El 2003, el director norteamericano Mike John estuvo en Providencia filmando Panochitas 11 y su secuela Panochitas 12. Para eso se trajo a un negro y a un blanco -que se pasó todos los días viendo revistas pornos-, y contrató a casi una docena de prostitutas, entre ellas Cherry, Wendy, Laura, Samantha, Arlet, Jeannette, Imy, Amanda y María Paz, que mostraron hasta el tuétano en primerísimos primeros planos. Sólo uno de los actores sabía decir algunas palabrillas inconexas en español mientras nuestras compatriotas les respondían a punta de “ya poh” y “don’t stop”. Dicen que el casting fue lo más frío de las tórridas jornadas, pero el pago era conveniente: $400 mil por un lado, $500 mil por dos y $600 mil por todos a la vez. Acá una selección de escenas y el backstage.

Cherry apenas puede hablar. No sólo porque está exhausta, sino porque tiene la cara y la boca completamente mojadas con semen. Está tirada sobre una cama de una plaza, muerta de calor y agotada pero sonriente. Su largo pelo teñido rubio casi blanco se expande por un plumón estampado. Su lunar negro en la mejilla ha perdido a ratos la tonalidad.

Cherry acaba de terminar su papel en Panochitas 12, que duró más de media hora y que fue casi igual al de Panochitas 11, salvo por un detalle: esta vez se agregó un segundo hombre a su escena y ella se tuvo que desdoblar: mientras uno la penetraba por delante, el otro lo hacía por atrás.

Cherry estuvo con un negro y con un blanco en la misma cama. Ninguno hablaba español, pero eso es lo de menos. En Panochitas la comunicación es no verbal, aunque a ella se le escapó un espontáneo y chilenísimo “ya poh”. Es que por momentos la presión era demasiado fuerte, pero ella salió victoriosa.

Antes de que Cherry cambie de posición, Mike John, el director, le pone la cámara encima de la cara y le pregunta:

-¿Te gusta?
-Me encanta- contesta sonriendo mientras se limpia un ojo para ver mejor la cámara. El negro le acaba de disparar.

Segundos después, en pantalla aparecerán los créditos.

Mike John ha usado la técnica de la pregunta final durante todas las filmaciones de Panochitas 11 y 12, dos películas pornos que vino a grabar a Chile el 2003 y para las que contrató a casi una docena de prostitutas chilenas. El cineasta busca el momento preciso en que sus actrices apenas pueden hablar. En ocasiones, un hilo de semen separa sus labios del pene.

-Leche, leche, dame tu leche- repiten. Y les llega. Pero cuando el chorro fue abudandante, hay unas que se quejan.

-Me hiciste comer, malulo. Ya no me queda na`, me lo comí todo- dice una. Pero el galán ni se inmuta: no entiende el español.

Las películas las grabó en un apart hotel de calle Santa Magdalena, en una pieza desordenada y con luz natural. Un cinéfilo se emputecería al percatarse que una importante escena fuera interrumpida por el sonido de un celular, como ocurrió.

Pero acá la locación da lo mismo. Y a John le gusta claramente la improvisación, el género documental, el tiempo real. Seguir a sus actores con la cámara y mostrar todo lo que pueda. Es un detallista, una especie de Oliver Stone, pero en versión porno y artesanal.

Hasta usa cámara subjetiva, pero siguiendo nalgas.

EL CASTING

Antes de viajar a Chile, John se contactó con Pablo Aguayo, dueño del sex shop Soloadultos.cl para que lo ayudara a buscar a las actrices, las primeras chilenas en entrar al porno internacional.

Aguayo estuvo en el casting, donde cuenta que John era bastante frío para escoger a las postulantes.

-Si no les gustaban les decía que no servían y listo.

El casting, cuenta Aguayo, era así: las chicas entraban una a una, sin ninguna prenda a la que aferrarse. El director las miraba de arriba abajo, buscando manchas, estrías y celulitis. Nada de entrevistas personales: sólo tenían que darse una vuelta, agacharse, abrirse las piernas y ya. Las tarifas se acordaban con antelación: $400 mil el sexo normal, $500 con ítem anal y $ 600 mil el 2 x1: por todas partes y al mismo tiempo. Sólo dos chilenas aceptaron ese desafío.

La filmación fue en tiempo real y en maratónicas jornadas: una escena tras otra, sin parar y en la misma cama. Las chicas –entre ellas Cherry, Wendy, Laura, Samantha, Arlet, Janet, Imy, Amanda y María Paz- esperaban su turno ahí mismo, la mayoría en minúsculos encajes y paradas en botas de terraplén de charol negro, rojo o blanco. Los actores se reponían en cosa de minutos.

No había ningún precalentamiento. Allá todos sabían qué hacer. El rubio canadiense sólo abrió la boca para dos cosas: para lamer vaginas y pezones y para decir “oh, sshi”, su muletilla sexual.

El equipo, incluido Aguayo, hablaba todo en inglés, por lo que las chilenas, salvo Samantha, no entendían nada. Fue el caso de Imy, que antes de empezar su escena, miró fijamente a la cámara y contó de sus fortalezas.

-No necesito lubricarme.

-¿Y puede decirlo eso en inglés? –le dijo ansioso el director.

-No.

La siguiente toma la mostraba con la boca llena.

MONÓLOGO MíSTICO

De los dos “actores”, sólo Alexis, un norteamericano negro, alto y tremendamente dotado como su colega canadiense, balbuceaba alguna que otra palabra en español, una característica que el director aprovechó para darle ‘contenido’ a la obra y pedirle un monólogo en un balcón.

En la escena Alexis pone cara de místico, y mirando hacia Santiago, mal pronuncia un montón de palabras sin sentido:

-Bueyes, qué léstima, buena suerteu, medios tibio, profundou, despaciou, rapídou, hoy veces gríte, panochitos.

Después de su intervención, la cámara enfoca a Cherry. Está parada en la terraza, vestida con un sostén y un minúsculo colaless negro. El director deja por un rato al actor y le pregunta a la chilena qué quiere.

-Pasarlo bien. Llévame a Estados Unidos –le responde sonriendo.

-Ah, usted querer Estados Unidos y hacer qué.

-Un video rico, caliente.

A los pocos segundos, John tiene la cámara pegada a Cherry y Alexis.

-¿Está lista?-le pregunta.

-Sí, estoy calentando los motores.

Pero no alcanza. El negro se le montará encima y la dejará sin habla. Después la pondrá de espalda, de lado, de cabeza, contra la pared, sentada, parada, acostada, agachada. Y si se le suma el rubio, no tendrá por dónde respirar. Aún así, la chilena se dará el tiempo para sonreír a la cámara.

Luego entrará a escena la siguiente compatriota. Y Mike John seguirá con su técnica de preguntas.

-¿De dónde es? ¿Quiere conocer amigo mío? ¿puedeu mostrar su culo? ¿le gustou? ¿nerviosau? ¿tiene campou en su casa? ¿tener perrou? Yo puedo ser su perritou. Diga bye bye.