Por Rolling Stone de España

Diez personas desnudas, rodeadas por fotógrafos, copulan y practican felaciones en público en el Museo de Biología de Moscú. Lo hacen en protesta por la elección de Dmitri Medvédev como presidente de Rusia. Estamos en febrero de 2008 y, entre los activistas del grupo Voina (‘guerra’, en ruso) hay una joven de 19 años, muy embarazada. En 2012, se convertiría en un icono planetario: Nadezhda Tolokonnikova. El rostro de esta activista de Pussy Riot (una escisión de Voina), es también el rostro de una nueva forma de transformar la realidad, una lucha en la que la referencia al sexo explícito es cada vez más frecuente. ¿Ha llegado la hora de la ‘pornopolítica’?

Desde siempre el sexo ha condicionado intrigas partidistas y palaciegas, pero no hace tanto que se emplea abiertamente como arma con fines políticos. Izquierda, derecha, antisistemas, activistas… da igual. Todas las posturas (políticas) tienen cabida en este Kamasutra ideológico. Ahí están las ‘velinas’ de Berlusconi, en un extremo; o el movimiento por el porno feminista, en el otro. Los antecedentes son legendarios (y no, no hablamos todavía de Cicciolina). Hay que buscarlos en la Grecia Clásica, cuando las mujeres consiguen parar una guerra recurriendo a una huelga de sexo en la obra Lisístrata, de Aristófanes. Y en la Edad Media, cuando, en el siglo XI, Lady Godiva pasea desnuda a lomos de un caballo para que su tiránico marido baje los impuestos a sus súbditos. Son los primeros usos registrados del erotismo explícito como arma política. En el caso de Lady Godiva hay que tener en cuenta que un desnudo en público en aquella época era quizá tan transgresor como la citada orgía de Voina en el museo.

Desde 2005, Bani Brusadin, profesor de la escuela de diseño Elisava, dirige en Barcelona The Influencers, el “festival de arte no convencional, guerrilla de la comunicación y entretenimiento radical”. En 2012, invitaron a los controvertidos Voina. “En todos estos años han sido protagonistas de verdaderas locuras con un objetivo muy noble: ensuciar los símbolos del poder y utilizar el lenguaje de la dominación para mostrar su contrario: el gusto por la libertad. Pero ¡ojo!, no estamos hablando de unos activistas con una agenda política sensata y racional, ni tampoco de artistas políticamente correctos, con gafas de moda y manicura impecable. ¡Voina quieren guerra! Y nos enseñan que a veces no queda más remedio que exagerar, correr riesgos y burlarse de la estupidez hasta del más feroz de los aparatos represivos”, indica Brusadin para Rolling Stone.

“CUANDO NO TIENES OTRAS OPCIONES, EL DESNUDO APARECE COMO LA FUERZA MÁS PODEROSA MOSTRANDO LA MÁXIMA FRAGILIDAD”

El fenómeno va más allá de los sangrientos desnudos del grupo animalista Peta o los de las activistas polacas de Femen. España –desde el famoso top-less de la actriz Susana Estrada junto al alcalde de Madrid Enrique Tierno Galván, en 1978– no es en absoluto ajena a esta tendencia, que no sólo recae en movimientos alternativos y en colectivos artísticos, también cunde entre formaciones que entran al juego político tradicional. En 2006, el candidato de Ciutadans, Albert Rivera, se desnudó en los carteles electorales. En 2010, la actriz porno María Lapiedra protagonizó la campaña electoral del candidato a la Generalitat de Cataluña Joan Laporta. Para esas mismas elecciones, las Juventudes Socialistas difundieron un vídeo en el que una votante sentía un sonoro orgasmo al depositar la papeleta. “Votar es un placer” era el eslogan.

Para el asesor de comunicación y consultor político Antoni Gutiérrez-Rubí, esta tendencia va a ir en aumento, si bien su rendimiento es más comunicativo que electoral: “Los candidatos y candidatas vinculados a las economías del sexo (strippers, actores porno o trabajadores sexuales) van a seguir estando presentes, excepcionalmente, en la oferta electoral como parte de la repuesta bufa e irreverente al sistema tradicional y formal. La apuesta por la sensualidad, el erotismo o la sexualidad en la comunicación política y electoral va a crecer por su carácter rupturista y provocador. El cuerpo denuncia y comunica con gran efectividad. Las ‘besadas colectivas’, los topless de denuncia, pasando por desnudos masivos o fornicaciones políticas, son una amplia gama de respuestas que buscan la notoriedad y la contradicción formal desde una propuesta desafiante, sea lúdica o directamente trasgresora”.

La actriz porno de origen húngaro y exdiputada italiana Ilona Staller, más conocida como ‘Cicciolina’, irrumpió en política en 1979 de la mano del Partido Verde italiano. Para las recientes elecciones legislativas, Cicciolina –que hoy tiene 62 años– ha fundado el partido DNA (Democracia, Naturaleza, Amor), en cuyo programa defiende el reconocimiento del matrimonio homosexual, entre otras medidas. “Siendo diputada afronté muchos prejuicios, pues algunos colegas me miraban diferente; pero cuando empecé a presentar propuestas de ley comenzaron a entender que no era sólo una cara bonita, sino que también tenía algo dentro de mi cabeza”, declaró en 2006 Cicciolina al diario El País. El suyo es el caso opuesto al de las ‘velinas’ de Berlusconi, quien replica las estructuras patriarcales y sexistas utilizando mujeres bellas como pasivos reclamos políticos.

El armazón teórico que sostiene las nuevas estrategias políticas y de activismo social hunde sus raíces en la teoría del ‘sexo positivo’ del psicoanalista austríaco Wilhelm Reich, pero también en los movimientos contraculturales de los años sesenta y setenta. Raquel Osborne, profesora titular de Sociología del Género en la UNED y autora, junto a Óscar Guasch, del ensayo Sociología de la sexualidad (Centro de Investigaciones Sociológicas, 2003), analiza para RS los orígenes del fenómeno: “Aunque ya presente en los utópicos del siglo XIX y, de forma más próxima, en la consigna del ‘amor libre’, el fenómeno se extiende en los procesos desencadenados a partir de la Revolución Rusa de 1917. Fue recibido en España ya en los años veinte, entendido como la posibilidad de no tener que pasar por la Iglesia y, en general, por la institución del matrimonio, para legitimar las relaciones sexuales entre adultos y/o fundar una familia. Los tiempos posteriores lo entierran en todas partes, y vuelve con renovado vigor –al calor de movimientos como el hippismo, la contracultura y Mayo del 68–, como una explosión contra el puritanismo y la doble moral asentada tras la Segunda Guerra Mundial (y con el franquismo en España)”.

El surgimiento de la pornografía como herramienta política pública solo ha sido posible tras la batalla teórica que se vivió en el seno del feminismo en los ochenta. La corriente tradicional censuraba la pornografía y la prostitución (etimológicamente ‘pornografía’ tiene que ver con prostitución), mientras el llamado feminismo de la ‘tercera ola’ considera que no hay nada en el porno inherentemente degradante hacia la mujer. Feministas se consideran las mujeres que, conscientemente y en primera persona, recurren al sexo explícito para cambiar mentalidades. Es el caso de la madrileña Diana J. Torres, muñidora del concepto de ‘pornoterrorismo’. En su manifiesto lo define así: “Puede (o no) tratarse de una forma de representación artística, un arma política, una carrera personal, una terapia –de choque–,
una herramienta de difusión de ideas, una forma de follar, un fetiche, una tocadura de pelotas, una venganza…”.

Leer reportaje completo en Rolling Stone de España