
POR DIAMELA ELTIT
A lo largo de la historia, una de las figuras más misteriosas y oprimidas por el universo social ha sido el niño. Producido, escrito y descrito por el poder de las instituciones –la familia, la escuela, la iglesia, el trabajo- su presencia social estuvo ligada a la categoría de objeto y no de sujeto. Administrado por las ideologías se construyó el niño “oficial” que poco o nada tenía que ver con la realidad social masiva de la infancia, marcada por el trabajo precoz de carácter esclavista, los abusos sexuales y la violencia física. Pero el racionalismo del siglo XVIII abrió un nuevo escenario y los tiempos se encargaron de desalojar la violencia explícita (escolar, familiar) como condición “natural” y, más aún, deseable para una buena formación social. Continúa leyendo ›

POR CLAUDIO PIZARRO • FOTO: ALEJANDRO OLIVARES
“El Cisarro” se ha transformado por estos días en el niño símbolo de la delincuencia, acaparando portadas de diarios y abriendo los noticieros nocturnos de televisión. Poco se ha hablado, sin embargo, del grupo de amigos que lo acompaña en sus correrías. Lo único que se sabe es que son tan niños como él y que comparten miserias. Aquí va un recuento detallado de sus partners, una suerte de prontuario social tan impresionante como sobrecogedor.
“Cuando los detenemos, se les acaba la choreza y se transforman en unos pobres niñitos. Algunos, incluso, llegan llorando al cuartel. Pero cuando salen, enfrentan a las cámaras y empiezan a hacer gestos. Es parte del juego”, explica el subprefecto Omar Matus de la Bricrim de Peñalolén.
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por Patricio Fernández
El domingo antepasado, con apenas diez años de edad en el cuerpo, se fugó el Cisarro de un centro de detención para menores. Un día antes, el Loquín (13), su mejor amigo, mientras salía del reformatorio juró rescatarlo. Más tarde, con otros cinco mocosos y un revólver, cumplió su palabra. La escena debe haber sido magnífica. Amenazaron a los guardias, treparon las rejas del recinto como monos y huyeron sin temerle a nada, asaltaron una tienda de ropas en la Alameda, caminaron abacanados, tomaron cerveza, fumaron y, ya separado de la pandilla, el Cisarro le metió conversa a unas lolas de catorce en la Villa Cousiño Macul. Desde el techo del Sename, casi en el mismo momento, otra adolescente le declaraba su amor a gritos. No puedo evitar admirarlo un poco. ¡Diez años! El pobre Cisarro (así llamado porque no pronunciaba bien la palabra cigarro), quizás hubiera sido Mozart o Rockefeller en otras circunstancias. Le correspondió ser, sin embargo, un niño ganster parido en Chile, una fuerza desbocada de la naturaleza, un ángel de cara sucia, como James Cagney en la película de Michael Curtis.
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Por JPB * Foto: ALEJANDRO OLIVARES
El Cisarro se crió en Vitacura, pero en el lecho del Mapocho. Vivía en una de las comunas más exclusivas del país, pero un cráter lunar. En un sumidero de relaves mineros. En el escupidero de las aguas servidas. En el estrato de las ratas, pero con hipotética vista al estacionamiento de un Hummer amarillo. La madre había crecido acompañando a la abuela. La abuela pedía en la calle. Esa fue la escuela de la madre.
Cuando el niño tenía un año, alrededor suyo comenzaba un ensordecedor movimiento de camiones pesados. Millonarias obras de construcción. Ejércitos de mentes, de manos, de máquinas y el gobierno. Todos trabajando por un fin mancomunado. Se edificaba una autopista para permitirles a los habitantes del Barrio Alto realizar desplazamientos libres y limpios al aeropuerto internacional. O a pasar sus fines de semana en la costa.
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POR LOLA ROVATI
Ya ha causado polémica un singular plan promovido por el gobierno británico para bebés aún por nacer. Pretende intervenir lo antes posible, desde que el bebé comienza a patear en el vientre de la madre, con la intención de cortar de cuajo las posibilidades de que ese bebé se convierta en un futuro delincuente.
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