Debe ser que supo que era el papel de la vida que tuvo que aguantarse llorar -sin demasiado éxito- cuando Andrés Wood le dijo que Violeta sería ella, que ella sería Violeta. Por un lado, el papel que siempre había querido. Por otro, saber que siempre cargaría con él.

-Vas a ser Violeta toda la vida-, le dijo su marido.

Francisca Gavilán era tan perfecta para ser Violeta que parecía mentira. De chica, con su única hermana, daba vuelta todo el día el casette Últimas Composiciones. De grande, descubrió que se parecía a ella. En la película, que su apellido era el preciso. Gavilán como la canción “El Gavilán” que suena justo cuando toda la vida de Violeta termina por desencajarse.

Y donde no era perfecta terminó siéndolo. Leyó mil veces el libro de Ángel Parra en el que se basa la película, aprendió a tocar guitarra, a tener ese timbre para cantar -canta todas las canciones que aparecen en la película-, a afearse y a subir los ocho kilos que Andrés Wood le pidió.

-Tener que engordar para mi fue duro-, dice.

Como Violeta cuando se fue a Polonia, Francisca dejó un tiempo a su familia los tres meses que rodaron por el norte, por Santiago, por París, por Buenos Aires. Los tres meses que recorrieron la infancia de Violeta con un papá alcohólico, la adolescencia sin padre, la adultez de la mujer orgullosa de saberse buena en su trabajo, triste de saberse fea, el amor difícil con el suizo Gilbert Favre y la soledad en esa carpa de la Reina en la que Violeta terminó matándose.

Cuando terminaba de rodar en cada ciudad -dice- algo se cerraba, algo se perdía y algo más entendía de Violeta. Pero una cosa le costó a Francisca, que fue mamá joven, que tiene tres hijos. Pensar por qué Violeta Parra no volvió de Europa cuando supo que su hija Rosita Clara -una guagua de meses- se había muerto.

-Fue duro. Fue duro para mí entender ese episodio. Entender esa pena. Pero hay que estar en los zapatos de alguien a quien se le muere un hijo. Ella decía en sus cartas que se quedaba porque iba a ser más duro todavía. Porque estando allá se iba a morir más rápido. Porque allá era todo más solitario y más terrible. Porque allá hacía más frío.

-¿Lo conversaste con Ángel alguna vez?

-Sí. “Qué hicieron”, le pregunte. “Nada”, me dijo. “Nos quedamos con el Luis. El que quería iba al colegio, el que no, se quedaba en la casa”.

Francisca está vestida de negro. Usa un pañuelo amarillo en el cuello. Se lo baja. Pone un dedo sobre la piel. Indica una cicatriz.

Es la marca de un cáncer.

En la última escena filmada de la película -Violeta caminando por un pasillo de televisión de un canal de Buenos Aires- la cámara seguía a Francisca de espaldas. Si alguien la hubiera mirado a la cara, habría sabido que estaba llorando.

-Cuando terminó el rodaje quedé en un limbo. Me quedé como vacía. Llegue a mi casa. Dormí mucho, mucho, mucho. Me puse a dormir, a dormir, a dormir y de repente no podía despertar. Ahí me asusté. Sólo prendía el despertador para ir a dejar a mi hijo al colegio. Ésa era toda mi vida. Mal.

Terminó el rodaje en enero. En marzo supo que tenía cáncer a la tiroides. En dos semanas la estaban operando. Como si lo que pasara es que tantos días intensos, tanto ser Violeta para dejar de serlo, no pudiera ser otra cosa que una pequeña muerte.


“Violeta se fue a los cielos” se estrenará el 11 de agosto.