Columna: Me falta pico

No pocas veces se denosta a una mujer con el argumento de la falta de pene. Si eres poco agraciada, si estás deprimida o enojada, si criticas alguna practica sexista, si tienes el rímel corrido… Básicamente cuando no estás en posición de pechugona sonriente, cuando das la lata, quedas interdicta bajo la imputación de una supuesta envidia. Parece que la teoría freudiana opera con fuerza en nuestras cabezas.

De tanto escuchar esta acusación, pensé que debía haber alguna verdad ahí. Si lo pienso en clave biológica no lo podía tomar en serio: no es cierto que necesitemos tener sexo con desesperación y tampoco dependemos de un hombre para ello. Segundo, si esa falta apunta a la envidia de pene, tampoco es cierto que una mujer quiera tener uno. De hecho existen más casos de feminización quirúrgica que viceversa. Sin embargo, al tomar esta imputación como metáfora, va tomando sentido y se revela la neurosis del falocentrismo en su esplendor.

Me refiero a la supremacía fálica en la cultura; en nuestros discursos, incluso en los más progresistas; en nuestras prácticas, incluso en la más pedestres. La falta de pene sería un insulto tanto para mujeres como para hombres: a estos últimos nunca se les acusa de falta de vagina, mas sí de poco hombres. Desde niños nos enseñan que lo deseable queda del lado de la norma masculina: lo erecto, lo potente, lo grande, lo fuerte. Deseo que viene siempre en su envoltorio ideológico y que nos señala eso que debiésemos envidiar.

Tanto hombres como mujeres quedamos atrapados en las metáforas de lo más y lo menos, de lo superior e inferior. Algunos padecimientos comunes a partir de esta tensión: el obsesionado con tener siempre más; el que no sabe qué hacer cuando tiene y fracasa justo en la meta; el hombre que confunde lo fálico con su pene y de tanta expectativa no le funciona como espera; el que se inhibe con los que tienen más; el que se avergüenza cuando se siente menos; el que supone que siempre le falta más para empezar a vivir (siempre recuerdo a Lucho Jara rechazando la conducción del Festival de Viña por una supuesta falta de experiencia; y por el contrario, a un desfachatado joven Sergio Lagos asumiendo la tarea sin pudor); y una de las caras más atroces de la perplejidad fálica, la idealización que algunos hacen del psicópata de secta. Todos malestares relacionados con las dicotomías del más y el menos.

¿Es posible, ir más allá de la envidia? ¿Que no importe el tamaño como medida del mundo? Pues sí. Y es justamente lo femenino como lógica – no como anatomía- la que se ríe de estas categorías. Desde Eva en adelante, es la insolencia de lo femenino la que pone en tensión al orden hegemónico. Freud decía, no en vano, que la primera segregación de la historia es la mujer; ya que amenaza lo establecido por el orden del patriarcado. No confía en los totalitarismos de “las buenas razones”, no se inferioriza ya que no idealiza lo que parece grande. Mientras que lo masculino defiende lo heroico: los goleadores, los campeones, los músculos ¡uf!…todo aquello que a las mujeres nos causa un poco de risa.
Bachelet en nuestro imaginario, podría ser una representante de este más allá del falocentrismo. Da la impresión que nunca quiso ser Presidenta, y que el poder no la obsesiona; sin embargo lo alcanza aún cuando no lo busque. No se le imputa falta de pene, ya que pareciera que no le interesa. A Camila Vallejo tampoco se le acusa de tal falta, pero por razones diferentes. No es que no le importe lo fálico, ella sí posee un semblante de potencia, sino porque opera como buen soldado de su partido, reproduciendo un discurso lleno de insignias de luchas de poder y eso la podría ubicar de un lado más masculino. Tal vez a una Carolina Tohá o una Evelyn Matthei se les atribuya – medio en broma, medio en serio- falta de la cosa fálica. Posiblemente, porque se muestran enojadas, demandantes, quejándose de la falta de algo. Mientras que la impresión que nos da nuestro ex presidente Piñera, es que le sobra el falo, de ahí tanto chascarro, como si se tropezara con él.

En síntesis, se puede decir que la envidia es siempre masculina. Aunque provenga de un hombre o de una mujer, siempre se trata del problema de la falta de algo que parece ideal para el patriarcado. Lo femenino como lógica, permite superar este resentimiento, en la medida en que no se ve obligado a buscar esos emblemas épicos. Es más bien una lógica subversiva ya que empuja a la invención de lo aún no dicho.

Así, todos vamos oscilando entre momentos en que sufrimos de falta de pico y nos revolcamos de envidia; y otros momentos en que nos damos la libertad de abrir caminos no escritos todavía.

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