POR MACARENA GALLO • FOTO: ALEJANDRO OLIVARES

Este mes, Congreso, el aclamado grupo de la quinta región, cumple 40 años. Celebrará sacando en octubre un disco nuevo y dando una serie de recitales a lo largo del país. Hablamos con su emblemático vocalista, el también filósofo Francisco Sazo, quien nos contó de su trayectoria musical y cómo es que los poemas de Teillier lo emocionan hasta las lágrimas. Además, habla de lo locos que estamos y lo “pata corta” que somos los chilenos, de la píldora y los niños huachos, y de Jorge Arrate, su candidato.
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Congreso cumple 40 años. ¿Cómo celebrarán?
-Vamos a sacar este mes el disco “Con los ojos en la calle”, una idea que se le ocurrió al Tilo, donde hay músicos invitados de lujo, como Lenin y Ed Motta. También hay una serie de presentaciones programadas. Vamos a tocar en diciembre en el Teatro Municipal con orquesta, un viejo sueño de viejo marinero.

¿Cómo ha visto estos 40 años estando en el grupo?
-Hemos visto de todo. Una cosa que no me perdonaré nunca es haber estado en ese momento terrible que fue el 11 y no haber detenido las gárgaras que uno hacía con la palabra muerte y no haber previsto que iba a pasar algo terrible. Eso me desconsuela. ¡Cómo fuimos capaces de dejar que sucediera algo así!

Ustedes fueron de los pocos grupos que se quedaron en Chile después del Golpe.
-Nos quedamos por razones no tan nobles. Éramos un grupo de cuarta y probablemente si hubiésemos sido lo que era Inti Illimani o Quilapayún, habríamos tenido que apretar días antes.

FRANKIE SAZO

Antes de tocar en Congreso, en los sesenta usted participó de la banda Los Sicodélicos y se hacía llamar Frankie Sazo.
-Me llamaban así (se ríe). Tenía 15 años. En ese tiempo nos creíamos una especie de The Beatles, The Rolling Stones, al peo. Era por cantar canciones en inglés, pero éramos bien cabros chicos.

¿Pura pose?
-Era música, nomás. El nombre se lo puso un productor. La sicodelia estaba de moda, pero para nosotros, que éramos de clase media, media baja digamos, todo se reducía a vernos en la revista Ritmo. ¡Además que éramos de Quilpué! Imagínate, ¡sicodélicos de Quilpue! Una afrenta, ¡una cosa muy rara!

Ahora le da vergüenza decir que se llamaba Frankie.
-Claro. Imagínate, ahora trabajo en las antípodas de eso… El problema de cuando uno se dedica al showbis es que no puedes renegar de todo lo que has hecho.

En la onda sicodélica, ¿probó drogas?
-No. Al contrario, hay gente que no me cree, pero yo encontraba que la droga era una forma de dominio, de alienación, y todavía lo sigo pensando. Si un tipo se quiere drogar, le gusta la marihuana o el LSD y lo puede controlar, ¡macanudo! El problema es cuando es una cuestión colectiva. Te doy el caso de la pasta base, que fue introducida en Chile con un propósito bastante claro. Ahí no me pierdo. Es muy fácil venderle cosas a gente que no tiene en algún momento sus cinco sentidos en orden.

¿Qué le parece que se persiga a los consumidores de marihuana?
-Eso lo encuentro una tontera. Yo fumo y la marihuana es una droga que nos hace bien, que no distorsiona. Puede sonar cliché, pero uno también se puede volar sin necesidad de sustancias. Con un buen libro, con una buena música, con la gente que pasa. La ciudad tiene un ritmo que si logras abstraerte un poco de la propia urgencia, puedes descubrir algo. Pero también conozco gente, muy creativa, que ha pasado por la experiencia de exacerbar otras formas de audicionar o de mirar, en esta idea del viaje, y que ha abierto éstas y otras puertas con el LSD.

COMER CON TEILLIER

Después de Los Sicodélicos llega a Congreso.
-Yo llego de ratón a un grupo que formaban los tres hermanos González y que tocaban muy bien, bien “shadows” para sus cosas, e instrumentales. Congreso era un grupo muy cuidadoso, que tocaba guitarra eléctrica cuando habían muy pocas en el país, a mediados de los sesenta. Muy extraño para esa época. ¡Si hasta los hippies eran extraños acá en esa época!

Ustedes empezaron copiándole a grupos ingleses. ¿Cuándo es que se lanzan a la experimentación?
-Nosotros estábamos en una especie de encrucijada. Éramos una especie de Violeta Parra por un lado y de The Beatles por otro. Pero después esto se alteraría, porque la gran mayoría entró al Conservatorio, a excepción mía, que estudié filosofía. Y Tilo, que se sale de arquitectura para meterse a estudiar música. Ahí viene la parte con audiciones más serias, lo que se nota ya desde nuestro primer disco.

Usted es quien escribe las letras de los temas.
-Sí, pero también el Tilo. La idea al principio era calzar unas ideas que venían de cosas que había leído de García Lorca. Soy un rumiante y no soy muy bueno para escribir. Dicen que tengo fama de poeta, y hay algunos que creen que lo soy, pero no, tengo la pinta nomás: me parezco a Zurita y esa sería toda mi veta de poeta.

Pero muchas de sus letras tienen algo de Jorge Teillier.
-A mí me encanta Teillier. Lo he recitado mil veces y ya parezco disco rayado. Él tiene una frase maravillosa, que resume una ética que debiera uno seguir: dice que él no escribe para ti ni para los críticos, sino “para la niña que nadie saca a bailar”. ¡Me enternece! Porque todos hemos sido muchas veces la niña que nadie saca a bailar, como los locos de patio que nadie pesca, las viejas chicas que no aparecen en la tele. Me da lata no haber conocido nunca a Teillier. Me habría encantado conversar con él. Lo habría invitado a comer, de seguro.

NO AL HOMBRE UNIDIMENSIONAL

¿Se puede hacer un cruce entre la filosofía y la música?
-Son primas hermanas. La filosofía es mucho más secreta, un trabajo cotidiano sobre tu propia existencia. Y la música es grandiosa, ¡maravillosa!, hay cosas que ningún filósofo podría decir respecto a la música. Para mí el hombre unidimensional no debiera existir: deberían explotarse todos los talentos, para poder hacer todas las cosas que te gusten. Hace bien y es una buena escuela pasar por filosofía, porque te da una mirada de que todo no es tan blanco ni negro. Te abre el espectro de colores.

A sus alumnos le enseña “La historia de la locura”, de Michel Foucault. ¿De qué trata?
-Me encanta Foucault y el tema de la locura, sobre todo. Foucault decía que hay una historia de la locura y que ni la siquiatría, ni la psicología ni la filosofía pueden definir qué es la locura. En Occidente ha sido una conjunción y un encuentro de varios saberes, de varias decisiones jurídicas o de poder, que no necesariamente tienen que ver con un problema puntual que pueda ser analizado por estas ciencias. Es un tema que siempre ha estado presente, ahora el problema es por qué en algunas sociedades se encerró en algún momento a ese “objeto” (el loco) y fue estudiado.

La locura pasó a verse como algo anormal.
-Así es. Hay sociedades que tienen lo que podemos denominar como desviantes, que van al extremo, pero no los han encerrado ni estigmatizado. Y esos casos tienen otros tipos de tratamientos. En algunos lugares hay ciertas psicosis étnicas.

¿Por ejemplo?
-Hay un autor que estudia al hombre al revés de los Sioux, que es un tipo que hace todo al revés, se pinta al revés, camina hacia atrás, habla como mujer. El tipo va a la guerra vestido de mujer y el grupo lo sanciona por ir a la guerra. Ahí tienes un tipo de asimilación de la locura muy similar a la nuestra (la occidental), porque el loco está integrado pero no completamente.

¿Así pasa en Chile?
-En Chile la situación es fregada, porque formamos parte de la cultura occidental y la locura siempre es vista como algo malo y es asociada a una red hospitalaria. ¡Es re delicado! Nosotros discriminamos y somos un país con muchos miedos. Somos una cultura, y lo digo en tono positivo, quiltra, un país quiltro, pero no nos gusta que nos digan eso.

¿Sí?
-Siempre andamos diciendo que venimos de descendientes españoles. Somos medio fascistoides. Eso enloquece.

¿Por qué será?
-Por miedo. Nos cuesta asumir que somos mestizos, con patitas cortas, que nos quedan las bermudas largas. Esa es la gracia que tenemos. Falta asumirnos. Por eso nos caen mal los peruanos, porque nos recuerdan cada día lo que somos. Eso es peligroso, porque es caldo para ser facho.

Dicen que Chile es un país que raya en lo esquizoide.
-Hasta el año 45 la mayoría de la gente de este país era rural y la mayoría hoy vive en ciudades, cuyo centro es Santiago, una ciudad para nada normal. Es una ciudad extendida, donde se han creado comunas artificiales, donde la gente no tiene vínculos entre sí, una ciudad parqué. Y el problema es que las ciudades no esperan. Es un caldo de cultivo de gente con problemas. Tenemos además una enfermedad, no sé si de juventud o senilidad, de creer que porque tenemos más cosas, vamos a ser más importantes. Eso a la larga te enferma.

¡HASTA CUÁNDO SE VIOLA EN CHILE!

¿Qué piensa del debate por la píldora del día después que se reactivó tras la violación a la niña en La Reina?
-Es muy miope centrarse sólo en si hay o no píldora. Hay que preguntarse hasta cuándo en este país se viola. Hay un abuso contra las mujeres ¡espantoso! Pololas que no pueden usar poleras porque tienen las marcas de las manos del pololo. ¡Terrible! Los que se oponen a la pastilla y al aborto querían que la niña violada tuviera la guagua y que por último se deshiciera de ella, casi yendo a botarla en la punta del cerro.

¿Qué le pasa con eso? ¿Le da rabia?
-Yo puedo entender a la gente que por motivos religiosos dice que no. El problema es cuando, como en este caso, es un asunto ético, nacional, que atañe todos. Sería una maravilla no transar mis valores, ojalá todos tuvieran ese privilegio, pero hay momentos en que eso no se puede hacer. No puede ser que un grupo, por sus convicciones, prive a otras personas. Tienen que decidir las mujeres por sí mismas. Hay que propender a la vida, a la buena vida y al bienestar de esa criatura. Porque ¡basta de más niños huachos en el país! Yo no quiero ver más niños huachos. La gracia sería que todos nos hiciéramos cargo de todo. Pero eso no se puede, lamentablemente.

¿Vio el debate presidencial?
-Vi una parte y después me quedé dormido. Encontré bien a Arrate, lo encontré clarito. Aunque los dados en Chile ya están echados. No creo que vaya a cambiar algo a última hora. Yo en primera vuelta votaré por Arrate y en segunda veré quién le hace collera a Piñera. Porque por Piñera no voto.

¿Por qué?
-La derecha ha sido poco generosa con Chile. Siempre le achaca todo al gobierno y a la Concertación, cayendo en un lugar común, pero no hay que olvidar que estamos en una economía de mercado donde lo que funciona son las empresas, que no están ni ahí con los trabajadores, y eso es fruto de la derecha.