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	<title>The Clinic Online &#187; Rafael Gumucio</title>
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		<title>Gael García Bernal, el estudiante</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Dec 2011 03:05:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas y Entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[Gael García Bernal]]></category>

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		<description><![CDATA[El reconocido actor mexicano Gael García se encuentra en Chile filmando, bajo la dirección de Pablo Larraín ("Fuga", "Post Mortem"), una película sobre la campaña del NO en el plebiscito que derrotó la dictadura de Pinochet y la derecha. Rafael Gumucio lo entrevistó para hablar de este trabajo, del acontecido año que se acaba y de Camila Vallejo, entre otros asuntos]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2011/12/gael-gacia.jpg"><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2011/12/gael-gacia-e1324652323992.jpg" alt="" title="gael-gacia" width="550" height="824" class="alignnone size-full wp-image-90132" /></a></p>
<p>Discreto, moreno, sonriente, tímido, Gael García Bernal se ve aún más joven de los que es (nació en 1978). Sus gestos, su sonrisa un poco melancólica tienen algo de esos alumnos estudiosos que se sienten más cómodos con los libros que con las personas. No fue siempre así, uno atisba a comprender, hubo una época en que dormía doce horas y hablaba de fútbol y de chicas. Un chico normal que entró a estudiar filosofía en la UNAM el año en que esta cerró por huelga. </p>
<p>Esa vocación suspendida marcó su vida, transformando el teatro, que iba a ser su hobby, en su profesión, permitiéndole viajar a Londres a pasar el rato para ahí empezar también a actuar por azar o simples ganas de hacer algo con su vida. Ese mismo azar de alumno en vacaciones lo hizo actuar en un par de películas con los amigos que se convertirían en “Amores Perros” y “Y tú mamá también”. Una década de sobreexposición, hoteles, gente que habla otros idiomas, un largo paseo antes de volver a clase, a estudiar filosofía -con los mejores profesores del mundo- y leer todos los libros pendientes mientras actúa de publicista retornado en la película del No de Pablo Larraín.</p>
<p><strong>Fuiste el Che, ahora haces de publicista del NO. ¿Te sientes de izquierda?</strong><br />
-Soy bastante reacio a lo que se puede considerar como ser políticamente de izquierda, porque hay cosas de la política de izquierda que me parecen bastante anquilosadas en el pasado. Digo, por muchas cosas, o sea partiendo de una homofobia por ejemplo o cosas así, que me parecen como ridículas. Pero éticamente tengo un concepto de lo que eso puede significar, ser de izquierda, ser abierto a todo, ser como alegre también, de cierta manera también es pasarla bien, disfrutar de la declaración de bienes inmateriales, no sé, como ponerse borracho y bien suave, ese aspecto de la izquierda me gusta mucho.</p>
<p><strong>El mundo nos está empujando a todos, a nuestra generación, a posicionarse, ¿no sé si sientes tú lo mismo?</strong><br />
-Este furor del “abajo firmantismo”, es esta urgencia de posicionarse ante temas en que evidentemente estoy del otro lado. O sea, apoyo esto, manifiesto con una firma y todo el rollo que creo que también es por esta falta de ideología. Estamos más en la búsqueda de un contrario que te defina. Qué no eres. Pero bueno, también siento que hay menos chances de tener una identidad negativa que perdure, creo que es más fácil. Es mucho más arriesgado pero más perdurable decir lo que te gusta.</p>
<p><strong>Pero es difícil.</strong><br />
-Es muy complicado. Eso es mostrar vulnerabilidad.</p>
<p><strong>La historia del triunfo del NO es como lo contrario de Diario de Motocicleta, tú aquí eres como el anti Che: el hombre que lucha contra una dictadura usando el marketing y la publicidad. ¿Cómo te acercas a ese personaje?</strong><br />
-Ahí agradezco el tino morboso de Larraín, de querer que alguien de afuera vea revivir todo eso. Es impresionante, todos tienen su versión. Todos hicieron todo según ellos. Yo lo veo desde fuera y eso me permite explorar más. Veo en todos una convicción increíble, la necesidad de algo energético. El otro día filmamos con la señora que hizo el intercambio de la bandera a caballo en el clip. Ella misma vino a hacer ese intercambio otra vez. Sigue montando y monta increíble, y ella directamente dijo “es lo mejor que hice en mi vida”. </p>
<p><strong>¿Actuaste con Florcita Motuda también? Es todo un personaje.</strong><br />
-Florcita como que es quizás de los que más viven el proyecto de una manera emotiva, con algo de revivir ese momento, ¿no? Es lúcido, da unos consejos alucinantes. </p>
<p><strong>¿Y Tironi también actúa?</strong><br />
-Ah, Tironi también, tipazo, participó en la película.</p>
<p><strong>Filmas una película sobre el triunfo del NO en un momento histórico chileno que pone en cuestión muchos de los logros que ahí. </strong><br />
-Siento que hay algo en común, como una necesidad energética común, una ganas de decir ahora así. </p>
<p><strong>CAMILA<br />
¿Qué opinas de Camila Vallejo y el movimiento estudiantil? </strong><br />
-La conocí el otro día.</p>
<p><strong>¿Qué te pareció?</strong><br />
-Me encantó, claro. Me impresionó. Además de inteligente, viva, necesaria y coyuntural, tiene algo muy bonito, algo de esa transparencia del corrido que va llevando de lo aislado que puede ser la política.</p>
<p><strong>¿La viste muy sola?</strong><br />
-Ella es muy joven, tiene 23 años y va a crecer muchísimo y va a ser una persona, digo, es una persona maravillosa y creo que, no sé, su desarrollo es tan interesante….</p>
<p><strong>Tan joven y tan responsable. A mí me abisma eso.  </strong><br />
-Es sintómatico, que aquí se manifiesta con el rollo de la educación que quizás es lo más noble y también lo más abstracto porque esto es completamente transversal. A través de la educación están hablando del todo, están cuestionando el todo, pues es a la par de todos los movimientos que existen en el resto del mundo, o sea yo creo que viene muy ligado.</p>
<p>¿<strong>Estuviste en alguno de estos movimientos? Te tocó presenciar alguno?</strong><br />
-Pues en México lleva rato, estas ganas de querer hablar de los temas que importan. En México nos pasó esto de vivir dentro de una perspectiva de buena administración y crecimiento económico o como de sobriedad económica, sin que nadie hable de las consecuencias del crecimiento económico. Es como un concepto que hay que lograr, hay que tener esa cifra y ese resultado pero nunca se habla de lo que genera eso, que es en la educación, la salud, la cultura. Entonces, creo que esas ganas de querer hablar de esos temas que importan, y también un rechazo a lo que hay ¿en España por ejemplo, no? El movimiento de los indignados, que es un branding medio elitista, horrible, y los que están manifestándose no son indignados, no es ese el movimiento tampoco, es la burbuja económica, digo, la burbuja hipotecaria, y que se están manifestando en contra de eso.</p>
<p><strong>Pero te das cuenta que Camila, si hubiera sido de nuestra edad, sería actriz, y no dirigente estudiantil. Una mujer tan guapa, con tanta personalidad…</strong><br />
-Tendríamos que preguntarle por qué no fue actriz.</p>
<p><strong>¿Le ves cualidades como actriz o no?</strong><br />
-A ella sí, bastantes. Podrá decir que tiene pánico escénico o lo que fuere pero es lo que menos proyecta. Yo no le veo pánico escénico, no le cuesta nada salir en programas de televisión, con el ritmo televisivo que te ponen como contra la pared, ella contestaba de una manera, quizás no tan buena para la televisión porque tiene una manera pausada, una manera comprensiva así, y aún así se la bancaba creo.</p>
<p><strong>Creo que lo hizo perfecto. Lo que me doy cuenta, porque ahora hay dirigente nuevo, uno se da cuenta de eso, que rompía el ritmo, y eso era bueno, al revés de ser malo, hablaba más lento y se demoraba más…</strong><br />
-Claro y eso daba la impresión de que pensaba lo que decía…</p>
<p><strong>Claro, imponía su propia agenda</strong><br />
-Además, eso es uno de los mayores logros, ¿no? Que trajeron a las elecciones de la FECH que hubieron ahora. En ningún país del mundo alguien se entera de quiénes son los candidatos de las elecciones de estudiantes. O sea, no se habla de eso. La verdad no entiendo por qué no puede haber educación gratuita en Chile. Es una vergüenza, no veo cómo alguien puede defender, con qué argumentos se puede defender esto.</p>
<p><strong>Se hizo un congreso de darwinismo mundial acá. Fue un éxito absoluto. Esa es la idea, la sobrevivencia del más fuerte y que los débiles se jodan.</strong><br />
-Sí, claro, es que, digo, las universidades privadas, el lucro ¿por qué eso no esté regulado, no?</p>
<p><strong>DARWIN Y LA PELÍCULA<br />
Aquí hubo una revolución neoliberal. La campaña del NO, una rebelión contra un dictador hecha a través de la publicidad y el marketing, es parte de esa revolución. ¿Cómo enfocas ese hecho que es novedoso y extraño? </strong><br />
-Ya ves que estamos a mitad de rodaje, entonces todavía no veo lo que se ve y el material ni nada,  entonces, no sé si hay un chiste al respecto. Tú sabías lo que dicen los actores: había una actriz tan tonta que para ponerla en el papel principal de una película se acostó con el guionista. O la otra: que había un actor tan tonto, tan tonto, que para saber de qué trataba la película le preguntó al director.</p>
<p><strong>¿Cuál ha sido la peor experiencia en ese sentido? Tú ves la película y dices “no era lo que yo quería hacer”.</strong><br />
-Me ha tocado estar en películas que al principio van siendo una maravilla y acaban malísimas.</p>
<p><strong>¿Almodóvar?</strong><br />
(Risas)<br />
Saltemos ese tema…<br />
-Me ha pasado estar en películas donde he pensado “esto es una mierda total”. Eso me pasó en The King.</p>
<p><strong>¿De quien?</strong><br />
-De James Marsh, Texas, con William Hurt. Esa esta buena. </p>
<p><strong>Eso es lo que nunca he entendido de los actores, desde fuera se ve como un trabajo muy glamoroso, y maravilloso. A mí un par de veces me tocó actuar y era el festival de la espera, la paciencia misma, y era totalmente un rehén, era parecido a un secuestro,</strong><br />
-Sí, sí, digo en el teatro es distinto obviamente, eres dueño de lo que haces, no sabes bien cómo se va a ver a final de cuentas pero eres dueño de lo que haces. En el cine, no eres dueño ni sabes nada, eres el último en enterarte, el último en darte cuenta qué onda. Entonces, va a ser interesante el resultado, a ver qué pasa, a ver si se logra la alquimia.</p>
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		<title>El volcán</title>
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		<pubDate>Tue, 13 Dec 2011 03:05:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas y Entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[Estudiantes]]></category>
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		<category><![CDATA[revolución]]></category>
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		<category><![CDATA[sociedad civil]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2011/12/el-Volcan.jpg"><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2011/12/el-Volcan-e1323711920665.jpg" alt="" title="el Volcan" width="550" height="351" class="alignnone size-full wp-image-86904" /></a><br />
Foto: Agencia UNO</p>
<p>“No hay peor ciego que el no quiere ver”, el adagio se repite una y otra vez cuando se trata de las diversas y erráticas maneras en que la elite empresarial -pero también la intelectual o política- chilena ha abordado las protestas estudiantiles. Es difícil para cualquier elite, para cualquier persona, ver el aire que respira. Lo que los estudiantes han hecho, han intentado, lo que en gran medida han logrado, es justamente hacer visible el aire que respiramos todos los días.</p>
<p>Tiene razón la derecha: la calidad de la educación ha sido sólo una excusa para un reclamo más profundo que obliga al país a enfrentarse con sus propios fantasmas, los más esenciales, los más antiguos, el látigo de la Quintrala en la tele todas las tardes, los chistes de patrón de fundo sin fundo de Carlos Larraín pero también el bebé violado por su padrastro porque “le caía mal”.</p>
<p>Injusta y cara la educación en Chile, lo cierto que es que todo el que quiere realmente puede hoy por hoy estudiar más o menos lo que quiere. La promesa de educación para todo, de un modo alambicadamente caro la ha ido cumpliendo el país. Lo que esta educación más amplia y generalizada no ha logrado es romper el círculo de desprecio, de odio secreto, de resentimiento y privilegios insensatos que la educación no sólo no rompe sino acentúa. Lo que no ha cambiado es el tono servil en el taxi, las marcas en la piel que se hacen cada vez más visibles después del tercer trago, el odio tan dulce que nos une y diferencia, los guetos incomunicados que ruegan por rejas más altas y peajes que los protejan de los demás.<br />
Lo que reclaman los estudiantes no son becas o créditos blandos que le permitan al hijo de la nana, del cartonero, del funcionario, o del chofer, estudiar derecho o ingeniería, sino un sistema que no les condene a ser de “esos” abogados” o “esos” ingenieros. No quieren mejorar la universidad solamente, sino acabar con un sistema que premia a “esa” universidad, donde estudia “esa” gente. Quieren acabar con esas comillas, esas diferencias artificiosas y artificiales que son para sus padres y hermanos mayores completamente naturales. Contra ese orden de cosas que nos parece a los mayores terrible pero fatal, que nos parece natural, se han rebelado los estudiantes. Su manera de hablar y pensar recuerda los rebeldes rusos de comienzo del siglo XIX, esos jóvenes de clase alta que se internaron en el campo a vivir con los mujik y fueron diezmados por ellos, antes que la policía los acabara. Sus reivindicaciones, su lucha, tiene, como la de estos rusos, que ver con la falta de sintonía con el mundo que leen, ven en televisión, o viven en sus fiestas, con el de una sociedad segregada hasta el vértigo.</p>
<p>Es el eje esencial de la batalla, la segregación. Mientras el gobierno está dispuesto a dar todo con tal que se mantenga la segregación, los estudiantes están dispuestos a recibir mucho menos de lo que se les está dando con tal que se acabe justamente la barrera que los separa. Una barrera que impide que los pobres tengan aspiraciones y costumbres de ricos que no pueden sustentar y que los ricos conozcan de cerca la pobreza de los pobres. Mezcla, piensan con cierto conocimiento, que siempre termina mal en Chile. Es eso justamente lo que ha hecho para la elite, para el gobierno, peligrosos e incomprensibles, a estos jóvenes, que no quieren más, ni quieren quizás tampoco mejor, quieren distinto. No les importa el resultado tanto como la fórmula. Les resulta intolerable la fórmula que la elite presenta.</p>
<p>Es en contra de eso que cientos de miles han marchado justamente para vivir el milagro de estar juntos en una Alameda. Su reclamo no era ni gremial, ni de todo político, sino cultural. Buscaban una nueva forma de vivir en Chile. Querían hacer públicos, notorios, los encuentros, las confianzas, las amistades que en los bares, las fiestas, las casas de los amigos ya ocurren. Querían que Chile estuviera a la altura de los cambios que ya habitan, el fin de los apellidos, las ropas de marcas demasiado vistosas, el desprecio justamente por todo lo vistoso, contra ese otro lucro, el de la vanidad y el ego que nadie nunca contabiliza. No están solos, si algo los une con los indignados de Madrid, de Nueva York, de Damasco, de Libia o de Egipto es una ansia irrevocable de igualdad. Después de veinte años en que brilló sin contrapesos la libertad y su otra cara, el egoísmo, una generación entera que no conoció ni de lejos los horrores del colectivismo, quieren tener el derecho a poder decir nosotros. Por eso no tienen líderes, o si los tienen son más simbólicos que ejecutivos; por eso, sin despreciar el poder desprecian a los poderosos, por eso su protagonista es también colectivo, la alegría desconocida de ser muchos en la calles, en las plazas, la extraña sensación de no estar solos, de no estar condenados fatalmente a la soledad.  Es eso lo que podría resumir este extraño año, la necesidad de pensar nuevas formas de estar juntos. La urgencia para repensar la igualdad, de dejar de verla, como suele verla la sociedad neoliberal como una forma de debilidad, el colectivo como abrigo de los mediocres, el Estado como refugio de canallas. Vienen a decir que después de años de reivindicar la identidad, la singularidad, el individuo, no nos parece tan terrible ser muchos, ser parte, ser uno más.</p>
<p>En Chile esos indignados han tenido más rostros definidos, más programas, más olfato político quizás porque el tema de la igualdad es en unos países más desiguales del mundo, más urgente que en ninguna parte. Aquí los jóvenes chilenos no pelean por vaguedades como los españoles, ni contra tiranos con nombre y apellido como los del mundo árabe, sino contra una tiranía vaga, que no tiene un dictador sino muchos. Una dictadura perfectamente repartida, el de una clase que se reparte en ello hasta el derecho a la rebeldía. El de un sentido común que sólo es común para unos pocos. Una desconfianza que como la cordillera nos ayuda a ubicarnos en el espacio. No en vano mi abuela llamaba el ejercicio de averiguar los dos apellidos de la gente que se le acercaba “ubicarse”. En cierto sentido, los apellidos, su historia eran para ella, y para sus hijos, e inconfesablemente para mí también, una forma de entender el espacio, de habitar ese país vigilado desde sus cuatro puntos cardinales por volcanes despiertos, dormidos, esperando de un momento a otro deshacer todas nuestras certezas.   </p>
<p>Admitir la red de privilegios que los constituyen, comprender hasta qué punto la pobreza de su padre no era pobre, ni su locura, loca, desorientaría para siempre al Presidente. Lo mismo a la mayor parte de sus ministros y opositores. ¿Podríamos dormir bien los santiaguinos de tener conciencia que en cualquier momento el Tupungato o el Tupungatito pueden hacer erupción? Para ser quienes somos, para seguir adelante, la elite chilena ha necesitado siempre una cuota de olvido suicida. La segregación de la educación es parte de ese olvido. Más allá de cualquier voluntad -no me cabe duda que el Presidente puede tener la mejor- son dos formas esenciales de vivir el país la que se enfrentaron. Dos formas que el dolor y el pasado lograron en ciertos momentos armonizar pero que han quedado con el filo de las marchas y los días para siempre separadas. Imposible no pensar en la rusa zarista y cortejo de nihilistas, hombres superfluos, anarquistas incendiarios, reprimidos, acallados, corrompidos, absorbidos por un orden que como el chileno se sustentaba por entero en la inercia y el miedo. La idea de que las cosas son así desde siempre y para siempre lo serán.</p>
<p>El volcán callado parece dormir pero no duerme. No sucedió en Moscú, no sucederá en Santiago. Las formas y el momento de la erupción permanecen aún misteriosos, el azufre en el aire, la impresión de que ese mismo aire pesa, duele, que debajo de nuestro país la lava cuenta otra historia que la que queremos contarnos a nosotros.</p>
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		<title>Para leer con Parra</title>
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		<pubDate>Fri, 02 Dec 2011 03:05:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas y Entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[Gumucio]]></category>
		<category><![CDATA[Parra]]></category>
		<category><![CDATA[shakespeare]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2011/12/gumucio.jpg"><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2011/12/gumucio-e1322776682143.jpg" alt="" title="gumucio" width="550" height="550" class="alignnone size-full wp-image-84760" /></a></p>
<p>Borges quería que se le recordara no por lo que escribió sino por lo que leyó. Creo que en el caso de Nicanor Parra esta falsa modestia es verdadera. Es esencial leer a Parra, pero es mucho más importante leer con Parra. El acto de desacralización de la escritura, que es gran parte de lo esencial de su obra, viene acompañado por el acto de desacralización de la lectura. Nicanor no usa anteojos, no tiene biblioteca a la vista. Maltrata los volúmenes y cuando cita, lo hace de memoria, como un campesino recuerda un refrán. Lee para deconstruir y para leerse. Para reconocerse en variados autores.</p>
<p>A esos dos actos místicos, que nuestra cultura relaciona con el más allá, con otra vida,  Parra los devuelve al más acá. </p>
<p>Único marxista de nuestras letras, don Nicanor hace exactamente lo que don Carlos pide hacer en su “Ideología Alemana” cuando promete invertir el camino de la filosofía germana, que iba de la tierra al cielo, para ir del cielo a la tierra.</p>
<p>“Poema y antipoemas” es “El manifiesto comunista” de las letras hispanas y “Obra gruesa”, el “Capital” de la lírica castellana. Neruda creía ser materialista porque le  atribuía a las cebollas, maderos y pieles características espirituales. Veía en las cosas y en las plantas, dioses. Cantaba al esclavo con las mismas palabras con que hubiese cantado al rey. Parra, como Marx, descubre que la mística de la materia es justamente que no tiene mística. Y que lo que come, o donde duerme el esclavo cambia su poesía. El esclavo duerme en su poesía. El lenguaje no es espiritual, y la materia tampoco es material.</p>
<p>Todo eso parece confuso y chistoso en sus poemas y artefactos, pero es serio y esencial cuando habla de sus lecturas. El gusto de Parra por Shakespeare se parece mucho al que sentía Marx. La mezcla de los versos blancos con los métricos, el arriba y el abajo, el chiste y la sentencia, es la expresión de un mundo que nosotros vemos desordenado porque son nuestros órdenes los precarios y estúpidos. Como el rey Lear que pierde su reino, su familia y su razón por querer conservarlos para una eternidad que no existe. Como Hamlet que también pierde la razón y la vida por llevar los recados de un muerto. Shakespeare, para Marx como para Parra, es el que refleja la multiplicidad caótica del mundo, ante lo cual lo único sabio (sabiduría que a Marx le falló) es ser Fastfall o Próspero, el sabio en su isla, o el gordo incontinente. De alguna manera, Parra es ambas cosas con sabiduría, alevosía y sobreactuada coquetería.</p>
<p>Cuando Parra escribe sólo anota, cuando Parra lee, realmente crea. Su traducción de Hamlet, que no quiere acabar, es la indagación más profunda que ha hecho un poeta chileno sobre el lenguaje. Es la ocasión de reanudar con sus propios temas, la mezcla de lo popular y lo culto, la convivencia de varios tiempos en el mismo tiempo, la energía medieval heredera del folclore chileno, los grandes temas filosóficos virados a la chacota. Parra parece rechazar la lectura como un placer y dejarla como un artículo de primera necesidad. Por eso lee a Shakespeare y lee el diario. Para él, que algo sea efímero, es una alabanza y no un descrédito. </p>
<p>No hay eternidad, no hay mañana, hoy es lo más importante. El mundo no mejora ni empeora y hay que vivir el ahora como una fiesta. Lo actual para Parra es lo que ha sobrevivido a lo antiguo, es el fuerte que siempre tiene la razón.</p>
<p>Shakespeare le gusta porque le sirve ahora. Muchas de sus lecturas antiguas, que han influido en gran parte de su escritura, quedan automáticamente sepultadas en un olvido compasivo. Parra nunca dice que un libro es bueno o malo, que le gusta o no. Dice “se puede leer” o “no se puede leer”. Lo juzga útil, para lo que busca, que es algo no literario, no estético. Por eso, Piglia de “Ciudad ausente”, una construcción narrativa compleja en torno a Macedonio Fernández, “se puede leer”, y José Donoso no. No es que le guste Piglia. Sólo ha encontrado en él algo de lo que busca, y al haberlo escrito Piglia es como si lo hubiese escrito Parra.</p>
<p>Esta es otra de las curiosidades de la forma en que Parra lee. La propiedad intelectual es para él algo muy relativo. Leer algo significa para Parra contárselo a otros, significa explicarlo, enseñarlo y, muy luego, deformarlo. Agregarle comentarios, notas al pie de página o abreviarlo. Luego no necesita intentar imitar los logros ajenos. Con haberlo leído lo ha escrito. Cuando le dieron el premio Juan Rulfo y Parra tuvo permiso legal para leer a este hermano mayor silencioso y huidizo, Parra se hizo Rulfo e incorporó a sus obras completas el Pedro Páramo y El Llano en Llamas. Parra no ha hecho otra cosa en su 90 años que escribir una y otra vez artes poéticas que prepararan al mundo para la llegada de Nicanor Parra. Lo peor que le hicieron a Parra con no darle el premio Cervantes es haberle quitado el placer de haber escrito El Quijote. Sospecho que ya tenía lista una lectura que explicaba como toda la enorme obra de Cervantes tenía sentido y acaba en la bastante menos monumental obra de Parra.  Puede parecer egolatría. Yo creo que es coherencia. Cervantes puede haber sido un gran escritor, y Gonzalo Rojas también, pero Parra es una forma de comprender la literatura. Un método para leer a Cervantes y para leer a Rojas. Alguien que inspira mucho más a los escritores que lo precedieron que a los que lo seguirán.</p>
<p>Parra sabe perfectamente el escritor que es, porque sabe lo que no ha sido. Por supuesto que envidia a Rulfo que escribió los libros más profundamente Parrianos del castellano sin necesidad de seducir, de impresionar, como lo ha tenido que hacer Parra. Pero de alguna forma, Nicanor se siente aliviado que Rulfo le haya ahorrado el esfuerzo.</p>
<p>Lo mismo pasa con sus hermanos Violeta y Roberto. Han hecho una obra que su hermano mayor envidia y al mismo tiempo auspicia, ilumina. Nos ha enseñado a leer a la Violeta y a Roberto Parra, pero sabe que su educación, le impide ser ellos. Gran parte de su obra habla de esa escisión entre el mundo del campo y la creación pura, entre la frescura del mestizo y la venganza del que se salvó gracias a la universidad. La literatura es para Parra también eso, una salvación ante el silencio y la muerte que acabaron con Violeta Parra y Juan Rulfo. La impureza del profesor de física, que quiere escribir en el lenguaje de la calle, pero que ha sido educado en Oxford.</p>
<p>La obra de Parra es una apuesta consciente por Shakespeare, es decir, por la fertilidad, la convivencia de lenguajes, la desacralización de la escritura y de la vida misma. Pero inconscientemente es una lucha contra Kafka. De todos los escritores, el más cercano a su obra y el más lejano, en apariencia, a su talante y forma de ver el mundo. Parra no es lúgubre ni atormentado como el escritor de Praga, ni la religión parece obsesionarlo, ni la culpa siquiera tocarlo. ¿Por qué, entonces, el humor de Kafka se parece tanto al humor de Parra? ¿Existiría la antipoesía sin las antinovelas de Kafka? ¿Por qué el estilo cada vez más cristalino, cada vez más desnudo y claro de Kafka es el antecedente más cercano a los anti poemas? Quizás porque la aparente diferencia de carácter y  de mundos estéticos entre ambos esconde una afinidad común. La obsesión por la muerte y por la culpa, riente, socarrona en Parra, se hizo realidad demasiado temprano en Kafka. Se murió a la edad en que Parra recién empezaba a escribir. Vivía en una sociedad al borde de la extinción, le iba mal con las mujeres, era tímido y feo. Parra aprendió, al leerlo. a evitar ser Kafka. Gran parte de la obra de Parra se explica, creo yo en este intento. Kafka fue el genio y eso lo mató, Parra prefirió ser la genialidad y sobrevivir.</p>
<p>Parra dice que todo poeta grande tiene que tener su antipoeta. Él confiesa ser el antipoeta de Neruda, pero es sobre todo un Kafka chillanejo buscando en Neruda, no un contraste ni un maestro, sino un padre que le enseñe lo que cualquier hijo de Kafka quiere saber: a ser gordo, a ser fuerte, a ser vivo. La obra de Parra es una enorme carta al padre, a los Kafka, dirigida a Neruda.</p>
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		<title>La tragedia chilena</title>
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		<pubDate>Fri, 11 Nov 2011 03:05:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2011/11/La-Tragedia-chilena.jpg"><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2011/11/La-Tragedia-chilena.jpg" alt="" title="La Tragedia chilena" width="1004" height="722" class="alignnone size-full wp-image-79709" /></a></p>
<p>El gobierno los llamó privilegiados cuando empezaron a salir a la calle. Era justamente su gracia, Camila, Giorgio o Francisco no eran los más desfavorecidos de un sistema que justamente enfatiza las diferencias, las barreras, las fronteras entre los jóvenes, que busca inmovilizarlo así, enseñarle a cuidar su parcela, competir entre universidades, y ponerle muchos colores y encandilantes carteles luminosos a los guetos donde se encierran los alumnos más pobres. El movimiento estudiantil, de ahí su frescor, su vitalidad, su fuerza, no nacía ni de la rabia, ni del hambre. Su motor no era la reivindicación personal de los que siempre fueron excluidos sino la simple lucha de los habían tenido derecho a más que sus padres y hermanos por vivir en un país normal, tan normal como el resto de los países de la OCD. </p>
<p>Los estudiantes chilenos no pedían lo imposible, no se indignaban por lo que les quitaban. Como buenos alumnos que eran y son, aprovechaban las escasas libertades conquistadas para pedir las otras, las que se supone una república asegura. Era, y es en gran parte aún, lo contrario de un movimiento utópico. En el mejor sentido de la palabra era un movimiento reaccionario, uno que reaccionaba contra una utopía impuesta a la fuerza, la de la educación mercantilizada y segregada donde dementes como Gerardo Rocha o Alicia Romo podían con total impunidad lavar cerebros y hacerse ricos por ello. </p>
<p>Los estudiantes mantuvieron a raya estos seis meses el demonio que corroe casi siempre todo lo nuevo, todo lo fuerte, todo lo rebelde que se hace en Chile: El demonio del resentimiento. Esa forma convulsa de conformismo, esa humillación hasta en los huesos, esa mirada del otro que no te permite ser tú, con que la clase dirigente ha logrado siempre anular a los que les cuestionan su lugar. Motor que se quema a sí mismo, el resentimiento que es el más razonable de los sentimientos y el más irracional de los enemigos, no cruzó ni cruza la mirada de Giorgio y Camila, hijos de una clase media orgullosa de ser quien es, parte de un conglomerado, la CONFECH, donde se mezclan todos los grupos, opiniones, proveniencias en una mezcla explosiva de la que no está excluida ni el debate, ni la violencia, pero donde la descalificación a priori no es la tónica y que para bien o para mal llegan siempre a conclusiones conjuntas y unidas.</p>
<p>Hijos de otra cultura que la de sus mayores, parte de otro país del que la Concertación es en gran parte el inconsciente responsable, somos justamente los mayores, los políticos, los intelectuales, los opinólogos (entre los que me incluyo) los que no supieron leer la novedad misma de ese mundo que es capaz de sobrepasar los prejuicios y viajar hacia el otro. Como esos ácidos que revelan las fotos, el mundo de los adultos, de los responsables, de los políticos, de las autoridades han leído el movimiento cada uno desde sus prejuicios. El gobierno, desde el miedo a la subversión; Salazar y los ilusos, desde la utopía del poder popular; Tironi, desde Mayo del 68; la Concertación, desde su propio desconcierto. Por extraño que parezca, gente de la que uno espera tan poco como el senador Hernán Larraín han sabido comprender mejor el sentido del movimiento que Navarro o Girardi. </p>
<p>“Esto va a terminar mal”, escucho sin cesar de toda suerte de cabezas pensantes o no, como si esto fuese una película y no el mismo país, el nuestro. “Esto es una pelea de curados”, pensaba un abogado generalmente lúcido. El temor a los escupos y los gritos han mantenido a la mayor parte de la dirigencia política de todos los partidos lejos de la marcha, sin comprender que los escupos y los gritos son sólo la aduana que deben pagar para que los dejen entrar a este que sigue siendo su país, el que tienen la responsabilidad y el deber de representar incluso cuando cuesta, cuando duele, cuando no te regalan todos los puntos, cuando tienes que ir a ganar o aprender a perder el debate. </p>
<p>Los terrores que bombardearon La Moneda, que torturaron a los opositores, que encerraron a todos en sus guetos, han vuelto sin necesitar -por suerte aún- invocar a los militares para que reestablezcan el orden, que en Chile es sinónimo de miedo. Infantilizados, reprimidos, perdonados, condenados, parece que nadie entre los supuestos adultos responsables parece ver la oportunidad histórica que se nos está pasando delante de los ojos, el momento que no se repetiría en que Chile pudo doblarle la mano a 200 años de desprecio, olvido, crueldad sistematizada. Hemos rechazado desde la atalaya del miedo el reclamo de los buenos alumnos, de los que esperaron a que acabáramos con la dictadura para plantear sus demandas, los que se esforzaron por dar cifras, nombres, por hablar desde la moral y la razón. </p>
<p>Nos tocará ahora la rabia de los malos alumnos, los que excluimos pero también los que por falta de cualquier mérito se excluyeron a sí mismos, los sopaipas pero también los nihilistas de salón, los rebeldes pero también los narcos, los que se quedaron sin oportunidades y los que ven la oportunidad aquí de brillar sin esfuerzo. El dinero ahorrado en impuestos se gastará en guardaespaldas y rescate. Los ataúdes blancos de niños muertos en balas perdidas de la policía o no, serán el precio que pagaremos todos por haber elegido por la frivolidad abismal de un presidente sin otro proyecto que el vértigo de encontrar quien lo castigue. Esa frivolidad que nos dejó al país justamente su abismo, su incapacidad de ver y comprender al otro, su empeño en preservar un paraíso perdido de privilegios provincianos. Su desesperación que invoca a Dios sin parar, justamente porque no cree en nadie, no ha sido capaz siquiera de aceptar a tiempo el regalo sin par que le entregaban los estudiantes: La oportunidad de enrostrarle a la Concertación la reforma educacional que esta no se atrevió a hacer.</p>
<p>Entre todos, opositores y gobierno, amigos y enemigos del movimiento, le hemos querido imponer a los jóvenes la economía de la desconfianza, del ninguneo, la lógica del desprecio de los que tenemos más de treinta y cinco años no parecemos capaces de salir. Como en las tragedias griegas, las moscas de nuestros odios pasados, nos están arrancando los ojos cuando estábamos a punto de ver. No sé cómo podremos explicar a nuestros hijos o nietos, nuestra ceguera de hoy. No sé si tendrán, ocupados en administrar un país que se quedó a medias, la paciencia de escucharnos. </p>
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		<title>El rostro y la máscara</title>
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		<pubDate>Fri, 21 Oct 2011 03:05:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
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<p><strong>Foto: Archivo The Clinic</strong></p>
<p>Hay algo aún más cobarde que cubrir la cara para lanzar piedras y bombas molotov a hijos de obreros o campesinos que usan el uniforme contrario al tuyo: Usar esos rostros sin cara para sobre ponerle la tuya. Ocupar la voz de los que no hablan para que tu discurso tenga la apariencia de un clamor objetivo cuando no es más que una conjetura propia, la expresión de un deseo que no te atreves a firmar con tu nombre y apellido. Atribuirle hambre, marginación, o maldad, pintarlos como demonios, o ángeles perdidos, como hacen tanto el Mercurio como, en sentido inverso Gabriel Salazar, es abusar de un poder de clarividencia dudoso. Este último, el historiador Salazar, que se ha encargado de cumplir en esta tragedia chilena el triste papel de Yago. El intrigante que llena de celos a Otelo para que otro cumpla por él su venganza. Los jóvenes que lanzan piedra y arriesgan a veces palos y patadas para permitirle al historiador reflotar su brumosa nostalgia por una revolución a la Gaddafi.</p>
<p>Los encapuchados dicen lo que dicen. Ponerle palabras es faltarle al mínimo respeto que merecen. Justamente lo que caracteriza a los encapuchados es el gestos mismo de negarse a dialogar de igual a igual, es decir desde una identidad propia, desde un yo que puede convertirse en un nosotros.</p>
<p>El encapuchado niega su individualidad para negar desde ese yo indeterminado la idea misma del colectivo. No hay cara entonces no hay nosotros. Esta la máquina represiva sin rostro, luchando contra la fauna sin rostro tampoco que tranca con las ruedas de la maquinaria. Tan individualista que niegan la individualidad misma, los encapuchados dispersan la marcha, atomizan el combate, hasta quedar solo frente al guanaco, en un gesto de valor inútil, bello en razón mismo de su esterilidad. Prestarle ética a ese gesto es deformar su sentido, porque el encapuchamiento es justamente una forma de sobreponer a lo ético un gesto estético, vestimentario incluso, una apariencia sobre un fondo, un uniforme que se niega a cualquier jerarquía, a cualquier plan, a cualquier estrategia.</p>
<p>Un soldado que no pelea ni para ganar ni para perder, sino por el puro placer infinito de verse pelear, correr, saltar, lanzar piedras, esconderse y volver a luchar. Como diría Walter Benjamin, el encapuchado estétiza lo político, que es lo propio de todo fascismo que se respeta. Lo contrario de lo propiamente revolucionario que sería politizar lo estético. Se trata de escenificar el caos para que sobre el se imponga el orden, ambos violentos, ambos absolutos, ambos armados.</p>
<p>Es por lo demás—y es curioso que el historiador Salazar lo olvide—lo que históricamente han logrado siempre las insurrecciones callejeras cuando no van acompañadas de una dirección política clara, con una interlocución con la odiada burguesía, adorar el ídolo del orden, preparar la llegada de un general todo poderoso, el retorno de la autoridad en mano no de lo desheredado de la tierra sino de los hijos bastardos, de los desheredado de la tía abuela de la misma oligarquía.</p>
<p>Ni la reforma agraria, ni la universitaria, la hicieron encapuchados, ni el Lautaro, ni el MIR, ni el Frente Patriótico Manuel Rodríguez acabaron con la dictadura. Habría que ser ciego para no comprender que esa violencia ayudó a terminar con la dictadura (como ayudó a darle visibilidad y urgencia al movimiento estudiantil), pero sólo lo hizo cuando fue enmarcada—o sea traicionada para ocupar el lenguaje de la ultra—por partidos y movimientos políticos.</p>
<p>Esa rebelión popular sólo logró cambiar cosas cuando se convirtió también en burguesa. Categoría por lo demás tramposa porque entre los encapuchados o los armados ha habido tantos o más burgueses que proletarios entre los moderados. El MIR siempre menos popular que el Partido comunista, en la ultra de la CONFECH se junta el hambre auténtica con las ganas de comer de un amplio estamento de niños bien que quieren exprimir hasta el fondo mismo el limón de la experiencia rebelde. No es un azar que sea así porque justamente esa estetización de la rebelión es un instinto burgués, o para ser aún más preciso aristocrático.</p>
<p>Los puros, los que se quedaron en la lucha armada frenaron los cambios con tanto o más efectividad que los Boeninger o Correas de turno. El asesinato de Guzmán, el secuestro de Cristián Edwards hicieron tanto como el binominal o la cobardía de Aylwin y Frei antes los boinazos y caras pintados. Pinochet demostró que controlaba todas las armas en Chile, la de su ejército y la del contrario que fue su mayor aliado.</p>
<p>En la práctica lo que separaba a Oscar Guillermo Garretón integrado al sistema y sus pupilos del Lautaro, desintegrado de él era mucho menos de lo que parecía. En la violencia y en la resignación latía y late la misma desesperación, la de que las cosas en el fondo no pueden ni deben cambiar, que sólo se vive una vez, que se puede solo hacer lo posible, estallar o sobrevivir. ¿No mira con horror Salazar la posibilidad de que cambie de verdad el sistema donde puede cómodamente hablar desde un “otro” que nunca es él? ¿No defiende, como la oligarquía defiende sus posesiones, el uso y el abuso de la “Historia”, el uso y el abuso de una rebelión que prefiere perder antes el temor terrible de hacerse responsable de los pactos en lo que deberá incurrir de vencer?</p>
<p>Rafael Sánchez Ferlosio, como en tantas otras cosas lo entendió mejor que nadie. En el terrorismo el medio es el fin. Las reivindicaciones pueden ser justas o injustas, la lucha puede ser por Palestina o un club de fútbol, el que se encapucha o lanza una bomba lo hace en gran parte por el arte mismo, por el placer, por el dolor mismo de enmascararse, por el vértigo en si de la violencia. La violencia ritual de los encapuchados es eso, un rito de expiación o de juego, una bomba que desnuda pero no destruye nada, un gesto que confirma el vacío, que de alguna forma parece tener como único mensaje su propia inutilidad.</p>
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		<title>La corrupción</title>
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		<pubDate>Thu, 15 Sep 2011 05:05:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
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<p>A mediados del reinado de la presidenta Bachelet, Jorge Schaulsohn habló en sendos artículos de una verdadera “ideología de la corrupción”. Al margen del caso mismo del denunciante y cómo terminó esa fiebre de puritanismo, en eso había algo profundo y certero. Después de veinte años de gobierno, algunos funcionarios, parlamentarios, ministros, habían llegado a confundir el partido con el gobierno. Podían alegar en su defensa que no estaban inventando nada nuevo, que en la época en que Schaulsohn brillaba en la política y Aylwin gobernaba, esto era aún más automático, aunque los funcionarios, los montos y los procedimientos fuesen menos ordinarios. Lo mismo podía decirse de la dictadura, la Unidad Popular, el gobierno de Frei padre, Alessandri y los radicales antes. Siempre ha sido difícil en la política chilena trazar el límite entre el aparato del partido y el del Estado. Un acuerdo tácito ha entendido por demasiado tiempo que el ganador de las elecciones gana también el aparato del Estado.</p>
<p>Esa corrupción -que no es privilegio de nadie pero que gracias a una prensa comprometida con la oposición estalló de manera espectacular en los dos últimos gobiernos de la Concertación- es una forma brutal de entender la democracia. Es una inmoralidad, pero al menos republicana. Roba a un colectivo, el Estado, para entregárselo a otro menor: el partido. Llevándose, por cierto, un porcentaje para la casa. Esta ideología de la corrupción de alguna manera preservaba en el mismo ecosistema sus desmanes. Era corrupción política que servía para hacer política; deformaba la democracia, pero aún pensaba que creía en ella. Era como la infidelidad en el matrimonio, una traición pero no una violencia; un quiebre pero no completo. El que se corrompía bajo esa ley lo hacía a conciencia, en nombre de un ideal que creía mayor, o de una urgencia que creía más urgente que el Estado. Era fácil ridiculizarlo y castigarlo. La trasparencia y la ley, por lo demás, progresivamente lo hicieron. </p>
<p>¿Es este gobierno menos corrupto que la Concertación? Los que se horrorizaban ante esos operadores políticos encapuchados que juraban que todo lo hacían por el PPD -lo sabemos ahora-, lo hacían no por la capucha y la escasez de las sumas, sino por la idea de que alguien pudiera aún corromperse por un partido político. El nuevo gobierno no ha incurrido, hasta nuevo aviso, en eso porque está ocupado en todas las demás.</p>
<p>Porque si la corrupción es confundir lo de todos con lo mío, lo de todos con lo de mi grupo, este gobierno es el más corrupto de nuestra historia. Si la corrupción en los gobiernos anteriores pudo ser un error, un exceso, una caída, o hasta un sistema, en éste se ha convertido en el eje mismo de su relato, el centro de su programa. Tan central, que no necesita que sus ministros o su Presidente sean deshonestos para corromperse. Corrupto, haya o no sacado las castañas con las manos del gato, es el superintendente de Isapres que fue socio de una, que ve impávido como sus socios de ayer y de mañana consiguen maravillosas utilidades. Y qué decir de los ministros Lavín, Larroulet y Ribera que no consideran siquiera necesario aclarar su participación en universidades privadas que hubiesen lucrado a espaldas de la ley. Y qué decir del Presidente, que da una entrevista exclusiva de horas en el que fue su canal, dirigido por la gente que escogió, con los periodistas más complacientes del mercado. </p>
<p>¿Qué tiene de malo que quienes hayan tenido éxito en el mundo privado se dediquen a lo público? Nada, si esas dos esferas en Chile no compitieran; si ese éxito privado no se hubiese hecho en detrimento de lo público. Industrias, universidades privatizadas a la mala y a la rápida. En Chile, el mejor negocio ha sido siempre el Estado. Pasar de lo público a lo privado no tendría nada si no se entiende que la frontera debe ser vigilada con especial rigor, y poner leyes y reglas claras; que dejarla libre es justamente abrirle el camino a los narcos, los terroristas y populistas. Pregúntenle a los venezolanos, colombianos, mexicanos, qué pasa cuando el que regula es el mismo que se beneficia, cuando el que hace la ley la hace a su medida, cuando el país es gobernado por sus dueños, cuando todo el aparato judicial y político se convierte en retórica vacía. ¿Será ese el legado del Presidente más bananero que hayamos tenido nunca? ¿Devolvernos del todo al triste destino colonial, esos países donde la igualdad ante la ley ha sido siempre un cuento que nadie, ni pobres ni ricos, están dispuestos a contarse?</p>
<p>La corrupción es, ahora recién, una ideología. La que el Presidente defiende en educación a brazo partido, esa que cree que lo público no existe en sí como una esfera aparte de la realidad sino que es sólo la suma de intereses privados que el Estado tiene que arbitrar. Un arbitraje imposible, no sólo porque la cancha es dispareja sino porque los equipos juegan cada uno a un juego diferente y cuentan de distinta forma los puntos. Un arbitraje que en Chile es injusto, porque un equipo viene con goles marcados desde camarín y cuando no le gusta el resultado elimina al contrincante.</p>
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		<title>La elite en el espejo</title>
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		<pubDate>Fri, 29 Jul 2011 04:05:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2011/07/francisco-javier-errazuriz.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-59128" title="francisco-javier-errazuriz" src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2011/07/francisco-javier-errazuriz.jpg" alt="" width="465" height="365" /></a></p>
<p>Quizás conviene mirar a Francisco Javier Errázuriz no como una excentricidad sino como el centro mismo de la elite que hemos ido construyendo en estos últimos veinte años. Es cierto que se atreve a hacer cosas que otros empresarios chilenos no se atreven; que va más lejos que nadie y puede ser violento y absurdo como pocos otros empresarios lo son. Es cierto que habla más rápido que nadie y tiene menos pudor que nadie. Su historia sin embargo, el sustento profundo que mueve sus acciones, es sin embargo el mismo del Presidente, algunos de sus ministros, y no pocos de los directores de La Polar y otras empresas. Esa leyenda personal, esa visión del mundo y Chile, de la que Fra Fra es la parodia más extrema, es quizás la razón profunda de ese desencuentro de la elite y la gente, el trasfondo de toda esta crisis que por primera vez no es económica, que no es del todo política, ni del todo cultural, que es moral, es decir todas las anteriores.</p>
<p>En Fra Fra vemos la misma escisión moral que en el Presidente, su ministro de Educación, su intendente de Santiago, o su ministro de Deportes, incapaces de ver que el país no es lo mismo que sus bolsillos o su poder personal, incapaces de reconocer que los privilegios de los que gozan no son naturales, y que la lógica de sus negocios no es la del mundo. Esto, que es común a toda clase dirigente poco fiscalizada, tiene en Chile un componente especial. Esa elite nació del hambre, conoció la intemperie, que se hizo en tiempos de oscuridad, de muerte. Es una elite privilegiada que se ve a sí misma como épica, luchadora; perseguida incluso.</p>
<p>No abusan por el simple placer de abusar, creen realmente que están ayudando al país cuando se ayudan a sí mismos. Les parece absurdo que les pregunten por el lucro, porque están íntimamente convencidos que el dinero les da lo mismo, que comen y se visten como cuando eran mucho más pobres. Como todos los hijos de una revolución -la de Pinochet-, confunden los medios y los fines. Si se hicieran ese tipo de preguntas, si hubiesen tenido escrúpulos, si hubiesen sentido la culpa que a veces visitaba a sus padres o sus hermanos mayores, no sólo no hubiesen prosperado sino que no hubiesen sobrevivido. En eso no se diferencian de la izquierda de su misma generación. La dictadura fue para todos una lección de realismo crudo. Nadie, ni los regalones del régimen, se libró de la grisura, de la traición, del miedo. La frivolidad presidencial, o la del Fra Fra, nace justamente de ese contacto con la oscuridad de origen, con la complejidad de un tiempo en que morían como moscas los demasiado delicados de olfato.</p>
<p>Nada se les regaló a estos regalones y fue con hambre, con una irrestricta hambre, que todos llegamos al banquete, cada uno a comer lo que pudiera. ¿No es esa hambre la que explica la desmovilización de los noventa? ¿No es esa educación en el cínico rigor de la dictadura lo que no le permite a la elite de ambos bandos comprender por qué los estudiantes no se contentan con las becas y los créditos que les regalan, por qué les importa ahora el cómo y a cambio de qué se las dan?</p>
<p>El hambre de ya no tan pobres, la de los nuevos ricos, la de este especie rara que nos gobierna, que un amigo llama “los de nuevo ricos”, especie sui generis, específicamente chilena, el Fra Fra, Sebastián Piñera, o el twittero insigne Jorge Errázuriz, que se sienten hijos de una tradición antigua, con calles, palacios y leyes y ministros en el gabinete, pero al mismo tiempo se sienten hijos de su propio esfuerzo, herederos de nada más que un nombre, obligados a trabajar desde muy joven, despertándose más temprano que todo el mundo.</p>
<p>Huasos de paking, empresarios con mentalidad de jugador de casino, el éxito en ellos no logra opacar la sensación previa, la de haber sido antes que todo, y sobre todo, expropiados. Prefieren pensar que<br />
han sido víctimas de la reforma agraria de la que se han beneficiado como nadie; prefieren pensar que salvaron a Lagos que los salvó a ellos; que aguantaron a la Bachelet, que los enriqueció como nadie. El desarraigo desde el que hablan es más profundo que cualquier triunfo; la orfandad que escenifican es la de su clase -que fue expulsada a patadas de la primera línea de la política en 1938- pero también la de sus vidas a contracorriente en colegios donde se burlaban de ellos por saber ellos y no el resto lo que querían y tener que pelear día a día cuando los lindos del curso se perdieron en la ilusión de heredar de alguien o de vivir del cuento.</p>
<p>Desprecian muchos de ellos la sofisticación libresca. Los cuadros, los colores, la forma de sus casas. Llaman a eso austeridad cuando es sólo simpleza. Se califican de liberales porque sienten a lo lejos el desprecio con que los miran los conservadores. Poco o nada se distingue su vida de la de estos. Se sienten populares. Pelean contra la ruina de los tíos, la de los abuelos que se encamaban, que deliraban, que se casaban con primas o se enamoraban de sus hermanas. De alguna forma el lenguaje estrictamente pragmático, su odio físico a cualquier sofisticación, es su forma de rebelarse contra las taras genéticas a los que los excesos de matrimonios consaguíneos los condenan: el porte, la locura. El embuche de Donoso, el orden de las familias de Edwards. Son a la vez decadentes y aspiracionales, nuevos y muy antiguos, tradicionales y excéntricos.</p>
<p>En sus vidas llenas de acierto, un solo error se interpone siempre: la política. Ese trabajo para el que a primera vista tienen todas las ventajas, el contacto con la historia, el conocimiento del presente, la frivolidad y la capacidad técnica, los millones en las casas y la ambición sin límite y, en el caso del Presidente, hasta buenas ideas y buena voluntad. La política en que sin embargo -porque ésta siempre tiene que ver con la moral- queda más claro que en ninguna parte la distancia que separa lo que son de lo que creen, de lo que quieren ser. Ruina para ellos, pero lo que es más grave, ruina para la derecha política y económica que se ve a sí misma en el peor de los espejos posible, la cara misma de su subconsciente más recóndito, las ganas de ser comprendida sin comprender nada, la ambición de pasar a la historia sin leerla, la enormidad de unos privilegios que leen como una maldición.</p>
<p>Desnudos de todas las formas posibles -Karadima, Kodama y otra K del montón-, en ese delicioso carnaval que acabará con justos y pecadores al mismo tiempo, la derecha pinochetista, la política, la intelectual, arrastrando a todo el resto del mapa político hacia el magma sin ideología visible, hacia esas otras elites peruanas o argentinas que no se dan ni el trabajo de presentarse en las elecciones, que se contentan en manipular de lejos los títeres sin cabeza.</p>
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		<title>La puerta giratoria</title>
		<link>http://www.theclinic.cl/2011/07/25/la-puerta-giratoria-2/</link>
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		<pubDate>Mon, 25 Jul 2011 04:05:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2011/07/A_UNO_037518.jpg"><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2011/07/A_UNO_037518.jpg" alt="" title="A_UNO_037518" width="640" height="427" class="alignnone size-full wp-image-58206" /></a><br />
Foto: Agencia Uno</p>
<p>Piñera prueba una vez más en este cambio de gabinete que los que lo detestan no lo conocen. La complicada fórmula que ensaya aquí para dejar contentos a todos los partidos de su alianza y a todas las tendencias dentro de esos partidos, demuestran un agudísimo sentido de lealtad y delicadeza que los que lo llaman Piraña no pueden imaginar. Nadie, o casi nadie -o sea Ena- queda herido después de este cambio de gabinete. Esto, al costo de un enredo de cargos y enroques difícil de explicar a cualquiera que no esté enterado de la trastienda más pequeña de la política chilena. </p>
<p>Lo único realmente claro y práctico aquí es la incorporación de Andrés Chadwick en un ministerio para el que pareció haber nacido. ¿El resto? Dejar a Hinzpeter justo cuando su único triunfo, las cifras de delincuencia obtenidas gracias al terremoto, parecen ir desapareciendo. ¿Qué más? Cambiar a dos ministros, Kast y Bulnes, que sabían lo que estaban haciendo -porque conocían el tema en que trabajaban- para ponerlos en ministerios que no conocen, todo para dejar cortando cintas y besando niños al ministro más cuestionado y más cuestionable de la transición, el turbio Joaquín Lavín, el hombre que no necesitó ni corromperse para ser el más corrupto de todos los ministros de estos últimos veinte años. Un enroque ministerial que se parece demasiado a castigar a los que lo hacen bien y premiar a los tramposos, los que no dicen lo que ganan, los que ganan a espaldas misma de la ley: Larroulet y Lavín, la cara misma de eso que, como son de derecha y gente bien, se llama lucro, eso que se llamaría, de ser concertacionistas y más morenos, frescura, arreglín, o simple caraderajismo. La puerta giratoria, la primera es la vencida y todo el resto de los eslóganes anti delincuencia se aplican en este gobierno solo a los pobres y los flaites que rellenan las cárceles que el ministro Bulnes estaba empezando a descomprimir cuando lo sacaron del trabajo para quemarlo en tratar de imponer un acuerdo que no acuerda nada en educación.</p>
<p>El presidente escuchó a El Mercurio o incluso La Tercera, pero perdió la oportunidad única de dar una señal moral potente y expulsar de su gabinete al conflicto de interés y la manipulación mediática que han enfermado a la gente mucho más allá que la torpeza verbal o emocional del presidente y su equipo político. Lavín y Larroulet, pero también Echeverría, Golborne o Hinzpeter. La política entró al gabinete y tendrá quizás la ventaja y la fuerza de ordenar a las huestes y hablar un solo discurso, uno que no olvide la palabra igualdad del menú de ofertas y promesas que veremos crecer al por mayor. Un gabinete casi coherente, casi poderoso, que no podrá sin embargo reparar el centro mismo del problema que no es otro que ideológico. Porque -escribo esto en Nueva York- lo que fallaba en Bush Júnior es lo mismo que falla en Piñera, no su incontinente lengua, no su tendencia a decir cualquier cosa de cualquier manera, sino su ideología, el conservadurismo compasivo como lo llamó Bush JR, la nueva derecha como lo llamó el Karl Rove chileno, Rodrigo Hinzpeter.</p>
<p>Los chascarros de ambos presidentes son los de sus ideas, o más bien esas ideas le son cómodas y posibles a estos hombres de pensamientos superficiales e ideas baladíes, que nunca dejan de ser hijos, que comprenden el mundo y sus países como una gran familia disfuncional que todos sus intentos de unir a través de trampas y mentiras piadosas sólo desunen más. Estas ideas, esta visión del mundo, teñir el neoliberalismo de un tinte popular y populista, no ha cambiado. Sólo que ante la crisis que por todos lados -menos la economía- se asoma, la derecha chilena ha decidido recurrir de manera fetichista al recuerdo del último momento de la historia en que gobernó en democracia sola y sin contrapeso: el parlamentarismo de comienzo del siglo XX. Presidentes semi jubilados, parlamentarios que hacían y deshacían gabinetes, protestas que lideraban las federaciones de estudiantes y los anarquistas, la desigualdad que era casi la misma que la de hoy, la prosperidad del salitre que estaba a punto de convertirnos en un país desarrollado, el trauma de la guerra civil del 91 que obligaba a llegar a acuerdos antes que la sangre llegara al río. </p>
<p>Mi bisabuelo Manuel Rivas Vicuña fue uno de esos políticos que hacían y deshacían gabinetes dos veces al año. Lo hacía, pensaba él, para permitir en medio de este enredo de primos, cuñados e intereses creados, para lograr mediante suaves reformas que la vida de los pobres mejorara. Logró así sacar a adelante la ley de instrucción primaria obligatoria porque como hoy, pensaba que la educación haría los cambios que la economía o el sistema político no podían hacer. Ante todo, como Correa, como Insulza, como Longueira, pensaba que quería evitarle al pueblo la sangría de una revolución, queriéndolo antes todo evitársela a sus amigos y conocidos. Una lección que aprendió con dolor, exilio y olvido -¿quién, a no ser los muy viejos, lo recuerdan?-, una fatalidad de la que tuvo sin embargo un aviso cuando se encontró en la calle con Alberto Edwards, el autor de “La Fronda Aristocrática” ese libro que tantos citan ahora sin leer. Necesitado de un ministro para cerrar un gabinete le ofreció como si nada el ministerio de Hacienda. El escritor horrorizado agitó nerviosamente los brazos como si le hubiese echado encima una maldición.</p>
<p>“Esto va a terminar a palos, Manuel. Esto no da para más. Hay que escoger si quieres estar del lado de los que apalean o de los apaleados. Yo quiero estar del lado de los que apalean. No digas que no te lo advertí”. </p>
<p>Advertencia que tomó todo su sentido algunos años después, cuando Edwards se hizo ministro del mismo Carlos Ibáñez del Campo que expulsó a mi bisabuelo a empujones y culatazos en el primer barco, a Arica primero y Estados Unidos, y Francia, y Turquía, un exilio del que no volvió nunca del todo porque el país, tal como lo adivinó Edwards, no era el mismo, no era el suyo, no lo era ni siquiera cuando creía manejarlo y gobernarlo. Como le sucedió a mi bisabuelo, el país que gobierna Piñera no es él que cree gobernar. Ni la unidad de toda la clase política, ni el miedo de toda la clase empresarial pueden cambiar el hecho que tarde o temprano cuando un país se ha enviciado con su propia desigualdad, cuando no sabe cómo salir de ella, llega a la hora de los palos. Nada quita que haya, como en esa calle Ahumada de 1913, que escoger si vas a estar del lado de los que apalean el sistema de los que reciben los palos con él. </p>
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		<title>Hoy mismo</title>
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		<pubDate>Thu, 30 Jun 2011 22:38:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
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<p>Hoy mismo, la marea de perros abandonados en la Alameda, zizagueando como anguilas, perdidas, perros y más perros sin razas acostumbrados a los autos, viendo ahora libre la calle delante de la Moneda, los carabineros armados hasta los dientes, los pañuelos palestinos de una Intifada que se viene.</p>
<p>Quiltros perdidos, multitud de animales sin territorio claro, buscando ubicarse en el espacio nuevo, el bandejón, las estatuas, los tambores, el niño vestido de superman que levanta un cartel donde dice que es demasiado pobre para estudiar, el señor solo con su bicicleta justo delante de las Moneda con un cartel que dice que el sueño de Allende se cumple hoy.</p>
<p>¿Este es un país pobre o rico? ¿Esta manifestación es moderna o posmoderna? ¿Este es el mismo país resfriado que durante tanto tiempo vivió de la tibieza congelada del miedo? ¿Tiene justificación la violencia? ¿No es en el fondo una forma de expresión de una cultura, la de esos niños que pueden por fin circular por las calles sin ser sospechosos? ¿No es ese descontento también una fiesta?</p>
<p>Las preguntas pasan por mi cabeza sin llegar a sujetarse. Paso de una columna a otra, de un colectivo a otro, de unas banderas a otras como las distintas capas de un descontento que no sale nunca en la tele. Soy un extranjero en esta marcha en que todo un país que sólo vi crecer a medias, que sólo a medias comprendo, que usa los símbolos y los cánticos de otro país que parecía muerto y enterrado.</p>
<p>Las grandes Alamedas llenas donde cada uno trae sus callejones, sus explanadas, sus suburbios mojados. Un mundo inimaginable y entusiasmante y peligroso que es mi país, otro país, que me hace sentir al mismo tiempo anciano y debutante, protegido y a la intemperie, que me obliga a repensar y repensarme.</p>
<p>No sé, sonrió, me escondo, a media periodista, a media manifestantes, sigo a los quiltros, me adelanto con ellos a la marcha que esta aún frente al paseo Ahumada cuando ya estoy frente a la Moneda. Las estatuas, los palacios con nombre y apellidos, las casas matrices, los ministerios, parte sin saber como de una manada de perros sarnosos, lustrosos, negros y pardos perros hijos del descuido, de la piedad equivocada de los amantes de los animales, mendigos de una selva que no los ve nunca y que ahora milagrosamente los ha unido. Perros huyendo como pueden de la marea de ciento cincuenta mil personas que vienen detrás como ese bosque que se puso a caminar que terminó con el reino del terror de Macbeth, el rey asustado, el que sabía que no tenía como reinar.</p>
<p>De esa ciudad en marcha, un mundo de niños y ancianos mezclados, alegres y también enojados, de esos cientos de gritos, de bailes, de mensajes contradictorios y no tanto, me quedo con esa imagen de los perros perdidos descubriendo otra selva que no conocen, concentrados, marchando ellos también, visibles en fin en toda sus multitud, los perros de estas calles al fin unidos en la misma causa, buscar su lugar, volver a reinar sobre su tierra.</p>
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		<title>Indignados</title>
		<link>http://www.theclinic.cl/2011/06/21/indignados/</link>
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		<pubDate>Wed, 22 Jun 2011 03:18:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2011/06/MARCHA-01.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-48724" title="Estudiantes" src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2011/06/MARCHA-01.jpg" alt="" width="630" height="380" /></a></p>
<p>“Indignaos”, el panfleto de Stephan Hessel que se supone es el sustento ideológico de los manifestante de la Puerta de Sol tiene una gran virtud: Es corto. Simple hasta la bobería, es el grito de entusiasmo de un viejo a punto de morir.</p>
<p>Esas cosas que se escriben para los nietos y se leen con mucha emoción en los funerales. Llama básicamente a indignarse, cosa que es fácil y mantener vivo el espíritu de la resistencia francesa. ¿Habrá algo más profundamente conservador que esa palabra, resistir? ¿No es la resistencia la constatación de un fracaso? ¿No se sustenta su valor en uno de los aspectos más nocivos de la personalidad, la inflexible testarudez del que piensa que como las cosas fueron así tienen que seguir siendo?</p>
<p>¿No es la última brazada del ahogado, la desesperación del desesperado? ¿No fue la desesperación lo que unió a comunistas y católicos en la Europa de los cuarentas?</p>
<p>¿Se puede agitar el miedo al nazismo hoy como se lo hizo ayer para obligar a los más ricos a pagar sus impuestos y construir una sociedad de derechos mínimos?</p>
<p>¿No se ha preparado el capitalismo justamente para que nada lo asuste, ni siquiera la crisis total que tan pocas reformas sociales parece estar dejando a su paso?</p>
<p>¿Puede calificarse ecuánimemente a Sarkozy, Rodríguez Zapatero u Obama de Nazis ante los que hay que resistir sea como sea? ¿No lo son bastante menos que los chicos de Hamas que defiende Hessel en ese mismo panfleto? ¿Es el capital mundial equivalente al nazismo, el que ha elegido el exterminio de un pueblo entero?</p>
<p>Hessel llama a los franceses y los europeos en general a indignarse, obviando el hecho que deberían ante todo y sobre todo indignarse contra si mismo, habiendo ellos elegidos el sistema y sus garantes. Esos nietos rabiosos que viven una crisis sin precedente deberían preguntarle primero que nada a sus hermanos mayores qué hicieron cuando las vacas eran gordas y todo parecía simple y lógico.</p>
<p>Otra cosa muy distinta sucede con las manifestaciones aquí mismo en Chile, donde la indignación no sólo tiene más sentido sino que sabe que quiere cambiar y porque.</p>
<p>Los estudiantes, los ecologistas, los ciudadanos de a pie no reclaman como los europeos contra un sistema que eligieron y aprovecharon  hasta que dejó de funcionar. Reclaman por un sistema que se les impuso a la fuerza, con sangre y fuego, que se ha mantenido en pie en gran parte gracias a senadores designados, sistemas electorales tramposos, y un apabullante monopolio ideológico también establecido en la época del miedo donde nadie podía discutírselo.</p>
<p>Los jóvenes chilenos no protestan por derechos e igualdades perdidas sino por una igualdad que nunca existió y parece no será, la prioridad de ningún gobierno. Una igualdad que se dejó para después olvidando que era gente, mucha gente, la que se dejaba para después.</p>
<p>Los indignados chilenos no protestan porque el sistema esté en crisis, o porque simple como un niño mañoso no le gusta la derecha porque es “mala onda” y “opus dei”, sino porque funcionando y todo, en pleno auge no los ve, no los escucha, y si hablan mucho los aplasta, los marca a fuego y encierra en algún ghetto, con la simple etiqueta de flaite, desalmado, violentista, o delincuente. Otra raza que tiene la virtud perfecta de haber perdido la voz a fuerza de no tener quién la escuche.</p>
<p>¿No saben lo que quieren los manifestantes?  ¿Protestan para puro perder clase? ¿Lo quieren todo ahora? No tienen porque saber, no tienen porque esperar. Los alumnos pueden no saber, es parte de su derecho.</p>
<p>Los manifestantes no tienen por qué tener las respuestas a sus preguntas. Eso de la crítica constructiva es una manera simplemente de destruir la esencia misma de la crítica. Y por lo demás saben, con un rigor que el presidente debería imitar en vez de criticar, lo que quieren y cuánto y cómo. Los dogmáticos que creen que subir los impuestos es sinónimo de violarse a su propia madre no son ellos sino los otros. Los que presentan propuestas son los manifestantes en Chile, los que hablan a punta de consignas y lemas fáciles son las autoridades.</p>
<p>¿Están equivocados? Puede ser, pero exigen que se les pruebe entonces sus error.</p>
<p>Es eso lo que nadie ha sido aún capaz de hacer de manera razonable. “Indignaos” de Hessel, como panfleto indigna ante todo por la ligereza de su autor. Como fenómeno histórico, esas calles que despiertan y hablan en Madrid, Damasco y Santiago, esos duopolios que empiezan a dar explicaciones, esos guardianes del orden que escapan de la muchedumbre en helicóptero, es quizás lo único sano, lo único vivo que le debemos a este comienzo del siglo XXI.</p>
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		<title>Karadima como una víctima</title>
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		<pubDate>Sat, 18 Dec 2010 03:05:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.theclinic.cl/2010/12/18/karadima-como-una-victima/karadima/" rel="attachment wp-att-23239"><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2010/12/karadima.jpg" alt="" title="karadima" width="300" height="138" class="alignnone size-full wp-image-23239" /></a></p>
<p>POR RAFAEL GUMUCIO</p>
<p>Y si Karadima fuera una víctima y no un victimario? ¿Si ese probable monstruo fuese nuestro monstruo, el de nuestros deseos y pecados ocultos, el de nuestro orden de clase, el de nuestra fe a medias? ¿Y si Karadima sólo fuera el extremo horrible, sólo la caricatura de nuestra miseria, de nuestros juicios y prejuicios comunes? El dios menor de una superstición a la que le entregamos corderos y palomas en sacrificio como si nada por años. El ídolo al que derrumbamos sólo cuando ya no nos trae la lluvia o las cosechas fértiles de antes.</p>
<p>Fácil, tan fácil es juzgar como difícil tratar de comprender. Bastaría situar a Karadima en su contexto para darnos cuentas de las pocas alternativas que le quedaban: Un joven homosexual con un apellido raro -un apellido inmigrante- en el Chile de los años cincuenta. ¿Tenía muchas más alternativas que la que tomó Karadima? Estaba por cierto la alternativa de resignarse a su suerte, de ser el gerente segundón de alguien de apellido vinoso. Podía haberse hecho peluquero, actor, modisto o irse a vivir a Miami o San Francisco. Podía haberse casado con una mujer solterona, o muy paciente, esperar que sus hijos se casaran con niñas bien. Vivir sus verdaderos placeres, como tantos lo hicieron, debajo de los puentes, o sólo en viaje de negocios. </p>
<p>Rebelarse, soltarse las trenzas, revindicar su clan -el familiar, el sexual-estaba fuera de cuestión. Las fuerzas con que lo hubiesen castigado de entrada eran demasiado fuertes para una alma tímida, que sólo cometía el pecado de desear lo que todo el mundo desea: cuerpos lindos, gente decente, aplausos y plata fácil. ¿Por qué habría que ser santo o héroe para ser simplemente el mismo? Ante una sociedad impermeable a sus deseos, ante un mundo que podía aplastarlo en cualquier momento por besar a quien quería besar, por querer lo que quería tener, Karadima buscó su salida, su única salida: la iglesia, donde no es mal visto usar faldas, donde el poder se logra a través de la palabra, donde sus posibles pecados son perdonados tantas veces. </p>
<p>Como tantos de nuestros altos ejecutivos, como tantos de los que nos dirigen ahora mismo, Karadima eligió el integrismo religioso como una forma de borronear su origen, como una forma de hacer perdonable sus pulsiones. El Padre Hurtado, representante de la iglesia más comprometida pero también de la más antigua, le pidió que no se hiciera jesuita. ¿No era ese rechazo la punta del iceberg de tantos otros rechazos que le esperaban al mundo de los liberales? La iglesia neoconservadora, la del Opus y la de los Legionarios no podían darse el lujo de rechazar un soldado tan entusiasta. </p>
<p>En esa nueva iglesia encontraron los karadimas del mundo, un dios que perdonaba la riqueza, la nueva como la antigua, que las mezclaba en el mismo abrazo fraterno. Un pastor que de alguna forma recogió los corderos abandonados de la iglesia de Silva Henríquez, esa que se preocupa de los viejos pobres y deja de lado los nuevos ricos. Esa que no comprende que ese nuevo Chile necesita creer a un dios a su medida, uno que tiene el sagrado derecho a tomarse revancha del mundo y bajar las manos hacia las piernas de un joven de vez en cuando.</p>
<p>¿A quién engañaba Karadima? Sus incoherencias eran visibles, sus modales no dejaban lugar a las dudas sobre sus inclinaciones. ¿A quién puede sorprenderle que un cura que celebra la dictadura abuse cuando puede de la debilidad de los otros? ¿Sus feligreses no celebraban ellos también tantas veces el abuso, el exilio, las torturas de sus vecinos, compatriotas y contrincantes? Consagró obispos, fue bendecido y alabado por cardenales y papas. ¿Por qué iba a reprimir sus deseos, por qué iba a respetar el cuerpo de unos jóvenes que de no llevar sotana se burlarían de él? ¿No habría recibido bofetadas y risotadas de intentar, vestido de traje y corbata, tocar la pierna de uno de estos jóvenes de los que habría abusado por años en paz?  </p>
<p>Años de sonrisas, millones, viudas enamoradas de sus vagos gorgojeos marianos. Años de saber que ministros, jueces, generales mantenían la misma doble vida suya, sin que nada les sucediera. ¿Por qué a él? -debe estar preguntándose ahora. Años, siglos, de comprender, de enseñar, que así son las cosas, que nunca dejarán de serlo. Y de pronto la televisión, las denuncias, el escándalo. ¿Cuándo? ¿Cómo? Usado, burlado, engañado, lanzado al despeñadero cuando ya no le sirve a nadie. Como Pinochet en su tiempo, mirado con asco por los mismos que se vistieron de sus bendiciones. La lealtad que le prometieron, los obispos que sacó de la nada, el gran espectáculo apostólico y romano con que divirtió a su público, todo eso no importa. El Papa necesita un ejemplo, la iglesia necesita su sangre, Chile quiere parecerse a Estados Unidos. </p>
<p>Por haber volado demasiado alto, por haber actuado demasiado solo, sus alas se derriten tristemente. Cae justo donde más temía caer, en la vergüenza y el ridículo del que buscó toda su vida arrancar. Pienso en esa tortura, pienso en ese calvario y todo el cinismo, y todo el descaro con que habría actuado el presbitero pasa en mí a segundo plano. Lo veo, hundido en sus contradicciones que son las nuestras, y veo que en el fondo mismo de todos esos abusos probables, hay también un abusado.</p>
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		<title>El desjueves</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Nov 2010 15:12:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Piñera]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p><img alt="" src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2009/03/gumucio11.jpg" class="alignright" width="250" height="180" />En los noventa fue el jaguar: “Viva el Lunes”, celulares de palo, censura feliz, dominio sin fin del Opus. Un jaguar que convivía con la culpa de los crímenes no resueltos, el dolor de las victimas, la impunidad de los victimarios. Esa fiesta sin fondo y sin horario tenía al menos la tersura de un secreto, el olor de un pecado oculto. Nos liberábamos a gritos del pasado, de puro miedo al recuerdo. Nos agitamos esperando un destape que nunca vimos: “No tenemos destape pero al menos tenemos desjueves” <span id="more-21719"></span>—gritaban Gnecco, García Huidobro y Poblete. ¿Es un azar que el director de ese mismo Desjueves, el programa de TV que mejor representaba esa fiesta de amnesia, frustración y cocaína que fueron los noventa, sea el que switchea los actos del presidente ahora? ¿No huele a la televisión de entonces, esa de Tony Camo haciendo comer cebolla a Zalo Reyes, todo el rescate minero, con la cámara en el fondo del agujero y el presidente en cada plano que pudo sonriendo a todo evento? Un presidente que aprendió todo lo que sabe de política en esa misma época. Puro brillo y pocos escrúpulos, el sueño de una derecha sin Pinochet que éste destruyó como pudo. No un destape, que hubiese implicado sacar los trapitos al sol, y quedar desnudo e incomodo, pero sí un desjueve. Una fiesta bullanguera entre amigos con sobrepeso que gastan lo que no tienen, y se ríen y se quieren y se agitan para no despertarse incómodos.</p>
<p>El desjueves piñerista es impúdico sin ser revelador, es informal sin ser realmente irreverente, carece de vocabulario, de sutileza, es lo que se ve, lo que se muestra, todo el rato y a cualquier hora hasta perder el quicio, como de hecho muchos de los protagonistas de los años noventa lo perdieron. Piñera, que como el polaco Bruno Schulz madura hacia la infancia, tiene como único programa resucitar esa fiesta de los noventa que terminó con crisis asiática y Pinochet en Londres, esos acontecimientos en que apenas tomó parte, esas lecciones de humildad y rabia de las que apenas tomó nota. </p>
<p>Sin la culpa ni el miedo de los años noventa, Piñera puede imponer de lleno una nueva forma de sentirse chileno: el hincha. El patriota de cara pintada, el vientre a punto de estallar de comida mal digerida, de odio a la Argentina, de orgullo ajeno que compensa su impotencia multitudinaria. Cesantes o mal pagados completamente seguros de vivir en el primer mundo, endeudados hasta las cachas, gritando cada vez que se sienten ahogados en uno de los países más desiguales del mundo, donde el orden colonial rige aún sus vidas sin apellidos. Chilenos de un bicentenario carente de dudas, llenos de noticias eso sí, de adjetivos también con que rellenar una conversación de sordos que parece será la nuestra por muchos años.</p>
<p>Un gobierno sin programa que tiene justamente ese, el desprecio por toda duda, por toda pregunta, por todo matiz. Los mineros están vivos gracias al dinero y el trabajo de la empresa estatal más grande del país, la más criticada también. La fortuna de Piñera, que ha dependido del todo del Estado, que invirtió en aviones y canales de televisión que vendió a tres veces su valor. La chilean way que ha sido en gran parte esa: la construcción de un Estado, de un país, de una comunidad burocrática, gris, socializante que pasa de ser de todos a ser de algunos, los mismos, los pocos que luego se atribuyen el éxito total del intercambio. El mito de un país que se siente orgulloso de su entereza ante los desastres, que se deshace sin embargo en incoherencias y depredación cuando la rueda de la fortuna para de su lado. Completa decadencia de un país que tenía como única gracia hasta hoy su humildad y su humor. País que ha perdido, en un largo proceso del que Piñera es sólo la culminación, esas dos gracias, para entrar del todo en la desgracia del orgullo y el desprecio. Argentinoides compradores de baratija, ignorantes internacionalizados, expertos en dar lecciones de las que no saben nada, analfabetos universitarios, abusadores recalmones, tan resentidos que no soportan ni un segundo el resentimiento de los demás, generales después de la batalla, soberbios sin motivos, pobres pelotudos chilenos que salvaron a treinta y tres mineros de la muerte pero dejaron moribunda su dignidad y su sonrisa mucho más abajo.</p>
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		<title>Gumucio: Adiós Latinoamérica</title>
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		<pubDate>Tue, 28 Sep 2010 04:28:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas y Entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[américa del sur]]></category>
		<category><![CDATA[Chile]]></category>
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		<description><![CDATA[El gobierno de Piñera representa en cierta forma en ese sentido una normalización, un retorno de Chile a los estándares del continente. Cansados de ser ejemplares, agotados de jugar a ser serios, el gobierno de Piñera nos devuelve a la chapucería, el populismo apatronado, la política como una sucursal de la televisión, el movimiento perpetuo que en el fondo no mueve ni cambia nada.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2010/09/piñera-gol1.jpg" alt="" title="piñera-gol" width="282" height="386" class="alignright size-full wp-image-20610" />Los países, como las personas, son en gran parte lo que creen ser. Mientras ese deseo sea más alejado de la realidad, más dramática y más intensa es su existencia. Chile a mediados del siglo XIX se creyó distinto, y hasta cierto punto superior, del resto de sus vecinos. Las bases de esta creencia, que casi todo desmentía, sería larga de enumerar. Baste aquí decir que este sueño chileno fue, como tantos otros, importado, hijo de los exiliados argentinos, refugiados venezolanos y viajeros polacos, franceses, y bávaros que nos visitaron. Más ordenado, o más autoritario, más compacto y más pobres, nos creímos ese cuento que de alguna forma se hizo parte de nuestra verdad.</p>
<p>Gran parte de lo que fue nuestra clase media se educó bajo ese deseo expreso y subterráneo: ser una Latinoamérica ordenada y legal para llegar un día a no ser Latinoamérica del todo. La pobreza en que secularmente recaemos no permitió que ese sueño sea tan agobiante como en Argentina. El color de nuestra piel, la pequeñez de nuestros cuerpos cuadrados hizo el resto. Nunca salimos del horroroso Chile. Los que iban a París se descubrían ahí como los peruanos resfriados, los argentinos de provincia, los bolivianos a nivel de mar que en el fondo somos. Esos baños de realidad sin embargo no ahogaron nunca del todo esa ilusión. Una de las cosas que la clase media chilena no le perdonó nunca a la Unidad Popular fue su latinoamericanismo. Gobiernos de todo pelo y señas han hecho de la desconfianza con el resto del continente la piedra angular de nuestra política exterior.</p>
<p>Malos para el futbol pero también para la guerrilla o los golpes militares, le debemos a ese sueño el estúpido racismo contra los peruanos y bolivianos, pero también el legalismo y la austeridad que tantas veces nos ha salvado del descalabro. De esta pretensión que explica tantas cosas se han salvado dos clases sociales en Chile: el pueblo llano y los millonarios. Sólo en la más rancia aristocracia o en el más bajo pueblo tener parientes peruanos, o bolivianos, escuchar música mexicana, vivir como se vive en Colombia o en Lima, no es un descrédito sino una suerte de aspiración natural. Si para la clase media chilena Buenos Aires y luego París fue el sueño, en el campo y al fondo mismo de las poblaciones, era México y las cumbias colombianas. </p>
<p>Tanto para los extremadamente ricos como para los extremadamente pobres esa ilusión legalista, esa austeridad gris, ese nudo de restricciones y cuidado ha sido siempre un corsé del que han soñado liberarse. Así en el Canal 13, el más universitario y conservador de todos, se instaló el pionero de la estética más pachanguera, más sentimental, más miaminesca de todos: Don Francisco. Así nuestros empresarios más grandes se han instalado con completa naturalidad en Perú o en Colombia, países en que hemos descubierto, mucho más que un mercado, un espejo.</p>
<p>Chile quiso ser diferente, y para bien o para mal lo fue. Su revolución lo fue, lo fue de cierta manera también su dictadura (abriendo el mercado al mismo tiempo que cerraba todo lo demás), lo fue aún más su transición. El gobierno de Piñera representa en cierta forma en ese sentido una normalización, un retorno de Chile a los estándares del continente. Cansados de ser ejemplares, agotados de jugar a ser serios, el gobierno de Piñera nos devuelve a la chapucería, el populismo apatronado, la política como una sucursal de la televisión, el movimiento perpetuo que en el fondo no mueve ni cambia nada. La política de un país que ha conseguido a través de procesos políticos inéditos peores estándares de igualdad que sus vecinos. Un país que rompió con muchas cosas menos con la concentración de la riqueza y la forma colonial de administrarla. </p>
<p>Pelotillehue ha ido tapando los agujeros de sus calles, esas por las que salían cocodrilos, despertando sonámbulos y reemplazando los rayados del roto Quezada por ideogramas exportados de Nueva York. Ya no es pobre pero tampoco quiere ser honrada. Siente profundamente que esas dos palabras, pobreza y honradez, son dos caras de una misma moneda. No quiere ninguna de las dos cosas. La isla separada de sus virreinatos posibles (el de La Plata y el Perú) por montañas, océanos y hielo de miedo y pretensión, se ha abrazado a su continente. Lo ha hecho en el peor momento  y por las peores razones, para venderles y comprarles baratijas. Se abre ahora al riesgo mestizo, al sueño de una Colombia sin guerrilla, de Miami austral donde Gabriela Mistral se mezcla con Lipigas y donde los que desconfiaban de todos los que tenían demasiado éxito fuera de Chile, desconfían ahora de los que no lo tienen. Resentimiento al revés, histeria bipolar, exigimos feriados, recreos, soluciones, luz, ecología, porque algo en nosotros siente que hemos llegado. </p>
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		<title>Piñera y las pantallas</title>
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		<pubDate>Sat, 11 Sep 2010 03:53:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas y Entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[Piñera]]></category>
		<category><![CDATA[televisión]]></category>

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		<description><![CDATA[Foto: Alejandro Olivares Piñera vendió Chilevisión justo la semana en que todo lo que aprendió de la posesión de ese canal empezó a rendirle fruto. Tanto en el caso de los mineros como en el de Punta de Choros hizo gala de una velocidad, de un sentido de la oportunidad, de una decisión muy televisivas. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<ol>Foto: Alejandro Olivares</ol>
<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2010/09/piñera-tic.jpg" alt="" title="piñera-tic" width="300" height="464" class="alignright size-full wp-image-20006" />Piñera vendió Chilevisión justo la semana en que todo lo que aprendió de la posesión de ese canal empezó a rendirle fruto. Tanto en el caso de los mineros como en el de Punta de Choros hizo gala de una velocidad, de un sentido de la oportunidad, de una decisión muy televisivas. Estuvo donde tuvo que estar, con las emociones del pueblo en la mina San José, con la sensaciones de los twitteros y otros actores de teleserie en el caso de Punta de Choros.<span id="more-20005"></span> En ambos casos importó siempre encontrar símbolos visibles, la carta personal de Mario Gómez que el presidente exhibió como un trofeo de caza, las aguas transparentes de Punta de Choros que deben su salvaguardia en gran parte a ser altamente fotogénicas. Así también era importante que un helicóptero sobrevolara el Centro de Justicia mientras declaraban unos peligrosos expertos en huelgas de ruido, y esencial que los mapuches en huelga de hambre no pudieran exhibir alguna imagen conmovedora, algún símbolo digerible que obligara al presidente a estar en el lugar de los hechos e inventar medidas, leyes, precedentes.</p>
<p>¿De derecha o de izquierda es el presidente Piñera, se preguntan los medios? De Chilevisión, canal administrado por gente de izquierda que se guía sin embargo ante todo por resultados que siempre son de derecha. El resultado en TV son las imágenes, lo visible, lo que sangra, lo que suda, lo que conmueve, rápido, muy rápido antes de pasar a otra cosa. La TV sintetiza todo y lo simplifica, es su deber hacerlo. Es gratuita, o casi, sale de una cañería audiovisual y nos calma la sed. La TV tiene, aquí y allá, una sola y misma moral, una y siempre la misma opinión: o se escandaliza o se conmueve. Está contra el matrimonio gay pero no tiene nada contra los gays, está contra los empresarios millonarios (aunque sean sus dueños) y contra el delincuente que en su imaginación muy luego se convierte en cartel y mafia y terrorista. La TV va a todas partes con la moraleja ante la historia. La cámara capta en demasiado poco tiempo todos los matices, todas las mentiras, como para necesitar profundizar. Lo que la hace ontólogicamente superficial es justamente la profundidad que logra en instantes. Una cara que se tuerce, una frente que suda, y ya está la cosa juzgada e innegable. Todas las ideas pueden discutirse, todos los datos pueden tergiversarse, pero una imagen, una emoción siempre será innegable.</p>
<p>La TV repite porque siempre viene nueva gente que quiere ver lo mismo que el otro que ya lo vio. Importa que todos veamos lo mismo, que todos veamos igual. Falsamente solo, el espectáculo televisivo sólo tiene sentido cuando se comenta, se comparte, cuando se homogeniza al otro día, cuando todos estamos seguros de que vimos lo mismo. El control de ese flujo, de esas voces, de ese movimiento ha sido la obsesión de muchos en la política del siglo pasado. Se trató, con mediano o nulo  éxito, de usar el poder de la TV para decir o callar ideas, proyectos, personas. Piñera es de otra especie, más nueva y más inevitable, la especie de los Sarkozy, los Bush y los Berlusconi, la especie de los Chávez antes que éste se volviera completamente loco. Piñera no quiere usar la TV para propagar sus ideas, sino gobernar directamente a la altura de la TV. Quiere televisar su agenda, no en el sentido de poner en la televisión su agenda, sino de hacer su agenda en el sentido de la televisión, que es también la agenda de los auspiciadores, de las agencias de publicidad.</p>
<p>Le sirve la TV o internet o twitter, cualquier cosa que se vea en una pantalla, cualquier cosa que sea en directo, cualquier cosa que no requiera convicciones, meditación, paciencia. Profundamente superficial (superficial de un modo profundo), sabe que nada se adapta mejor a su carácter que la velocidad y el ruido, el espectáculo. Salvar mineros y bahías ecológicas, saltarse comités, consejeros y comisiones. Su gobierno, nacido en pleno fragor de una Teletón, de manos de una presidenta a la que también le gustaba lo visible por sobre lo real (ver por ejemplo toda la gestión en cultura y exteriores), de alguna forma sólo perfecciona la peor tentación de nuestra política: trivializar las emociones, rebajar el debate a la cuña, dejar todo en manos de lo que Amaro Gómez Pablos o Iván Núñez puedan contarnos. Llegar tarde, como casi siempre llega la tele, o llegar demasiado temprano (antes de entender de qué se trata) como llega Twitter, hablándole a una gran multitud emocionada en la tele, o un pequeño grupo de elegidos con Blackberry (en Twitter), reemplazar finalmente a los ciudadanos -esa categoría sagrada- por espectadores, nickname y nombre con @ que saben lo que siente ahora, ahora mismo, para sentir lo contrario en dos segundos más.</p>
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		<title>Los estafados</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Aug 2010 17:00:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
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		<description><![CDATA[POR RAFAEL GUMUCIO Hace años, cuando se trataba de desacreditar a Lagos, vi con paciencia un reportaje sobre las estafas en el programa Puente. El programa volvió a concluir lo que sabemos: que en general este funciona, que en específico, en tal y cual comuna los recursos no llegan, el jefe de servicio se roba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2009/03/gumucio11.jpg" align="right"width=180 />POR RAFAEL GUMUCIO<br />
Hace años, cuando se trataba de desacreditar a Lagos, vi con paciencia un reportaje sobre las estafas en el programa Puente. El programa volvió a concluir lo que sabemos: que en general este funciona, que en específico, en tal y cual comuna los recursos no llegan, el jefe de servicio se roba unos colchones, el alcalde engorda la cifras del presupuesto y otros chanchullos más, horribles pero comunes. Mientras avanzaba el reportaje no pude evitar distraerme y mirar al otro lado de donde el periodista quería llevarme. <span id="more-18267"></span></p>
<p>Hablaba una de las asistentes sociales que debía ayudar a una familia a salir de la miseria. Ganaba doscientos mil pesos ella, atravesaba todo Santiago, se quedaba ahí, en medio de una población sin asfalto hasta que caía la noche. La encuesta CASEN no la llamaría pobre. Estudió en la universidad, se tituló, pero sabía que no tenía derecho con lo que ganaba a tener un hijo luego. Estaba al otro lado del Puente que quería que la familia pobre atravesara, pero uno podía dejar de sentir que su ribera era más fría que la miseria, más sola también porque ninguna asistente social vendría a preocuparse por ella. El periodista se horrorizaba que el programa Puente no funcionara del todo bien en todas partes, a mi me impresionó al verlo por dentro su sorprendente efectividad, las extrañas ganas de esos pobres de salir de una miseria donde las encuestas los miden y la caridad los acaricia, a una pobreza donde pagan &#8211;a través del IVA&#8211; proporcionalmente más impuestos que Sebastián Piñera. </p>
<p>Los grandes estafados de la transición son esas asistentes sociales que ganan sólo un poco más que la gente que aleccionan. Son esas enfermeras que atiendan mal porque es la única forma de sentir algo del poder que en todo el resto les falta. Son esos profesores que saben que sus alumnos ganarán más plata si no estudian en la universidad y trafican papelillos o juegan futbol. Son esos operadores políticos culpables de lo que hicieron y de lo que no hicieron. Culpables sobre todo de no haber seguido el recto camino y haber estudiado mientras los milicos golpeaban a sus compañeros de curso.</p>
<p>Esos funcionarios, esos profesores, esas asistentes sociales, esos estudiantes en prácticas de Sociología no son santos. Muchos de ellos están ahí gracias a cupos políticos, otros roban, humillan, olvidan. Pocos roban, muchos vegetan, o no saben. Algunos se ríen como tontos cuando no hay que hacerlo (como Golborne), otros toman vacaciones cuando no deben (como Golborne), pero ninguno es Golborne. Son parte de un país que gasta suma ínfimas en educación y salud (y sumas máximas en seguridad) y quiere resultados rápidos y espectaculares que calmen a la prensa; la prensa de los mismos. ¿Pero que harían los Golborne, los Echeverría, los Hinzpeter en su lugar? Una pregunta retórica, por cierto. En el lugar que les tocó, todos ellos dieron prueba de viveza, obsecuencia con el jefe, velocidad única para convertir las fallas ajenas en utilidades propias. Nadie los llama por eso grasa del Estado, problema insoluble, sobra imposible de reciclar que estudió tantas veces en las mismas universidades baratas de la que los que expulsan son directores y rectores.</p>
<p>En nombre de la pobreza se persigue a esos otros pobres. Los que tienen títulos pero no tienen forma de ejercerlos con dignidad. Los pilluelos a los que nos les alcanzó el apellido para ser pillos como el presidente. En los funcionarios, en las asistentes sociales, en los profesores, los gerentes que nos gobiernan castigan al otro pobre, al que no es fotogénico, al que no es encuesta, el que no votará por la Alianza nunca. El pobre que no sirve para nada, ese que debe tres veces lo que tiene, y se emborracha a veces para no olvidar quién es. Ese que vive de un sueldo que no alcanza y enseña materias que no entiende. Ese que a veces está ahí porque cree o creyó en ideas que ya no corren, como esos soldados americanos y japoneses que siguieron peleando en una isla desierta muchos años después de terminada la Guerra Mundial. </p>
<p>Funcionarios, asistentes sociales, esos cuerpos que cubrieron como pudieron los agujeros de la red social de Frei, de Lagos, de Bachelet. Esforzados la mayoría de las veces, siniestros otras, pero todos trabajando más horas que les corresponden, invisibles a la hora de los logros &#8211;que son del ministro, la coalición o la economía internacional&#8211;, dolorosamente indefendibles cuando los pillan robando o durmiendo la siesta sobre la pila de papeles arrumados que nadie ve ni a nadie le importan. Grasa y carne de un Estado famélico al que como ellos, se le pide todo y se le culpa de todo, pero que nadie mira o escucha, que solo pasa de urgencia en urgencia en mano de ingenieros o de políticos que vienen de visita a probar el servicio público antes de volver a lo suyo, el posgrado, el directorio, la empresa.</p>
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		<title>Hinzpeter quiere ser culto</title>
		<link>http://www.theclinic.cl/2010/07/05/hinzpeter-quiere-ser-culto/</link>
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		<pubDate>Mon, 05 Jul 2010 18:59:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas y Entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[Rafael Gumucio]]></category>
		<category><![CDATA[rodrigo hinzpeter]]></category>

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		<description><![CDATA[  ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2010/07/hinzpeter-esquimal.jpg" align="right" /></p>
<p>De todos los ministros parece Hinzpeter el único que porta en sí un relato coherente, una épica propia. Sabe por qué esta ahí. Le recuerda al presidente, cuando éste lo olvida, que son la derecha diferente, la que fue amordazada y acallada por la UDI, la que no pudiendo convencer no tuvo otra que vencer. Ante Alberto Fuguet en la revista “Que Pasa”, es decir ante un escritor, ante una versión de la cultura que está dispuesto a oírlo, Hinzpeter hace gala de toda su ingenua voracidad, de toda su torpe astucia, de toda su incontenible necesidad de ser admirado y querido por esa gente culta y de izquierda, por esos sabelotodos con guitarra en la mano que lo humillaron y que aún lo humillan por ser él quien es.<span id="more-17651"></span></p>
<p>Hinzpeter, que lo logró todo solo, que es mucho más de lo que cualquiera esperaba de él, siente la necesidad de demostrarle a Fuguet que se sabe de memoria el comienzo de “La guerra de Galio” y que prefiere la prosa de Philip Roth a la de Andrés Allamand. Lee más, dice, que muchos de esos intelectuales de izquierda que se las dan de cultos. Su obsesión, dice, confiesa, subraya, es arrebatarle la cultura, es decir la estrella de muchos colores, es decir el charango tipo Illapu en el jingle de Piñera, a la Concertación para ver si ésta inventa algo nuevo. Se venga, y usa él mismo la palabra venganza, contra todos los que no creen que es posible ser de derecha y escuchar Silvio Rodríguez, amar la ecología, y tener el retrato de Allende en la oficina. Doble venganza porque también vive en lucha con los suyos, la derecha de Carlos Larraín y Miguel Otero, para quienes siempre será un empleado de Sebastián, para quienes será siempre un sabelotodo judío (y Dios sabe lo que eso significa para la derecha chilena).</p>
<p>Hinzpeter sueña así reconciliar al fin lo irreconciliable, el prestigio, el aura, la superioridad moral de la izquierda, con la eficiencia, con la riqueza, con el desparpajo, con la falta de escrúpulo de la derecha. No está solo, toda su generación, la de Fuguet y la mía, ha vivido en ese sueño, el de los años de Frei Ruiz Tagle, la política de los acuerdos, la cocaína barata, los tigres del Pacífico, la Bolocco entre el Kike y Álvaro Salas. El mundo mental de Hinzpeter, y en parte el de Piñera, nace y muere en ese ambiente confuso y primaveral donde algunos se cansaron de la gente que hace muchas preguntas inútiles, y se calienta la cabeza, y se complica cuando las cosas son muy simples: o se hacen bien o se hacen mal. Y ser rico es una prueba de talento que sólo los envidiosos cuestionan, y andar separando los negocios privados con la actuación pública es pura mezquindad de los resentidos de siempre, y ser culto es leer todos los libros que llegan al mesón de novedades de la librería Ulises y ni preguntarse, a la luz de esos libros (como los de Roth, que hacen un verdadero requisitorio contra el modo de vida a la norteamericana que Hinzpeter defiende) qué sentido tiene hacer política desde los focus group, o no entender en qué consiste la separación de poderes, o el absurdo que significa mandar un operativo tipo Medellín a arrestar vendedores ambulantes y borrachos varios una noche a Bellavista.</p>
<p>Hinzpeter quiere ser culto y está condenado a no serlo. Esa es su tragedia. Lee a Roth pero trabaja para el presidente más kitsch de la historia, uno que piensa en lugares comunes (quizás porque no puede vivir de un manera siquiera medianamente común). Un gobierno moralmente kitsch de valores y visiones prestadas, de ideología de papel couché. Su derecha, la derecha sonriente y no pinochetista, carece de densidad cultural porque teme los fantasmas que habitan en ella. Ese humus que permite entender cómo surgen las plantas nuevas de la descomposición de las antiguas. No puede ser culta, porque ser culto es lograr ser el que uno es. Nada más y nada menos. ¿Pero quién es Hinzpeter? No lo sabe. Quiere ser Antonio Varas, Sótero del Río, Kissinger, Roy Cohn, Clark Kent, Superman, Batman, Robin y el ayudante del Guasón. Buen empleado de un especulador nato, sintetiza los cien años de historia de la izquierda chilena con el charango tipo Illapu. Cree que puede reducir los treinta años de lucha y extravíos de la Concertación a un arcoiris. Sus problemas ideológicos se resuelven en la mesa del diseñador. Hijo de esa orfandad que los pedantes llamaron posmodernidad, confunden los zapatos de la amada con la amada misma, porque sabe que los zapatos puede poseerlos y la amada, esacultura que nace de todas las dudas que no se puede permitir, se le escapa irremediablemente.</p>
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		<title>Quejas ABC1</title>
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		<pubDate>Wed, 23 Jun 2010 03:22:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Chilean News]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas y Entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[desigualdad]]></category>

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		<description><![CDATA[POR RAFAEL GUMUCIO Chile es un país desigual. Lo sabemos y repetimos todos cada vez que podemos. Algunos tienen muchos, otros muy poco. Hay un Chile de primer mundo conviviendo con uno del tercer mundo, una educación y una salud de calidad conviviendo con una apenas soportable. Los colegios donde no enseñan ni a leer, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2010/06/desigualdad1.jpg" alt="" /><br />
POR RAFAEL GUMUCIO<br />
Chile es un país desigual. Lo sabemos y repetimos todos cada vez que podemos. Algunos tienen muchos, otros muy poco. Hay un Chile de primer mundo conviviendo con uno del tercer mundo, una educación y una salud de calidad conviviendo con una apenas soportable. Los colegios donde no enseñan ni a leer, los hospitales donde hay que esperar meses para ser operado, contrastan de manera demasiado visible con otros colegios con canchas de hockey y rugby y con clínicas impecables donde las enfermeras le pintan las uñas a las enfermas y las madres paren en piezas coloridas y cómodas que se parecen extrañamente a la casa.<span id="more-17267"></span></p>
<p>La justicia social según el gobierno y buena parte de la oposición consistiría así en darle a más chilenos el acceso a los privilegios que disfrutan unos pocos. Aunque mirado de cerca, de más cerca, ¿no son esos lujos el disfraz de una carencia? Si se mira con lupa, ¿no son estas clases privilegiadas las más estafadas del país? ¿No son su pobreza, la de sus barrios carentes de gracia, de centros sociales, de armonía, e incluso de calefacción, más alarmante aún que la de los pobres? ¿No afecta la sociedad de casta en que vivimos también a los privilegiados, obligados a hacer de camareros en Barcelona o borracho en Nueva York para adquirir lo que sus similes del primer mundo adquieren desde la infancia, el roce con la diversidad, el conocimiento de la amplitud del mundo que a ellos les fue arrebatado de entrada?</p>
<p>El problema de la educación en Chile no es sólo el problema de la mayoría pobre sino también de la minoría adinerada. El ciudadano que envía a sus hijos a un colegio físcal sin vidrios en sus ventanas y con profesores que hacen lo posible para faltar lo más posible tienen todo el derecho a sentirse estafados. Pero también se deberían sentir igual los que pagan a precio de oro el privilegio de separar a sus hijos de su país, ponerse uniformes ridículos, cantar canciones en inglés y aprender bastante menos de lo que aprenden los alumnos de liceos fiscales de Europa o EEUU. El enfermo que espera meses para ser atendido en el pasillo de un hospital que se demuele ante sus ojos tiene derecho a indignarse. Pero debería indignarse el que paga a precio de oro una atención digna, que es lo mínimo que podría esperar de un país que esta a punto de ser Portugal.</p>
<p>La miseria de los que saben de entrada que no tienen cómo competir clama al cielo. Pero no es mucho mejor la riqueza de los que deben mandar a sus hijos a dar exámenes de madurez a los tres años, mentir sobre su religión y sus divorcios para que le acepten a los niños, o mirar con horror al doctor multiplicar los exámenes que no saben si podrán pagar, o ver cómo le esconden cualquier cosa que tenga que ver con posible abortos, cualquier información que vaya contra los valores de la clínica, el colegio, el gueto donde los ha encerrado el temor a perder la nana que roba quizá, pero tú sabes cómo está el mercado de las nanas, y la sensación cierta de vivir sobre la lava tibia, porque también el jardinero, el maestro chasquilla, el guardia de la oficina y el de la casa en la playa miran como si supieran y saben lo que no saben, porque todo se basa en una desconfianza común, un olerse la adrenalina ajena, como los perros.</p>
<p>¿Quiénes son las verdaderas víctimas de los hospitales en estado de descomposición, de las escuelas municipalizadas a la fuerza, los que no tienen otra que usarla o los que no tienen otra que deslomarse y sudar para pagar un escape, un hospital en que te atiendan a tiempo, un colegio en que tus hijos aprendan el abcedario? ¿No son las cuotas de incorporación, los bonos de isapre los rescates que le pagamos a unos secuestradores que se han llevado lo único realmente inevitable, la educación y la salud a su resguardo?</p>
<p>La desigualdad es lo más igualitario del mundo. Todos, incluso los que parecen disfrutarla, la padecemos con la misma intensidad. El pobre no tiene alternativas. ¿Pero las tiene el rico? Sí y no, porque el miedo es urgente, porque su mundo es limitado hasta la indigencia, porque por más lejos que se sientan de la dictadura saben que ella alambró el muro que los separa también de su pasado, de su historia, de sí mismos. Sociedad escindida, cortada en pedazos, que ama aún ir al centro a hacer trámites porque algo de la energía desperdiciada encuentra ahí, porque algo de lo que perdió vuelve a su piel al ritmo de los suplementeros que gritan La Segunda. Algo de eso le atrae pero luego recuerda el miedo que nos ordena y enseña, que nos controla y conoce mejor que nadie. Se esconde luego en su barrio, su colegio, las pocas certezas que le han dejado, esas que el gobierno y la oposición le repiten el día entero: Que éste es el mejor de los mundos posibles, que esto que se parece a veces al purgatorio es el paraíso, que el infierno -la vida fiscal, el mundo sin protección- está ahí al lado mismo, que sólo una delgada pantalla de espejismo lo separa de él.</p>
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		<title>Después del carnaval</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Jun 2010 20:08:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2009/03/gumucio11.jpg" align="right"width=180 />POR RAFAEL GUMUCIO.<br />
No puedo evitar alegrarme cuando santones como Karadima, Maciel o Hugo Montes tienen que responder a preguntas incómodas. Siento, como creo que le pasa al 99 por ciento de la población, que la iglesia católica se merece el pantano en que se hunde porque fue ella la que de manera obsesiva centró su mensaje en la cama de los feligreses, en sus abortos, sus divorcios y sus orgasmos. Como en el carnaval, a la hora de las denuncias y los testimonios reveladores, cabalgamos sobre la espalda del obispo, azotamos a los senadores, desnudamos a los expertos, nos meamos sobre todos sus secretos, nos emborrachamos con sus confesiones. Despertamos mareados al otro día con otros jefes y otros dueños que reproducen casi todos los pecados de los anteriores, menos los del sexo.<span id="more-16845"></span></p>
<p>Con todo lo sano y esencial que son estas denuncias, no pueden evitar dejarme alguna preguntas en el paladar: ¿No caemos de alguna forma en la misma trampa que Juan Pablo II y sus secuaces, la de reducir todo dilema ético, toda duda, todo debate, a lo sexual? Destruir a nuestros enemigos, los poderosos, los presuntuosos, los mentirosos, los luminosos también, desde lo que esconden y no lo que muestran, de lo que los hace monstruos pero también humanos, calientes, manipuladores, mentirosos pero también vivos y canallas como somos casi todos, como a muchos inconfesablemente les gustaría ser.</p>
<p>Maciel y Karadima eran, desde el punto vista de los evangelios, malos curas mucho antes que se descubriera que usaban su sotana para abusar de niños y jóvenes. Antes, mucho antes que el escándalo llegara al río, habían ambos deformado el mensaje de Cristo hasta convertirlo en una especie de adorno frívolo para los ricos. Legitimaron dictaduras que torturaban, justificaron asesinatos, condenaron al infierno a los que no pensaban como ellos, consagraron de no sé qué velo místico la injusticia, la social y la otra. Para ellos, como para nosotros, no había mayor pecado que los del sexo. El pecado de estos curas y diáconos lascivos no era quizás violar los cuerpos de sus víctimas sino antes sus mentes, reducidas a una visión del mundo estrecha y falsa donde todo el poder estaba en las manos de sus amos. El sexo fue sólo el remate de ese trabajo de joyería que otros ejercen (pienso en el Opus, por ejemplo) y seguirán ejerciendo impunemente mientras no atraigan la mirada de la prensa, interesada tanto en salvar a las víctimas como proveernos sexo gratis, hacernos parte de la orgía, dejándonos sin embargo horrorizarnos lo suficiente para que no nos sintamos su cómplice.</p>
<p>Así  Polanski espera en Suiza un juicio por un crimen que la víctima ya perdonó  (y amortizó financieramente), así en Barcelona, en Santiago o en Bruselas la prensa denuncia redes de pederastia de alto nivel que nunca existieron. Así la carpeta con fotos comprometedoras se transforma en el único argumento irrefutable. Así, cualquier intento de racionalizar el tema o de ponerlo en perspectiva (decir que 15 años no es lo mismo que 6, que un beso no es lo mismo que una violación anal, que una sola violación no es lo mismo que cien mil) choca con el horror de los padres, con el terror de los hijos, con la sensación de que somos todos a diario violados por el poder, abusados en nuestra inocencia tan falsa y precaria como la de los niños.</p>
<p>En un mundo que ha eliminado del debate cualquier problema de clase, cualquier escrúpulo financiero, sólo el sexo tiene derecho a indignarnos todavía. Así, el sexo se ha convertido en la única bandera de reivindicación social atractiva. Homosexuales, lesbianas, transexuales, todos luchando por su derecho a ser, derechos que sólo pueden ejercer si de alguna forma abandonan el sexo mismo, es decir la promiscuidad, la inestabilidad, la ambigüedad. El buen gay que se casa y adopta niños versus el malo que se contamina de sida bajo los puentes. El comportamiento sexual que se convierte así en el principal y único parámetro para juzgar una persona. Juez tuerto que puede llegar el día de mañana a la conclusión que Manuel Contreras, Hitler y Robespierre eran grandes personas y que Leonardo, Miguel Ángel, Sócrates, Tiger Woods y Erasmo de Rotterdam eran unos monstruos.</p>
<p>Inalcanzables los héroes y los bandidos que nos gobiernan, usamos el sexo para igualarlos a nosotros, para reconocerlos como parte de nuestra tribu. Presidentes, vicarios, cineastas que entran en nuestra casa sin permiso. Sociedades de niños que eligen casas, colegios y aspirinas por sus colores. ¿No se siente violado el que de un día para otro perdió la casa que tenía, la vida en la que entró a través del olfato y el gusto, el tocar, el sentir, el querer penetrar y ser penetrado por sensaciones y seguridades que no existen? Hacemos justicia cuando el sexo esconde la tortura, pero no retrocedemos con el mismo espanto cuando convertimos el sexo de los otros -los famosos que tienen demasiadas amantes, los políticos a los que le preguntamos por su vida privada, los raro que no pertenecen a ninguna de nuestras categorías estables- en una tortura. Consumidores defraudados todos antes el sexo, sentimos que hay siempre una injusticia que reparar. Desde la cárcel Zakarach, que necesita también convencerse a sí mismo que es una víctima, pide la castración. Es quizás lo que pide toda nuestra sociedad aplastada por la omnipresencia del deseo, por su todopoderoso reino sin límite. Monstruos o calentones, explotadores o simples donjuanes, nuestra obsesión por el sexo esconde tan mal nuestro horror ante él.</p>
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		<title>Viaje al centro</title>
		<link>http://www.theclinic.cl/2010/05/25/viaje-al-centro/</link>
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		<pubDate>Tue, 25 May 2010 06:19:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
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		<description><![CDATA[POR RAFAEL GUMUCIO Almuerzo solo en Los Reyes, un restaurante a medias peruano, a medias japonés, a una cuadra de la Plaza de Armas. Trato de leer una colección de retratos literarios del siglo XVIII seleccionados por Cioran, pero me distraen las voces de la mesa vecina. Una mujer habla sin parar ante una tribu [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2009/03/gumucio11.jpg" align="right" />POR RAFAEL GUMUCIO<br />
Almuerzo solo en Los Reyes, un restaurante a medias peruano, a medias japonés, a una cuadra de la Plaza de Armas. Trato de leer una colección de retratos literarios del siglo XVIII seleccionados por Cioran, pero me distraen las voces de la mesa vecina. Una mujer habla sin parar ante una tribu de machos en corbata que se ríen. De pronto un nombre que reconozco (“La Patty Roa, la que está casada con el Elizalde”), de pronto un chiste que los hace reír a todos al mismo tiempo. Sin mirarlos juego a adivinar quiénes son: Un diputado al que le hacen sugerencia los amigos; unos funcionarios demócrata cristianos que acaban de perder su trabajo con el nuevo gobierno. “No cachan nada los nuevos,” dicen, “son de una soberbia los huevones estos, puras cuicas que se ponen a llorar porque no van a poder ir a buscar a sus seis hijas al colegio. A tal o cual le rogaron que se quedara, a la otra tuvieron que volver a contratarla después que la habían humillado como a un perro”.<span id="more-16464"></span></p>
<p>No se notan desesperados. Ni agriados siquiera. Están rehaciendo su vida. O quizás sólo lo está haciendo la chicoca (no la veo, pero lo insistente de su voz me hace creer que es baja). Es ella la que habla del bazar La Fortuna, “un lugar súper choro en que venden muebles carísimos” que ella quiere adaptar para modelos más clase media. “Muebles con estilo pero más chicos para que quepan en los departamentos.” Kilómetros y kilómetros de departamentos lilas y amarillentos de 60 metros cuadrados que después del terremoto nadie quiere habitar. Edificios recién inagurados y vacíos, playas y costas desiertas mientras en La Segunda de esa misma tarde el gobierno da por superada su polémica de la semana con Un Techo para Chile por contar como suyas las casas de Felipe Berríos y sus jóvenes.</p>
<p>Los camaradas en corbata felicitan a la chicoca por su espíritu emprendedor. La verdad es que lo tiene todo pensado, los rut que va a ocupar, los giros de su empresa, la inversión inicial, el capital, los socios (que son algunos de los comensales). Todo el vocabulario de ICARE: emprendedores, proactivo, pero también los parientes, los conocidos, las redes sociales. En La Segunda le preguntan a Longueira si éste es el quinto gobierno de la Concertación. En ese mismo diario le preguntan a Tironi si la Bachelet fue la que enterró a Frei. Pienso, al escuchar a mis vecinos del restaurante Los Reyes, que todo es más simple y más complicado que eso. La chicoca que fue funcionaria hasta hace tan poco habla como empresaria, los empresarios que tomaron su puesto tendrán tarde o temparno que hablar como funcionarios. El ministro Larraín quita la depreciación acelerada del proyecto de financiamiento de la reconstrucción, Fulvio, Girardi y companía, después de ir a ver cómo sigue la estatua de Allende, se van a felicitar a Piñera por subir los impuestos. La chicoca quebrará y volverá a levantarse y quejarse y ganar plata y odiar a los inútiles resentidos del gobierno que quieren la breva pelada y en la boca. Piñera y sus boys tendrán que dejar esas ridículas parcas rojas y ensuciarse en el barro de la política y los pactos y decir algo, o tratar de pensar en algo más que hacer que moverse por moverse, para no llegar temprano a la casa.</p>
<p>La chicoca terminará pareciéndose a la cuica que la reemplaza, la cuica que la reemplaza tendrá que achuncharse y aprender a escuchar si quiere sobrevivir. Desde el extranjero o la jubilación pueden criticar radicalmente ese mundo sin héroes pero sin verdaderos villanos en que vivimos los transeúntes del centro. Ese tipo de crítica -de Vidal a Arrate, pasando por Girardi- radical sólo cuando no se está en el poder, resignada cuando se está en él, en el fondo sólo resulta un alivio para seguir sin cambiar nada. En el centro siguen los que tienen que vivir, ganar su plata o quitársela a los otros. Ahí las diferencias no son radicales pero existen. El carabinero de guardia de La Moneda sonríe feliz ante un tipo de corbata y traje que le saca y pone la gorra como si se tratara de un títere. Una sonrisa de inquilino feliz de haber encontrado un patrón.</p>
<p>Por la razón o por la fuerza en todas partes. Ese es todo el programa que este gobierno quiere imponer. No lo logra porque a un gobierno de gerentes no le importa la razón, y a una ciudad dispersa e infinita, llena de exfuncionarios que hablan de muebles finos, no se le puede imponer tan fácil la fuerza. ¿Qué queda? El video de la ONEMI con la presidenta siendo ignorada por sus subalternos, Hinzpeter pensando que su estufa apagada apiadará a alguien en una carpa llovida del sur, una elite que ya ha usado todos sus cartuchos, sus grandes, sus pequeños, sus medianos cuadros políticos y a la que sólo le queda repetirse a sí misma, gastarse y desgastarse en la espera de un relevo que no viene, porque los esperados jóvenes, las nuevas generaciones nutridas de posgrados y postcast, se muestran aún más cómodos, más satisfechos, menos críticos que sus mayores. ¿Ideas, desafios, provocaciones? El mundo que leo en el libro de Cioran, cortesanos, regentes, príncipes muertos antes de nacer, grandes damas pero sin Boileau, Diderot, Voltaire o Montesquieu para animar la fiesta.</p>
<p>Este gobierno del peor es nada sólo se sostiene ante la visión espantosa de la nada misma: la oposición en todas sus formas y su propia Alianza, todos caminando como camino, los ojos salpicados de smog, yendo a ciegas entre locutorios peruanos y tiendas de ropa usada. Esa vieja ciudad tan nueva, pienso, que está aprendiendo que la mediocridad no tiene color político, que está quizás en el alma misma de este centro lleno de edificios a punto de caer o levantar, de ser o desaparecer hasta disolverse en casas y carreteras, pensiones y sedes de preuniversitarios.</p>
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		<title>Cuando la caridad es un robo</title>
		<link>http://www.theclinic.cl/2010/04/12/cuando-la-caridad-es-un-robo/</link>
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		<pubDate>Mon, 12 Apr 2010 04:02:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>POR RAFAEL GUMUCIO<br />
El cambio de mando empezó mucho antes del 11 de marzo. Lo presenciamos en directo en esa cadena nacional infinita que fue la Teletón Chile ayuda a Chile. Ahí la presidenta saliente y el presidente entrante pudieron encontrarse en el único espacio común que nos queda a los chilenos: la televisión. El centro mismo del liderazgo de ambos lideres, la ética y la estética de Don Francisco que ambos comparten, aunque no de la misma forma ni hasta el mismo extremo, fue su punto de unión, el lugar en que detrás de una bandera nacional rellena de artistas de la tele, intercambiaron poderes.<span id="more-15105"></span></p>
<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2010/04/cuando-la-caridad-es-un-rob.jpg" alt="" /></p>
<p>La ética y la estética de la Teletón es una forma de responder de manera directa, efectiva y efectista al abandono en que el Estado chileno suele dejar a los más débiles. Nació en dictadura para parchar los olvidos de esta. Ayudó y ayuda a cientos de miles de chilenos todos los días. Pero no lo hace gratuitamente. No pretende, por cierto, hacerlo. En el resorte mismo de su visión de mundo, la solidaridad es parte del mercado, y el mercado es parte de la solidaridad. El bien puede, y debe ser, rentable. Es lo único que puede hacerlo continuo. Nace esta cruzada en pro del bien de una visión profundamente pesimista del hombre: esa que cree que este sólo puede ayudar si se gana algo a cambio.</p>
<p>La estética de la Teletón es también la del efecto, la del ruido, la de la imagen sensible, la de la publicidad. Por pura bondad pasa por encima de uno de los principios esenciales de la caridad cristiana, que esta sea secreta, anónima. La caridad tipo Teletón repugna a los santos, esos que dan sin nombre, esos que no llegan con cheques gigantes, y no nombran empresas, pero teme también las soluciones institucionales y estatales, soluciones que nacieron justamente de ese mandato evangélico básico: que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha.</p>
<p>Una mano que no sabe qué hace la otra no permite el estado de permanente aplauso que las Teletones necesitan para ejercer su magia, la de darle una ritualidad trascendente al mercado, la de ayudarla a reemplazar la desprestigiada religión y la más desprestigiada política. Instituciones que al revés de la tele están llena de cosas que se ven mal pero son buenas, llena de horrores individuales pero de bondades institucionales, llena de miserias visibles que a la larga construyen casas, catedrales, universidades, cantatas de Bach y paz con los mapuches en las orillas del Biobío.</p>
<p>La caridad tipo Teletón privatiza la caridad, convierte el impulso altruista que es uno de los motores de la política y la religión, en una sucesión de gestos visibles y breves que iluminan por un segundo y dejan poco detrás. Rebaja al que necesita a calidad de mendigo, pero rebaja también al que da a calidad de esponsor o de artista. Necesita renovar el pacto cada cierto tiempo, hacernos sentir que todo es insuficiente, volver al escenario para calmar la vanidad, o la codicia del animador, del cantante, del empresario, para darles a todos sus pecados mortales la sensación ser útiles, de ser necesarios, de ser buenos.</p>
<p>La Bachelet podía sinceramente creer en la utilidad del acto. Por último, la Teletón es siempre mejor que nada. Chile ofreció mucho tiempo nada, fue demasiado tiempo mezquino con sus débiles para preocuparse demasiado de la estética del acto, de las resonancias profundas de una institución que ayuda de verdad. Piñera entiende otra cosa, no ve la Teletón como un mal necesario, un peor es nada, una muestra patente de lo bajo que cayó nuestra sociedad al tener que recurrir a la vanidad de los artistas para que no siguieran amarrando a los minusválidos a los árboles. Piñera ve en la Teletón y sus empresarios solidarios la piedra angular de lo que parece será su política. Una reconstrucción a golpes de regalos, de chicos buenos, y de empresarios iluminados tipo Felipe Cubillos. Una reconstrucción que no deje instituciones, costumbres, comunidades, sino que prolongue y consagre la modernización epidérmica, desigual y bipolar en que hemos vivido. Todo rápido, todo en televisión, todo ahora mismo. A la imagen misma del carácter que se ha inventado, un hombre de acción que mide cada palabra que dice pero no puede impedir poner en la misma frases todos los adjetivos que el focus group le dice que funcionan.</p>
<p>Hay que reconstruir, tirar para arriba, mirar para adelante (y nunca para adentro), agradecer a los que hacen un aporte, vengan de donde venga. Pero ¿debo agradecer a los que me regalan un porcentaje mínimo de lo que me quitaron? ¿Debo consagrar su despojo, visarlo con mi sonrisa? Empresas que pagan impuestos mínimos, o que aumentan sus cifras de ventas gracias a campañas solidarias, millonarios que se acogen a la letra chica de la ley pero que tienen además la sofisticada crueldad de querer salir en la foto donándome lo que en cualquier otro país con un sistema racional de impuestos deberían entregar sin ruidos, sin fotos, por pura y simple justicia social.</p>
<p>Un país que no paga sus impuestos, que paga malos sueldos, que se lleva porcentajes enormes de las utilidades para la casa, unos empresarios que desertan de su deber con la comunidad organizada a través de un Estado, no es, ni será nunca -por más teletones, colegios modulares o Farkas que den vuelta- un país solidario. Los show y puntos de prensa que ayudan a encubrirlo no son ni más ni menos que las operaciones de cirugía estética con que los narcos tratan de salvarse de la policía.</p>
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		<title>Dos mujeres</title>
		<link>http://www.theclinic.cl/2010/03/21/dos-mujeres/</link>
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		<pubDate>Sun, 21 Mar 2010 04:19:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas y Entrevistas]]></category>
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		<description><![CDATA[POR RAFAEL GUMUCIO / Ilustraciones: Leo Camus La presidente Bachelet y la alcaldesa Jacqueline van Rysselberghe son la prueba viviente que el sexo no determina comportamientos políticos. Ser mujer en Bachelet es sinónimo de ser cercana, compasiva, maternal. En el caso de la alcaldesa, ser mujer es sinónimo de impaciencia, de indignación constante, de hiperventilación [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2010/03/van-rissenberghe-bachelet.jpg" alt="" /><br />
POR RAFAEL GUMUCIO / Ilustraciones: Leo Camus<br />
La presidente Bachelet y la alcaldesa Jacqueline van Rysselberghe son la prueba viviente que el sexo no determina comportamientos políticos. Ser mujer en Bachelet es sinónimo de ser cercana, compasiva, maternal. En el caso de la alcaldesa, ser mujer es sinónimo de impaciencia, de indignación constante, de hiperventilación sin medida. <span id="more-14353"></span>La femenidad a la alcaldesa le permite justificar una visión de las cosas totalmente doméstica, sin vuelo alguno, sin mirada a largo plazo, sólo ahora y yo y mi familia y nada más y nadie más. Todo redondez una, todo ángulos la otra, todo perdón una, todo odio la otra, las dos a su manera aumentaron la crisis del terremoto convirtiéndolo en un grito que aún resuena en el fondo de nuestros oídos. </p>
<p>Se equivocaron las dos por razones también contrarias. La Bachelet por tratar de minimizar el temblor, por intentar, incluso en una catástrofe que se salió de cualquier normalidad, ocupar los canales regulares. Se equivocó por pensar demasiado en cómo quedar bien, cómo hacerlo suavemente, con qué imagen terminar su gobierno. Se equivocó por confiar, por esperar, por trabajar en equipo. La alcaldesa hizo lo contrario; no escuchó a nadie, no esperó nada, vio una cámara de televisión -esa televisión que suele convertir a las mujeres de su especie en héroes- y se puso a chillar a todo volumen. Sin dudarlo ni un segundo usó la lógica del reality show, donde todo lo que importa es lo que me pasa a mí, esa lógica que resume todo a un asunto personal, que simplifica los motivos ajenos hasta convertirlos en caricatura. “Si sus hijos estuvieran en Concepción se apurarían más”. Como si sólo se pudiera ayudar a los suyos, o como si nadie en el gobierno tuviera a nadie en Concepción. Luego, cuando tuvo raciones de alimento, decidió repartirla sólo en los condominios cuyos habitantes no hubiesen robado, como si todos los pobladores fueran, por el sólo hecho de vivir a lado de un saqueador, ladrones, o como si esa política de discriminación de clase no tuviera nada que ver con el odio que inundó Concepción y del que, por cierto, la alcaldesa por tres períodos no tiene nada que ver. </p>
<p>La Bachelet y la Van Ryssenberg, de maneras contrarias, no supieron medir la situación. Por exceso de cuidado o por falta de ello, por exceso de escrúpulos o por falta total de ellos, las dos fallaron. Pero sus errores no son iguales. La manera de enfrentarlo prueba hasta el distinto material del que están hechas las dos mujeres. Mientras la Bachelet se ha hecho los respectivos mea culpa y desnudado su sensación de impotencia ante la población, la Van Rysselberghe  salió de la tempestad sonriente en sus bluejines para asumir el puesto de intendente en el nuevo régimen. Mientras la Bachelet asume y asumirá un castigo justo por sus errores, la Van Rysselberghe es premiada gracias ellos. Mientras la Bachelet se pregunta ¿qué hice mal? o ¿qué podría haber hecho mejor?, la Van Rysselberghe, en cuya administración se aprobaron los permisos de construcción de muchos de los edificios que se vinieron abajo, piensa que tiene, que siempre tuvo, que siempre tendrá toda la razón. </p>
<p>Es eso lo que hace tan peligrosa a la alcaldesa, la seguridad absoluta que todos sus gestos y sus palabra denotan, de ser una elegida, de estar por encima del bien y del mal, parte de una raza superior caída por desgracia en esa tierra de ineficiencia, corrupción y derechos humanos. Representante de la gente honesta que nunca roba, que nunca viola, que nunca se separa, que tiene seis hijos como si nada, que trabaja en pleno posnatal. Superior a la media, vencedora de todas las pruebas, sus ojos se animan sólo cuando se habla de venganza, matar a los asesinos, no darle su colación a los ladrones, castigar a los flojos: separar a la gente buena de la mala. Todo su cuerpo es un desafio, la prueba que se puede tener muchos hijos y conservar la forma y trabajar veinte horas diarias, y retar a la profesora, y hacer feliz al marido. Todo bien, todo al mismo tiempo, todo mejor que nadie, pero en el fondo una rabia, un odio, una primitiva sed que encuentra su desahogo en la política. </p>
<p>Su desempeño público, más que una entrega a los demás, es una forma de explosión de lo que no puede manifestar del todo en casa. Un grito de sus impulsos más cavernarios: la venganza, los gritos, la burla y la desconfianza al otro. La moral misma del saqueador de supermercado, ese que cree que todo le es debido, que no tiene por qué esperar ni pensar en nadie más. Una visión del mundo tan simple como el mundo es complejo, tan pequeño como el planeta es grande. Provinciana no sólo por donde nació o creció sino en cómo piensa o deja de hacerlo. Opus Dei que olvida que su Dios fue un condenado a muerte y uno de esos pobres que no quiere alimentar porque son ladrones. Siquiatra presa de un superyo paterno que deja de pronto escapar las profundidades de Ello. Sara Palin chilena, su instinto, como llamaradas descontroladas, quema todo a su paso. No deja nada tras de sí más que una enorme desolación. Esa de Concepción, la ciudad de la que era alcaldesa y en la que se convirtió en simple ejemplo escalofriante. </p>
<p>Uno más de esos gritos que buscaban autoridad moral, militar, política para no dejarnos a solas con el monstruos que nos habita, ese que bien puede usar maquillaje. Esa misma autoridad que perdió en el terreno la alcaldesa de una comuna que mostró desnudo el odio y la desconfianza de la que siempre hizo ella alarde. Esa autoridad que el presidente Piñera volvió a darle por decreto, dejando en claro qué tipo de error, qué tipo de horror vamos a tener que soportar ahora. </p>
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		<title>¿Resentido yo?</title>
		<link>http://www.theclinic.cl/2010/02/13/%c2%bfresentido-yo/</link>
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		<pubDate>Sat, 13 Feb 2010 23:48:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas y Entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[Poder]]></category>
		<category><![CDATA[Rafael Gumucio]]></category>
		<category><![CDATA[resentido]]></category>

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		<description><![CDATA[POR RAFAEL GUMUCIO Resentido. En miles de comentarios de blog, en cientos de conversaciones: resentido como único argumento, como juicio definitivo. Eso es todo, eso basta, eso sobra. Cuestionar la relación de Piñera con el dinero, la incapacidad de deshacerse de sus negocios a tiempo, el uso y abuso de la información privilegiada, o su [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>POR RAFAEL GUMUCIO</p>
<p>Resentido. En miles de comentarios de blog, en cientos de conversaciones: resentido como único argumento, como juicio definitivo. Eso es todo, eso basta, eso sobra. Cuestionar la relación de Piñera con el dinero, la incapacidad de deshacerse de sus negocios a tiempo, el uso y abuso de la información privilegiada, o su trato vejatorio y patronal sobre los periodistas y sus editores, preguntar por esas cosas, perder el tiempo criticando lo incriticable es ser automáticamente tachado de resentido. Resentido, simple resentido: no se discute así argumento alguno. No estás equivocado, eres equivocado. Tu problema no es ideológico, político, o siquiera moral, sino sicológico. Una pulsión más fuerte que tú te fuerza a quitarle méritos al que es mejor en todo que tú. Una mezquindad te impide ver la grandeza del que gana, del que por el hecho mismo de ganar tiene que tener la razón. <span id="more-13741"></span></p>
<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2010/02/resentido-yo.jpg" alt="" /></p>
<p>Resentido, pobre y simple rezagado en la escala del éxito que no tiene la fuerza de sumarse a él, que temeroso de naufragar se abraza a la pobre balsa de los argumentos, de los ejemplos internacionales, de la moral cristiana o no. Todos esos restos de nada que no son más que una justificación ante el brillo del triunfo. Resentido como los que criticaron a Menem, a Fujimori, a Collor de Melo, o a Berlusconi, hombres que no hicieron más que hacer legal lo que es evidente, real lo que todo el mundo sabe es la realidad: el que gana gana, el que pierde pierde y el resto es sólo cinismo legal, cristianismo mediocre, discursos para la gilada, señoras subidas de peso que se dedican a escuchar gente que no supo aprovechar sus oportunidades.  </p>
<p>“Y si sabe ganar plata que la gane, si todos sabemos que son todos ladrones, si al menos ese no disimula. Y no te gustaría ser como él en el fondo”. Discurso de taxista argentino que en el fondo nunca se equivoca. Eso complementado con la idea racista de que los chilenos somos intrínsicamente honestos y aunque hagamos lo que hacen los vecinos de la misma manera siempre seremos distintos. </p>
<p>“Pero no es así, pero no es para tanto compadre, no seas resentido”. Resentido el que desconfía de entrada del que no puede robar porque necesita hacerlo porque es rico, porque se hizo rico por sus propios medios sin el papá Estado, sin pitutos y sin arreglines. Porque ya se sabe que sólo es corrupto el que tiene conciencia de que se corrompe, el que se deja corroer por la culpa que inmoviliza y mata. Sólo son ladrones los que se llevan lo que no es suyo y nunca lo es quien cree que todo es de alguna manera suyo por lo que tiene derecho a llevárselo consigo. </p>
<p>Resentido, entonces, porque todos queremos ser ricos, muy ricos, demasiado ricos. Resentidos esos que piensan que se puede ser demasiado rico. Demasiado rico de manera tan lamentable y tan triste como se puede ser demasiado pobre. Resentidos los cuatro evangelios, el Corán, las enseñanzas de Buda, de Moisés o de Zaratrustra que no sólo critican la riqueza excesiva sino que abogan por la pobreza común. Resentido por cierto Marx, pero también Darwin que creía que ni una selva podía sobrevivir con sólo leopardos. Resentidos todos los cuentos de hadas, Walt Disney, los Simpson, Hollywood y Bolliwood. Resentidos y mentirosos los que ganan para vivir, los que aman los lujos que pueden oler, devorar, sentir. Resentidos los que piensan que hay algo enfermo en poseer más de lo que se puede disfrutar, ver, dejar. Resentido el que cree que hay algo triste en ese arte de ganar hasta quedar solo con su sombra, en ser Presidente sólo para decir lo que las encuestas dicen que hay que decir, en tener siempre algo que esconder en las entrevistas, en depender todo el tiempo de guardias, colaboradores que amenazan, llamadas por teléfono a los editores. Triste defender la libertad y ser el menos libre de los hombres, preso de lo que tiene y lo que le falta, poseedor de tantas cosas que no duran, que se apagan, que no importan, luchando para dejar algo que importa y que dure pero ensuciándolo con incontinencias, viejos negocios, ansia sin control que no están a la altura ni siquiera de las escasas ideas que te quedan, de los recuerdos que te abrigan, de las promesas que te hiciste cuando no eras nadie, o sea cuando no eras todos, cuando sólo eras tú. </p>
<p>Resentidos los que se preguntan si eso tiene algún sentido, si va hacia alguna parte ese poder que desnuda nuestras hambres más primordiales, que se alimenta de nuestros miedos más infantiles, que nos recuerda que somos todos igualmente necesitados, desabrigados, desnudos, que todos queremos ganar, que los que no ganamos estamos perdidos, indignados en nuestra debilidad, dolidos en nuestras insuficiencias, incapacitados para opinar o preguntar, porque nos falta todo lo que al otro le sobra.<br />
Resentido, pobre y triste resentido, dicen los vencedores remarcando con ese mote que no ganaron sólo una elección, sólo un gobierno, sino el derecho sobre el deseo, sobre el sentido mismo, sobre lo que todos debemos, queremos. De todas las derrotas de esta elección esa es la única grave. Perdimos todos de una sola vez, por 51 por ciento de los votos, el derecho a desear otra cosa del jefe. </p>
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		<title>Gumucio para El País: Vértigo en un Chile que quiere más estado, pero elige a la Derecha</title>
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		<pubDate>Fri, 29 Jan 2010 14:56:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas y Entrevistas]]></category>
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		<category><![CDATA[El Pais de España]]></category>
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		<description><![CDATA[Los siguientes son algunos párrafos que hemos seleccionados de una columna escrita por nuestro colaborador habitual Rafael Gumucio, para el diario El País de España: &#8220;(&#8230;) La reciente victoria de la derecha en Chile es para mi generación más que un simple cambio de nombres y siglas en el poder. Más que tristeza o alivio, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2010/01/vertigo.jpg" alt="" /><br />
Los siguientes son algunos párrafos que hemos seleccionados de una columna escrita por nuestro colaborador habitual Rafael Gumucio, para el diario <strong><a href="http://www.elpais.com/articulo/opinion/Chile/vertigo/elpepiopi/20100127elpepiopi_5/Tes">El País</a> de España</strong>:</p>
<p>&#8220;(&#8230;) <em>La reciente victoria de la derecha en Chile es para mi generación más que un simple cambio de nombres y siglas en el poder. Más que tristeza o alivio, veo en mis amigos y compañeros de oficina una sensación de vértigo que crece con los minutos.<span id="more-13520"></span></p>
<p>Da lo mismo que en gran parte estas elecciones más que ganarlas la coalición de derecha, las haya perdido la Concertación y su incapacidad para buscar un candidato convincente. Da lo mismo que haciendo casi todo mal, la Concertación siga convocando al 48% de la población. Da lo mismo que la gran promesa de Piñera, un hombre que votó el No y se presume liberal, sea la de continuar con los logros de la presidenta Bachelet. El vértigo sigue ahí. Un vértigo que explica en gran parte los errores y la resignación de la Concertación. Un vértigo que explica la prudencia y moderación con que Piñera recibe el poder en sus primeras horas de presidente electo.</p>
<p>Con el fin de la Concertación terminan muchas, demasiadas certezas al mismo tiempo. Lo hace, lo que es más extraño aún, sin disparos, en completa, en compleja, normalidad. Gobiernan ahora los que, marcados por un pasado de horror dictatorial, parecía que jamás volverían a gobernar en Chile. Lo hacen con otros que no comparten el estigma de Pinochet. Hijos, como los que votaron por la Concertación, de estos 20 años de transformaciones sin precedentes que deja un país que ha crecido tres veces más que sus vecinos pero que es también uno de los más desiguales del continente. Un país en que la presidenta Bachelet goza de un inédito 80% de popularidad, pero que vota por quienes hasta hace poco pensaban que no daba el ancho y había que desalojarla como sea. Un país que, según las encuestas, pide más Estado y protección social pero vota por quien ha sido, toda su vida profesional, un ferviente partidario del neoliberalismo económico</em> (&#8230;)</p>
<p><em>La enumeración de estas contradicciones, de estas transformaciones vitales y morales creo que explica en gran parte ese vértigo que me inmoviliza ahora mismo. ¿Quiénes somos? ¿Qué hicimos bien? ¿Qué hicimos mal? ¿Se puede separar los logros de los fracasos, el Museo de la Memoria que recuerda las torturas y los energúmenos que en la celebración de Piñera cantan loas a Pinochet? ¿Quiénes somos? ¿Un ejemplo para todos los organismos económicos internacionales o una vergüenza para todos los nostálgicos de la revolución? ¿Un país ordenado del Tercer Mundo, un país desigual del Primer Mundo?</p>
<p>Sé yo que estos 20 años han sido mi juventud. Sé que ahora tengo 40 años y tengo que hacerme responsable de mis actos, sin padres, presidentes o coaliciones que me protejan o salven. Sé qué me toca, sé qué le toca también al país, la triste gloria de ser adulto</em>&#8220;.</p>
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		<title>Infierno en el país del limbo</title>
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		<pubDate>Sat, 31 Oct 2009 14:38:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2009/10/critico-y-su-pintura.jpg" align="right" /><br />
POR RAFAEL GUMUCIO</p>
<p>A mediados de los años noventa -la época en que empecé a publicar libros y artículos- casi nadie hablaba del pasado. Los que podían hablar de los setenta con conocimiento de causa estaban demasiado heridos y condolidos para decirnos nada que tuviera sentido. Eran tiempos en que Ariel Dorfman se ganó el desprecio de su amigos y contemporáneos hablando de la tortura, la época en que Frei no recibía a la Sola Sierra, una época de olvidos varios y mucha cocaína en que tres de los cuatro candidatos brillaban en los titulares.<span id="more-10928"></span></p>
<p>Los diarios, pero también los libros, o las exposiciones de arte, estaban llenas de palabras que no se podían decir, de nombres que no se podían rememorar. De hecho gran parte de la literatura (nueva narrativa) y el cine (Historias de Fútbol, El Chacotero Sentimental) de aquel tiempo intentaba evitar ese tópico inevitable. En un década la cosa ha cambiado drásticamente. Los símbolos de la izquierda, desde la zampoña hasta Neruda, son utilizados por casi todos los candidatos. Un amigo mío que estuvo en una fogata hace poco con Sebastian Piñera, me contó que el candidato de la derecha sólo se sabía canciones de izquierdas. Las misma que canta -o brama- su hermano Miguel en sus CD.</p>
<p>Con o sin Piñera, y quizás más y mejor con Piñera, los desaparecidos, los crímenes, La Moneda en llamas serán lo que ya son, un cliché cómodo, un indiscutible lugar común para el que quiere lograr sin esfuerzo un público culposo y concentrado. La verdadera frontera de conservadurismo chileno no está ya en el pasado, por todos -o casi- asumido, sino en el presente. Las pocas obras que hablan de eso, de ese Chile nuevo y complejo que no es fácil de catalogar, donde los buenos no son tan buenos y los malos no son tan perversos, son perpetuamente perseguidos por los guardianes de nuestro paraíso consensual. Se puede decir lo que se quiera de Pinochet, se puede llorar hasta el cansancio sobre Allende, lo que no se puede aún contar es la historia de tu tía, de tu madre, o de tus amigos.             </p>
<p>El Chile desigual, violento y a rato feliz, el de La Florida tan parecida en el fondo a Vitacura, el de Temuco ahogado en el humo de sus chimeneas, ese Chile es lo que no nos gusta mirar, lo que nos incomoda comentar. Así la película como La Nana ha recibido sus peores críticas en Chile. Éstas una y otra vez intentan probarnos que lo que vemos en esa pantalla no es Chile, no es su Chile. El crítico parece incapaz ante estas película de olvidar que es patrón, o hijos de patrones, o que su madre o su tía es Nana o hija de Nana. Venga de donde venga, su conclusión es la misma, no se puede hablar de eso aquí, no puede molestar ese paraíso terrible del que todos mamamos. La crítica chilena -esa mezcla sutil de resentimiento casi de izquierda, siempre al servicio de la censura y el temor de la derecha- no puede soportar la falta de moraleja. Quiere saber quién gana, necesita un jefe que les diga qué pensar. Le molesta así que Jorge Edwards hable de su generación en primera persona, sin mito ni pudores, que Mauricio Electorat tenga ambiciones literarias y diga garabatos en chileno, o que Pato Fernández hable de Germán Marín y el Liguria. Al margen del talento de cada cual, o de su prosa -que no comentan por falta de conocimiento en la materia- sus críticas huelen casi siempre a castigo de tía abuela que nos recuerda que hay cosas de las que no se puede hablar. Le entusiasma así que Beltrán Mena o Collyer hablen de África (en dos libros llenos de méritos, todo hay que decirlo). Al margen de lo que digan o no sobre África, le gustan que hayan ido lejos y no remuevan el caldero podrido de nuestra convivencia, de su convivencia también. Pablo Larraín, que recibió coscorrones por la incoherente Fuga, recibe estrellita por la más coherente, pero en el fondo mucho menos valiente, Tony Manero. Aguantan a Miguel Littín hoy porque siguió sin oír a los críticos que lo dieron por muerto y acabado, y se adelantó a lo que no quisieron ver entonces, pero aceptan ahora: Allende en el cine, a toda pantalla.</p>
<p>El nuevo conservadurismo ha inventado ya un pasado consensual sobre el que pactar. Así Warnken y Ampuero desde su militancia juvenil (oportuna, por no decir otra cosa) piden perdón por todos nosotros. Ellos no son malos, a ellos no les gustó nunca Pinochet pero sí les fascina su obra. Uno de ellos, probando una vez más que la ingenuidad no es antónimo del descaro, nos dice que hemos matado todos a Víctor Jara, exculpando a los que sí le cortaron las manos. La guerra ya no es por grandes ideas o concepciones de mundo sino sobre el plano regulador de Vitacura, las becas tal o cual, las tinieblas de un mundo tibio en que todos finalmente se mezclan en defensa del orden establecido, ese donde los Espinozas y los Vial, los Pintos, los Cavallos, los Martínez y los Politos Muñoz vuelven hacer de capataz y patrones, preocupados de que el fundo no se le desbande sin permiso del jefe. Ese orden donde los marginales tienen que seguir marginados para que recibir aplauso, ese en que como Iván Navarro o Alfredo Jaar hay que dar prueba de izquierdismo para poder triunfar en la meca del capitalismo mundial. Y el gobierno que invita a todos y a ninguno en esas comisiones (yo he sido parte de varias de ellas) en que el regionalista, el excomunista, y el experto en autoayuda piden su cuota de comprensión, su pedazo de país para que nadie pelee y nadie gane, o lo hagan los expertos en confusión. Nostálgicos e integrados juntos, como el anestesista y el cirujano a punto de cercenar los miembros de lo que queda de preguntas, de miedo, de placer.</p>
<p>Todos juntos han logrado que la exigencia en el arte chileno actual sea cada vez menos exigente, tan demasiado simple que casi nadie puede llegar a ser tan predecible. Chile es así en el terreno cultural el país del limbo, ese baile tropical donde hay que doblarse, reducirse y flexionarse para sobrevivir a la barrera que baja y baja cada vez más a ras de suelo. Ese suelo que justamente nos negamos a ver o a comprender de miedo a que no nos reciba cuando estemos de rodillas en él, pidiendo permiso para existir.</p>
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		<title>Piñera: El hombre que arrendó  su infancia</title>
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		<pubDate>Sun, 11 Oct 2009 15:23:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
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		<category><![CDATA[candidatos]]></category>
		<category><![CDATA[elección presidencial 2009]]></category>
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		<description><![CDATA[POR RAFAEL GUMUCIO Nos guste o no, es virtualmente imposible convencer a alguien que piensa distinto a ti a que piense como tú. Imposible no porque sus ideas sean más sólidas que la tuyas, sino porque en general lo que menos importa en las conversaciones políticas son las ideas. Esas cambian, no paran de cambiar, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2009/10/sebastian-pinera.jpg" align="right"width=180 /><br />
POR RAFAEL GUMUCIO</p>
<p>Nos guste o no, es virtualmente imposible convencer a alguien que piensa distinto a ti a que piense como tú. Imposible no porque sus ideas sean más sólidas que la tuyas, sino porque en general lo que menos importa en las conversaciones políticas son las ideas. Esas cambian, no paran de cambiar, tal como los datos, las modas o las encuestas. Lo que permanece es la infancia agazapada en el adulto que habla. Es esa infancia la que interpreta los datos, las modas, las ideas. Las convicciones más férreas, las opiniones más contundentes, no son en el fondo más que chillidos de luz amarilla, puñados de tibieza, gestos y silencios que luego las lecturas, las militancias, los años y los hijos, o la casa, no hacen más que endurecer y condensar, que convertir en un verdadero núcleo generador en el mejor de los casos, o un triste tumor, en la mayor parte de los casos, que termina por matar cuando se esparce más allá del límite del pecho.<span id="more-10384"></span></p>
<p>Nunca podré estar de acuerdo con Carlos Larraín -que me cae muy bien justamente porque sé eso de entrada- porque su madre y su padre le enseñaron una visión del mundo contraria a la mía. Una visión que aloja en la raíz misma de su pelo y no la de su pasajera ideología. Lo mismo me pasa con Evelyn Matthei o Pablo Longueira; puedo entenderme con ellos porque algo de su infancia se parece a la mía (el sentirse extranjero, el vivir en muchas partes, el tener padres que odian el clasismo), pero sé que nos separaremos al mencionar las otras partes de mi infancia que están en contradicción con la suya. Los uniformes, por ejemplo, que temo como a la peste desde que entraron a patadas a mi casa.</p>
<p>La cosas es por cierto más compleja, porque hay gente que lleva un niño de derecha pero se considera de izquierda (Stalin, por ejemplo) y gente de derecha que lleva en sí un niño libre y raro (Churchill). Hay otros que no han dejado de ser niños (Vasco Moulian o George Bush jr, por ejemplo) por lo que no se saben qué son. Las excepciones no hacen más que confirmar las reglas. La puerta giratoria de la justicia es así la representación simbólica del miedo al cuco. La idea de que hay delincuentes, nacidos como tales y gente inocente, condenada a serlo siempre, sólo se puede enseñar a los dos años. ¿Cómo no va a querer que todo el mundo esté preso el que fue golpeado sin piedad por su padre cada vez que no comía todo? La idea contraria, la que todos podemos ser criminales, la que en todo criminal también hay un hombre inocente, le costó a mi madre y a la parroquia de curas de izquierda que me hizo la primera comunión, años de esfuerzo y aprendizaje. Esa misma infancia de izquierda me ha dificultado para siempre la relación con el existo y ha lastrado mi vida laboral y sexual, pero sé que por más que renuncie a ella, es lo que soy y cuando peleo por el lucro en la educación, Fidel o la píldora del día después pesa más que cualquier dato, argumento o idea.</p>
<p>Nadie es completamente un niño de izquierda, ni completamente un niño de derecha, pero todas tenemos una base sobre la que vamos construyendo todos nuestras certezas momentáneas. Socialismo, liberalismo, mercado o Estado me guía como a cualquier otro el instinto más que la certeza. O más bien sé desconfiar de los que disimulan o desprecian esos instintos. Es ese instinto lo que siento falla en Sebastián Piñera Echeñique. El candidato de la alianza está peleado con su infancia. Sus tics, sus gestos, su incapacidad para decir lo que piensa sin un cúmulo de frases hechas, son síntoma de esa incomodidad esencial. Su mismo cambio de equipo de fútbol es todo un símbolo de este quiebre original. Cuando Piñera muestra con las manos el tamaño del candado que le va a poner a la puerta giratoria imposta una infancia de derecha, una lógica de padre castigador que nada tienen que ver con José Piñera Carvallo, ese señor excéntrico que no tenía ni una célula de derechista en todo su cuerpo. Tampoco tenía nada de derechista o convencional su madre, la señora Picha. Tan distinto al común de su clase social sus padres, que se separaron cuando nadie lo hacía. Separación de la que el candidato Piñera nunca habla porque es el candidato de los que se casan una vez y para toda la vida.</p>
<p>Es el fantasma de ese conflicto nunca mencionado el que atormenta su cuerpo y su dicción. Los otros candidatos se han construido una biografía en consonancia con su programa de gobierno. Compleja y múltiple en Marco, tradicional y presidencial en Frei, normal y clase media en Arrate. Piñera ni cuenta, ni parece dispuesto a asumir toda su verdad. Todo lo que dice suena falso porque se basa en esa infancia borroneada a la mala en el último minuto. En medio del escenario, la corbata chueca, la sonrisa helada, Sebastián Piñera, el segundo hijo de José Piñera Carvallo, es también el segundo Piñera Echeñique en ser candidato a presidente. El otro, José, perdió por decir exactamente, y sin disimulo ni tino, lo que pensaba y solamente lo que pensaba. Se ganó, eso sí, la adhesión de los que piensan como él, y el respeto de los que no. Su hermano Sebastián, en cambio, no sabe a qué padre hablarle, al viejo DC o al inventor del código laboral. No es un derechista típico, pero le falta también libertad para mandar a su sector a la cresta. No le importa el lujo ni el dinero pero acumula millones, nunca le gustó Pinochet pero sí casi todo lo que Pinochet hizo. No se atreve a defender a las ISAPRES, los bancos, o las clínicas privadas, pero sí se atreve a comprar acciones en ellas. No se cambia de la Católica al Colo-Colo, actitud despreciable pero humana (¿quién no se ha cambiado alguna vez de equipo en algo.) No, agrega al equipo de su infancia el de sus intereses de adulto. Viola justamente el sentido de ser hincha, la adhesión infantil a eso y no lo otro. Resultado: ninguna de las dos barras lo respeta.</p>
<p>Sebastián Piñera Echeñique no tiene más contradicciones, más trapos sucios, más incoherencias que los otros candidatos, sólo que la suyas parecen alojar al centro de su ser, en el corazón de ese cuerpo que no para de decirle a sus huesos y a su traje que quiere escapar de aquí lo más rápido que pueda.</p>
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		<title>¿Por qué Darwin?</title>
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		<pubDate>Sun, 27 Sep 2009 04:03:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
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		<description><![CDATA[POR RAFAEL GUMUCIO La Casa de Piedra y el CEP fueron testigos de un seminario inédito en Chile. Científicos, filósofos, escritores (nada menos que Ian McEwan) discutieron durante una semana el legado de Charles Darwin y su teoría de la evolución de las especies. Un seminario como ése es así una buena noticia que debería [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2009/09/url-31.jpeg" align="right"width=200 /><br />
POR RAFAEL GUMUCIO</p>
<p>La Casa de Piedra y el CEP fueron testigos de un seminario inédito en Chile. Científicos, filósofos, escritores (nada menos que Ian McEwan) discutieron durante una semana el legado de Charles Darwin y su teoría de la evolución de las especies. Un seminario como ése es así una buena noticia que debería ser imitada a la brevedad. De ser rigurosos después de rehabilitar a Darwin lo normal sería hacer lo mismo con los otros dos barbudos: me refiero a Karl Marx y Sigmund Freud. Seguidores polémicos del mismo Darwin, tan audaces, tan fundamentales, tan equivocados, tan transcendentes como él. Sospecho, quizás injustamente, que no recibirán estos el mismo trato que Darwin. No poco de los neodarwinianos de la Casa de Piedra son fervientes anti marxistas y se burlan cada vez que pueden del psicoanálisis. <span id="more-9996"></span>Marx y Freud son aún incómodos, son aún molestos en Casa Piedra, pero también en la Universidad de Chile. Millones de hombres murieron en el nombre de las teorías del primero, otros han sido internados, destruidos, castrados por las investigaciones del segundo. ¿Pero es Darwin más inocente que sus dos colegas? El darwinismo vulgar alimentó parte esencial de las teorías nazis. El darwinismo social, por su parte, probó en la crisis del 29 ser además de cruel, ineficiente. </p>
<p>¿Esos muertos, esos heridos le quitan grandeza a los tres barbones? Sí y no. El vigor intelectual, las verdades que supieron ver sin miedo sigue siendo la misma, pero los muertos hacen de frontera, de límite que no podemos olvidar al encarar las montañas y llanura de su pensamiento. El Libro Negro del Comunismo, y el Libro Negro de la Siquiatría se han vendido como pan caliente. Darwin, que yo sepa, no tiene un libro negro para sí mismo. ¿Por qué Darwin tiene derecho a esa amnistía y no la tienen ni Freud ni Marx? Darwin es el ateo, el destructor de valores que la empresa y la elite aguantan porque el único valor, el único orden con el que no rompió, fue justamente el del mercado. Eso explica que haya pocos darwinianos pobres. Al darwiniano le suele entusiasmar la selección natural porque se siente a sí mismo parte de los esencialmente seleccionados. El darwinismo en su versión vulgar, es un consuelo para millonarios. El marxismo y el freudianismo son justamente lo contrario, una fuente de disturbios, de culpas, de complejidades. Síntoma visible de lo que nos hemos convertido como sociedad, la revolución darwiniana -esa que prueba de manera científica el lema de Quincas Borba “Al vencedor las patas” o la chilena ley de Moraga “el que caga caga”- no sólo no nos horroriza sino que nos acomoda.</p>
<p>Darwin como Marx o como Freud es cruel, frío, amplio, raro, pero le falta lo que a los otros barbones le sobra. Marx y Freud incorporan a su pensamiento la idea de que se puede cambiar la línea trazada por la especie, que se puede sanar al hombre o la sociedad de sus taras, miedos, e injusticia. Marx y Freud odiaban la religión, y despreciaban la idea de Dios, pero incorporaron a su pensamiento el libre albedrío, y la redención. Los métodos que propusieron para lograrlo hoy nos parecen cómicos si no siniestros. A mí me parece aún más cómico y más siniestro evitar, como evita el darwinismo el tema. </p>
<p>El realismo darwiniano olvida que las cosas son lo que son pero también lo que son, lo van a ser y lo que nunca serán. Olvida que la revolución es siempre un error, y muchas veces una suma de horrores, pero la falta de revolución es la muerte segura. El reino de los fuertes supone que hay una sola manera de serlo. El mundo de los elegidos, olvida que todos lo somos. Creer que el génesis es literalmente una descripción de la creación del mundo es tan tonto como pensar que es sólo una leyenda que no cuenta ninguna verdad oculta. Porque las leyendas y saber leerlas es justamente lo que nos ha distinguido del mono. No comprender la Biblia, no lograr ya la exacta distancia intelectual para saber que Adán y Eva no existieron pero existen cada vez que lo leemos, es lo que está empobreciendo el mundo de manera acelerada.</p>
<p>El Chile en que ese seminario se realizó con justificado éxito, es el ejemplo mismo de esta involución intelectual. Un país donde los fuertes, los poderosos, los ricos, quieren que ya no les pregunten cómo y porqué llegaron ahí. Un país donde los poderosos quieren serlo científicamente.</p>
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		<title>Chile puertas adentro</title>
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		<pubDate>Sat, 29 Aug 2009 04:00:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
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		<category><![CDATA[catalina saavedra]]></category>
		<category><![CDATA[cine chileno]]></category>
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		<description><![CDATA[Por Rafael Gumucio ¿Qué chileno al ver La Nana no piensa que ésta es también su película? Para bien o para mal, le guste o no le guste el resultado, ésta no es la película de un director, de un guionista, de unos actores (todo ellos, por cierto, soberbios), sino de un país, o al [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2009/08/url-3.jpeg" align="right"width=180 /><br />
Por Rafael Gumucio</p>
<p>¿Qué chileno al ver La Nana no piensa que ésta es también su película? Para bien o para mal, le guste o no le guste el resultado, ésta no es la película de un director, de un guionista, de unos actores (todo ellos, por cierto, soberbios), sino de un país, o al menos de una generación. Una historia que todos conocemos de tan cerca, tan terriblemente cerca, que nos cuesta mirarla sin pestañar de horror. Pasa como con El Padrino o Cien Años de soledad, película y novela que eran antes de ser creadas, un par de leyendas buscando un narrador. Encontrándolo justamente en quienes nadie esperaba que pudieran contarla. Un sofisticado director de cine que nunca había visto una pistola en su vida y un escritor colombiano hasta entonces expertos en seres solitarios a los no les llegaban cartas.<br />
<span id="more-9171"></span><br />
Sebastián Silva y su guionista Pedro Peirano, saben que pisan un territorio que todo el mundo siente como propio. Con inusual coraje, penetran en esa pieza de empleada, que es y no es parte de la casa.<br />
No es el lugar ni el momento para hacer chorezas, inventar discursos, o distraerse. Están contando una historia de muchos, y lo hacen con cuidado, con precisión, con honestidad. Lo hacen, y eso es lo que más se les agradece, sin esconder su propio lugar en la historia. No es la Nana la que cuenta su historia y esta no es la historia de todas las Nanas, ni del sistema de explotación doméstico en Chile, sino que la historia de la Nana en esa casa. La cámara parte entonces del living de los patrones para internarse puertas adentro. Si lo hiciera al revés, si no entrara más allá de lo que le es permitido, no habría película. El tono de farsa, los apuntes al natural, son una forma de pedir permiso poco a poco para explorar ese espacio íntimo alojado en secreto en otro espacio íntimo. </p>
<p>El resentimiento, crítico de izquierda en la retórica pero finalmente de derecha como sus patrones, quiere saber si Raquel es una víctima o una victimaria. No soportan justamente lo que hace esta película encantadora, la incoherencia de la verdad, su sutileza pero también su frenesí. Ello necesita explicaciones, porque justamente les ahorró el triste trabajo de ver lo que está viendo, de comprender lo que están disfrutando. Quieren saber si Raquel (una actuación de antología de Catalina Saavedra) es sólo una loca, o sólo un símbolo de la explotación del lumpen proletario. Raquel. Pero Raquel es todo eso y un poco más. Los críticos de alguna forma vuelven a escenificar la tragedia de Raquel, ésa de ser vista siempre de fuera, ésa de ser clasificada, perdonada, odiada, querida, sin que nadie le pregunte a ella qué le pasa. Una malidición que en parte -y nunca del todo, cosa que hace mejor la película- rompe el personaje encarnado por Mariana Loyola. </p>
<p>Una empleada más joven que simplemente abraza a Raquel y le pregunta lo que nadie le ha preguntado antes: “¿Qué te hicieron?” </p>
<p>Una mala película, chilena o americana, hubiese seguido adelante con el relato de Raquel de sus traumas, sus dolores, su vida. Pero eso no importa aquí. No nos importan sus dolores, predecibles, conocidos e intercambiables, sino cómo toda esa casa, toda esa vida, vive de evitar esa pregunta, vive de echarse al bolsillo ese dolor. ¿Hay alguna denuncia más dura de la injusticia chilena que ésta que no grita, que no miente, que simplemente cala donde más duele, en esos cuerpos desnudos a la siete de la mañana recibiendo como un castigo el agua de la ducha? </p>
<p>En Machuca el pasado y su dolor de la Unidad Popular y el golpe nos era contado como un juego de niño. Un cuento de hadas en que los brujos ganaron la batalla al final. Incapaces de asumir la complejidad de los discursos de adultos que acometimos entonces, volvíamos en esa muy buena película a una inocencia que nunca tuvimos. En La Nana vemos a esos niños a la fuerza, jugando a ser grandes sin convencer a nadie que lo son. El padre que ocupa lo mejor de su tiempo a pegotear maquetas de barco. La madre que se ve impedida de tomar cualquier decisión. La propia Raquel virgen y sola poniéndose una máscara de gorila en el baño de los niños. Sólo la llegada de una madre, que es al mismo tiempo una hermana menor, podrá ayudar a la Nana a salir en parte de la infancia obligatoria en que el miedo, ese miedo paralizante que sigue flotando sobre Chile, ha hundido esa casa. </p>
<p>Mi deformación profesional de cronista político, no puede dejar de ver en Mariana Loyola, de anteojos más grandes que su cara sonriente y redonda, un símbolo perfecto de lo que ha sido el reino de Michelle Bachelet Jeria. A las Nanas, las puertas adentro o las puertas afuera, este gobierno no las ha liberado del yugo del trabajo mal pagado. A los patrones no nos ha dado una alternativa que no sea perpetuar esta injusticia sobre la que gira toda nuestra vida doméstica. No ha roto la Concertación con los nudos de la explotación colonial, pero sí ha abrazado, pero sí ha escuchado. Eso que parece superfluo a los superfluos, eso que la ultra izquierda y la derecha (que siempre es ultra en Chile) le parece despreciable, pero que muchas veces hace la diferencia. Eso que no lo es todo, que puede parecer nada, pero que es el comienzo de cualquier cambio que importa y que valga. El considerar al otro como un interlocutor y no un cliente, un empleado, o un beneficiario. </p>
<p>No le ha dado a la Nana la Presidenta la libertad, pero sí le ha preguntado: “¿Qué te hicieron?”, logrando con esa sola pregunta mucho más de lo que queremos admitir ahora que es tiempo de los audaces, los que ganan siempre el partido con dos o tres goles ya en el camarín.</p>
<p>En la película, como en la política, ese intento de escuchar termina antes de que la Nana se rebele, se enamore, se vaya. La empleada de anteojos no quiere seguir toda la vida ahí. La casa vuelve a su orden anterior. La breve primavera de la Nana se acaba. Los patrones siguen siendo los patrones, los empleados siguen naciendo y creciendo donde nacen y crecen los empleados. ¿Piñera, Enríquez, Frei? Tres emprendedores, tres triunfadores, tres machos, tres hijos que quieren ganarle al padre. Como triste consuelo, o como verdadera redención, no lo sabemos, le queda a la Nana el buzo de gimnasio, la sonrisa boba y el MP3 para hacer footing en ese barrio en que ha vivido casi toda su vida, pero de la que no será nunca una vecina más. </p>
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		<title>GUILLERMO</title>
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		<pubDate>Thu, 30 Jul 2009 20:16:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Guillermo Hidalgo]]></category>
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		<description><![CDATA[POR RAFAEL GUMUCIO Guatón desgraciado. ¿Cómo eres tan maricón de venir a opacar a Michael Jackson y Farrah Fawcett con tu muerte? “Farrah Fawcett está para un fierrazo la vieja”- Y te veo haciendo esos gestos obscenos que sólo a ti te salían elegantes, ligeros como una caricia, que hasta las mujeres más pudibundas te [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>POR RAFAEL GUMUCIO</p>
<p>Guatón desgraciado. ¿Cómo eres tan maricón de venir a opacar a Michael Jackson y Farrah Fawcett con tu muerte? </p>
<p>“Farrah Fawcett está para un fierrazo la vieja”- Y te veo haciendo esos gestos obscenos que sólo a ti te salían elegantes, ligeros como una caricia, que hasta las mujeres más pudibundas te perdonaban. Imperdonable gracia la tuya que hacía todo bien pero sentía una íntima vergüenza de tus facilidades, de ese talento inmanejable y gigantesco que te permitía hacer dialogar a la borracha Adela, el exreo Titan y el cuico Chupete Aldunate en un misma mesa redonda imaginaria. Tú que podías escribir como todos ellos, entregar unas columnas perfectas en cinco minutos, pero cuando tenías que hacerlo como Guillermo Hidalgo Muñoz te bloqueabas, demorabas, dudabas.<br />
<span id="more-8129"></span><br />
¿Qué era lo que tu enorme delicadeza, esa que a veces se hacía brutal, no te dejaba decir? ¿A quién le tenías tanto miedo tú que podías conquistar a cualquiera que se te pusiera por delante? Y los cuentos de Nicaragua donde las mujeres usaban bigote y viste morir un hombre y esa vez que fuimos a Río en pleno Carnaval a atrapar mujeres y sólo conseguimos ver a Gwyneth Paltrow en una película de los hermanos Farrelly. Y la vez que esperamos que llegara nuestro turno con las mujeres, a la cinco de la mañana, en un bar de Buzios donde un sicópata brasileño tocó todo The Wall de Pink Floyd solo con una guitarra eléctrica. Y Macul, y la familia y la universidad de Chile y “Sobre héroes y tumbas”, la terrible juventud en dictadura de la que nunca saliste, esa donde la noche siempre era peligrosa, y los CNI curados en el Oliver sobre los que querías escribir una novela. Esas noches del 82, del 83, del 84 en que los seudónimos y las máscaras eran la única forma de sobrevivir. Las mil máscaras de tu rostro tan parecido al de Alberto Sordi. Esa clandestinidad que siempre te acompañó; tú, flaco y elegante por dentro; tú, gordo y desastrado por fuera; tú y ese desacuerdo básico contigo mismo que te hacía ser el más gracioso siempre y el que al final de la noche se quedaba más solo. Y ese empeño tuyo en admirar la normalidad, las casas con hijos y con esposas como si fuese un premio y no la vida, la simple vida que te empeñabas en encontrar imposible. Tu departamento de Monseñor Müller estacionado en la misma noche siempre, con el televisor blanco y gris y la cama deshecha y esa noche en que supiste en un bar que no cantaría el Pollo Fuentes aunque tu crónica de su actuación ya estaba escrita y en imprenta, y esa deliciosa metida de pata que me dio la oportunidad de conocerte y quererte y temerte y luego volver a quererte. Tú, que estabas en tu casa en cualquier parte y en casi en todos los diarios y revistas de Chile donde escribiste porque nadie sabía hacerlo mejor que tú, porque nadie reclamaba por ellos menos derechos, a no ser ese de faltar y de fallar, eso que te costaba tanto que tenías que hacerlo en grande. </p>
<p>Incapaz de pelear sin antes herirte a ti mismo hasta los huesos, incapaz de decir una pesadez sin antes anestesiarte, todo tenía que dolerte tanto, todo me duele tanto ahora que me acuerdo. En Barcelona esa vez en ese bar de tapas para turistas que habíamos escogido los dos como favorito porque no preguntaban muchas cosas y no desafiaban nuestra timidez. La última vez, esa, que fue casi como antes, el arte tuyo que se llama periodismo -el verdadero, ese que no quiere denunciar ninguna verdad ni dar ni una sola lección-, el arte de escuchar que ejercías incluso cuando hablabas hasta por los codos. Y después, te acuerdas, la película sobre el fin del mundo que vimos en un cine de centro comercial. Y la risa, tu risa, guatón, a la salida del cine. Como antes, sabiendo que ya no era como antes, que la pelea contra ti mismo la estaba ganando el otro, es decir tú, una de las tantas versiones de ti mismo que terminaron por reclamar su lugar. </p>
<p>“Son más los que mueren de desamor”, dice Saúl Bellow en una novela que se llama así mismo. Un título que recién ahora comprendo. Tú que tanta gente amabas, tú que no podías dejar de amar, de eso, en pleno frío, en pleno esmog, en plena campaña electoral, en plena queja, en plena noche, en plena vida te moriste. Guatón, no es tan terrible esta vida, ni mereces ni un castigo ni un premio por ser el más gracioso siempre. Quería decirte, pero no serviría de nada porque ni siquiera te darías el trabajo de refutarme. Eso era lo terrible, Guatón, no discutiste, no nos hiciste caso, te quedaste de una pieza, por si nos perdíamos en la bruma. </p>
<p>Escritor fantasma de tantos diarios y revistas, ¿serás ahora un fantasma escritor? Eso espero, que nos atormentes, que nos visites, que no dejes de penarnos, guatón desgraciado, ¿cómo se te ocurre morirte?</p>
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		<title>Los Hermanos Mayores</title>
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		<pubDate>Sat, 06 Jun 2009 18:31:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
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		<category><![CDATA[marco enríquez-ominami]]></category>
		<category><![CDATA[presidenciales]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Rafael Gumucio La candidatura de Marco Enríquez-Ominami ha puesto en primer plano un debate generacional pendiente. Creo yo, pero es tema de otro artículo, que este es sólo la máscara detrás del que esconde otro debate también pendiente: el de las clases sociales, el de la uniformidad escalofriante de nuestra elite que, lejos de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2009/03/gumucio11.jpg" align="right" />Por Rafael Gumucio</p>
<p>La candidatura de Marco Enríquez-Ominami ha puesto en primer plano un debate generacional pendiente. Creo yo, pero es tema de otro artículo, que este es sólo la máscara detrás del que esconde otro debate también pendiente: el de las clases sociales, el de la uniformidad escalofriante de nuestra elite que, lejos de variar, va perpetuándose en un espiral de resentimiento y castración infinita. Un debate que si no se da luego puede acabar con nuestra democracia. <span id="more-6418"></span></p>
<p>Mientras llega el candidato que represente la nueva elite, Enríquez llama al recambio etario. Una generación, dice, la que marchó en la Patria Joven de Frei Montalva ha acaparado el poder por más de tres décadas. Sin embargo, esta generación -la de Lagos e Insulza, la de mis padres y los de Marco- no es la que gobierna hoy las estructuras partidarias que el candidato Enríquez critica. No son los padres, los Núñez, los Viera Gallo, los Insulza los que destruyeron cualquier candidatura progresista en favor de un candidato repetido y débil que no ha sabido hacer otra cosa últimamente que enojarse por estar ahí. Tanto Escalona como Auth, tanto Gómez como Latorre, pertenecen a otro grupo etario, el de los que fueron niños en la UP y le tocó empezar a militar en dictadura. La generación, más allá de Chile, del pos hipismo, esa de la que tan magistralmente habla Bolaño en muchos de sus libros, esa en Chile que tiene como máxima expresión literaria a los ermitaños Marcelo Mellado y Claudio Bertoni, dos hombres que se resisten al mundo porque resulta para ellos una amenaza permanente.</p>
<p>Hay, por supuesto, como en toda generación que se respete, toda suerte de caracteres, mentalidades, visiones de mundo entre los que cumplen hoy 50 años. Yuppies y alternativos, católicos y marihuaneros. Pero sí en casi todas sus biografías hay un elemento de frustración, de soledad, de infancias rotas bruscamente, de adultez no del todo asumida. Hay un problema con el yo, con el decir yo entre muchos de los dirigentes, escritores, pensadores, que fueron hijos de madres y padres liberados pero que por eso mismo no fueron nunca del todo libres. En Chile esto se ve agravado por la dictadura que hizo patente lo imposible, que cortó cualquier ala posible, que obligó a cada cual a envolverse en un discurso cerrado y perfecto. La ecología de Girardi, o el centralismo democrático de Escalona, la generación de recambio de la Concertación es más dogmática, más cerrada que sus padres o sus abuelos. Carolina Tohá es una gran vocera porque es exacta, precisa pero no se espere de ella vuelo propio, locura. El ego de un Lagos, o de un Piñera, o de Marco, o el ego mismo de quien escribe este artículo, es algo que la generación de los cincuentones se permiten sólo pantanosamente, de manera enredada, complicada, puritana. Esa ha sido justamente la cruz que ha cargado Girardi, esa de esconder sus contradicciones hasta verse pillado en todas ellas. Es lo que aplasta al talento natural de Escalona, regido por el miedo, incapaz de ver las posibilidades en el desorden, los matices en el contrario.</p>
<p>El miedo es un veneno para el político. Un veneno y una droga, porque se convierte muy luego en adictiva. La generación de Lagos, o de Gazmuri, o de Miguel Enríquez pudo tener culpas, pudo escenificar su arrepentimiento, pudo castrar, pudo esconderse, pero hizo lo que hizo, se permitió la audacia. Pagó un precio por haberlo intentado. Por más que juren no querer volver a hacerlo, esa audacia vive en ellos, ese gesto se perpetúa en una cierta libertad que se expresa tal vez sólo cuando se emborrachan. Saben como se hace la revolución y comprende sus vidas en torno a ella. Fueron criados en un Chile estable, y pueden volver a esa infancia cuando todo cambia a su alrededor. Pueden creer porque creyeron. Son los que mejor entienden la candidatura de Enríquez-Ominami, porque saben que los cambios en Chile y en el mundo, llegan no a través de la coherencia sino de la convulsión, no a través del orden militar sino del desorden artístico y que el error es parte del juego y que la política no puede permitirse controlarlo todo. Eso explica que Arrate, parte esencial de esa generación, se permita la audacia de ser candidato de la izquierda después de una vida entera en la Concertación. Esa audacia no es fingida, es suya de nacimiento.</p>
<p>En la Concertación no son los padres los que tienen miedo, los que cortan las alas, los que se desviven tratando de explicar lo inexplicable, sino los hermanos mayores. Los padrastros de esta Concertación son los que la están matando justamente por intentar mantenerla inmóvil, cuidada en naftalina, pensando que en Chile puede aún guardarse secreto, ordenar a las bases, organizar la marejada. Es el puritanismo del que se sabe pecador, el que quiere mantener todo en un orden que ya no existe, que desconfía de cualquier voz diferente. </p>
<p>Marco tiene tiempo, incluso tiempo de equivocarse, los padrastros ya no lo tienen. Dedicados a bajar a Insulza y a Lagos, no les ha quedado más que Frei, un hijo como ellos en que cada cual puede ver lo que quiere ver. Ese enojo, esa impotencia es la marca misma de esta generación nutrida en el cuidado, en el temor, en las reglas. Es el símbolo más patente de esa generación de hermanos mayores que saben lo que no quieren, pero nunca se han puesto a pensar en lo que quieren.</p>
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		<title>Más drogas, más dios</title>
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		<pubDate>Sun, 05 Apr 2009 11:34:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Gumucio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[alcohol]]></category>
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		<description><![CDATA[Por Rafael Gumucio Más y más voces serias dicen abiertamente que ha fracasado la guerra contra las drogas. Dicen que no se puede tratar como un tema de seguridad nacional el consumo y tráfico de sustancias que producen placer, deseo o calma. Más aún si esas sustancias se cultivan en países pobres y se consumen [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.theclinic.cl/wp-content/uploads/2009/03/gumucio11.jpg" align="right" width=200>Por Rafael Gumucio</p>
<p>Más y más voces serias dicen abiertamente que ha fracasado la guerra contra las drogas. Dicen que no se puede tratar como un tema de seguridad nacional el consumo y tráfico de sustancias que producen placer, deseo o calma. Más aún si esas sustancias se cultivan en países pobres y se consumen en países ricos que están dispuestos a pagar exorbitantes precios por sustancias que cuesta poco o nada producir. <span id="more-5004"></span></p>
<p>El problema de la droga no es de seguridad ni militar, tampoco es de salud pública. Es un problema religioso. Por más delantales blancos que usen los expertos, por estadísticas que saquen del sombrero, siempre hablarán desde el mito, desde la historia, desde la leyenda, porque eso es lo que estimulan las drogas, es eso lo que consume de ella, mitologías. Poco importa que el alcohol sea más peligroso que la marihuana. Ni un dato impedirá que la hierba sea castigada mientras el whisky tenga comerciales en televisión. El alcohol goza de ese estatus porque es la droga de nuestra religión, el cristianismo en todas sus formas, es la que lleva en sí la sangre de Cristo y la otra que se fuma es de otras tribus, que se reunían a alucinar con otros dioses. Es contra esos otros dioses y no contra la marihuana contra lo que los expertos y las autoridades se rebelan. </p>
<p>Un mundo sin droga no sería un mundo vivible para el hombre. La fragilidad de nuestra especie, la desproporción entre nuestros cuerpos y nuestros deseos, entre nuestra mortalidad y nuestra ansia inmortal, hace imprescindible el uso de alguna que otra sustancia que nos haga creer poder saltar sobre el pozo y sobrevivir la fiebre. En la evolución humana fueron las drogas, y en particular el alcohol, un eslabón esencial. Alejandro El Grande conquistó la mitad del mundo borracho. Sus soldados, no menos ebrios, pudieron sólo gracias a la cerveza dejar sus casas y sus vidas para internarse en el desierto. Videntes, magos y sacerdotes de todo culto predicaron y predijeron totalmente ebrios. El vino entre los griegos, los romanos y los cristianos,era repartido entre los feligreses que recién entonces se sentían parte de la misma familia. La idea de un mundo sin drogas, la lucha por la abstinencia también tiene un origen religioso, la prohibición de tomar fue la droga del puritanismo y el arma de los musulmanes. </p>
<p>El problema con las drogas es con los dioses. El uso de las drogas rituales, de las libaciones ceremoniales en fiestas, oficinas a medianoche,escondidos retretes de estaciones de buses no es un delito solamente: es un sacrilegio. Fuera del control de los sacerdotes, o de los chamanes, las drogas proveen un misticismo rápido, una iluminación que deja después un vacío imposible de llenar. Como el torpe que mira el sol sin anteojos, la droga deja tras de sí una estela de ciegos. O peor aún, un grupo de enfermos que reconstituye en clínicas y programas de doce pasos las iglesias que no le tocó conocer. Los ligas a una religión, la del adicto rehabilitado, que tiene la debilidad como dogma y la medicina como Dios. Los otros, los que siguen esperando despiertos un papelillo, los que se esconden de la policía, los que ríen fuerte para no llorar, reconstruyen pedazos de un dios despedazado. Rastros de una fe que ya es demasiado difícil mantener en vivo. Hijos de un estado, de un mundo en que el mito es sinónimo de horror, y el misterio sinónimo de ignorancia. Feligreses sin sacerdotes, niños confusos que compran vírgenes porque se ven choras, hablan de Buda porque no molesta a nadie, y creen que Donald Trump los hará inmortal. Bailadores de carnaval que no saben nada de cuaresma, híbridos (como yo por lo demás) de varias fes en desorden que pueden por unos minutos o dos protagonizar su propia misa, y beber sin hostia, y fumar la pipa de la paz sin tribu alrededor del fuego, y confundir el equipo de fútbol y el país, y el país y la Virgen María, y la Virgen María y la diosa Kali. </p>
<p>Fuera de las manos de los sacerdotes, lejos del orden tribal, las drogas sólo aceleran la confusión que nos habita. Es esa confusión, la del fetichismo y el kistch, es la que habría antes que todo combatir. Prohibicionistas o permisivos, todos los expertos entienden sin declararlo, que éste es el verdadero problema. Por eso, a pesar de estar en desacuerdo con los métodos, están al final en de acuerdo con el resultado que se resignan en intentar lograr. A falta de dioses creíbles, a falta de un Dios querible, la administración de las drogas debe ser entregada a lo más parecido a una divinidad que tenemos: Está no es el otra que el Estado, que persiguiendo a balazo a los traficantes, o llenando de impuestos los cogollos, devolverá los polvos y filtros mágicos en manos de los sacerdotes del dios Estado: los funcionarios, los doctores, los sicólogos que dan consejos en televisión.</p>
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