Fuente Soho

El culo complicaría eventualmente el rodaje, pero ahora son las ocho de la mañana y espero el tren en la estación central. La cita es en Sant Vicenç de Calders, dirección Tarragona, a una hora y media de Barcelona, frente al Mediterráneo. Cataluña festeja en familia. Es feriado por el Día de Reyes.

El tren sale puntual. En pocos minutos, la capital de la región más rica de España será menos glamorosa. La periferia es como cualquier otra: edificios pobres, basureros, desarmaderos de autos, pedazos de tierras mal cultivadas, fábricas, depósitos, polvo, caras tristes y, esta vez, al final, un mar.

Sant Vicenç de Calders, en invierno, tiene el perfil bruto de lo que es: un balneario árido de ventanas cerradas y pocos amigos. Los taxistas, afuera de la estación, charlan entre ellos y encararán sin esperanza a los pocos pasajeros que desaparecen a pie.

Leo Gálvez baja de una reluciente camioneta polarizada. Leo, de veintiocho años, vestido con ropa deportiva, la sonrisa franca y decidida, me saluda como si nos conociésemos. Su copiloto se presenta como guardacostas en verano.
Desayunamos en un restaurante frente al mar. Tenemos que hacer tiempo. El asistente y el maquillador perdieron el tren. “La gente no toma con seriedad este trabajo”, dice Leo, impaciente y molesto.

El copiloto es silencioso. No me cuenta el resto: que vive con su abuela de más de ochenta años, que es el actor de la escena de hoy después de un año y medio sin actuar, que está nervioso.

Leo se pelea por teléfono con el maquillador, quien llegará aún más tarde de lo previsto. Me advierte que esto retrasará la filmación. “El resto está preparado, la chica está esperando en la casa”, dice.
Hablamos de la crisis y entramos en clima. “Creo que ahora no es un mal momento para el porno, al contrario —dice Leo

—. Está resurgiendo, pero de otro modo. Antes eran superproducciones, gasto de mucho dinero, locaciones buenas, coches caros, chicas que traían de donde fuera. Ahora, en cambio, lo que se hace es producción para Internet: rápido, efectivo, con un mínimo de presupuesto para que se saque el máximo rendimiento”.

De madre malagueña y padre janiense (ambos empleados estatales), Leo nació en Madrid. “Pero soy andaluz, a los dos años me fui pa Andalucía”, confiesa. Leo me cuenta que habla por teléfono con su madre casi todos los días. “Ella lo sabe todo”, dice y se refiere a que la madre sabe en qué anda su hijo.

La playa está desierta. Leo interrumpe el diálogo por los incesantes llamados de teléfonos. Me pide disculpas y hablamos de dinero. “Tenemos muy buenos actores en España, como Nacho Vidal, Toni Ribas, Max Cortés. Ellos llevan más de quince años en esto. Son de la época antigua. Tienen un cachet (ingreso por honorarios) mucho más elevado que los chavales que hemos empezado hace poco. Yo llevo más de tres años, que es relativamente poco. Algunos chicos en España lo hacen gratis o por cincuenta o cien euros, pero el cachet normal, a como está el mercado, es mínimo de doscientos euros por escena; es decir, por una hora y media de trabajo. Digamos que entre doscientos y quinientos”.

Leo cursó primer año de Informática en la universidad. No le gustaba y dejó todo. “Mis ciclos son de un año, un año y medio. Me canso, dejo todo y me voy”, dice, y devora un pan tostado con mantequilla y mermelada. Su iPhone no para de recibir mensajes de texto. El copiloto parece ausente.

Leo se fue de casa a los dieciocho años y, antes de entrar en el porno, hizo de todo. Fue camarero, repartidor de pizzas, empleado administrativo. Tuvo una empresa de informática y viajó por España instalando la línea eléctrica del tren. “Pero más tarde volví a casa de mis padres, retomé los estudios y terminé la carrera de Informática”.

Leo tenía veintitrés años cuando la conoció. “Fue en Andalucía. Era la encargada del pub donde tomaba mi café. Ha sido la mujer que más he amado. Cinco años de relación. He vivido los mejores años de mi vida con ella…, pero nos separamos hace dos semanas. Hace una semana pasó a recoger sus cosas; me dijo que se le fue el amor”, dice Leo, y pienso en esa canción popular “Se me acabó el amor”, de Maia, la cantante colombiana.

Yoha, su ex, es una colombiana voluptuosa. Los dos, incluso por separado, son referencia inevitable de este universo. Eran, además, conocidos como “la pareja del porno español”: inseparables estrellas del porno y la atracción del salón erótico de Barcelona.

Yoha sigue trabajando en el porno, pero busca alternativas. “Entiendo —dice Leo—, es una vida muy complicada, y para una pareja era muy difícil”.

Leo tenía veinticinco años cuando, junto a Yoha, se presentó a un casting de parejas organizado por Torbe, un empresa de porno español. “Un par de semanas después estábamos dejando nuestros trabajos y aburridas vidas para comenzar la aventura”. Se instalaron en Budapest, capital de la pornografía europea, pero la experiencia no fue buena. “Duró un año. Fue muy complicado, yo era un chico nuevo en ese mundo. No tenía la misma soltura de ahora. Para las chicas, sin embargo, es muy fácil trabajar. Con una chica nueva y bonita todo el mundo quiere trabajar; pero con los chicos, no. Tienes que funcionar bien (mantener la erección frente a la cámara), ganarse la confianza del productor. Yo no funcionaba bien al principio, porque no es llegar y listo… Es muy complicado, es un proceso”.

Yoha, mientras tanto, traía el dinero para comer. “Yoha empezó a trabajar antes que yo. La acompañaba a los rodajes. Le llevaba la maleta. Era como su asistente personal. La veía trabajar: ella dentro de la escena, yo parado detrás de la cámara. Fue duro. Yo quería ser el chico que trabajaba con mi chica. Eran momentos de frustración que hieren el orgullo, pero seguí, insistí, era lo que me gustaba. En un año hice diez o quince escenas, que no son nada”.

Una escena es, para el común de los mortales, una película porno. Leo, a lo largo de su carrera, armado de un tatuaje en su pectoral derecho y un piercing en la base del pene, hizo muchas escenas: más de un centenar.

Leo me cuenta que en Budapest, después de mucho esfuerzo, algunas productoras le dieron oportunidades. “Pero estaba perdido. Imaginaos a un novato total en la meca del porno europeo. Aun así, hasta el maestro Rocco Siffredi me utilizó en una de sus películas (Animal Trainer 31), donde una maravillosa mujer me practica una mamada brutal”.

En la Navidad de 2009, Leo y Yoha decidieron dejar Budapest. El fogoneo en la capital del porno había llegado a su fin. La situación era insostenible. Leo no trabajaba y a Yoha le costaba conseguir nuevos roles. “El porno es así. Hay una serie de productoras; pero, cuando esas productoras han trabajado contigo cinco o seis veces, ya no te quieren más, ya eres una cara que han visto mucho. Salvo que seas muy —pero muy— bueno”.

En España, en pocos meses, Leo consiguió trabajo con las productoras y nombres más importantes del porno: Cumlouder, Kemaco, Penthouse, Private. El ascenso fue brutal. “Leo Gálvez ha nacido por y para el porno. Las cámaras adoran a este actor janiense, recientemente galardonado con el Premio Galaxy al actor revelación de 2010. Él y su mujer, Yoha Gálvez, se han convertido en la pareja más querida y valorada del porno español”, decían, celebraban, los múltiples epígrafes de sus performances. Leo es, sin duda, un actor profesional, atípico, divertido y hard.

En 2010, la empresaria, directora y escritora Erika Lust lo contrató para la película Life Love Lust. Lust es una marca fuerte de la nouvelle vague del porno; una sueca treintañera que se instaló en Barcelona y golpeó la industria ultraconservadora del porno hecho por hombres. “Un porno feminista, donde la mujer no es un objeto, donde se cuida la estética: un intento de ‘despornificar’ el porno hecho por y para hombres, donde se busca complacer a la mujer”, me decía Erika, días atrás, desde las oficinas de su productora, Lust Film, ubicada a los pies de la torre Agbar, un rascacielos de metal —símbolo de Barcelona— que tiene la forma de un potente pene erecto.

Erika Lust fue incluida en una lista de las cincuenta mujeres más destacadas de España. “Quiero mostrar una visión humana”, dice Erika, cuyas películas se venden tanto que se convirtió en empresaria y contrató a Leo Gálvez para actuar en una de ellas. Ese no es un hecho menor en el currículo de Leo. “Fue hace dos años —retoma Leo—. Erika ha sido una revolucionaria: algo que nadie hace. Tiene muchos detractores, muchos enemigos dentro del porno que consideran que no hace porno. Están los de la vieja escuela, que defienden el porno como arte, como una forma de cine.

Luego está la escuela —nosotros—, que decimos que quienes ven una película porno es para lo que es: para masturbarse, hacerse una paja; y ya está. Luego, la gente como Erika, que hace, yo diría, algo erótico explícito”.
El filósofo francés Gilles Lipovetsky dice que “solo el porno duro, mecánico y ginecológico permanece ajeno a las fantasías femeninas”. Leo pareciera decir que el porno es contrario al erotismo, pero echa una mano al señor o, por qué no, a algunas señoras.

Pregunto un cliché: cómo hacen los actores pornos para “poder”. En una filmación, para follar no hay que seducir, no hay que probar nada más que una virilidad erecta incuestionable y controlada. Ese es el desafío. Por eso, muchos actores se aplican inyecciones para coagular la sangre y así lograr una erección irreprochable. “Son trucos, un truco más poderoso que la simple Viagra; pero los actores no hablan del tema”, me decía, días más tarde, Toni Montana, el protagonista de la última película de Erika Lust (Cabaret Desire), cerca de Las Ramblas de Barcelona, que olían a jamón y marihuana.

Leo, ahora, me dice que al final no es más que costumbre. “Hay gente a la que le sale de forma natural, a lo mejor porque no tiene miedo a las cámaras. Por lo que sea. Yo creo que para la gran mayoría de los chicos es costumbre a la cámara. Es un trabajo que necesita mucha concentración; porque, si tú te desconcentras con la mínima cosa, claro, pierdes lo que no tienes que perder”.

Leo habla de erección, paga la cuenta y nos subimos a la camioneta polarizada. Vamos a buscar al asistente, que espera en la estación de trenes. El primo de Leo es un gallego de menos de treinta, divertido, barba de tres días, cinismo natural y delicado: fuma marihuana sin parar y nos divierte a todos.

—Perdí el tren por un minuto —dice el primo—. Tuve que esperar media hora.
—¿Compraste el diario? —replica Leo.
—Sí, El País.
—Me da lo mismo cualquiera, lo importante es que sea de hoy.

Subimos a la casa de Leo, en lo más alto de la colina de Sant Vicenç de Calders. La casa tiene dos plantas design, minimalistas y depuradas, con piscina frente al mar, y Lola, una dulce perra rottweiler. La chica, la actriz, duerme en el segundo piso. Es casi mediodía. El rodaje debería haber empezado y Leo se impacienta. Apura por teléfono al maquillador.

El primo-asistente me cuenta que lo operaron de los genitales. Tiene que esperar dos meses más antes de volver al medio. Es, además de obrero en la fábrica de un pueblo vecino, actor. Vemos algunas de sus escenas en la oficina del primer piso. Me habla de su novia, una actriz porno francesa con varios centenares de escenas en su carrera, quien se instaló en el pueblo vecino con su hijo de casi cinco años.

La chica del día entra en escena. Cruza el pasillo golpeando las chancletas. Le dice algo a Leo. Leo le pide al primo que baje al pueblo a buscar Tampax o toallas higiénicas.

—La chica tiene la regla —dice Leo.
—Es Día de Reyes, las farmacias están cerradas —considera el primo.
—Intenta en la estación de servicio…, y que la toalla no sea dura.
—Vale, ya bajo. ¿Dónde está la llave de la camioneta?

Pero, día feriado, no habrá Tampax ni toallas higiénicas. La producción de la escena del día no cuesta más de mil euros. El presupuesto incluye el cachet de actores, asistente y maquillador. La casa permite tres escenarios: cocina, comedor, living. El sol golpea el frente de la casa hasta más allá de las seis de la tarde; es decir, se evitan gastos extras: la iluminación artificial.

Días antes, en las oficinas de la productora Lust Film, el director ejecutivo, y marido de Erika Lust, criticaba esas prácticas de la industria: “Los productores copan el mercado, pero no tienen ninguna base cultural ni emocional.
Simplemente quieren hacer dinero rápido. Es la facilidad: se folla en un sofá y listo”.

Leo, ahora, mira el reloj y continúa hablando: “Hacemos cuatro escenas por semana, en promedio. A veces muchas más. Empiezo el lunes y termino el viernes, reventado. Tardo un día en hacer una escena. En dos horas y media he terminado un corto, entre maquillaje, fotografía y video”.

Con un promedio de cuatro escenas por semana, Leo se carga varios miles de euros al mes, desde que fue contratado por una empresa estadounidense y decidió pasar de la actuación a la producción. “Grabo el material y lo envío en bruto a Estados Unidos, donde se ocupan de la posproducción. Nacho Vidal, el mejor actor porno de España, hace lo mismo que yo: produce en España para EE. UU. La plata está allá.

“Lo que pasa es que yo soy un tío emprendedor —dice Leo, para justificar su paso de la actuación a la producción—. Siempre he sido un tío que me ha gustado moverme. Yo veía que la gente, aquí en España, esperaba que le viniera el trabajo, sentada en su casa, quejándose, sin moverse”.

Leo y Yoha, cuando eran la pareja del porno español, crearon una página en Internet (www.leoyoha.com), donde colgaban sus trabajos. “Nos empezó a ir bastante bien. ‘Algún día — pensaba— alguien verá las tonterías que hago’; y fue lo que pasó. No lo busqué, no fui pidiendo trabajo a las productoras. Vino y lo cogí. Ya hace dos meses y medio que produzco; dejé de ser actor”.

El maquillador llega agitado, casi dos horas más tarde de lo previsto. Apenas saluda. Es un catalán que se dio cuenta de que el porno paga. Dice que hace tres días no duerme. Se apura, abre el botiquín. En una hora, me cuenta, tiene que almorzar con sus suegros. Se acomoda el copete, peinado al estilo Presley, y empareja las cejas de la actriz con una pequeña tijera. Le aplica una capa de pintura: la actriz mira el techo. No se conocen, casi no se hablan.

Las actrices ganan más que los hombres, pero los precios son siempre relativos: la industria es relativa. “El abanico es amplio, pero el cachet es mayor para ellas. Sin embargo, hay chicas que trabajan por cien euros. No hay precios fijos; no hay nada establecido; no tenemos un convenio que nos regule. Se intentó hacer un sindicato para los trabajadores del porno; pero nada. En este mundo estamos desprotegidos. Nadie hace nada para que cambie. Los poderosos no quieren reglamentar ni tener convenios que regulen la profesión. El porno es muy individualista. Es un mundo muy egocéntrico, el más”, dice Leo.

Y remata: “Es una carnicería”.

En la oficina del primer piso, Leo me muestra unas escenas exclusivas. Toni Ribas, famoso actor porno, en acción con una infartante chica del Este: una Budapest girl. Leo y el primo se deleitan. Enloquecen. Admiran y respetan a Ribas. Detienen las imágenes. Auscultan. Festejan las penetraciones. Sexo fresco, aún virgen de edición, filmado hace pocos días. El escenario es el salón de abajo. Ribas y la Budapest girl se revuelcan sobre el sillón inflable de cuatro dedos rojos donde hace unos minutos me senté a tomar una Fanta de limón.

—Ribas se está divirtiendo como un loco. Es una pasada, la reventó —dice el primo, casi con lágrimas en los ojos.
—Toni vuelve a casa mañana. Le toca una escena con la chica de hoy —anuncia Leo.

Leo contrata, por medio de agencias o por Internet, sobre todo a chicas del Este. Les paga el cachet, el viaje y la estadía. “Todas las semanas traigo chicas de afuera. Las chicas de Budapest son impresionantes, no hay comparación con el resto; pero ahora me dicen que se está moviendo todo a Rusia. Claro, saturan un país, ¡pum!, se mueven a otro. Esto es carne fresca. Es una carnicería y se intenta tirar a lo más barato. En Rusia dicen que las chicas están muy baratas; son chicas muy guapas. Con la crisis, ellas trabajan por poco dinero. Son como una mina para el porno”.

La directora Erika Lust me contaba que esas chicas del Este tienen fecha de vencimiento. Duran unos años y la industria las expulsa. Son chicas que vieron tres películas porno y luego imitan la sexualidad que será representada por medio de planos ginecológicos.

El maquillador cierra su botiquín y se despide: parte a almorzar con los padres de su novio. La actriz del día está en condiciones para actuar. Espera, no habla: solo se ríe. El resto del tiempo escribe mensajes en su celular o se aleja para hablar con, dice e insiste, su novio.

En la oficina del primer piso, el asistente recita las condiciones del contrato, que autorizan la utilización de las imágenes para distintos soportes.
—¿Tienes alguna otra pregunta? —dice el asistente, cámara en mano.
—Ninguna —dice el copiloto-actor.
—Pasamos, entonces, a firmar el contrato.

El contrato está en la mesa, sobre el diario del día. El actor posa frente a la cámara con su carta de identidad que duplica, y legaliza, su rostro.
“Requisitos americanos”, dice Leo, y suspira.

La actriz entrega al actor un sobre con sus exámenes.
El actor certifica en la página de Internet del laboratorio la veracidad del papel: está limpia. Los protagonistas se analizan cada veintiún días. La garantía, finalmente, no es más que el compromiso: el porno español paga por escenas sin preservativos.

Finalmente, empieza el rodaje, con varias horas de retraso. Leo y el primo-asistente piensan la situación de la escena. “Los americanos me dan una grilla que tengo que respetar. Está todo indicado, pero elijo la ubicación”, aclara Leo.
—Vamos a la playa. Filmo a la chica y subimos a follar. ¿Qué te parece, primo?
—Muy bien, vamos.

Con el guión resuelto, nos subimos los cinco a la camioneta polarizada. El primo y el copiloto se ríen. La complicidad de la profesión los acerca. “Follamos y nos pagan, ¿qué más?”, parece ser el lema.
En la playa, Leo se mueve con gracia y carisma arriba de sus zapatillas Dolce & Gabbana, desabotonadas y blancas. Cadera tensa hacia delante, glúteos comprimidos. Es su modo de caminar, de enfrentar el mundo. Un tipo que supo reinventarse, que cambió pene por cámara.

Leo cree en lo que hace y lo hace con seriedad: por plata.

La chica se apoya en la baranda de un puente de madera, frente al mar, como si estuviese descansando. Leo se acerca, cámara en mano, y le propone ir a su casa a follar. Ella acepta. La cámara se mueve con el pulso de un amateur voyerista. “Es lo que gusta en Internet”, dice Leo.

Cualquiera podría ser el camarógrafo ocasional que se levanta una desconocida en la calle y minutos más tarde se revuelca con ella en un living durante cuarenta minutos. Eso, me decían en las oficinas de Erika Lust, es porno mainstream: una serie de cortos que reproducen el gusto general. Un porno cerrado, sin discusión, sin dudas, sin autocrítica. El gonzo, término robado del periodismo, pone en escena al camarógrafo, quien interviene en la acción: porno amateur realista hecho por profesionales, por hombres.

La escena del día es un “anal”, pero podría ser algunas pocas opciones más: trío, gangbang (orgía), blowjob (sexo oral), doggystyle, bondage (un tipo de técnica sadomasoquista) o facial.
Es hora de que el copiloto entre en acción. Tiene los músculos tensos. Un gesto se repite: se frota las manos. Tiene los pulgares estáticos. Lleva puesta una camiseta Dolce & Gabbana y toma la pose del orangután. Su currículo, por el momento, incluye menos de quince escenas.

Me cuenta que conoció una chica que tenía un tatuaje inmenso con la cara del Che a lo largo de toda su espalda. “Mientras me la mamaba —dice—, el Che me miraba directo a los ojos. La situación era extraña”.

Con el primo nos quedamos frente a la piscina. Cuidamos que Lola, la perra rottweiler, no interrumpa la grabación. Leo sale del living, del escenario. Tiene hambre y cara de preocupación. Acompaño al primo a comprar unos cuantos combos en un cDonald’s cercano, al costado de la ruta.

Veo, de reojo, que la chica está chupándosela al copiloto.

El primo me cuenta que su novia, en las escenas, no ayuda a sus partenaires cuando no funcionan (se refiere a la fellatio de rigor cuando la cámara inhibe al actor). Habla del gatillazo: eso que pasa cuando al actor no se le para.

El primo se impacienta. Pasaron más de cuarenta minutos, el tiempo previsto para una escena normal.

En un entreacto improvisado, vemos al copiloto, desnudo, el pelo rapado como Leo, tomando agua mineral en la cocina.

Tiembla, colorado, preocupado. Leo dirá, de camino a la estación, que será duro para el actor. “Se sentirá mal un tiempo. Es una cuestión de ego”.

Sin embargo, ahora, Leo reaparece cada diez minutos, exhausto. Come, devora la hamburguesa, las papas fritas. “Se complicó. Es su primera vez. No lo hizo ni con el novio. El chico está cansado y con el ego destrozado. Es estresante.

Ya no funciona. Probaremos con grappa a ver si se aflojan”.

Con Leo subimos unas largas y empinadas escaleras hasta más allá del techo de la casa. Frente al Mediterráneo, me dice
que en un año, si todo sigue igual, desaparecerá. Dejará el porno, tendrá plata suficiente, se instalará en alguna isla; tal vez, dice, en Filipinas. “Siempre tomé el porno como un trabajo, pero lo he pasado mal muchas veces…”, dice sobre este género que empezó, hace casi medio siglo, como una contracultura que celebraba la liberación sexual.

Mientras bajamos las escaleras, Leo me anuncia que seguirán mañana. Acaricia a su perra rottweiler. “Lola, prepárate, vas ver desfilar a las chicas ahora que estoy solo”. Los actores, frente a la piscina, posan para la foto, abrazados, pornos, como si nada.

La chica, virgen del culo, complicó el rodaje. Pienso en Belladonna, una bomba sexual adicta al hardcore, mito del porno, quien se desvirgó delante de las cámaras y reconoció haber disfrutado desde la primera vez.