Foto: Alejandro Olivares

Hace décadas que Juan Pablo Langlois Vicuña, uno de los referentes del arte conceptual en Chile, viene trabajando con el cuerpo humano. Sus esculturas en papel maché, a escala humana, muestran con humor y crudeza un cuerpo que se opone al clásico estereotipo de la escultura con forma humana. No deja nada para la imaginación. Tal como dijo hace unos años en este pasquín, “para mostrar una chucha lo más claro era ponerle pelos. Y a un pico también, y ponerlo parado, y ponerlo rosado”. Han pasado ya cuatro años desde que expuso “Papeles Ordinarios” (original de 1995), donde, además de mostrar la chucha y el pico claramente, reflexionaba sobre las relaciones de parejas de lesbianas, gays y héteros con toda su carga erótica y sexual. Pero sentía que le faltaba más a sus esculturas. Y se aburrió de la “cosa estática, fija, inmóvil y rígida”. Quería que tomaran vida. Que se movieran. Y se fue aventurando de a poco en esa tarea. Por ejemplo, la escultura “Leda y el Cisne”, también de Papeles Ordinarios, es una de las pocas a la que le incorporó un mecanismo para que se movieran las alas del cisne. “También le puse pelo natural para darle movilidad”.

¿Dónde consiguió el pelo real?
-En las peluquerías. Pasaba por fuera y veía a las niñas con el pelo largo cortándoselo y entraba a pedirle unos mechones. A veces les cortaba yo mismo un mechón y me lo llevaba. O le pedía a los peluqueros si podía recogerlos del suelo y me dejaban felices. A veces me hacían un montoncito y pasaba a retirarlo.

O sea, tenía sus caseros.
-Sí, por aquí por Plaza de Armas daba unas vueltas por estos pasajes donde hay hartas peluquerías, me conocen.
Pero faltaba más movimiento. Y se le ocurrió llevar sus esculturas al video, un formato totalmente desconocido para él, pero con ayuda del joven cineasta Nicolás Superby, logró que tomaran otra vida. Pero para lograr eso, tuvo que destruir ocho de sus esculturas. Una especie de catarsis de la que afloró “Papeles Sádicos”, su primera incursión con el stop motion. “No me costó la decisión de romperlas, porque había que hacerlo. Pero sí costó romperlas porque había que meter el dedo, rajarlas, volver a unirlas, cosa que no sea muy brusco el salto en el stopmotion… fueron pasos muy tenues…”. No todas las obras terminaron destruidas. Dos esculturas se salvaron de la destrucción para crear la pequeña historia llamada “Playa”, un video filmado en tiempo real que muestra a una pareja acostada a la orilla del mar. “Elegimos la playa porque hace tiempo que tenía ganas de que mis esculturas se las llevara el mar y las deshiciera. Y pasó eso: vino una ola, las dio vuelta y se las llevó. Al final, la ola devolvió una cabeza que ahora me traje para la casa”.

¿Y le gusta esa otra vida que toman sus esculturas?
-Sí. Porque no es como esos videos estáticos, donde pasan diez minutos sin que pase nada. Esto es otra cosa: es vitalidad, es desplazamiento.

Además de trabajar dos años para terminar destruyendo su obra, ¿está en otra cosa?
-He hecho cosas chicas, como retomar parte de obras que tenía guardadas y ahora las pongo en marquitos, como unos calzoncillos de papel que puse en un cuadro. Pero estoy en un período donde no sé si voy a hacer obra o no. Quizás nunca más haga nada.

En THE CLINIC hace unos años dijo que tenía la intención de representar una gran orgía con esculturas. ¿Al final qué pasó con eso?
-Nada. Era una escena del Marques de Sade, pero la dejé en los puros alambres. No sabía cómo armar esa escena con siete personajes, porque con la obra de Sade uno nunca sabe dónde va a terminar. Ahí quedaron los alambres todos doblados. Quizás ya hayan tomado vida propia.

EL CUERPO

¿De dónde viene su interés por trabajar con el cuerpo?
-No tengo claro cómo tomé este camino. Desde el comienzo dibujaba bien, pero después me olvidé de dibujar cuando empecé a hacer estas esculturas. Ya no tenía que dibujar después de medir el cuerpo, porque empecé a medirme yo personalmente con una huincha.

Era su propio modelo.
-Claro, me medía la distancia de los codos, los brazos, las piernas…

Pero para moldear el cuerpo de una mujer, ¿cómo lo hacía?
-Soy yo mismo. Sólo que le agrego pechugas y vagina, porque en el fondo todos somos el mismo esqueleto.

¿Pero debe existir alguna diferencia entre esculpir un hombre o una mujer?
-No sé, pero siempre me ha sido más fácil esculpir una mujer. Me es más familiar. Ahora, no siempre he trabajado con seres. Antes me dio con hacer objetos de la vida cotidiana como veladores, platos de tallarines, patas de gallina, libros. Todo en papel.

¿Por qué lo hacía?
-No sé. Era extraño, porque mi intención era que las cosas no pudieran ser usadas pero que sí existieran. Después abandoné eso y dije “ya, quiero volver a trabajar con la figura humana”. Entonces, arrugaba un papel y le ponía ojitos y los pintaba… Eran figuras chiquititas, a las que les hacía un sofá y recreaba una escena familiar, hasta que empezaron a crecer, a crecer, a crecer, hasta llegar a ser de escala real, pero inservibles.

¿Se demoraba mucho en hacerlos?
-No, nada. Esa era la gracia. No es como estar golpeando una piedra un año entero para una cosita de este porte.

Siempre usa El Mercurio en sus obras.
-Es el único con hojas grandes…

Quién iba a pensar que El Mercurio podría transformarse en obra de arte
-Si, pues. Los atados de diarios de El Mercurio han servido para obras muy críticas hacia el mismo diario. Pero yo no hago ningún homenaje a diarios ni a nadie. Para mí, es material simplemente de desecho que lo botaron en la calle y en vez de quemarlos, ¡bienvenido sean! Pero ahora está más difícil conseguir diarios en la calle, porque parece que la gente lee menos. Antes todos los días aparecían cantidades y cantidades afuera de las casas. Ahora hay que andar buscando.

EL BOOM

Usted dice que “la obra material no es trascendente, puede desaparecer después de expuesta, son acciones antes que objetos”. A los galeristas top no creo que les agrade esa frase…
-Pero es que su trabajo es ese: vender. Mira, la gente joven ha valorado esta actitud.

Rebelde contra el mercado.
-Sí, pero no te creas que soy tan así, porque estas obras fíjate cómo las vendo. ¡Y las vendo caras!

Pero hace poco en una entrevista decía que con suerte había vendido dos obras en su vida. Que su arte no era para ser consumido…
-Eso hasta hace poco.

¿O sea, hay un boom de Juan Pablo Langlois?
-Ja, quizás. La gente ha empezado a revalorizar mi obra. Valorizan la actitud, pero no la obra. Hay gente que me ha comprado este tipo de obras (muestra Leda y el Cisne) para ponerlas en su casa.

¿En el living…?
-Sí, aunque reclama la señora, reclama el hijo, reclaman todos.

¿Cuánto gasta en hacer sus obras?
-¡Nada! Hay gente que gasta mucha plata en sus obras. Hay unos que mandan a fundir, ¿te imaginas la plata que deben gastar en eso? ¡Es carísimo! Pero, bueno, yo las vendo caras pero sin que me cuesten nada. El porcentaje de utilidad es mucho mejor porque todo me lo llevo para mí.

¿Qué le parece Ch.A.C.O?
-Buena. Es un bonito lugar para que la gente muestre lo que está pasando en el mundo del arte. Pero yo no ando metido en eso, no me interesa.

EL MUNDO DEL ARTE

Tampoco le interesa hablar del mundo del arte.
-No me gusta. No lo entiendo. Hay tanta retórica alrededor, tanto artista hablando cosas serias, que me aburre. La palabra arte ya es una palabra que me molesta. Prefiero hablar de otras cosas.

¿Cómo de qué?
-De la vida.

Usted tiene una obra donde reflexiona sobre el arte y la vida.
-Es una obra que está escrita entera y donde el único dibujo es un timbre.

En esa obra se hace preguntas como qué permite el arte. Nombra, por ejemplo, convertirse el mismo artista en una obra de arte. ¿Usted le pasó eso?
-Hay gente que le pasa eso. Pero no me considero una, porsiaca, porque sería una pretensión absurda. Nunca he trabajado con mi cuerpo salvo para medirme.
Fíjate, soy igual a Leda.

Ella es 90-60-90.
-Jaja. Ella sí, yo no.

También en esa obra dice que el arte permite comerse más de una… ¿más de una qué? ¿una mina?
-No, no. Bueno, ojalá fuera eso… Ahí me refiero a la cocina, porque cocinar se puede transformar en obra de arte, como el trabajo que hace Adolfo Torres que es muy interesante.

A usted le gusta mucho la cocina.
-Sí. Me encanta cocinar cosas corrientes como lentejas o mote. Platos más elaborados no le pego mucho.

No le gusta el mundo del arte, pero va seguido a las inauguraciones de las expo, a los cócteles, donde se une el arte con la comida.
-Sí, eso es cierto. La única vez que voy a los museos es para los cócteles. A las exposiciones voy nada más que a tomar y comer. No miro nada, porque no se puede, está lleno de gente.

Mucho de su arte tiene relación con el amor.
-A eso me refiero cuando digo “el arte pasado a la vida y la vida al arte”. Muchas de mis obras de los 80 surgían de cosas afectivas que me pasaban.

Ha dicho que es bien cebolla.
-Sí. Me encanta la sinceridad popular en materia de amor. Soy muy boleriano para mis cosas. Zalo Reyes me gusta mucho. En cambio, a Américo no lo encuentro tan encachado. Sé la fuerza popular que genera, pero no me gusta mucho, además que uno ya pasó la edad para eso.

Sus obras siguen causando el mismo impacto entre la gente o son niños de pecho al lado de lo que muestra Yingo en la tele.
-Ya no es lo mismo. Pero en una exposición que hice en el MAC el año 2001, la sala estaba con estas figuras puestas, y los papás las veían y le decían a los niños “vamos, vamos”. Todos los niños querían mirarlas. Las daban vuelta, con toda su inocencia, sin prejuicios. Pero los papás no.

¿Y a usted qué le dicen sus hijos o nietos?
-Se ríen. Dicen viejo desgraciado que anda haciendo estas obras.

EL CARNET Y LAS MARCHAS

Otra de sus obras es el “Carnet Múltiple”, que se exhibe actualmente en el MAC, en la retrospectiva del arte de los 70 y 80.
-Sí. Era una época en la que todos estábamos sometidos al régimen. No había libertad. Entonces, el carnet era el instrumento que a uno lo individualizaba. Uno ya no tenía nombre, sino que era un número.

Antes había trabajado con “El carnet sentimental”. ¿Por qué le llama la atención el carnet?
-Porque era el mundo de la identificación. Aproveché esa especie de individualidad que generaba el carnet para hacer obras. Entonces, al carnet lo trastocaba y modificaba, transformándolo en el carnet sentimental, un instrumento del mundo afectivo. Y bueno Borges habla de eso también, no del carnet propiamente tal, sino del mundo a propósito de los espejos. En uno de sus libros plantea la idea de que dos hombres pueden multiplicarse a través de la imagen y ser varios hombres a la vez en distintas partes. Todo ese juego me causaba risa. Y quise hacer algo parecido.

¿Qué le parece el carnet estéticamente?
-Antiguamente eran muy bonitos. Ahora se parecen cada vez más a un billete. Le ponen palmeras, qué sé yo.

¿Va a las marchas?
-He pasado. A estas alturas de la vida, ya no desfilo. Ando haciendo otra cosa. Pero las valorizo y los apoyo intelectualmente. Es notable la actitud carnavalesca que han tomado como el doble de Allende, que es igualito y habla muy parecido. Este movimiento ciudadano es absolutamente válido. Pero la tozudez del mundo que gobierna para problemas que son clamor, impacta.

Usted vive en Lastarria. ¿le afectan mucho las lacrimógenas?
-Mucho-mucho. Se cuelan por las rendijas de las ventanas. Es espantoso y además cuesta salir a la calle porque uno sale y los carabineros están esperándote afuera.

Como arquitecto, ex urbanista y vecino, ¿Qué le parece la remodelación del Parque Forestal?
-No he podido entender esa cuestión. Están llenando de piedras… no sé para qué lo hacen. No le encuentro sentido. Además que ponen unas veredas tan altas, que cuesta subirlas, como los asientos de la Plaza de Armas que si uno se sienta queda con los pies colgando. Todo está pensado para otra escala de gente de la que no me siento identificado…

RECETARIO / PAPELES SÁDICOS
Juan Pablo Langlois + Nicolás Superby
Hasta 26 de noviembre.
Galería AFA, Calle Phillips 16, dpto. A
Metro Plaza de Armas, Santiago.