Christopher Hume / www.thestar.com

Si esta es realmente una ciudad y no la loca idea de un jeque árabe sobre qué debiera ser una metrópoli, entonces es una ciudad a pesar de sí misma.
Para la mayoría, la imagen de Dubái se relaciona directamente con superlativos: allí se encuentra la torre más alta del mundo (Burj Dubái), el hotel más caro del mundo (Burj Al Arab), la carrera de caballos más rica del mundo (The Dubái World Cup), el más… Bueno, ustedes ya captan la idea.
Y para no quedarse atrás, está el nuevo campo de golf The Tiger Woods Dubái. Está ubicado en el desierto, y requiere cuatro millones de galones de agua al día para mantenerse verde. Esto, en un país construido sobre la arena.
También es una de las ciudades con mayores problemas de congestión en el planeta. Y no es sólo que todos manejan, sino que todos manejan mal. En Marzo del año pasado por ejemplo, 3 personas resultaron muertas y 277 heridas en un accidente de autopista que involucró a más de 200 autos.
Sin embargo, es difícil no estar impresionado por lo que se ha logrado allí. El alcance de esta ciudad, pronta a convertirse en ruina, es alucinante.
La pregunta es por dónde empezar. La calle principal, puede ser un lugar tan bueno como cualquiera. Atraviesa la ciudad y sigue hasta Abu Dhabi, la prima rica y tranquila de Dubái, y capital de los Emiratos Árabes Unidos. Esta calle, la misma donde ocurrió el accidente masivo, en algunas partes alcanza a tener hasta 14 pistas, y eso es justo en el centro de la ciudad. Existen señales que marcan el límite de velocidad, pero sólo para ser ignoradas.
En ninguna de las dos ciudades hay espacio para los peatones, pero en Dubái el visitante se da cuenta en nanosegundos que se trata de una ciudad dedicada, con entusiasmo sino servilmente, para el automóvil. Mientras más grande, mejor. En esta ciudad sólo se puede ser conductor o pasajero, jamás peatón.
Según “El Nacional”, el nuevo periódico en inglés de Abu Dhabi, en los Emiratos la gente ve a los accidentes de tráfico como la causa número 1 de muerte entre los niños. Cualquier persona que cruce una carretera está advertido que es un juego de vida o muerte. La mayoría de las veces gana la muerte.
Y si las ventas de autos familiares o grandes han bajado considerablemente en Estados Unidos, en los Emiratos Árabes, siguen con la idea que cuanto más grande, mejor. Hummers y Porsche Cayennes abundan. El tráfico de Dubái, al igual que su riqueza, depende del petróleo, una mercancía que de a poco se está acabando. El problema radica en que Abu Dhabi guarda la mayor reserva del combustible: el 95%. Dubái, por su parte, tiene menos del 5% y se espera que dure a lo más otra década. La economía se basa en los bienes raíces, el turismo y Abu Dhabi, el emirato que según se sabe ha invertido más de $10 mil millones (EEUU) en la economía de Dubái. La verdad podría ser que esta ciudad estará obsoleta en menos tiempo del que toma a la mayoría de las comunidades saber qué y quiénes son.

Por el momento, Dubái es famosa por su arquitectura. Algunos edificios famosos como por ejemplo, el Burj Al Arab, hotel de lujo situado sobre una isla artificial frente a la ciudad, se han convertido en verdaderos íconos, reproducidos sin parar en recuerdos kitsch que se venden como pan caliente. En otro contexto, por ejemplo, este edificio, a pesar de su glorioso mal gusto, seguiría siendo un monumento. Esto es sólo un símbolo del exceso en la construcción, uno de cientos, si no de miles.
Para ser justos, Dubái está construyendo un nuevo metro sobre tierra. Será el primer intento serio de transporte público en la región, sin contar las líneas de autobuses que sirven a la enorme subclase de inmigrantes que llevaron para hacer el trabajo sucio. Hay que tener en cuenta que el 90% de la población de Dubái es de otro lugar, principalmente Pakistán, Bangladesh y Filipinas.
En cuanto a esa enorme cantidad de rascacielos que abundan en la calle principal, cada uno más extravagante que el otro, tienen el extraño efecto de anularse mutuamente. Cada uno se convierte en un edificio insignificante, por lo mismo, cualquier discusión sobre su arquitectura, irrelevante.
Es importante recordar que la arquitectura ante todo, tiene un significado a partir de un contexto. No hay mejor ejemplo que el Burj Dubái, que, salvo por el hecho de ser el edificio más alto del mundo, no puede ser menos interesante. Lo más curioso de todo es que al ser el más alto no tiene presión alguna de aspirar a la excelencia. Sin duda, podría haber sido diseñado sólo por ingenieros.
Como resultado de esta frenética carrera de superar al tipo de al lado, la arquitectura se ha convertido en una atracción secundaria, por no decir, en materia inexistente.
A pesar de todo, Dubái es una ciudad pujante de 1,4 millones de habitantes, siendo la inmensa mayoría expatriados. Al pasar por las calles de los barrios donde viven estos trabajadores, es algo que se aproxima a lo que conocemos como barrios. No se parecen en nada quizás, pero hay vida en la calle: tiendas, restoranes, etc. Probablemente este sea el único lugar de Dubái por donde se pueda caminar.
Lo que en las ciudades tradicionales se ha desarrollado durante siglos, a veces miles de años, en Dubái se ha hecho en sólo décadas. No ocurría mucho en esta ciudad en la década de 1960, sólo un segundo atrás en la vida de París, Londres o Roma. Para los Emiratos, hasta Toronto puede aparecer como una ciudad antigua.
Aunque innegablemente hay algo emocionante, estimulante incluso, sobre la idea de una ciudad instantánea, un lugar libre de cargas del pasado y la libertad de abrazar el futuro, la realidad dice otra cosa. De hecho, esta no es tanto una ciudad del futuro como una ciudad en la total y absoluta negación del futuro.
La vieja noción de la ciudad como complejidad organizada – el sentido de que el orden se puede encontrar por debajo del aparente caos – se convierte en casi preciosa en este contexto. Por otra parte, las redes informales de diversa índole, se han creado, auto organizadas, en su mayoría por extranjeros. Un pequeño pero claro ejemplo es un pedazo de vegetación que los trabajadores han adoptado como punto de encuentro. Los expatriados se pueden encontrar en grupos, grandes o pequeños, una vez que el calor del día ha disminuido.
La mayoría de las veces, la tradición sin embargo, se parece más a un intruso. El ejemplo más evidente es quizás la llamada a la oración musulmana, que atraviesa la ciudad, estruendosa 5 veces al día. Es literalmente, una voz del pasado.
Hasta esa llamada quizás se vuelva muda con el tiempo en Dubái. Sólo será el desierto y su infinita arena, los que cubran todo nuevamente.