nunca fui más amigo de mi padre que aquella noche en la esquina aciaga de Madrid donde perdí una vida y la recobré semanas después, un sábado de noviembre que no olvidaré, como no olvidaré la última sonrisa de mi padre que me hizo cojo.</p>
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		<title>El voto atormentado</title>
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		<pubDate>Mon, 17 Nov 2008 13:11:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/10/bayly2.jpg" align="right" />Con el brazo todavía lastimado subí al avión a medianoche decidido a llegar a la isla el martes para correr a votar a las siete de la mañana sin saber todavía por quién votar. Mis hijas me habían pedido que votase por Obama porque les parecía que era necesario un cambio, que debía acabar la guerra absurda, que era bueno que ganase un negro con cara de hombre noble, que no podían seguir ganando los blancos testarudos que quieren ir a la guerra para resolver los problemas a bombas y que han destruido la economía del país prestando plata a los incautos con la esperanza de esquilmarlos y esclavizarlos económicamente, sólo para darse cuenta, ya tarde, que el embuste era tan malvado que los arrastró a ellos también a la quiebra, víctimas todos de la fiebre consumista que es el origen de todos los males, de la pretensión frívola de tenerlo todo y ahora, ya mismo, enseguida, que ha llevado a tanta gente a prestar cruelmente como a endeudarse imprudentemente, y ambos son culpables, pero más los que dieron el dinero con ánimo usurero que los ingenuos que lo tomaron prestado para comprarse ficticiamente una casa cuando en realidad estaban adquiriendo una deuda y esa foto, todos sonrientes, de la familia inmigrante en la fachada de la nueva casa, que mandaron a sus países de origen para impresionar a sus familiares de allá, era sólo un espejismo, una trampa, porque ahora ya los echaron de la casa y la foto es el recuerdo del sueño incumplido, de la trampa en que cayeron. <span id="more-2598"></span></p>
<p>Yo pensaba en el avión que si mis hijas me habían pedido que votase por Obama debía votar por él sin pensarlo más. El voto era de ellas y para ellas, que nacieron en este país y sueñan con venir a estudiar aquí. Además, mi hija mayor, que ya tiene quince y es muy lista, me había recordado que en cuatro años, ella votará conmigo en la isla o en la ciudad donde esté estudiando. </p>
<p>Pero mis madres cubanas, que son unas señoras que vienen a verme al estudio de Miami llevándome toda clase de regalos (guayaberas, salmón, medias, pijamas, bananas, mangos, alfajores, empanadas, cosas que expresan su cariño por el hijo que han adoptado y sustituye quizá a los hijos que la vida les arrebató) y cuyas edades oscilan entre los setenta y los ochenta años, me rogaban con la voz quebrada por tantas décadas de tristezas y añoranzas que votase por McCain, porque me recordaban que los dictadores tropicales estaban contentos y esperanzados con Obama, ¿y entonces cómo vas a votar por Obama, si es el candidato de los comunistas, hijito? </p>
<p>Y yo me quedaba demudado y aturdido, encontrando cierta lógica en el reparo moral de mis madres y preguntándome si mis hijas se habían vuelto comunistas. </p>
<p>Pero luego pensaba en votar por Mc Cain y no podía, porque recordaba a la Palin comprando vestidos frenéticamente en Neiman Marcus y Saks desde que la nominaron candidata, vestidos que costaron una fortuna, ciento cincuenta mil dólares, y que tuvo el descaro de cargar a cuenta del partido, y luego diciendo que los gays eran enfermos que necesitaban atención médica urgente y que las mujeres no debían tener sexo hasta el matrimonio (y por eso sus hijas quedan precozmente embarazadas), y sentía que no podía votar por un ex soldado obstinado que fue a una guerra que hubiera sido más inteligente evitar, como la evitaron con astucia Clinton y Bush hijo, y por una fanática religiosa que defendía ideas trasnochadas. Y después recordaba que McCain era también el candidato de Bush, pues decía que Bush había sido un buen presidente y que la guerra debía continuar indefinida y acaso eternamente, como eterna es al parecer su madre también guerrera, y me decía no puedes votar por el viejito y la frívola porque Bush no merece que premies ocho años de arrogancia e incompetencia que han llevado al país a su peor crisis en casi un siglo. </p>
<p>Cuando entré manejando a la isla, eran las seis y media de la mañana. Fui a votar pero había una fila interminable de centenares de personas. Me abrumó la idea de esperar horas para votar por alguien incierto. Voté por tomar pastillas e irme a la cama. En ese momento fue el voto más sensato. </p>
<p>Luego desperté a la una y había salido el sol y me sentía contento y subí a la camioneta y volví a espiar si seguían las colas y ya no había nadie, así que estacioné donde no debía, en el lugar de los minusválidos, y bajé en pijama y enseñé mi licencia de conducir y me hicieron firmar el registro y me dieron tres papeletas enormes. Y ahora estaba solo con un lapicero frente a dos circulitos y tenía que pintar uno de negro y no sabía cuál pintar, si Obama por mis hijas o Mc Cain por mis madres cubanas, y fue una duda terrible que agravó el dolor del brazo y me hizo sentir un minusválido mental. </p>
<p>No sé cuánto duró la duda, la mano temblándome, el lapicero acercándose y alejándose de la papeleta. Lo que sé es que al final pinté de negro el circulito de Obama y luego a todas las demás preguntas respondí que NO sin siquiera leerlas. </p>
<p>Salí a toda prisa sintiendo que había cometido una felonía, como me sentí hace años cuando me detuvieron por llevarme de Burdines unas corbatas sin pagar, y corrí a casa y mandé unos mails a mis hijas diciéndoles que había votado por Obama y estaba arrepentido y no debería haber votado, pues yo lo único que sé hacer bien es dormir con pastillas y no pensar. </p>
<p>Después me quedé encerrado en casa, viendo la tele con ansiedad, y cuando a las once de la noche dijeron que había ganado Obama, recuerdo exactamente lo que estaba haciendo: cortándome los pelos de la nariz, pensando en una cita amorosa. Y luego habló Mc Cain y me conmovió la grandeza con la que se resignó a aceptar que la suya era y había sido siempre la suerte del perdedor, y sentí que ese hombre magullado merecía ser presidente y debí votar por él, aunque luego miré a la Palin y esos sentimientos fueron difuminados por la certeza de que esa dama despistada debía volver al frío del que vino para seguir estimulando los embarazos de sus hijas. Y poco más tarde, hundido en el mismo sillón en el que vi ganar a Clinton el 92 y me quedé toda la noche sin saber si Bush o Gore había ganado, habló Obama y dio un discurso memorable que casi me hizo llorar, pensando en su padre que lo abandonó a los dos años, y en su madre hippie que se enamoró de un kenyano y luego de un indonés y fue una pionera de la globalización del amor y luego abandonó a su hijo los once años, y en su abuela que murió en vísperas de la victoria de ese nieto que ella crió como su hijo inesperado, y en la vida épica y admirable de este hombre levemente mayor que yo que vino desde una isla excéntrica y una familia disfuncional y una infancia traumática para cumplir su propio sueño y el de millones de personas en el mundo entero. Y entonces me dije que aquella era una noche que nunca olvidaría y me sentí orgulloso de haber votado por él y haberles dado a mis hijas el presidente que ellas querían. Y me pude ir a dormir tranquilo, sin pastillas, como tranquilo me siento ahora, todo lo tranquilo que no debe de estar sintiéndose este hombre con aire triste y ya legendario, al que ahora le aguarda una tarea heroica que el destino le había reservado desde que nació en aquella otra isla a miles de kilómetros de ésta en la que vivo, viendo cómo los vecinos ponen en venta sus casas y huyen espantados, pensando que llegó el comunismo a Miami y vende todo, Jaimito, y ándate rápido de aquí, que yo ya viví todo esto con Fidel y si te quedas, el 20 de enero el negro te expropia la casa y te manda preso a Guantánamo.</p>
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		<title>El candidato que duda</title>
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		<pubDate>Sun, 09 Nov 2008 15:36:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Perú]]></category>
		<category><![CDATA[presidencia]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Jaime Bayly Algunos de mis mejores amigos quieren que me postule para presidente del Perú en dos años. Me dicen que, a pesar de mis antecedentes policiales, si sonrío mucho y hablo bonito y hago la campaña sólo en la televisión, no en las plazas públicas, donde me gritarían maricón, cabro, rosquete, chupapingas, y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/10/bayly2.jpg" align="right" />Por Jaime Bayly </p>
<p>Algunos de mis mejores amigos quieren que me postule para presidente del Perú en dos años. Me dicen que, a pesar de mis antecedentes policiales, si sonrío mucho y hablo bonito y hago la campaña sólo en la televisión, no en las plazas públicas, donde me gritarían maricón, cabro, rosquete, chupapingas, y me tirarían huevos o tomates en el mejor de los casos y piedras o balas en el peor, puedo dar la sorpresa y ganar las elecciones y convertirme en presidente, siendo bisexual y no estando dispuesto a negarlo para ganar. <span id="more-2373"></span></p>
<p>Porque mis amigos entienden, o tienen que entender, que no puedo de pronto dejar a mi chico argentino, al que amo, y casarme de nuevo con Sofía abusando de su infinito amor por la aventura y su pasión temeraria por verme como candidato, y tener un hijo con ella calculado para que nazca en plena campaña, como hizo Menem con la Bolocco, una operación mercenaria y oportunista, diseñada para reafirmar mi muy discutida virilidad (discutida principalmente por mí mismo y por mis libros) y despejar las dudas sobre mi bien conocida debilidad por los hombres como fuente de compañía fraterna y placer seguro, siendo sin duda Martín, mi chico, quien mejor me ha acompañado y más placeres ha sabido darme. </p>
<p>Pero mis amigos no quieren entender eso, que no puedo cambiar, que no puedo dejar de ser quien soy y mentir descaradamente para ganar las elecciones, y me dicen que, si vamos en serio, si quiero pasar a la segunda vuelta con el voto de las mujeres que me ven en la tele y me idealizan como macho risueño y juguetón y juran contra toda evidencia que no soy bisexual ni mucho menos y que en realidad soy un heterosexual mitómano y amoral que se inventa una mascarada gay con el penoso pero comprensible propósito ganar más dinero, entonces, me dicen mis amigos, si quieres capturar el voto de esas muchas mujeres que te adoran y odian que les recuerdes que tal vez no eres el macho risueño y juguetón, entonces tienes que dejar a tu chico argentino allá en Buenos Aires, no salir en público nunca con él, negarlo como novio o amante, decir que es cosa del pasado y que tú amas ahora como has amado siempre al gran amor de tu vida, Sofía, la madre de tus hijas, con la que, te guste o no, tienes que volver a convivir, junto con las dos lindas hijas que ella te dio, y a la espera del hijo idealmente varón, que habrás de llamar Jaime junior o Jaimecito, que ella te dará en los primeros meses del año 2011, cuando ya estés inscrito formalmente como candidato y empieces a resultar creíble y repuntes en las encuestas cada vez que salgas serio, aplomado, confiado en ti mismo, sintiéndote ganador, prohibiéndote frivolidades y mariconadas, en televisión, en tu programa y en otros, que la campaña la haremos sólo en televisión, que ahora las elecciones se ganan en la tele, donde tú te mueves como pez en el agua. </p>
<p>Yo le cuento todo esto a Martín, que está en Buenos Aires y que en unos días se reunirá conmigo en Miami y me acompañará a Barcelona y Sevilla a seguir promocionando “El canalla sentimental”, la colección de pequeñas historias que él me regaló o de las que fue testigo y que no quise dedicarle por una tonta pelea, y él me dice sin perder la calma que haga lo que yo quiera, que siga mis sueños, que sea candidato si eso me hará feliz, pero que si lo niego o lo escondo y vuelvo con Sofía y tengo un hijo con ella, él me dejará y tratará de olvidarme, no podrá acompañarme furtivamente, como si su presencia fuese una deshonra, en esa aventura por el poder que considera suicida, autodestructiva, porque Martín, que me conoce mejor que nadie, me recuerda por el teléfono que sólo puedo ser feliz<br />
cuando me siento libre (libre, por ejemplo, de alejarme de los peruanos) y me dedico a escribir (a escribir, por ejemplo, esa novela que le he contado y me atormenta y que a él le entusiasma) y me permito humildemente, reconociendo mis limitaciones, ser apenas quien el destino me condenó a ser, este hombre perezoso y aturdido, desmesuradamente egoísta, sin escrúpulos, con muy contadas lealtades, que ama y desea como nunca amó y deseó a nadie a él, a Martincito, a quien no estoy dispuesto a abandonar como si fuera una cosa vergonzosa del pasado sólo para complacer a mis amigos y ponerme el traje del candidato sonriente que en el fondo se siente una impostura, una odiosa falsedad, porque tiene que convencer a los otros de que él es alguien que en realidad no es, no puede ser, nunca podrá ser, porque ya lo has intentado antes y mira cómo te fue. </p>
<p>Y yo le digo a Martín que tiene toda la razón, que no espero menos de él, que si me inscribo como candidato y vuelvo a vivir con Sofía y tengo un hijo con ella y lo borro de mi agenda pública, es comprensible y natural que él busque en otro hombre o en otros hombres el amor, yo, su compañero de estos últimos seis años, le estaría negando por la más subalterna de las razones: por apetito de poder, por encender una gigantesca hoguera en la que veamos arder a mi vanidad en estado puro. Y le prometo luego que no estoy tan loco, que las pastillas no me han aturdido e idiotizado tanto como para pensar que me conviene embarcarme en esa cruzada, la de servir a los peruanos y servir más exactamente a mi ego colosal, que me pide, a despecho de mi corazón, que sea presidente, que capture la oportunidad y levante una ola impensada a base de sonrisas, picardías y alardes histriónicos de los que me sé capaz, que consiga lo que no pudo conseguir Vargas Llosa, y que venga de la nada, de un programa de televisión que el presidente desprecia y que Vargas Llosa al parecer también, porque ambos se niegan repetidamente a sentarse en él a conversar conmigo, que venga desde allí, desde esa imagen de periodista y escritor algo payaso, como dice Vargas Llosa, él siempre tan serio, casi tan serio como su hijo Álvaro, que solía ser mi amigo pero al parecer dejó de serlo porque le abochorna la amistad de un payaso, que venga desde ese improbable lugar, sin aliados políticos, solo como los vaqueros o los francotiradores, y me convierta en el próximo presidente de los peruanos, que, como se sabe, adoran la aventura, el salto al vacío, la política como entretenimiento y son por eso capaces de votar por mí o cualquier lunático capaz de hipnotizarlos con su verbo encendido y sus sonrisas taimadas, o por cualquier lunático en general, incluso si habla feo y sonríe torcido, como el ex dictador. Jamás te dejaré para ser presidente, le digo a Martín, y él me cree y yo me creo. Y si algún día soy presidente, tú estarás a mi lado y la gente sabrá que eres mi compañero y que te amo. Y si no les gusta, que no voten por mí, que no me elijan y que se jodan, que se pierdan el entretenimiento seguro (más seguro que el buen gobierno) que generosamente les ofrezco. Sólo así, sin mentiras, siendo descaradamente quien soy, guste o no, estoy dispuesto a ser candidato, le digo a Martín. Y él se queda más tranquilo y yo también, y no descartamos la candidatura pero la vemos como una cosa altamente improbable e indeseable que sólo traería problemas, traiciones, pequeñas infamias, desengaños, deudas, servidumbres, a cambio de nada o de peores cosas que nada. </p>
<p>Pero luego llego a Lima y viene Sofía, guapa y adorable, a tomar hierba luisa conmigo y me dice que nunca me ha visto más entusiasmado y feliz que cuando le hablo de mi candidatura presidencial, que me lance, que no lo dude, que nadie me ganará en la competencia de promesas y sonrisas en la que tan bien entrenado estoy, y claro que me hace dudar. Y luego paso por casa de mi madre y ella me dice en ruleros y pijama que tengo la obligación moral de devolverles a los peruanos lo mucho que ellos me han dado (que yo no sé bien qué es) y que nadie sería un mejor presidente que yo y que ella sería mi mejor consejera (ella y sus consejeros del Opus que, al mismo tiempo, me detestan y me quieren convertir a la fe de la que he huido y ahora reniego, pues nadie como un preceptor del Opus para olfatear con buen instinto quién puede llevarte al poder). Y entonces, después de hablar con mi madre y con Sofía y con mis mejores amigos en una cena a medianoche en la que diseñan en voz baja y fríamente, como si planeasen el asalto de un banco, los detalles de mi campaña, llego solo al hotel de madrugada y llamo a Martín y le digo que está en mi destino ser candidato, que no podré escapar de aquella cita peligrosa con un toro bravo que puede matarme, que no me abandone ahora que más lo necesito, pero él me dice que está en una fiesta gay, que viene de la marcha del orgullo gay y que si finalmente decido ser candidato, contrariando sus sabios consejos, mejor me olvide de él para siempre y que me vaya solo a Barcelona y Sevilla porque él quiere ser mi chico y no el ex amante escondido de un presidente avergonzado de su pasado bisexual. Tú elige, me dice, con su voz dulce y cortante. Y yo le digo que no puedo elegir, que lo quiero todo, a él y a Sofía y a mi hijo por venir y al toro bravo al que tal vez tendré que verle la cara sangrante, él y yo con la respiración entrecortada, acezante, para saber quién muere y quién sobrevive, malherido.</p>
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		<title>Por ti muero ahogado</title>
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		<pubDate>Sat, 01 Nov 2008 16:30:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Por Jaime Bayly. Acabo de soñar con Shakira. Son alas cinco de la mañana y estoy parado escribiendo en la cocina porque tengo el brazo roto y sentado no puedo escribir. No es la primera vez que sueño con ella. Estoy enamorado de ella desde que la conocí. Y ya son años. La conocí cuando [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/10/bayly2.jpg" align="right" />Por Jaime Bayly.</p>
<p>Acabo de soñar con Shakira. Son alas cinco de la mañana y estoy parado escribiendo en la cocina porque tengo el brazo roto y sentado no puedo escribir. </p>
<p>No es la primera vez que sueño con ella. Estoy enamorado de ella desde que la conocí. Y ya son años. La conocí cuando vino a Miami y no sabía hablar inglés y vivía en un apartamento y conducía un auto rojo convertible y quería conquistar el mundo con esa voz milagrosa que viene de siglos de sangre derramada en tierras libanesas y se entremezcla con el desgarro poético de ser colombiana y vivir asomada al abismo mirando curiosa y preguntándose si volaría como una mariposa en caso de saltar, que es como viven no pocos colombianos, hechizados por la tentación del abismo, cantando, pintando o escribiendo al borde mismo del despeñadero. <span id="more-2114"></span></p>
<p>Nadie nunca me había mirado como me miró Shakira aquella noche y nadie volverá a mirarme así, ni siquiera ella, que ahora sabe que yo no valía esa mirada de fuego que quemaba las entrañas. Me miró así porque era una niña sabia que se había sentado en televisión conmigo y había descubierto que había algo que nos unía profundamente. Yo estaba sobrecogido y hechizado como si hubiese descendido de los cielos Remedios la bella y cubierto de flores aquel estudio desangelado. Sus padres, sabedores de que llevaban un pequeño milagro que acabaría por embrujar al mundo, resignados a acompañarla en esa larga travesía, no parecían sorprendidos de que nos mirásemos con esa desesperación o ardor por saber qué era aquello que tan nos tan unía, si el amor o algo que aún no conocíamos y tal vez jamás conoceríamos. </p>
<p>Cuando se iba caminando de prisa, volvió a mirarme como si solo yo existiera, como si fuera una amapola que ella quería oler extasiada y me dijo con la mirada que la llamase, que quería meterse y perderse en mí. </p>
<p>Pero no la llamé porque estaba casado y era infeliz y me sentía bisexual y no tuve el coraje de contarle todo eso y tampoco que me había enamorado de ella como nunca me había enamorado de nadie, de ningún chico ni chica. </p>
<p>Y fue ella, como tenía que ser, que me llamó un día y me dijo tímidamente (porque nadie supondría que esa niña que subyuga multitudes es de una timidez casi esquizofrénica) que me invitaba al cine a ver Titanic. Y yo, cobarde, tratando de evitar mi propio naufragio, que se hundiera el matrimonio con Sofía y ella se llevara a nuestras hijas a la ciudad del polvo y la niebla como acabó llevándoselas, le dije que no podía ir al cine con ella. Nunca más volvió a llamarme. Nunca más me miró como aquella noche, diciéndome si quieres, soy tuya, ven y atrévete y pruébame y no podrás dejarme. </p>
<p>Si hubiera tenido el valor de ir al cine con ella, tal vez hoy estaríamos juntos, tendríamos hijos y no seríamos felices porque ella lloraría en silencio cuando yo le dijera que además de sus caricias y sus besos necesito también el amor de un hombre que me quiera como no quiso o no pudo quererme mi padre, que me dijo desde niño que yo había nacido para ser un mariconcito, que es lo que en efecto fui con Shakira y terminé siendo hasta hoy, un mariconcito al que sin embargo le gustan extrañamente las mujeres. </p>
<p>Luego Shakira conquistó el mundo y se enamoró de Antonio el noble y, fue inevitable, yo también me enamoré de él, porque es uno de los hombres más buenos, leales y valientes que he conocido y porque cuando nos sentamos a hablar de madrugada me hace llorar por lo puta y cabrona que ha sido la vida con él y, sin embargo, por la alucinante fortuna que tuvo al hallar en esa pequeña diosa libanesa a la curandera que ha restañado sus heridas y lo ama como no he visto que se amen nunca dos amantes, aunque es verdad que casi nunca salgo de casa y todos los amantes que veo los veo en las películas, unos amantes bellos, arrojados, con esa pasión suicida y poética que tenían antes, cuando daban la vida por amor. Por eso los amo sin reservas y deseo que estén juntos y felices para que nos demuestren a nosotros, los cobardes y ermitaños, que el amor sí es posible, sólo que no lo conocemos porque nos falta coraje. </p>
<p>Que es lo que no le faltó a Antonio, coraje, cuando vio en mis sueños que estaba ahogándome en una playa mexicana a la que me habían invitado como a veces me invitan para reírse de las vulgaridades o extravagancias que digo. Antonio me vio ahogándose, Shakira a su lado, y no dudó en meterse a salvarme. Shakira se quedó aterrada porque las olas me envolvían, devoraban y lanzaban contra el fondo arenoso y tal vez pensó que ese mediodía perdería al amor de su vida, lanzado temerariamente a recatar a un pusilánime como yo, que no merecía tamaño riesgo. </p>
<p>Y ahora en mis sueños (azuzados por las pastillas que trago cada noche queriendo ahogarme en otros mares procelosos) estaba Antonio a mi lado nadando, braceando, dándome ánimos, alejándome de las olas que me arrastraban, y me tomaba del brazo y me decía tranquilo, man, ya estás conmigo, ya estamos afuera, tranquilo, man, porque Antonio me dice man cuando tomamos vino y es mi hermano. Y ahora Antonio conseguía dejarme en un lugar seguro, con piso, y enseguida una corriente pérfida como el alma del mexicano servil que te halaga y luego traiciona se lo llevaba allí donde las olas le caían encima con saña y ferocidad y Antonio se ahogaba, se hundía, no encontraba fuerzas para volver donde mí y se dejaba abatir por esa maldita emboscada del destino. </p>
<p>Entonces pasaron dos cosas memorables que, recién despertado del sueño, recuerdo ahora con vergüenza y admiración. Vergüenza, porque no fui capaz de atreverme a salvar a Antonio como hizo él por mí: me quedé parado, inmóvil, avergonzado de mí mismo, mirando como mi amigo moriría ahogado. Y me sentí un pedazo de mierda, un cobarde despreciable. Y admiración, porque de pronto vi a una mujer pequeña, resuelta, ajena al miedo,entrando sin vacilaciones al mar, surcando las olas, segura de que enfrentaba apenas un peligro menor que ella sabría conjurar con el aplomo que los dioses le dieron para hacer siempre el bien y jugarse la vida por las causas más nobles, como salvar la vida de su hombre noble. Y así fue como Shakira se metió hasta donde reventaban unas olas enormes y recogió los escombros de Antonio y le dijo o cantó cosas al oído y fue más fuerte que la más chúcara y matonesca de todas las olas y lo sacó hasta la arena y lo revivió besándolo y sacándole el agua que Antonio había tragado y tragando ella esa agua salinosa como si fuera un pacto de amor eterno. </p>
<p>Yo miraba humillado y con ganas de pedirles perdón por ser tan poca cosa, un bicho miserable al lado de ellos. </p>
<p>Y entonces ocurrió algo inesperado. </p>
<p>Y es que Antonio recobró la lucidez y Shakira se puso de pie y vino hacia mí y pensé que me daría una bofetada por cobarde. Pero no: me dio un beso impensado y me dejó en los labios el sabor salado de los labios del noble y me dijo: Antonio y yo nunca dejaremos que mueras ahogado. Y yo le dije: Pero ya nunca me amarás como la noche que nos conocimos. Y ella me dijo: Ahora te amo más, porque sé que eres lo que eres y me gusta que seas hombre y mujer y porque quizá algún día tendremos un hijo gay tú y yo. Y miré a Antonio aterrado y él sonreía como si la idea le pareciera linda. Y yo quise besarlos a los dos, decirles que era suyo todo suyo, pero entonces desperté sólo para recordar que la última vez que abrí los ojos tan repentinamente estaba ella, Shakira, acariciando mi rostro en un sillón rojo del hotel Mandarín de Miami, que fue otra manera de salvarme de morir ahogado, intoxicado por las pastillas que me devuelven al mar del que ya no sé si podré salir.</p>
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		<title>Las muertes deseadas</title>
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		<pubDate>Sat, 25 Oct 2008 19:27:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[jaime bayly]]></category>
		<category><![CDATA[muerte]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Jaime Bayly Muchas son las muertes que yo deseo, no sólo las de Fidel y Raúl Castro, por secuestrar la libertad de los cubanos más de medio siglo y humillarlos y esclavizarlos. A Fidel me gustaría verlo sentado en el inodoro, pujando en vano porque los intestinos se le han amotinado y todo él [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/10/bayly2.jpg" align="right" />Por Jaime Bayly </p>
<p>Muchas son las muertes que yo deseo, no sólo las de Fidel y Raúl Castro, por secuestrar la libertad de los cubanos más de medio siglo y humillarlos y esclavizarlos. A Fidel me gustaría verlo sentado en el inodoro, pujando en vano porque los intestinos se le han amotinado y todo él es pura mierda que ya no puede evacuar ni por el ano artificial que le han perforado en el pecho. A Raúl me gustaría verlo morir borracho, vomitando, tumbado en un parque en la penumbra, confesando que todo fue un fraude para usurpar el poder y beber buen vodka y andar en Mercedes. <span id="more-1876"></span></p>
<p>Al tonto de Bush, que se volvió más tonto cuando dejó de beber y meterse cocaína y empezó a cultivar amistad con Dios (que es algo mucho más tóxico y peligroso que la cerveza o la coca), me gustaría verlo morir cazando con Cheney, los dos idiotas con escopetas persiguiendo patos o liebres y de pronto a Cheney le da un infarto o preinfarto y aprieta el gatillo y mata por la espalda al oligofrénico feliz de W, que, siendo el más tonto de todos los hermanos, terminó siendo presidente, cosa curiosa, misteriosos son los designios del Señor. </p>
<p>Al Papa Benedicto, ese viejo nazi y marica, me gustaría verlo morir gozando, chillando en latín, mordiendo la almohada, sodomizado por diez mauritanos aventajados y sin vaselina, a pura saliva, y que antes de que muera de éxtasis y placer inenarrables le dejen el culo como pozo de petróleo y alcance a decir (en alemán, idioma en que supo cantar loas a Hitler) que todo lo que defendió era mentira y que ser gay no es malo sino estupendo y saludable y que ser ensartado por un puñado de africanos es un placer supremo que la Iglesia no ha de seguir condenando y Dios Nuestro Señor habrá de perdonarle, no así los zapatos Prada rojos que suele calzar, infames. </p>
<p>A Clinton me gustaría verlo morir follando con ayuda del Cialis y el Viagra a su bienamada Hillary, un esfuerzo hercúleo que naturalmente acabaría por costarle la vida. </p>
<p>Y a Hillary, que ha de tener un pene no menor, o no menor que el mío, me gustaría verla morir ganando las elecciones y nombrando primera dama a Michelle Obama y comiéndole el coño hasta expirar deshidratadas y felices, basta de hipocresías. </p>
<p>Al canalla de Ortega me gustaría verlo morir de viejo, calvo, sin dientes, condenado a cadena perpetua en una mazmorra de Managua, maloliente como su aliento pérfido, al lado de ese otro pillarajo y asaltante de caminos, el chancho Alemán. Y a la desalmada de su mujer, que dice ser poeta, me gustaría verla arder en la hoguera por encubrir y consentir los abusos sexuales que Ortega cometió con su hija adolescente. </p>
<p>A Evo no me gustaría verlo morir, pues hay algo en él me que inspira una cierta ternura, como la ternura que inspira una oveja bebé que se extravió del rebaño y es devorada por las hienas. Pero me gustaría que se retire de la política y se dedique a jugar al fútbol, que es lo que de verdad le pierde y hace con cierto talento cuando lo juega a cuatro mil metros de altura y masticando hoja de coca. </p>
<p>A Correa no me gustaría verlo morir todavía, es joven y actor frustrado, lo que quisiera es que se quedara mudo o, mejor aún, sordomudo, para que deje de decir, en ese tono plañidero que es el suyo, tantas zarandajas y paparruchadas. </p>
<p>A Piedad Córdoba me gustaría que la secuestrasen y la tuviesen atada a un árbol seis años como mínimo, y que la obligasen a comer arroz con frijoles en el mismo plato donde antes ha defecado, para que sepa lo que padeció Ingrid Betancourt cuando era rehén de los angelitos que ella defiende con un ardor casi vaginal. </p>
<p>A Cristina Kirchner y su esposo no me gustaría verlos muertos, lo que me gustaría es que sufran un poco, apenas lo razonable. A Cristina, tan chavista cuando necesita dinero, y tan capitalista cuando necesita bolsos y zapatos, me gustaría que la obligasen a vestirse toda de colorado, como buena revolucionaria vendida al chavismo, con guayabera y pantalones, sin maquillaje alguno, sin peinadores ni estilistas afrancesados, sin esos ojos repintados de vampiresa ajada, toda de colorado y al natural, salidita de la ducha y con la cara agrietada como un bloque de hielo patagónico, que si dice que no miente en política, que tampoco nos mienta con su cara, que es una suma de falsificaciones e imposturas (capitalistas todas y muy caras por cierto). Y a su esposo me gustaría verlo más bizco, mucho más bizco y extraviado, mirando para un lado con un ojo y para el lado opuesto con el otro, de modo que nunca nadie sepa, ni él mismo, ni su mujer, a quién está mirando. </p>
<p>A Alan García no me gustaría verlo muerto, pero sí que, por ley, lo sometieran a dieta forzada, a dejar de tragar de ese modo obsceno en un país de famélicos, a trotar diez kilómetros cada mañana seguido por las cámaras y luego bañarse en el mar en un escueto traje de baño que exhiba ante las cámaras aquel vientre descomunal y creciente, amasado de saraos y francachelas que le pagan los pobres contribuyentes peruanos que ven cómo engorda descaradamente este rinoceronte voraz, casado con fina ciudadana cordobesa de más frugal apetito. </p>
<p>A Chávez me encantaría verlo morir, por supuesto, pero no tiroteado por un francotirador ni envenenado por un conspirador ni en una reyerta por el poder entre generales y coroneles que codician el dinero del que ahora dispone este golpista lenguaraz que se cree emperador de América Latina. A Chávez me gustaría verlo morir de este modo exacto, detallado: que esté hablando en televisión en su infinito programa dominical y que de pronto haga una pausa entre cada bravuconada y diatriba que profiere y se trague un buen pedazo de arepa o cachapa y trate de seguir hablando pero no pueda, y que entonces se atragante, se le quede la cachapa entera con el maíz y el queso en el buche y se quede mudo por glotón y empiece a toser, a tener convulsiones y arcadas, y que antes de morir lance un vómito de color petróleo sobre las cámaras y su rostro bolivariano termine hundido sobre el charco viscoso de su vómito, por fin tieso, por fin en silencio, por fin reunido con el ánima de Bolívar, que ha de merodear por París y ver con repugnancia a este jabalí que usurpa su memoria y ni siquiera saber follar como follaba él con sífilis y todo. </p>
<p>Al Rey de España me gustaría verlo morir follándose a una puta dominicana ilegal en los parques de Madrid o navegando en Mallorca y arrojándose al mar y siendo devorado por unos tiburones como el tiburón de Chávez, por quien el Rey se dejó devorar a cambio de una amable rebaja en el precio del petróleo. No es por animadversión u hostilidad que le deseo muerte súbita a Su Majestad: es por devoción a los príncipes Felipe y Letizia, a los que deseo vida eterna, especialmente a Felipe, por guapo y buen tío y por escoger a una mujer tan encantadora como la ex periodista, que es mi amiga aunque no me conoce. A Zapatero no me gustaría verlo morir, porque me cae bien sólo porque legalizó las bodas gays y tuvo el coraje de enfrentarse a los obispos y a las marujas del Corte Inglés (todas bien peinadas por peluqueros homosexuales a los que hacen confidencias desgarradas), pero sí me encantaría que, de pronto, atacado por un raro trastorno hormonal, se descubra gay, pero gay sin ambages, y se separe de Sonsoles, tan encantadora ella, y se case con Boris Izaguirre, que tendría que divorciarse de Rubén, lo que me haría tan feliz, y convertirse en la primera dama española venezolana de la historia. Y que Zapatero y Boris, recién casados por un juez arisco del PP, se besen con la pasión con que nos besamos alguna noche de verano Boris y yo ante las cámaras de la televisión catalana, es decir con lengua y a por todas, como han de besarse los hombres muy machos. </p>
<p>Pero es evidente que no me será dado el privilegio de asistir a esas muertes tan deseadas e improbables, porque de momento me hallo empeñado, con tesón y buen gusto irreprochables, en provocar la mía propia a base de pastillas, que es como mueren los caballeros, sedados y en su cama.</p>
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		<title>El ciclista volador</title>
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		<pubDate>Sat, 18 Oct 2008 05:01:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Por Jaime Bayly Me he hecho adicto a montar en bicicleta. Me lo aconsejó la doctora Lourdes en Miami para curar mis males respiratorios. Monto una hora todas las tardes en la isla de Key Biscayne, aunque llueva. También me he hecho adicto al Stilnox, Klonopin, Xanax y Lunesta para dormir. La doctora sólo me [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/10/bayly.jpg" align="right" />Por Jaime Bayly </p>
<p>Me he hecho adicto a montar en bicicleta. Me lo aconsejó la doctora Lourdes en Miami para curar mis males respiratorios. Monto una hora todas las tardes en la isla de Key Biscayne, aunque llueva. </p>
<p>También me he hecho adicto al Stilnox, Klonopin, Xanax y Lunesta para dormir. La doctora sólo me aconsejó el Lunesta por dos semanas. Las demás me las vende un médico informal en Hialeah. Duermo como un niño. Cuando despierto, rara vez sé dónde estoy. Quizá es una buena manera de comenzar el día. </p>
<p>También me he hecho adicto al Prozac, pero no porque esté o estuviera deprimido sino porque quiero evitar estarlo o quiero estar consistentemente feliz. Llegué a tomar ocho Prozac al día y me sentía eufórico, me hacía pensar que podía ser presidente de Perú. <span id="more-1610"></span></p>
<p>También soy adicto al Cialis para que se me ponga dura porque tomar tantos Prozac me ha vuelto impotente. Los efectos del Cialis duran tres días y a veces se me pone dura, pero el sexo ya me aburrió y no quiero metérsela a nadie ni que me la metan. Lo penoso es que tomo Cialis para terminar haciéndome una paja. </p>
<p>Todas estas adicciones casi me costaron la vida el otro día en Madrid y lamento que no me la costaran, porque hubiera sido una muerte bella y oportuna. </p>
<p>El domingo, apenas llegué, fui al Corte Inglés de Goya pero estaba cerrado. Volví la tarde siguiente y compré una bicicleta, la más barata, doscientos euros (las buenas costaban ochocientos), con cesta delantera, timbre, estilo antiguo, como las de las películas de antes. </p>
<p>-Son de mujer –me dijo el vendedor.<br />
-Pues mejor –le dije. </p>
<p>Se llamaba David, era bajo, pelo negro, peinado con fijador, musculoso. Me enamoré de él. </p>
<p>Salí por la calle Goya y creo que fui feliz. La combinación de sedantes, Prozac, Cialis, este amor repentino por David y montar en Madrid me hacía tan rotunda e inesperadamente feliz. Al menos la gente por la calle no parecía tan feliz como yo. </p>
<p>Mi plan era montar por el Retiro, pero resultó un fiasco porque hay pendientes empinadas, escaleras cada tanto, peatones y patinadores, pistas de tierra cuesta arriba y ladronzuelos agazapados. No resultó. No es un parque para ciclistas. </p>
<p>Lo mejor de montar por el Retiro fue el encuentro con un negro de Mauritania que me ofreció drogas. Era yo quien podía ofrecérselas, pero las llevaba puestas, corriendo por mis venas. Me acerqué y le hablé porque era guapo y tenía una linda sonrisa. Nunca he tenido sexo con un negro y ahora que creo que voy a votar por un negro, el virtuoso señor Obama, no veo por qué debería inhibirme de tener sexo con otro, sabiendo, como sé, que me queda poca vida. </p>
<p>Como era de esperar, se acercó un coche de la policía y nos interrogó y no me creyeron cuando les dije que era escritor. Por suerte nos dejaron ir. El negro era precioso como son a veces los negros. Obama, por ejemplo, es virtuoso pero no precioso. </p>
<p>Decidí entonces montar por las calles de Madrid. Tomaba Prozac, subía a la bicicleta con cesta y tocaba el timbre esquivando a los peatones, pero las señoras me reñían, me decían que debía ir por la pista, con los coches, y era como ir toreando y cuando estuve a punto de atropellar a una mujer con su bebé (porque las veredas son angostas y yo, mal torero), decidí bajar a la pista. </p>
<p>David me había querido vender un casco, pero yo le dije: los cascos son para mariquitas. David, qué guapo era, se rió y me dijo: Hombre, pero esa bici también. </p>
<p>Era un miércoles por la tarde y hacía treinta grados y venía del correo de la calle Ibiza de despachar mi novela ‘El canalla sentimental” a mis hermanos Javier y Andrés, que están en Vancouver y Boston, y me sentía liviano, astuto, listo, rápido, esquivando autos y peatones, burlando semáforos en rojo, toreando Madrid en bicicleta. Pasé por una librería y compré seis libros de mi novela para mandarlos a los amigos y enemigos y los puse en la cesta y tomé Menéndez Pelayo, que es de bajada, y empecé a ir deprisa, a toda prisa, volando, tanto que tuve que quitarme el sombrero. </p>
<p>Era un momento bello, inolvidable, zigzagueando en bicicleta por Madrid como si fuese mensajero o repartidor de mi novela. Me sentí inmortal o sentí que ese momento tal vez lo era, que la felicidad debía ser algo parecido a eso. </p>
<p>Luego el bus frenó en seco, yo frené ya tarde, un auto frenó detrás y golpeó la llanta trasera y salí eyectado, disparado, volando, literalmente volando. Sentí que volaba en Madrid y que ese vuelo era eterno, hermoso, inolvidable y que ya no importaba la caída porque por unos segundos había conseguido ser lo que siempre soñé: una mariposa en Madrid, rodeado de mis libros. </p>
<p>Cuando caí, ya nada era tan hermoso y la mariposa era un gusano. El bus partió, echando humo en mi cara en el pavimento, a medio metro. El auto que me golpeó también se alejó, son los tiempos que corren, la gente lleva prisa y vive encapsulada. En el asfalto de la Menéndez Pelayo yacía un peruano que no podía levantarse, además de seis libros escritos por él, desparramados a su alrededor (como si fuera una campaña de promoción) y mi sombrero, anteojos oscuros, billetera, llaves y pasaporte, que yo siempre salgo de casa con el pasaporte, no vayan a deportarme. </p>
<p>No podía levantarme. Se acercaron unas señoras muy amables. Me socorrieron, me pusieron de pie entre todas. Una de ellas me dijo: ¿Quiere venir a casa? Otra me dijo: Está usted verde, se va a desmayar. Otra me devolvió la billetera, las llaves y el sombrero. Una más joven recogió los libros y me dijo: Sales guay en la foto. Alguien se robó mi pasaporte o nadie lo recogió y terminó pisado por los coches. </p>
<p>Por la euforia del Prozac o mi arrogancia natural, dije que estaba bien, que no llamaran ambulancia alguna, que estaba cerca de casa. Caminé esas tres calles empujando la bicicleta, dejando manchas de sangre, sintiendo que estaba a punto de desmayarme. </p>
<p>Llegué al apartamento, dejé la bici, me lavé la cara y las manos ensangrentadas y llamé a un médico amigo, Tony, cubano, que me dijo que estaba en consultas y fuese al Marañón. Mandé un par de mails, tomé un taxi, entré a urgencias del Marañón, la cara y la ropa manchadas de sangre con alta densidad de barbitúricos y dije que necesitaba un médico, pero que, como carecía de seguro médico en España, podía dejar mi tarjeta de crédito o un depósito en efectivo. </p>
<p>-No hace falta –dijo la mujer-. Aquí atendemos a los que tienen dinero y a los que no. </p>
<p>Qué diferencia con Miami, pensé. </p>
<p>El médico que me atendió era venezolano y se llamaba Víctor López Soto y sus asistentes, un dominicano, Carlos Domínguez y un español, Javier Narbona. Fueron encantadores y me trataron con gran humanidad y compasión. Me dijeron que tenía tres huesos fracturados en el brazo derecho, me inmovilizaron el brazo, me dieron analgésicos (más pastillas de las que ahora soy adicto, especialmente Nolotil) y me cosieron puntos en la cara. Luego me sugirieron una placa en la cabeza para descartar daños cerebrales. Siempre he estado mal de la cabeza, les dije, y nos despedimos con cariño. </p>
<p>Tomé un taxi y fui a la comisaría del Retiro. El oficial que me atendió y redactó la denuncia o atestado número 72464 era guapísimo. Me enamoré enseguida. Denuncié el accidente y el extravío de mi pasaporte. Le dije que era peruano. Sonrió y dijo: Acá vienen muchos peruanos. Pregunté: ¿Más que ecuatorianos? Dijo: Más. Los peores son los peruanos. Pero usted no parece peruano. Y entonces lo quise perdidamente, como perdido se hallaba mi pasaporte, y me fui caminando, turbado por el amor, dejando olvidado mi sombrero de Barneys, que espero ahora use él, recordándome.</p>
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		<title>Mi extinto pene, que en paz descanse</title>
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		<pubDate>Sat, 11 Oct 2008 04:02:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[impotencia]]></category>
		<category><![CDATA[sexo]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Jaime Bayly Ningún hombre está preparado para volverse impotente a los cuarenta y tres años. Yo ciertamente no lo estaba. Desde que empecé a tomar pastillas para dormir y antidepresivos, advertí que mi apetito sexual menguaba, se extinguía. Empecé tomando una para dormir, Lunesta, y un antidepresivo, Prozac, hace meses. Después de tantas noches [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2008/10/picaro.jpg" align="right" />Por Jaime Bayly </p>
<p>Ningún hombre está preparado para volverse impotente a los cuarenta y tres años. Yo ciertamente no lo estaba.</p>
<p>Desde que empecé a tomar pastillas para dormir y antidepresivos, advertí que mi apetito sexual menguaba, se extinguía. </p>
<p>Empecé tomando una para dormir, Lunesta, y un antidepresivo, Prozac, hace meses. Después de tantas noches insomnes, volví a dormir profundamente. Pero con las semanas fui tomando más y más pastillas. Ahora todas las noches tomo 3 Lunestas, 2 Klonopin, 4 Xanax y 3 Stilnox. No las tomo a la vez. Las voy combinando cada vez que despierto, haciendo coctelitos que me hundan en sueños abismales. No ignoro que corro ciertos riesgos mezclando barbitúricos. Pero encuentro cierta belleza mórbida en el hecho de tragar las pastillas y no saber si será la última noche. Cuando despierto, no sólo me siento feliz porque he dormido bien sino porque curiosamente estoy vivo, porque me han regalado un día más. Cada día es entonces un suceso imprevisto y sobrecogedor, un pequeño milagro. Por la tarde ya no tomo un Prozac sino ocho, en dos sesiones: cuatro al levantarme y cuatro antes de ir a la televisión. Y siento que levito y soy en extremo bondadoso, que mi paciencia es infinita, que encuentro compasión para perdonar las peores vilezas, que Mika y Carla Bruni son mis amigos y cantan conmigo en la camioneta. <span id="more-1408"></span></p>
<p>Toda esta masiva e imprudente ingestión de químicos entraña sus riesgos, desde luego, y uno de ellos, que yo ignoraba, es la inhibición del deseo sexual (siendo además que nunca he sido deshinibido en esa materia, a pesar de que mis libros puedan dar esa impresión). Ya las últimas semanas en Miami había notado que no tenía nunca una erección.</p>
<p>Pero estaba seguro de que cuando llegase a Buenos Aires y tuviese a Martín a mi lado, no tendría ninguna dificultad en lograr una erección y amarlo desmesuradamente.</p>
<p>Mis cálculas estaban errados. A pesar del deslumbramiento que me provocó verlo desnudo, y del empeño que puso en complacerme, y de la ferocidad con que froté ese colgajo pusilánime que se resistía a obedecerme, mi fracaso fue absoluto, humillante, y una hora después, simplemente nos rendimos.</p>
<p>Por eso cuando me fui a dormir me sentía inútil, un comatoso sexual, un impotente a los cuarenta y tres años. Tuve que tomar más pastillas para evadir la realidad.</p>
<p>Las noches siguientes no fueron muy distintas. Martín y yo probamos toda clase de técnicas, juegos, exploraciones, impudicias y acoplamientos para que lograse una erección, pero nada sirvió. Martín procedió a complacerse en solitario, resignado a mi impotencia. Sentí, en esos momentos de honda tristeza, que me amaba aún siendo impotente.</p>
<p>Antes de irme de Buenos Aires, llamé a una amiga con la que había jugado cada cierto tiempo. Se llama Penélope, está casada, tiene un hijo llamado Diego Armando y hace entrevistas para un programa frívolo de televisión. Así me conoció, entrevistándome, y así nos hicimos amantes ocasionales. Penélope accedió a venir a mi departamento la noche que le propuse. Le sugería a Martín que se uniese a la aventura como protagonista o espectador, pero él dijo que le daba asco esa chica y prefería irse a bailar. Penélope llegó diez minutos tarde y me besó con ese aire travieso que me sedujo cuando la conocí. No estaba tan linda como hacía diez años: el tiempo, la maternidad y los amores furtivos (tiene marido y tres amantes) la habían desmejorado un poco. Pero seguía siendo guapa, atrevida y graciosa en la cama.</p>
<p>Le advertíque me había vuelto impotente y que por eso la había llamado, para que, haciendo alarde de su maestría erótica, me devolviese una erección, aunque fuese la última. Ella hizo todo lo que pudo (se desvistió bailando, me contó sus desmanes eróticos, sus fantasías, besó y succionó durante horas mi extinto pene, que en paz descanse) pero, a las dos de la mañana, y considerando que Martín podría llegar en cualquier momento, nos rendimos o nos aburrimos o nos reímos de esa situación tan cómica y absurda. Luego se fue y me dijo que me quería igual y que le parecía lindo tener un amante escritor impotente.</p>
<p>Cuando llegó Martín, le confesé mi fracaso. “No me contés nada, que me da asco”, dijo él, adorable. </p>
<p>He descubierto en Buenos Aires que me he vuelto impotente. He llegado a Lima abrumado por la certeza de que esta impotencia no tendrá cura, a menos que deje los somníferos y antidepresivos. Pero está claro que si tengo que elegir entre dormir bien o tener esporádicas erecciones, elijo la impotencia crónica. </p>
<p>Sólo me da pena porque estaba ilusionado con tener un hijo con Sofía. Ella es mi última esperanza.</p>
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