alonsoramrezhernndez spleenjournal

Vía www.spleenjournal.com/

¿Por qué vemos pornografía? Los mismos circuitos cerebrales que nos hacen compadecernos de quien sufre, o reír al lado de nuestros amigos, son también responsables de que nos excitemos al ver copular a alguien. Es, básicamente, empatía. Apropiarnos a través de la vista de una vivencia tan fantástica como ajena está en la base de toda experiencia cinematográfica. Hacer que la imaginación se superponga al mezquino devenir de la vida como nos es dada, ha sido uno de los pilares de la literatura. El porno conecta con algo constitutivo, entonces, con una falta primera que de pronto se nos aparece glorificada a través de su primer depósito: el cuerpo desnudo, en una situación donde todo poder es ilusorio y nuestra animalidad se nos muestra en su patente absurdo, desprovista de cualquier goce real.

Lunes, cuatro y media de la tarde. Escribís estas líneas en una banca, junto a una estatua de John Lennon sin lentes, en medio del Barrio Chino de San José. Este es el  proyecto de un exalcalde corrupto, próximo Presidente de la República según encuestas, para congraciarse con sus nuevos dueños. Se levanta como una quimera urbana en la cual, alrededor de un mismo bulevar, quedaron insertos los dos supermercados de dueños orientales que ya llevaban años ahí, la Iglesia de la Soledad, la Plaza de las Artes y su mencionado ex Beatle de bronce, la compraventa de libros más antigua del país, y el lugar de tu visita: el Cinema 2000, primer y último cine porno en toda Costa Rica. Sus breves  competidores (el Capri, el Metro 2, el Universal, todos josefinos, todas salas “convencionales” venidas  a menos y que buscaron en el XXX su tabla de salvación) han desaparecido en la última década, incapaces de competir contra el furor por los malls, sus respectivos multicines, 3D y VIP incluidos. Permanece, junto con el Magaly (que le da nombre a la cadena de salas de proyección más grande del país), la Sala Garbo (decana en la exhibición de filmes alternativos) y el Variedades (que por horas presenta películas, a ratos es teatro), como el último remanente de esa pieza de anticuario que son los cines locales. No hay más de su tipo en ninguna otra ciudad costarricense.

Te levantás para caminar los 75 metros que hay desde tu asiento (que mira directo hacia la escalinata del templo católico) hasta las puertas donde podés ver los afiches que dicen, sobre cuerpos voluptuosos, los títulos hechizos para las películas de esta temporada. Un joven espigado y bien vestido paga por su tiquete y pasa. Vos sos el próximo. El chico al que le das los tres mil colones[1] ni siquiera levanta la vista. El papelito que dice “entrada” parece una fotocopia a color. Tres pasos luego, una mujer ajada, de lentes gruesos, te lo pide: “pase adelante”. Tus ojos se van hacia el pequeño tele que está casi colgando del techo junto a la entrada de la sala, justo sobre unas urnas vacías donde distinguís, rápidamente, páginas de una sola Hustler, dispersas y decoloradas. Ella nunca separó la mirada de la novela venezolana que resuena con volumen bastante alto.

Dos gruesas cortinas, marrones y sucias, a un metro la una de la otra, son la última barrera que te separan de la completa penumbra.

El aire es espeso; su olor, rancio. Te quedás quieto durante los largos segundos que necesitás para que tus ojos puedan distinguir aunque sea una silueta. Lográs definir, poco a poco, al biombo de madera que se atraviesa inútilmente entre el corredor y las butacas, los cuatro hombres que se apoyan en él. Te han vuelto a ver como si hubieras roto una especie de trance, uno como si te estuviera chequeando. Caminás rápido hacia tu derecha y buscás casi a tientas una butaca no muy adelante, en la columna del centro. Lo primero que ves es  la imagen borrosa (toda la proyección lo será) de una rubia de rostro adolescente y pechos enormes a quien penetran por el ano, minutos antes de que le eyaculen en la cara.

Tu vista logra captar más detalles ahora. Esto, más que una sala, es un galerón. Todo pareciera estar a punto de caerse: el tapiz de los muros, las lámparas cuyo cobertor se alcanza a intuir amarillo pese a la oscuridad, la falta de láminas en el cielo raso. La pantalla muestra una clara línea justo en medio: no es más que una gran manta encima de lo que fue la verdadera superficie de proyección. Bajo ella, decenas de sillas plegables se apilan como en una bodega improvisada.

Mirás justo sobre tu cabeza: hay un gran boquete en el techo, más allá, el cinc aparece esporádicamente, lo que cuelga en medio es un videoproyector común, como el que encontrarías en cualquier oficina. Sobre los gemidos que salen del pésimo equipo de audio se cuelan dos sonidos: cremalleras que se abren y hebillas que se agitan. Se oirán con frecuencia durante todo el tiempo que te queda aquí.

Te das la vuelta. Ahora distinguís de nuevo el biombo, y al menos unos diez hombres que caminan como espectros a su alrededor y entre los asientos, suben las escaleras que se levantan hacia el segundo piso a ambos lados. A medio camino hay dos arcos negros, inútiles; en el que está a tu izquierda ves hablar a dos hombres muy cerca el uno del otro, como al borde de un beso. Un poco más arriba, detrás de todas la butacas, la ventanilla por donde ves la lente apagada del que fue un proyector de 35 mm.

Por lo que has leído, sabés que ese sector de arriba es donde lo más crudo se da. No querés subir aún. Volvés a la pantalla. Ves el título de la película que termina: College Girls Like it Dirty[2]. Fin de los créditos, negrura total. Pasarán un par de minutos antes de que empiece la próxima (la entrada vale por estar todo el tiempo que querás: se proyectan dos películas seguidas desde las 10 a.m. hasta las 9 p.m.). Te da tiempo de repasar lo poco que pudiste averiguar sobre este sitio y su historia antes de venir. Comenzás a presentir que tu imaginación se ha quedado bastante corta.

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