Vía Yorokobu

El capitalismo despreció la belleza desde sus inicios. No era un asunto de su incumbencia. Ni entonces ni ahora. El planeta está hoy repleto de heridas provocadas en nombre del ‘beneficio’ y la ‘riqueza capitalista’. Los bloques de cemento que han arruinado gran parte del Mediterráneo, la deforestación de áreas como el Amazonas, los cinturones grises de muchas ciudades, el aire pestilente de muchas zonas industriales. Pero no se puede decir que nadie avisara. Hace casi dos siglos, un pensador inglés, William Morris, advertía ya de la fealdad que impondría en el mundo el capitalismo industrial.

En el siglo XIX, en Inglaterra, se levantaban cientos de fábricas que anunciaban la entrada a un nuevo mundo lleno de máquinas y humo, y donde muchos oficios quedarían desposeídos de su cometido de crear arte popular, belleza y satisfacción. De esto habló durante gran parte de su vida el diseñador y pensador británico William Morris (1834-1896). Este renacentista se reveló ante el paisaje que veía que estaba construyendo el nuevo capitalismo industrial y denunció la vulgaridad que suponía la producción en masa y el imperio del diseño estandarizado.

El esteta y agitador social hablaba de la constante aspiración a la belleza, la realización personal a través del trabajo, la justicia social y la plenitud de la vida. El sistema de producción capitalista, como predijo, no ha prestado la más mínima atención a estos valores. Por eso el pensamiento de Morris tiene hoy la misma vigencia que el día que lo expresó en sus conferencias y lo escribió en sus ensayos hace casi dos siglos. Su aspiración a un trabajo que ennoblezca la vida humana en vez de empobrecerla y esclavizarla es, también, absolutamente actual.

La concepción del trabajo de Morris choca de frente con la ética protestante del trabajo (conceptualizada por el alemán Max Weber) que se ha impuesto en parte del planeta. La finalidad de la vida, para el inglés, no es trabajar. Un oficio es una forma de dignificar la vida y de que una persona pueda desarrollar todo su potencial y su creatividad.

El pensador consideraba que el “trabajo auténtico” debía ser una “fuente de arte, gozo y felicidad personal” y, por eso, “nadie puede realizar un buen trabajo si no le gusta lo que hace”. Esta idea se opone frontalmente al tipo de actividad que impuso el capitalismo industrial y que Morris describía como el despojo de las habilidades creativas del individuo y la subordinación de su tarea al ritmo de la máquina.

“El trabajo es un bien cuando le acompaña la esperanza debida de descanso y de placer”, dice Morris en su ensayoTrabajo útil o esfuerzo inútil. “El trabajo valioso lleva consigo la esperanza del placer en el descanso, en la utilización de lo producido y en nuestra habilidad diaria y creativa. Cualquier otro trabajo carece de valor. Es un trabajo de esclavos, un mero esfuerzo para vivir, un mero vivir para esforzarse”.

Morris aboga por el esfuerzo de “hacer atractivo todo trabajo, incluso el más ordinario”. “Obligar a un hombre a realizar la misma tarea día tras día, sin ninguna esperanza de escapar ni de cambiar, significa, ni más ni menos, convertir su vida en un tormento de presidiario”, continúa. “Lo único que exige que así sea es la tiranía del lucro”.

El diseñador textil pensaba que era posible aprender varios oficios para evitar el aburrimiento y la monotonía. El fin de desarrollar diferentes trabajos sería alternar una ocupación sedentaria con otra al aire libre en la que se ejercitara el cuerpo. Y esto solo se podría conseguir mediante la educación.

m6The Kelmscott Press, de William Morris

Pero el autor denunciaba que en aquella época (siglo XIX) la educación se encaminaba “al objetivo de adaptar a las personas a sus lugares en la jerarquía del comercio, unos como amos y otros como trabajadores”. “La educación de los amos es más ornamental que la de los trabajadores, pero también es comercial. E incluso en las universidades de renombres aprender se tiene en poco a no ser que a largo plazo ese conocimiento sea rentable”.

“La educación auténtica es algo totalmente distinto y consiste en descubrir para qué está dotado cada cual y ayudarle a lo largo del camino por el que se inclina”, continúa. “En una sociedad debidamente ordenada, los jóvenes aprenderían todos los trabajos manuales para los que tuvieran aptitudes (…) y los adultos tendrían también la oportunidad de aprender en las mismas escuelas, porque el objetivo principal de la educación sería, por encima de todo, el desarrollo de las capacidades individuales, en lugar de ser, como ahora, la subordinación de todas las capacidades al gran objetivo de ganar dinero para sí mismo o para el dueño”.

Morris va de la educación al arte. Pero no el arte elitista que mueven los dueños de grandes fortunas. Habla del arte de la calle o “arte popular”: “esa clase de arte que es o debería ser realizado por el trabajador corriente en el transcurso de su trabajo ordinario”. El filósofo relata que en su época, durante el nacimiento del capitalismo industrial, el arte popular desapareció y fue “asesinado por el comercialismo”.

“Desde el comienzo de la lucha del hombre contra la naturaleza hasta la aparición del sistema capitalista actual gozó de vida y, casi siempre, de modo floreciente. Todo lo que el hombre hacía era embellecido por él mismo, así como todo lo que hace la naturaleza lo embellece ella misma”, escribió. “El origen de este arte fue la necesidad sentida por el trabajador de dar variedad a su trabajo”.

greenDiseño textil de William Morris

Pero el sistema de producción masiva cambió el paisaje. Muchos talleres familiares desaparecieron y fueron reemplazados por fábricas referidas por Morris, en 1884, igual que se podrían describir hoy muchas fábricas asiáticas y de otros lugares del mundo. “Todas nuestras ciudades hacinadas y nuestras fábricas pavorosas no son más que el resultado del sistema de beneficios. La producción capitalista, la posesión capitalista de tierras y el comercio capitalista empujan a los hombres a las grandes ciudades para manipularlos según los intereses del capital: la misma tiranía reduce el espacio debido de las fábricas de tal modo que (por ejemplo) el interior de la gran nave de un telar resulta un espectáculo casi tan ridículo como horrible. No hay ninguna necesidad en todo ello, salvo la de extraer beneficios de las vidas de los hombres y de producir artículos baratos para el uso (y sometimiento) de los esclavos a los que esquilman”.

 

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