POR CLAUDIO PIZARRO • FOTO: ALEJANDRO OLIVARES
Rubén Naveas ha pasado más de 20 años alentando a la Selección pero hoy está vetado por la ANFP por agarrar a chuchadas a los brasileños en el Nacional. Naveas es un hincha que ha vivido su pasión al extremo y para demostrarlo ha caminado por todo Chile. De hecho, tiene un récord Guinness. En sus andanzas ha pasado de todo: lo han apedreado, le han tirado cajones de fruta, se ha tostado en el desierto en pelota pero, aún así, sigue sintiéndose el chileno más chileno de todos. Estas son las hilarantes anécdotas de un huaso que de tan fanático salió trasquilado. Una auténtica pérdida para los adictos al fútbol.
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¿Es cierto que no quiere saber nada de la selección?
Sí, porque la ANFP se quiso deshacer de mí porque destacaba y la gente me esperaba entusiasmada. Me quitaron mi sueño: bailar cueca con mi bandera chilena a estadio lleno. Así que ahora, con permiso de usted: váyanse todos a la chucha. No quiero saber nada de la selección.

¿Por qué está tan dolido?
Me castigaron porque le empecé a echar chuchadas a los brasileños, el año pasado, porque la barra empezó a hacernos burla cuando iban ganando.

¿Qué les dijo?
¡Chuchesumadres, indios culiaos, vayan a comer monos a su país! Después me di cuenta que el único que estaba echando chuchadas en la tribuna oficial era yo. Claudio Olmedo, de la ANFP, me dijo que me quedara callado, que estaba haciendo el ridículo. Pero nunca pensé que iban a actuar con tanta severidad. Ahora me da no sé qué decirle a la gente que me castigaron por decir garabatos.

Pero si todo el mundo dice garabatos en los estadios…
Lo mismo digo yo… todos echamos chuchadas. Sí soy ser humano.

¿Siempre ha sido fanático del fútbol?
Siempre, imagínese que antes de ser el Huaso Peregrino estuve en el Maracaná cuando el Cóndor Rojas se mandó el condoro. ¿Me va a creer que cuando salimos del estadio los brasileños nos tiraban mojones y bolsas de pichí? Viera usted cómo llegamos al hotel: llenos de mierda. No sé de dónde sacaron tanta caca.

¿Se desilusionó cuando supo la verdad del maracanazo?
No, todo contrario. Yo hubiera hecho lo mismo por mi país e incluso cosas peores. Los chilenos no sabemos valorizar lo que hace la gente por la patria.

Pero fue una actitud antideportiva…
Bueno, ¿y los otros no hacen lo mismo? ¿Por qué tenemos que ser siempre tan buenos? ¿Acaso los brasileños, los uruguayos y los argentinos son muy santos? Ahí tiene a Maradona, todo el mundo ahora lo celebra por la mano de dios. Si hasta le tienen una iglesia.

¿Y usted, jugaba a la pelota?
Era re bueno pero me destrozaron las piernas a patadas. Cuando chico jugaba en un potrero con Miguel Ángel Gamboa en Gran Avenida. Era un puntero derecho súper rápido, tenía una velocidad en las piernas.

¿Cómo quien era?
Como Besairut.

¿Edson Beirut?
No, el negro huevón que hay ahora.

Ah, Beausejour.
Sí, y tenía la rapidez de Orellana. Pero después me lesionaron de una pierna, me operaron y encontraron tumores. Estuve cuatro meses en cama. Pero como tenía que bailar en el Parque O’Higgins le hice una manda a Sor Teresa de Los Andes. Le dije que si me sanaba iba a recorrer todo Chile vestido de huaso.

¿Así nace su personaje?
Sí, la primera caminata la hice desde Mapocho a Los Andes. Fue mi primera salida de huaso. Iba con una banderita chica y un palo como de tres metros con una baliza. Cuando iba entrando al templo el cura José García Mendoza dijo, en voz alta, “ahí viene caminando el huaso peregrino con su bandera”. Y así me quedé.

CORNETA CAGONA

Lleva 22 años alentando a la Roja, ¿recuerda alguna anécdota sabrosa?
En el año 97, en un partido de Chile con Bolivia, me cagué en el estadio por culpa de los periodistas. Me hicieron una talla re pesada.

¿Qué le pasó?
Entré al estadio y parece que los de La Cuarta me metieron papel mojado en la corneta. Yo estaba meta soplando y no pasaba nada. Soplé tan fuerte que me cagué. Así que tuve que dejar la corneta tirada y salir corriendo del medio de la cancha.

¿Qué le dijeron?
El Óscar Lihn, de la ANFP, me dijo “más lo que hueviai pa estar en el estadio y ahora te devolví”. Estuve a punto de decirle “déjame tranquilo, viejo culiao, que estoy que me cago”. Cuando llegué al baño había un cojito que me gritó: “puta que vai apurao”. La cosa es que entré, cagué tranquilo y cuando me iba alejando escucho que el cojo le dice a alguien: “chucha que venía hediondo el huaso culiao”.

¿Y pudo hacer el ceacheí…?
Partí de nuevo al medio de la cancha y me empapelaron a tallas. La gente pifiaba. Me tuve que aguantar todas las chuchás. No le respondí a nadie. Siempre con humildad. Lo que pasa es que la gente no sabe todos los sacrificios que hace uno para estar en el estadio.

¿Qué cosas ha hecho?
Mi señora siempre me iba a dejar al estadio y me esperaba en la calle Guillermo Mann. Trataba de salir antes porque algunas veces me tocó que me agarraban los hinchas y me tiraban con una bandera para arriba. Si la gente me quiere harto. Siempre me decían que había que tener cojones para estar parado al medio del estadio.

¿Y usted que les decía?
Que no veía ni una huevá. Si soy medio piti. En ese tiempo ni siquiera me había operado. La gente de la U me gritaba huevás pero no sabía de dónde chucha venían los gritos. Veía puros puntos en la galería. Si una vez salí del estadio y me perdí.

No me diga.
Se fueron todos y me metí por unas canchas que estaban llenas de agua y barro. Tuve que pasar por debajo de una reja y quedé más revolcado que la mierda. Los cabros me decían: ¿qué estai haciendo huaso si el partido ya terminó? Al final quedé con el sombrero blanco lleno de barro. Llegué donde estaba mi señora por puro instinto, como los perros, y me tuve que ir a mi casa en puros calzoncillos.

Ha pasado las de Kiko y Caco…
Uff, una vez, en un partido con Ecuador, estaba lloviendo, todos estaban gritando y los huevones de tanto saltar me tiraron la corneta a la cresta y me la dejaron toda abollada. La tuve que mandar a estirar.

No me diga que se estiró la corneta…
Ja, ja, ja. Es que esa corneta la quiero mucho porque me la regaló mi señora, y esa otra que está allá la compré a crédito. Y así… Yo creo que es injusto lo que ha pasado conmigo.

Si hasta lo han tratado de yeta…
Me han dicho cada tontera.

¿Conoció a algún jugador?
Una vez en Juan Pinto Durán conversé con ese que es casado con una chiquilla que tuvo como cinco cabros chicos… El mago Jiménez.

¿Y a Zamorano?
Pero claro, si le entregué la copa de la Unicef cuando se despidió. La gente se reía porque empecé a tandear con la copa haciendo como que se me iba a caer. Un dirigente de la ANFP me dijo “ya po, huaso, déjate de hueviar si esta cuestión es seria”.

Pero si los huasos son ladinos, pícaros…
Y viera usted cómo me trataban las mujeres. Un día iba de Villarrica a Temuco, encabezando una caravana para la “Araucotón” en beneficio de unos inválidos, y se me paró un auto blanco adelante con una chiquilla re encachá. Me dijo que era mejor en persona que en televisión y que si me tomaba un trago con ella. Yo le dije que cuando caminaba no podía.

¿Se hizo de rogar?
Al rato llegó de nuevo y aparece con una media minifalda. Los pacos me dijeron que fuera nomás. Me avivaron la cueca. La cosa es que eran como las tres de la madrugada y pararon la caravana. La mina me dijo “ya po, huaso colipato, ven p‘ acá”. Me subí con espuelas y todo.

¡Chupallas!
Conversamos un rato, me tomé un corto y me volvió a dejar. Después andaba más acalambrado, no podía ni caminar.

HUASO MILLONARIO

¿Le duele no haber sido el símbolo de esta selección?
Es que la gente no sabe cómo soy. Los de la ANFP nunca sacaron provecho de las cosas artísticas que hago. Si estudié Cine y Teatro musical en la Universidad de Chile. Y sé crear muchas cosas. Pero a ellos no les interesa sacarle partido a nuestras tradiciones. Lo único que les interesa es la plata.
Da la impresión que ahora son otros los símbolos de la patria, que el huaso ladino ya no vende.
Es que el dinero ha hecho cambiar muchas cosas. Ahí ve usted al fútbol. Pregúntele a Leonel Sánchez, a Carlos Campos, si cobraban por ponerse la camiseta nacional. Ahora, en cambio, ganan más de 50 millones y si no les pagan no se ponen la camiseta. El único chileno que hay aquí soy yo, nadie más, soy el único que llevo mi bandera con honor y con orgullo.

Ha recorrido todo Chile caminando. ¿Cuénteme su travesía más difícil?
Entre Puerto Montt y Osorno sufrí más que la mierda. Me llovió y andaba con un puro par de zapatos. Si hubiera visto cómo me quedaron las patas. Llegué casi muerto. La otra complicada fue la de Iquique-Arica y Arica-Santiago.

Caminó más que Kung-fú…
Cuando le conté a mis amigos me decían que me iba a morir. Si son 2500 kilómetros.

¿Y cómo lo hizo?
Alguien me dijo que fuera para el día de la infantería y pasara por los regimientos. Llegué a Iquique solo, con mi pura mochila y mi traje de huaso. Fui al batallón logístico número 5 y les dije a los milicos si me podían dar para comer porque le iba a hacer un homenaje a los héroes de la Guerra del Pacífico. Me tuvieron afuera como dos horas y después me llevaron a una pieza a dormir.

¿Le dieron comida?
Al otro día me prepararon desayuno. Antes de partir tocó una banda, miércale, nunca me habían tocado la canción nacional. Me puse a llorar. Es lo mismo que si usted saliera para afuera y estuvieran todos los pacos con el guanaco haciéndole honores.

Salió con el pecho inflado…
Claro, con ánimo, si todos estaban aplaudiendo. Así que bailé cueca y partí. Fue precioso. Toda la gente en el camino me hacía señas con sus pañuelos. Cien kilómetros más allá me quedé dormido en la pampa y llegó un camión militar con agua, comida, carpa y un catre de campaña.

¿Cómo durmió?
Malazo, no me podía mover para el lado porque me enterraba los palos del catre en las costillas. Más encima, como a las doce de la noche, sentí un ruido súper fuerte que era un alternador de corriente de una comisaría y el escape daba justo a la carpa. ¡Qué iba a dormir! Como a las seis de la mañana apagaron la huevá.

¿Cómo fue la llegada a Arica?
Cuando llegué al cruce una camioneta de los milicos me llevó al fuerte Azapa. Me anunciaron por los parlantes. Si estaba hasta Pinochet. Me acuerdo que empezaron a tocar una música bien hueona y yo venía con mi bandera caminando. Todos me aplaudían. Después me presentaron a los que estaban adelante.

¿Qué le dijo Pinochet?
Me dijo que me tenía un diploma y plata para el pasaje de vuelta. Yo le contesté que no quería plata sino apoyo para devolverme. Todos se largaron a reír. Entonces Pinochet me puso la mano en el hombro y me preguntó si era verdad. Le dije que era para hacer un record Guinness por mi país. “Lo espero en Santiago”, me contestó. Así que me dieron todo el respaldo.

¿Durmió como rey esa noche?
Sí, me tenían de todo. Lo malo es que donde comí demasiado me enfermé y me tuvieron que llevar al hospital porque no me podía sujetar el poto. Estuve como tres días internado y después me vine caminando a Santiago.

Por lo menos alcanzó el record Guinness.
Soy el único hombre del mundo que atravesó el desierto más árido a pie. Si cuando llegué a Antofagasta lo hice trotando. Como sería que me echó el ojo la brigada de narcóticos. Pensaban que venía falopeado. Llegaron en un auto blanco haciéndose los preocupados. Creerán que uno es huevón.

¿Y qué hizo después?
De ahí me arranque hacia Taltal. Caminé todo el día y la noche con dos litros de agua. En el camino me encontré una naranja Thompson. Cuando amaneció me saqué la ropa para descansar y me quedé dormido. Quedé así con las pelotas. Se me inflamaron y se me hinchó el pene. Quedé todo quemado. Usted no me va a creer pero cuando llegué a Taltal se pusieron a llorar cuando me vieron.

La carita que debió haber traído.
Se da cuenta usted que tengo razón para reclamar mi lugar como chileno.

Dicen que se escuchan voces en el desierto… ¿escuchó algo?
Sí, es cierto, escuché muchas. A veces escuchaba que me llamaban: “Rubén, aquí estamos, Rubén”. ¡Quién mierda iba a saber como me llamaba! Si me pasaron cosas muy extrañas.

¿En algún momento pensó que no podía seguir?
Sí, pero seguí adelante. Lo que pasa es que soy católico, creo en dios, y aunque me hayan echado del estadio, puta que quiero a esta patria de mierda.

De hecho, lo llamaban el huaso de la solidaridad…
Mire, si tengo un peso y alguien me lo pide yo se lo doy aunque sé que, a lo mejor, me están haciendo tonto. Yo entrego todo a cambio de nada. Yo he hecho muchas cosas que la gente no sabe, ni lo voy a decir tampoco. Pero me da mucha pena porque los medios, cuando alentaba a la selección, estaban conmigo pero, cuando me echaron, nadie salió a defenderme.

Lo noto dolido…
Hasta cierto punto creo en la maldad, en la envidia, pero también en las malas intenciones. Una vez un compadre, por dárselas de chistosito, me tiró un cajón de tomates en la cara cuando iba para el sur. Nunca voy a olvidar la cara de ese conchesumadre. Fue en una de mis primeras salidas. Perdí el conocimiento al lado de unos matorrales. Si mi bandera merece respeto y el huaso también. No puede ser.

Debe haber gente que cree que usted está loco.
Claro, cuántas veces me han gritado “anda a trabajar”, “se te arrancó el caballo”. Es que la gente no sabe que a veces los fines de semana camino 200 kilómetros y el lunes tengo que salir a trabajar sin dormir.

¿Qué lo mueve a usted, don Rubén?
Mire, desde que hice la manda como que me cambió la vida. Tenía que cumplir lo que había prometido. Si una vez cuando venía de Collipulli a Santiago, como las 3 de la mañana, no me di cuenta y venía caminando durmiendo. Menos mal que pasó carabineros y me alertó porque justo venía un camión con así unos troncos.

¿Hay que aprender a caminar en la vida?
La gente piensa que sabe caminar pero no sabe.

¿Qué se necesita para caminar bien?
Criterio, paciencia y una sonrisa en los labios para enfrentar las cosas malas de la gente.

¿Qué es lo que ha entendido del chileno todos estos años?
Que en el fondo somos humildes. Cuando andamos en grupos somos agrandados pero cuando andamos solos no somos capaces de decirle a un huaso que lo admiramos.

¿Ha visto los partidos del mundial?
No, en mi casa no se ven partidos de la selección. La otra vez en mi trabajo me dijeron “Rubén, hay que ponerse con 1500 pesos para que veamos el partido”. “Claro”, les dije. Pero me fui a sentar a la plaza. Ahí me di cuenta que nadie me valoriza como chileno. El orgullo más grande para mí era cuando estaba en el estadio. Estar ahí es ser chileno. Tener a la gente encima y que sepa que uno lo hace con ganas.

¿Qué sentía cuando escuchaba rugir el Nacional con el ceacheí?
Eso no se puede explicar con palabras porque es muy lindo. Estar en el estadio, oiga, es como ser el millonario más grande del mundo.