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4 de septiembre de 2009

Frei: The Meo

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Por Patricio Araya G.

C’est fini, Eduardo. ¡Todo acabó!, como en aquella canción de Hervé Vilard: “Capri, se acabó”. Con un 28 por ciento nadie puede pretender ser presidente de un país sin la ayuda de algún aliado. Igual que en las películas de antaño, que nos anunciaban el final de la historia con las palabras “The End”, ahora MEO con su 17 por ciento anuncia en el cine CEP el fin de la aventura presidencial de la Concertación. Claro, porque, después de tanta chuleta y escupitajo al interior de la parentela concertacionista, nadie podría considerar cerradas sus heridas de aquí a diciembre, de modo que el trasvasije de votos meístas no será platita segura para don Lalo, lo que sin duda beneficiará a la familia de enfrente. Mucha bronca y poco tiempo para sanar. Tanta fuerza apasionada destruyó la unión.
Aun cuando todos sospechábamos (sabíamos) el desenlace del filme “Encuesta CEP” (Agosto, 2009), a todos nos sigue intrigando un poco saber cuánto de ella es realidad y cuánto ficción. En efecto, si ella estuviera basada en hechos reales (candidaturas legítimas y consolidadas sobre las que no caben dudas, en aspectos como la calidad y las habilidades de los propios candidatos, como sus antecedentes personales y políticos, sus proyectos y sensibilidades; sus liderazgos; sus ideas país), su credibilidad sería altísima, y no tendríamos sino que recomendarla por su notable condición de oráculo. Por el contrario, si ella se basa en la ficción (léase, en la novelesca imaginación de aquel mundo político que apuesta sobre seguro, en especial, a cuenta de la confianza de un electorado poco comprometido y de escasa conciencia y exigencia sociales), tendríamos que dudar de sus guarismos, pues, ellos nos conducirían a una espantosa desorientación.
En el primer caso –el menos considerado en los comandos debido a su alta complejidad–, todo indica que lo mejor es esperar que pase el tiempo. Ya vendrán otras generaciones a ocuparse de semejante reto. Queda claro que a los políticos les gusta girar sus emociones con cargo a escrutinios imaginarios. A partir de esta apreciación sólo resta elaborar análisis “novelescos”, ficciones intencionales a modo de despecho público, en especial, como rebelión frente a la prepotencia de la encuesta CEP de decidir quiénes tienen velas para el entierro de fin de año, dejando afuera a los niños fanáticos del yogurt 1+1 (Navarro, Arrate y Zaldívar).
“The Meo” (el Marco, para los amigos; “Marquito” para Camilo, MEO para mí), ese chiquillo malcriado al que para las “primarias” de la Concertación sus tíos lo mandaron a la esquina a ver si llovía mientras ellos se comían el pavo, acabó haciendo lo que muchos allí temían (o esperaban con sadismo): meó al santo de la procesión justo cuando lo levantaban en andas camino a la plaza; al mismo santo que todos, empezando por los coroneles del oficialismo, veneraban con la fe los ciegos, y al que le prendían velitas para conservar pegas y privilegios; poderes y más poderes. ¡Qué bochorno! La meada no se produjo en la calle, sino casa adentro, en familia. De nada sirvieron los coscorrones que recibió el sobrino hinchapelotas. Los trapos ya estaban manchados. A uno puede mearlo un perro callejero, pero cuando la orina es de un familiar, la cosa se fataliza. ¿Alguien podría haber imaginado al interior de la Concertación –a estas alturas Desesperación por la Democracia–, que haberle buscado el odio al hijo de un insigne revolucionario no era lo mismo que darle un codazo a un senador radical? Lo que empieza mal, acaba ídem.
Frei siempre fue el peor candidato para suceder a Bachelet, nunca tuvo las habilidades para capitalizar la popularidad de la primera mujer en alcanzar la más alta magistratura de la nación; al pobre le avisaron muy tarde que no bastaba con sacarse la corbata y la gomina para abrazar al “pueblo” y de ese modo “tan cercano” conocer sus necesidades. Para ello se requiere algo mucho más elemental y menos costoso: querer hacerlo de buenas ganas, sin poses ni obligaciones con la cámara fotográfica, ni muecas con los compañeros de coalición. Antes de él estaban Insulza, Lagos, Alvear, el mismísimo senador Gómez, Paul Vásquez (“El Flaco”), Kramer, Camiroaga, Tironi, el guatón Correa, incluso, uno que tiene muchas ganas y nunca podrá. Sin embargo, su imposición se dio en un escenario que ya no se sostiene por sí solo, el de los acuerdos cupulares, o lo que es peor aún, la unción fue en la penumbra de los pasillos, a medianoche mientras todos dormían. O sea, en la Concertación se hartaron de la “democracia” y de tener que cumplir con las mínimas formalidades de la representación popular. Ya no les parece oportuno ni veraz someterse al veredicto de aquellos a los que no pueden sostener la mano para sufragar. Que MEO se acerque a Frei es mucho más potente en términos políticos, que el senador DC pueda alcanzar la segunda vuelta. Es, en rigor, el fin de una historia mal contada.
En términos de ficción, la señal más potente de la última encuesta CEP, es que Piñera tiene el camino despejado para llegar a La Moneda. No sólo eso. La Concertación se lo permitirá sin resistencia posible. Tras la CEP, Frei ni siquiera podrá repetir la arenga de Lagos después de la primera vuelta de 1999: “Escuchamos la voz del pueblo”, porque, entre otras consideraciones, esta vez el pueblo no habló, apenas lo hicieron 1.505 chilenos sin rostro, y con toda certeza, sordos. The End.

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