Fantasias de mujeres chilenas

Fantasias de mujeres chilenas

Durante un mes coleccioné las fantasías de cien chilenas que me contaron con pelos y señales aquella escena erótica con la que están soñando estos días. Me limité a escucharlas, transcribirlas y luego relatarlas, tal como llegaron a mis oídos. Elegí cuatro, no sé por qué, para este número de The Clinic.

Por: Pamela Jiles Masaje clitorídeo Rebeca está histérica interiormente porque no se pudo depilar. Recurrió a la gillette hace dos días y ya le asoman pelos vigorosos, gregarios, como una colonia de penicilina, en axilas, entrepierna y pantorrillas, que se ven feos y se palpan peor. Ella es oficial del Ejército de Chile, casada, madre de dos hijos universitarios. Su uniforme de rigor lleva pollera, el verano arrecia con soles furibundos, por lo que unas pantys disimuladoras quedan descartadas. No le importa tanto el detalle en la pega, lo insoportable es que en la tarde tiene hora con su terapeuta quiropráctico, o sea el masajista. Se lo recomendó una colega con la que elude comentar mucho. A la pregunta de cómo te resultó, Rebeca responde: "sí, gracias, ni’un problema", pero nada más. Desde hace casi siete meses, Rebeca va todos los lunes al masajista. Él es súper callado, no muy buenmozo, de bata blanca, ancho, fuerte, de pelo en pecho que se le asoma por el cuello de la camisa y una cadena de oro que parece contenta en su torso mullido y firme. El masajista es ciego. Completamente ciego. Ella lo comprobó en las primeras sesiones: se sacaba la ropa con aplomo, se tendía en la camilla de hospital, escuchaba la música de trompetas y oboes que le ayudaba a relajarse a pesar de su desnudez, pero en cada momento estaba dudando de la ceguera y hacía pruebas bastante pendejas como mirarlo ella repentinamente o ponerle obstáculos materiales en el camino para pillarlo si los eludía. Pero no. El tipo es ciego en verdad. Por eso, se dedicó a hacer masajes. Por eso, su clientela es exclusivamente femenina. Por eso, palpa como los dioses. Rebeca sueña con sentir sus dedos milagrosos masajeándole el clítoris. El masajista ciego -que, además, parece mudo pero no lo es, porque todas las sesiones la recibe con un "hola, desnúdese y tiéndase en la camilla boca arriba"- comienza por los pies y va subiendo con fricciones enérgicas, circulares, rítmicas, por las piernas. Luego se va al otro extremo y masajea sus hombros, los alrededores de los pechos, las costi-llas, la cintura, el estómago… Rebeca ya no aguanta más. Quiere que el masajista ciego pierda el control, que no se salte el pubis ni los pezones. Desea ardientemente que deje de ser correcto y confiable, que se vuelva loco y que deje a sus manos grandes y fornidas que la hagan gozar de frentón. Imagina que el quiropráctico comienza a rozarla, friccionarla y apretarla ya sin contenciones, y que ambos se deleitan, y saben que se deleitan en amasamientos y percusiones palpares. Cada vez que el masajista va llegando a su entrepierna le parece tan fácil que él se permita sobrepasar el borde cosquilleante y encendido de la ingle, que no se detenga, que no diga nada y siga avanzando, hurgando suavemente, moviendo sus hábiles dedos en círculos concéntricos, embadurnados con crema y sudor de ambos, ella incapaz de resistirse, sin voluntad por efecto de las tocaciones neurosedantes, pero con el alma en un hilo, y que el masajista ciego la manipule con sus sabios nudillos, como lenguas de perro, sacu-diéndola, descubriendo poros perdidos, células danzarinas, secretas secreciones espumosas de deseo. No saber su nombre Beatriz supone que tiene un desequilibrio hormo-nal. Este último año le vienen repentinas ganas de te-ner relaciones sexuales con los hombres más impen-sables, como un brusco capricho incontenible. Beatriz es soltera, de 28 años, escultora y profesora de talleres de plástica para empresas. Comenzó a llamarle la atención su propio comportamiento cuando un día de pronto se sintió atraída por el dueño de la reparadora de calzado de la esquina, un señor de unos sesenta años, gordo y chico como un tonel, al que le estaba encargando poner un forro de napa a sus botas vaqueras. No se trata de una atracción manejable sino de un verdadero frenesí que queda fuera del control de Beatriz, y que la hace cometer actos de los que ella en rea-lidad no sería capaz. Ese día caminó hacia el zapatero como autómata, lo tomó de un brazo y lo arrastró al sucucho de atrás, separado por unas cortinitas del resto de la tienda. Allí se desvistió ante él lentamente, sinuosamente, y solamente le preguntó: "¿quieres…?" El zapatero aceptó la invitación. Ahora, el problema de Beatriz es que le da vergüenza ir a retirar sus botas. A ese episodio siguieron otros por el estilo con un cobrador del gas, un alumno del taller, un ex compañero de curso con él que se encontró en una bomba de bencina, un proveedor de materiales para su trabajo, un ascensorista… Y el mejor de todos hasta ahora: un auxiliar de bus interurbano con él que terminó metida en el maletero del vehículo después de pasar el peaje y tras un breve intercambio verbal. Después del coito, debido a que estaban encerrados en el maletero, a oscuras hasta la próxima estación, él intentó entablar una conversación amigable. Beatriz le rogó que se callara y que por ningún motivo le fuera a decir cómo se llama. Ella siente la pulsión de tener intimidad con hombres desconocidos de los cuales no conozca el nombre ni vaya a saberlo nunca. Jugando al doctor Fernanda tiene once años, estudia en un colegio católico pero mixto. Ya ha dado algunos besos en la boca, no mucho más, sólo sentir como se endurece y agranda el sexo de su compañero de baile en una fiesta y permanecer abrazada a él, como si nada, con un cosquilleo en la columna vertebral. La fantasía de Fernanda tiene un protagonista: el doctor Rugendas, amigo de sus padres desde que se acuerda, un señor de treinta años, medio peladito, alto, delgado, con anteojos y barba bien cuidada. Es el médico de cabecera de toda la familia, fue el que le detectó una peritonitis de urgencia cuando tenía nueve años y también él que la revisó, siempre sin sacarle los calzones, durante toda su infancia. La ponía contra la puerta para medir su altura en un cocodrilo adhesivo, le miraba los oídos con un embudo de metal, y le daba suaves golpecitos en la espalda para saber cómo estaban sus pulmones. Hace algún tiempo, de manera inexplicable, ya no la llevan más donde el doctor Rugendas, así que ella lo escucha llegar a la casa a veces y corre a mirar sus movimientos desde una ventana del segundo piso. En el saludo breve que puede prodigarle aprovecha de olfatear su aroma conocido, olor a hombre, olor a ganas, y sube a su pieza con los pulmones llenos de doctor Rugendas. Fernanda espera despierta todo lo necesario para cumplir su fantasía. En cuanto las visitas se van, ella acude al living rauda y sigilosa, se baja el piyama con urgencia y pone las nalgas en el asiento de cuero que ocupó el doctor. Allí se queda muy quieta sintiendo en su carne la delicia, lo calentito de su ausencia, una calidez orgánica, esa mezcla de intimidad y asalto, el éxtasis de estar tibieza contra tibieza. De a tres Marcia estaciona su Audi plateado en el segundo nivel subterráneo de un centro comercial. Está espléndida como todos los martes y jueves a las 11 de la mañana. Se hizo las uñas de pies y manos, se perfumó con Amarige de Givenchy, se alisó el pelo, se maqui-lló y vistió a conciencia. Un pasillo adelante se estaciona el Montero Sport verde que espera. Baja su amante, también almido-nado y compuesto, camina hacia ella sonriente, sube al Audi, canchero, seguro de sí mismo, y parten al motel de siempre. Prefieren uno de Vivaceta para no volver a pasar el susto de divisar a alguien conocido, como les ocurrió en La Reina. Ya en la escena del crimen, Marcia y su amante repiten su ritual con mínimas variaciones: primero esperan que una bandeja teledirigida aparezca en el vano de la pared, abren las papas fritas, prueban unos canapés trasnochados, se toman un trago para alargar el deseo, no importa nada lo que hablan porque son un muestrario de gestualidad del cortejo, ella pone los labios gorditos, él saca pecho y se pasea como pavo real, ella se mira al espejo resaltando el puente de su espalda, él se saca la corbata y se desabrocha la camisa como en un comercial de desodorante, ella levanta el trasero ataviado con un colaless negro, él la toma como a la fuerza, ella hace como que se resiste, se arranca, él la persigue, la agarra de un pié, la tira en la cama, le levanta las piernas y la penetra con ímpetu, ella se queja y dice que no, que no, que le hace daño, él siente un ruido en la cerradura, ella dice que alguien viene, se detienen sin detenerse, él sigue moviéndose sobre ella, ella ondula las caderas y aprieta las rodillas para retenerlo, pero ambos miran a la puerta… ¡Oh no, es mi marido!, dice ella. ¡Nos encontró y está mirando como te lo hago!, dice él. ¡Nos va a matar!, dice ella. ¿Qué le pasa, parece exitado?, dice él. Y continúan, a pesar de que realmente no hay nadie más que ellos en la habitación, absolutamente nadie, salvo ellos en su complicidad, en su juego, en el que cabe un tercero… ¿Por qué nos mira así? ¡Ah, quieres lo tuyo! Ven, te deseo a ti también…Y continúan, turnándose con un otro imaginario. Esa es la fantasía de Marcia, que su marido y su amante le hagan el amor al mismo tiempo, en perfecta armonía, sin más miramientos que el placer. Cada vez que Sofía visita una nueva ciudad, va a ver una obra de teatro. Es una especie de tributo a la vida cultural que ella cree que debe hacer toda mujer progresista de clase media. Sofía tiene 58 años, es casada, madre de dos hijos, abuela de un nieto. Es consultora internacional en materias financieras, no tiene –como podría suponerse- una situación económica muy bo-yante, pero sí se da el gusto de viajar en primera clase y dormir en hoteles cinco estrellas porque esos son gastos de representación. Esta vez visita Luxemburgo. En la noche sale a caminar por los alrededores del hotel y descubre un teatro abierto e iluminado. Se trata de una sala de pornografía en vivo. El boletero le da a entender que la función está por comenzar así que se apresura en entrar y tomar ubicación en la primera fila. Hay poco público, un grupo de turistas orientales, otros señores muy rubios y rozagantes, ninguna otra mujer. Tras la fanfarria inicial, una elefantiásica gorda de edad indefinida y mucho colorete en las mejillas, vestida sólo con un sostén de lentejuelas, se presenta acompañada de un colorido caballo de carrusel. El animal de cartón- piedra tiene la peculiaridad de asomar y esconder rítmicamente dos vergas de madera desde la montura, al compás de la música de calesita. Con inusitada gracia y agilidad felina, la enorme mujer hace un saludo circense levantando los brazos, se encarama en el caballo, se acomoda con evidente experiencia, de modo tal que es penetrada por los dos orificios simultáneamente mientras da saltitos y sube y baja haciendo las delicias del escaso público, que participa con palmas y alaridos en cada movimiento de la gorda, la que parece disfrutar genuinamente tanto de los aplausos como de las acompasadas y mecánicas penetraciones de los falos de madera. Sentada aún frente al espectáculo, atenta a cada detalle, Sofía se pregunta de pronto si lo que está viendo es un número de porno en vivo en un teatro de Luxemburgo o una fantasía se-creta que su propia mente ha decidido escenificar ante sus ojos cuando ella menos lo esperaba.
Comentarios
Sabía ud que... EN LOS CARRETES DE LOS ZANCUDOS SIEMPRE HAY ALGO PA PICAR. -------------------------------- Sabía ud que... ME GUSTAN LAS ESCULTURAS GRIEGAS, AUNQUE A VECES NO TENGAN NI PIES NI CABEZA. -------------------------------- Sabía ud que... JOAQUÍN LAVÍN JR PASÓ DE SER UN ENTUSIASTA A UN ENTUSIESTA. -------------------------------- Sabía ud que... LO QUE BUSCAS ESTÁ EN TI… O DEBAJO DE LA CAMA. -------------------------------- Sabía ud que... LA CONVENCIÓN DE IMANES SE REALIZARÁ EN UN PARQUE DE ATRACCIONES. --------------------------------