*El crítico de cine, y su alejamiento de la farándula.

    FOTO: ALEJANDRO OLIVARES

En los noventa era de esos periodistas que escribía de cine, viajaba por París, conversaba con Raúl Ruiz. Lo suyo era la cultura hasta que se cruzó con la farándula. Como editor de espectáculos de Las Últimas Noticias, el 2000 rediseñó el diario con la estructura que hoy mantiene: portadas de famosos, vidas privadas al descubierto. De ahí se fue a la tele y hasta hace unas semanas era uno más de esos “opinólogos”. Ganó plata, lo pasó la raja y perdió de vista que en los antiguos circuitos intelectuales donde se movía, la gente lo reprobaba. Sintió el rechazo, la soledad y el aburrimiento profundo de hablar de la Kena o Camiroaga. Tenía ganas de emprender como gestor cultural, llevar la ópera a lo largo de Chile y se demoró cuatro años en concretar. Acá cuenta por qué es más fácil entrar en la farándula que salir de ella.

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¿Por qué te fuiste de la farándula?
Lo que pasa es que nunca quise estar en un programa comentando farándula, pero se dio la casualidad por el trabajo que había hecho con Las Últimas Noticias. Nunca me interesó, pero lo bueno que tenían los espacios de farándula es que son espacios de discusión en una televisión que no tiene esos espacios. Me gustaba eso porque, finalmente, ahí podía opinar de un montón de cosas.
¿De qué?
De todo. Hablar de la televisión es una manera de hablar de la sociedad. Y tú cuando dices “Pelotón es un programa con contenido autoritario, que no tiene relación con los chilenos de hoy en democracia”, tratas de aportar. El problema es que por un comentario de esos tienes que hacer diez sobre cuestiones totalmente triviales; sobre la vida de personajes que, en realidad, no interesan. Entonces, ese comentario sobre el autoritarismo te sale muy caro. Pero hay que tener cuidado cuando se sataniza a los programas de farándula, porque son un espacio de conversación interesante. Ahora, lo que pasa es que por razones de comercio, de miopía, ignorancia, se termina priorizando el chisme.
Pero antes de entrar en la farándula eras comentarista de cine, trabajabas en el Wikén con Alberto Fuguet, vivías en Francia.
Viví en París dos años y fui corresponsal de La Tercera. Cubrí el Festival de Cannes, el Mundial de Fútbol del ‘98, estudié, leí, aprendí bien francés y conversé mucho con Raúl Ruiz y cuando volví a Chile a principios del ‘99 me ofrecieron Las Últimas Noticias y me pareció un proyecto interesante.
Pero lo tuyo era el cine.
Sí, pero no vives de criticar cine en Chile y ahí hay otra pregunta que hacer. ¿Qué valor le damos en los medios a la crítica de cine? El 0,1%. Y, finalmente, tienes que trabajar en otra cosa. Para mí, la farándula era una pega más. Lo que pasa es que derivó a algo monstruoso o genial, depende cómo lo quieras mirar; se transformó en un fenómeno mediático.
¿Qué te decía tu antiguo entorno?
Lo que pasa es que el trabajo en Las Últimas Noticias me absorbió mucho. Trabajaba 12 horas diarias por lo menos y ahí me pasó algo interesante. Porque, como este proyecto tuvo un éxito a nivel tan masivo, fui perdiendo de vista lo que pensaba la élite o la intelectualidad. No me di cuenta hasta el 2007 del rechazo que generaban esos contenidos en la élite chilena. Me lo decían, pero una cosa es que te lo digan y otra que tú sintai el rechazo.
¿Y cómo lo sentiste?
Porque al final nadie te toma en serio. Creen que de verdad te dedicas a estar preocupado de la vida de la Kenita, de la Marlen, cuestiones que nunca me han importado nada.
¿No ibas preparado al programa?
Por supuesto, pero no tenía un interés personal. Yo lo dije en una entrevista el 2006, en la revista Caras. Me acuerdo del titular “A mí, la vida privada de los famosos me importa un comino”. Y de verdad, por mí, que hagan lo que quieran: que hagan orgías, que se desbanden, que gocen de la vida, del sexo. Porque a los personajillos del circo farandulero les falta goce erótico.
¿Aunque lo venden?
Es que es un producto, pero mi percepción es que hay poco goce, porque la exposición te obliga a ser muy cauteloso: con quién te metís, en qué estai. Se genera una especie de represión.

MUCHO VÉRTIGO

Me decías que fuiste perdiendo de vista que había una élite que reprobaba lo que hacías.
No me daba cuenta, porque cuando un diario como Las Últimas Noticias cuadriplica la venta, piensas “lo estoy haciendo regio”; o cuando los programas donde estás marcan 12-14 puntos de sintonía, o sea “Locos por el Baile” marcaba 40 puntos de sintonía y había más de 4 millones de chilenos mirando. Yo sentía que lo estaba haciendo bien.
Te la creiste…
Pero es que si no te la crees, no puedes hacerlo. Es tal el vértigo y la adrenalina que se desata cuando te dicen por el sono “René, estamos en 40 puntos”, que estás en un tobogán. Si yo, en “Locos por el Baile”, terminé en una paradoja absurda porque aparecí en la portada de LUN; o sea yo era un personaje y era necesario para que el programa resultara. Pero eso tiene un costo enorme de imagen
Pero no te dabas cuenta.
No.
¿Estabas ganando mucha plata?
Lógico.
¿Qué lujos te diste?
No demasiados. Vacaciones en México, Brasil, un computador del momento.
¿Volviste a Europa?
Volví varias veces y disfruté ese momento porque si estás en un programa como “Locos por el Baile” que marca 40 puntos, piensas: “¿voy a dedicarme a la crítica de cine donde voy a ganar 200 lucas?” ¿Cachai?
Se te olvidó a lo que te ibas a dedicar
Es que es una excitación heavy. Yo me acuerdo de todo el período, de terminar “Locos por el Baile” y después irnos a celebrar al Liguria todo el equipo. Dormía dos horas y después aparecía en “Gente como tú” -que era el matinal de Chilevisión- súper temprano…
Y más encima prendido, ja, ja.
¡Prendido todavía! ja, ja… Todavía estaba con esa adrenalina.Y como el programa de baile había sido polémico, lo comentábamos a la mañana siguiente y marcábamos 10 puntos a las 10 de la mañana.
O sea, tú estabas en un lugar y marcabas y marcabas. Era una locura.
Es un vértigo, una sensación de que le estabas achuntando medio a medio. Porque cuando hablas y la sintonía sube un punto te sientes bien. Es una actividad egocéntrica la de la tele, narcisa, de gratificación inmediata y créeme que cuando te dicen por el sono “estamos segundos, le estamos ganando a Mega”, hay una exicitación enceguecedora. Yo, para “Locos por el Baile”, me hice asesorar por una psicóloga y estuve en clases de yoga para resistir el impacto de la exposición.
¿Tanto así?
Es que se produce una cuestión muy fuerte. Porque cuando te vas a tu casa después de hacer un programa en un set con 300 personas gritando, donde hay euforia por todos lados y llegas a tu casa y estás solo y te sientas en el borde de la cama a escuchar un silencio rarísimo… Porque la exposición televisiva esconde una profunda soledad. Yo la viví y te aseguro que es así. Y si me preguntas qué es lo más difícil de la tele, te diría la pérdida del anonimato. Y eso tiene que ver con la soledad porque después quieres conocer a una persona que te gusta y esa persona ya tiene una imagen formada de ti y al nivel de la seducción, vas en desventaja. Porque si alguien se formó una mala imagen de ti en la tele ¿qué posibilidades tienes de cambiar esa imagen?
Es complejo romper ese prejuicio
La televisión de farándula genera ese prejuicio tremendo y cuesta mucho quebrarlo, hay que tener mucho coraje. O sea, la gente tiene una imagen mala de ti porque sienten que estás hecho a partir de un circo televisivo y si una persona que te interesa ya tiene una mala imagen, cambiarla es un tremendo trabajo porque mientras lo haces sigues apareciendo en la tele. Entonces, es una carretera, una autopista de la soledad, porque tu única posibilidad es encontrar a alguien que no vea tele.

MOZART SÍ, MARLÉN NO

Para ti “Locos por el Baile” fue el peak de tu paso por la tele.
De todo, de la adrenalina, del circo, de lo que se llama “hacer tele”, en jerga televisiva, de hacer la polémica. Y bueno, cuando me pasa eso de llegar a la casa y verme solo, yo dije tengo que hacer otra cosa y ahí retomé la crítica de cine…
Y te dio por hacer una ópera.
A fines del 2006, pedí permiso en el Teatro Municipal y me metí a ver todos los ensayos de Don Giovanni, que es una ópera de Mozart que amo, y después de pasar mes y medio viendo los ensayos, dije “quiero dedicarme a esto. puedo ser director, productor, yo he vivido y he estudiado la ópera”. Y ahí me di cuenta que nadie me tomaba en serio y pensé que era por esta cuestión de la farándula, donde nunca quise estar realmente, ¿me cachai? Tuve que pagar un precio demasiado caro, porque para las cosas que a mí me interesaban nadie me estaba dando bola. Y, por eso, el 2007 me retiré de la farándula y en el Teatro Municipal de Viña de Mar hice una gala de ópera que pagué yo. Y ese te diría que fue el gran lujo que me di con la plata de la tele: pagar una gala de ópera, con nueve cantantes chilenos y un director de orquesta traído de Argentina.
Esa no la cuenta mucha gente.
Esa fue una manera de volver a conectarme conmigo, porque empecé a darme cuenta que en la crítica de cine tampoco era creíble y me pasaba cuando yo creía que era súper creíble, ja, ja, ja. Yo decía “¿pero cómo no me cree nadie?”. Si nadie sabe más de la ópera de Mozart que yo y ese era el costo de la tele, de las peleas con la Marlén Olivari, de los chacoteos.
Pero te fuiste de la tele el 2007 y después volviste al tiro.
Es que estuve cuatro meses sin pega porque no me llamó nadie y tuve que aceptar la oferta de SQP de volver al panel. O sea, me la había jugado por hacer un espéctaculo de ópera, escribía de cine en The Clinic, pero me quedé de brazos cruzados y tuve que dejar mi departamento de Las Condes y volver a vivir donde mi mamá en Ñuñoa.
¿Fue una caída?
Fue el aterrizaje, porque yo me preguntaba desconcertado “por dónde agarro esta cuestión” y ahí me metí al SQP y fue muy difícil porque ya no quería estar ahí. Pero lo bueno de eso es que me di cuenta que para salir de la farándula tenía que planificarme, no era cosa de llegar y salir.
Te escucho y es como si me relataras una escapada de la cárcel. Es como si hubieras tenido que hacer un túnel.
Ja, ja, ja. Claro, podríamos decir que yo hice un túnel con una cucharita para salir de la farándula.
Estabas encerrado, la hueá te encierra…
Porque la gente te ve y piensa que erís peleador, copuchento, no piensa nada bueno de ti.
Aún cuando es poca la gente que se va de la farándula, a la mayoría la echan
Pero el destino lo hace uno con sus emociones, con sus pensamientos y yo no podía estar más en un lugar donde no quería estar sentado. No quería ser más payaso de ese circo y en más de algún programa pensé pararme e irme. Es como la pregunta que se hace David Byrne en esa canción que dice “tú puedes preguntarte a ti mismo cómo llegué aquí”. Y yo me preguntaba eso, me preguntaba “¡¿por qué no me paro?!”. Ahí aprendí que era mejor hacer las cosas con un poco más de planificación y durante el ciclo de “Instrusos” me dediqué a construir lo que voy a hacer ahora, todo esto de la gestión cultural, llevar la ópera a lo largo de Chile. Y estoy creando una empresa de producción de ópera y teatro musical que se va a llamar “Ópera Factory”.
¿Porqué te gusta tanto la ópera?
Porque tiene la música más bella jamás escrita, porque es pasión, porque es una exploración de la emoción humana muy completa y porque en estos tiempos las emociones están muy contenidas. La gente piensa mil veces antes de decir “te amo o me gustas”. Yo hace mucho tiempo que no digo eso y cuando lo he dicho es un pánico. Porque vivimos en una época donde el que se vuelve loco por amor, es raro. Como que este mundo no está para esas demostraciones de afecto y la ópera es todo eso desatado. Si te amo, me muero, me acuchillo, a lo Madame Butterfly. Siento que en ese espacio teatral hay un desborde de la emoción profundamente humano.