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Nacional

6 de mayo de 2014

La isla de los Nahuelquín-Delgado

La comunidad huilliche Nahuelquín-Delgado lleva más de 50 años viviendo en la Isla Traiguén, en el Archipiélago de los Chonos. Hace cinco meses, sin embargo, una sentencia del juzgado de letras de Puerto Aysén ordenó su desalojo. La razón: en el 2008 el Ejército le vendió esta isla al empresario hotelero Eduardo Ergas en $1.500 millones, y éste ahora no los quiere en su territorio. Ergas quiere desarrollar un proyecto de conservación científica que no contempla a los Nahuelquin-Delgado: encontrar a la casi extinta Rana de Darwin. La comunidad, que lleva varias décadas instalada allí, nunca ha visto al anfibio.

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*Fotografías: Alejandro Olivares.


Benjamín Nahuelquín Levipani, huilliche de 86 años, navegante de toda la vida, destapa un bulto que está bajo una carpa. “Éste es mi primer motor, con este hicimos patria”, dice, mientras desempolva una placa oxidada que lleva grabada la marca Lister. A Benjamín Nahuelquín la revolución industrial le llegó tarde. Dejó el bote a remo recién en 1974, cuando el mundo de la pesca ya había disfrutado por casi un siglo de las comodidades que otorgan los motores petroleros. Lo adquirió en plena dictadura gracias a un crédito que le dieron por ser parte de una cooperativa, y aunque suene a poco, los ocho kilómetros por hora que alcanzaba la máquina, provocaron un cambio radical en su vida.

Al comienzo de los 60, Benjamín Nahuelquín y su esposa Isabel Delgado (79), se habían convertido en los únicos habitantes de la Isla Traiguén, la tercera más grande de las mil que tiene el Archipiélago de los Chonos, en la XI Región. La tierra era una masa rebosante de más de 42 mil hectáreas de bosque nativo de Ciprés de las Guaitecas, Tepú, Coihue y Arrayán, además de una infinidad de helechos, hierbas y mucha turba. Allí, donde el pueblo más cercano estaba a una semana de navegación a remo, el motor adquirió ribetes sagrados: “con esta máquina trabajé 14 años sin parar y nunca tuve que arreglarlo”, agrega Benjamín, con nostalgia, mientras sigue sacudiendo el polvo acumulado.

Benjamín cuenta esta historia para demostrar su arraigo sobre esta isla, en la que ya lleva más de 50 años de asentamiento. En todas estas décadas, su colonización se ha ido consolidando: aumentaron las comodidades, los descendientes, y la familia se convirtió en una comunidad autosuficiente, perdida en el fin del mundo. En julio de 2004, de hecho, la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena de la Región de Los Lagos, le otorgó el reconocimiento legal como Comunidad Huilliche Nahuelquín-Delgado, constituida por 24 miembros: los dos abuelos, diez hijos (dos de ellos muertos), y doce nietos.

-Si llevo tanto tiempo acá, ¿tendré derecho sobre esta tierra? –se interroga en voz alta Benjamín.

La pegunta es clave en este momento de su vida. El 5 de noviembre de 2008, el Ejército de Chile, que era el legítimo dueño de la Isla Traiguén, vendió su propiedad al empresario Eduardo Ergas Weisner en $1.500 millones: aproximadamente, $37.000 por hectárea. Pese a que todos sabían que en esa isla vivía una familia hace varias décadas, a nadie le importó qué pasaría con ellos luego de la transacción. La empresa Cifco, matriz empresarial de la familia Ergas, se convirtió en la nueva dueña del territorio, y en el 2011 demandó a la comunidad por ocupación ilegal y solicitó su desalojo. La razón principal: Eduardo Ergas quiere hacer de Isla Traiguén un refugio para la casi extinta Rana de Darwin, anfibio endémico de Chile que fue descubierto por el naturalista inglés en 1834, cuando desembarcó en las costas de Chiloé.

Los Nahuelquín-Delgado ríen cuando les nombran al anfibio. Saben que Darwin era un navegante y que al Norponiente de la isla pasa un canal que lleva su nombre, que se ha convertido en la mejor ruta para salir al Océano Pacífico. De Ranas de Darwin, sin embargo, saben poco o casi nada, partiendo porque nunca la han visto.

-El Estado y el empresario dicen que yo no tengo ningún derecho sobre la isla, pero yo creo que la gente que hace patria debería tener el derecho sobrado de la tierra que habita –añade Benjamín, mientras vuelve a tapar aquel primer motor que tanto le cambió la vida.

ISLA TRAIGUÉN

La Pirata II. Así se llama la embarcación de diez metros de largo en la que navegamos por la desembocadura del río Aysén rumbo a la isla. La lancha funciona con un motor Mercedes Benz de un bus, que fue reacondicionado para el agua, y avanza a 14 kilómetros por hora, velocidad suficiente para unir Aysén con Traiguén en ocho horas. Al gobierno del timón va Benjamín Nahuelquín. Lo acompañan su hijo Esaú, dueño de la lancha, sus hijas Mónica y Marcia, y sus nietos Luis (9) y Celso (3), que van de visita. Éste es el segundo viaje del año que hacen al continente y la jornada matutina incluyó trámites, compras varias, y una visita al cementerio para ver a los muertos de la familia.

-Por acá anduvo el hombre antiguo. Ahora el mar está muy lindo, pero hace un par de décadas esto era un verdadero destierro –cuenta Benjamín, mientras pilotea la lancha por el mismo lugar que fue azotado en enero de 2007 por un terremoto y un tsunami. A esta zona, los pescadores le llaman “Paso Cayupi”, en honor al apellido del vulcanólogo de la Onemi que por esos días comentó el fenómeno en la televisión.

La Isla Traiguén está a aproximadamente a cinco horas de allí, rodeada por los canales Errázuriz y Costa. Hasta allá nunca ha llegado ninguna autoridad y el 2012 fue la primera vez que alguien del Censo registró la presencia de la comunidad allí. En la isla nos espera Isabel Delgado y otros dos hijos del matrimonio, que también son pescadores: Pancho (44) y Manuel (48).

Hace más de cinco mil años, estas mismas rutas fueron navegadas por los Chonos, grupos de indígenas que colonizaron el litoral entre Chiloé y la península del Taitao. Mucho tiempo después -entre 1831 y 1836- el naturalista inglés Charles Darwin hizo lo mismo a bordo del HMS Beagle, barco en el que dio la vuelta al mundo junto al capitán Robert FitzRoy. La colonización actual, sin embargo, no data de hace muchos años: Balmaceda es el pueblo más antiguo, con casi un siglo de historia, mientras que Puerto Cisnes fue fundado apenas en 1954, luego de las leyes de colonización de Carlos Ibáñez del Campo. Dos décadas antes, sin embargo, el huilliche Nahuelquín ya había navegado hasta la Isla Traiguén.

Benjamín nació en Queilen, pueblo de la Isla de Chiloé. Llegó a Traiguén en 1935, con ocho años de edad, cuando fue a trabajar con su padre en una faena maderera, desde donde sacaban estacas que luego terminaron en los parrones de las viñas del Norte del país. La faena la repitieron por varias temporadas, y en una de ellas, Benajmín recuerda que su padre le confió un secreto: “él siempre decía que la isla era buena, que acá podía quedarse a vivir un cristiano y no le pasaría nada malo”. Cuando en 1955 se casó con Isabel Delgado, pensó en eso, y ambos se instalaron en un puerto llamado Las Mentas, una bajada de monte que estaba repleta de esta yerba y resguardada de todos los vientos.

El atardecer nos pilla justo frente a la Isla Traiguén. Las nubes que vienen del Pacífico hacen que el ocaso se torne naranja. Con esa tibia luz, Marcia Nahuelquín prepara una cazuela de pollo en la cocina a leña de La Pirata II. Al plato, los Nahuelquín-Delgado le llaman “el caldillo marinero”, y es un clásico de los viajes al continente. Mientras cenamos, Marcia cuenta que la isla siempre tuvo todo lo necesario para criar, empezando por una partera que recorría el archipiélago, y que fue la guía de los cinco primeros hijos que tuvo su madre, hasta que los doctores le prohibieron seguir pariendo en la casa. La medicina natural, sin embargo, nunca la abandonaron. Marcia repasa un recetario mental de infusiones de yerbas, árboles y yuyos que le daban cuando se enfermaba: “para la tos, el canelo; para la fiebre, la triaca; para los riñones, yerba loza; para el resfriado, la murta; para el dolor de guata, por supuesto, la menta”, dice.

Benjamín también recuerda esa época, en especial la primera casa que construyó, por allá por la década del 60, y que estaba fabricada de nylon y junquillo. Por esos años, el archipiélago entero se había poblado de estas chozas. La fiebre del loco y la demanda española por la merluza austral, habían convertido al litoral de la Región de Aysén en un Far West marino, con muertos, vendettas, robos, apuestas, prostitutas, y mucho alcohol. Aunque era fácil perderse entre las bondades de la abundancia económica, Isabel y Benjamín tuvieron años de lucidez. Ambos apenas sabían leer y escribir y, sin embargo, acordaron que todos sus hijos primero estudiarían, y luego volverían a trabajar: como en Traiguén no hay colegios, la enseñanza básica la hicieron en el internado de Puerto Aguirre, y la media en Puerto Aysén, donde vivieron en pensiones escolares. Durante todo ese tiempo, recuerda Marcia, su mamá no faltó a ninguna reunión de apoderados, y una vez al mes navegaba varios días a remo para enterarse de cómo iban las notas.

Hace menos de una década, de hecho, las autoridades de Puerto Aguirre reconocieron su esfuerzo y la distinguieron con uno de los títulos más nobles que le entregan a los ciudadanos destacados: el de la mejor madre del pueblo. A Marcia, se le viene la imagen de su mamá ese día: allí estaba Isabel, recibiendo los aplausos, enfundada en un traje de agua que no alcanzó a cambiarse cuando en medio de una faena le fueron a contar de la tamaña distinción que se estaba preparando en su nombre.

Cuando la crisis del pescado llegó a la zona, los Nahuelquín-Delgado ya habían estudiado, y los pequeños ahorros que habían obtenido en la época de abundancia, los invirtieron en la isla. Construyeron una casa principal hecha de madera de Coihue y con techo de planchas de masisa, y dos cabañas más donde vivían todos repartidos. Tenían, además, una cancha de fútbol en la playa, dos huertas, un muelle y dos astilleros, donde fabricaban sus propias embarcaciones y otras que algunos pescadores les hacían a pedido. Mientras el archipiélago se fue despoblando, Benjamín e Isabel se sentían más dueños que nunca de esa tierra. La isla, sin embargo, no les pertenecía. En agosto de 1989, en las postrimerías de la dictadura, el fisco traspasó al Ejército de Chile un total de 322.466 hectáreas, bajo la resolución exenta 107, que establecía que las Fuerzas Armadas podían ocupar los terrenos para los fines propios de su actividad, en calidad de “destinatarios”.

En este lote de tierras iba incluida la Isla Traiguén. El Ejército, sin embargo, no militarizó el lugar. Al contrario, entablaron buenas relaciones con la comunidad y se transformaron en visitantes asiduos. Todos los años, por ejemplo, llegaban helicópteros militares con coroneles y capitanes que venían de paseo con sus señoras, y a veces algunos volaban de Coyhaique hasta allí solo para comprar centollas. Eso, hasta que en el 2007 un decreto supremo autorizó a la institución para vender las 42 mil hectáreas de la isla. Para los Nahuelquín-Delgado, allí comenzó el hostigamiento.

SE VENDE ISLA

Eduardo Ergas Weisner tiene 52 años y se ha pasado su última década comprando tierras. Ha adquirido tantas, que se ha convertido en un empresario excéntrico, dueño ya de casi 100.000 hectáreas a lo largo de Chile. Aunque ha estado vinculado a empresas como BMW, Banco Edwards, Hotel Plaza San Francisco, y Valle Nevado, su afán por el territorio no tiene que ver con proyectos turísticos, ni inmobiliarios. Lo que lo mueve en esos lugares –ha dicho- es la conservación: “Pensé que sería una buena idea hacer turismo de intereses especiales como una manera de conservar. Empecé comprando terrenos a lo largo de Chile, pero pronto me di cuenta que no andaban. Lo bueno es que hoy tengo más de 110 mil hectáreas que van a ser conservadas. Al final, si esto se pudiera resumir de alguna manera, debo decir que todo no ha sido más que una inversión en felicidad”, contó Ergas a la Revista Capital en octubre de 2012.

Esta nueva veta la descubrió en el 2000, cuando se tomó un año sabático y se fue a Sillicon Valley. Allá se entusiasmó con la ciencia y de allí se trajo la idea de crear la Fundación Ecoscience. Su primer golpe fue comprarse su propio pueblo fantasma: Estación Central, una parada ferroviaria del tren Arica-La Paz, que tiene un prostíbulo y un teatro.
Fue gracias a Ecoscience que Ergas supo de la existencia de Isla Traiguén, luego que el Museo de Historia Natural de Londres estudiara por cuatro años la biodiversidad del Parque Nacional Laguna San Rafael. De esa investigación salió un informe que en el 2001 le recomendó al Estado chileno que la Isla debía ser una prioridad para el país. No está claro por qué, pero el Ejército, en vez de conservarla, decidió venderla. En julio de 2008, dos llamados a propuesta pública que aparecieron en el diario El Mercurio, anunciaron la oferta, y el 5 de noviembre de ese mismo año Eduardo Ergas se compró la isla en $1.500 millones.

En la transacción, el Ejército fue representado por el Comandante de Infraestructura, coronel Diego Jiménez, que a nombre del fisco aceptó que la isla fuera pagada en dos cuotas: una de $395 millones en efectivo, y otra de $1.185 millones pagaderos en un plazo de dos años. Según la resolución del comandante de infraestructura de la época, coronel Juan Biskupovic, el dinero ingresó a una cuenta especial abierta por el Ejército en la Tesorería General de la República, con la idea de que dichos recursos fuesen ocupados en la adquisición de nuevas propiedades, tal como lo establece la ley 17.174 que regula este tipo de transacciones. La escritura pública enfatizaba que el inmueble estaba con todos sus derechos y usos, y libre de hipotecas, litigios y embargos. Sobre una comunidad huilliche que vivía allí hace 50 años, sin embargo, no se escribió ninguna letra.

Con la compra, Eduardo Ergas entró al selecto grupo de los millonarios que son dueños de exclusivas islas en la Patagonia chilena, una elite de exóticos terratenientes que hace muy poco incluía a figuras como Don Francisco, que a fines del año pasado perdió la concesión de la Isla Nalcayec en el Ventisquero San Rafael; John Travolta, que se compró un gran territorio bajo contrato de confidencialidad; y Leonardo DiCaprio y Sylvester Stallone que han preguntado en varias ocasiones por alguna oferta insular en el fin del mundo.

Aunque el negocio es bastante particular, vender y comprar islas es como cualquier transacción inmobiliaria. Hay ofertas públicas, como ocurrió con Traiguén, y también privadas, como actualmente ocurre con al menos una decena de territorios que se están ofreciendo en internet. Allí, los precios van desde los $185 millones que cuestan las 163 hectáreas de la Isla Americana, frente a Puerto Aguirre, hasta los casi US$ 5 millones que vale la Isla Leones, de 700 hectáreas, y que tiene una particular forma de venta: si usted es millonario puede adquirirla desde la comodidad de su casa, haciendo un clic en el anuncio de la página web www.privateislandsonline.com, donde se ofrecen, además, islas en todos los océanos.

Pertenecer a esta elite de propietarios, sin embargo, no es lo que más mueve a Ergas en este negocio. A la prensa, le ha dicho que lo que más le entusiasma del proyecto son los anfibios que habitan bajo las aguas poco profundas de la isla. No quiere construir un lodge con vista al mar, ni tampoco fomentar la pesca con mosca para millonarios. A Ergas, lo que realmente le quita el sueño, son las ranas. Pero no cualquier especie: en Ecoscience están casi seguros que la isla es uno de los últimos lugares del mundo en el que podría habitar la casi extinta Rana de Darwin, anfibio que ha visto diezmada su población por el ataque de un hongo que las mata. A ellas quieren salvar.

LA RANA DE DARWIN

A las siete de la tarde las luces se prenden en la casa de los Nahuelquín-Delgado. La energía, que es generada por un motor petrolero, ha traído entretención a la comunidad. No sólo porque todos los días los seis miembros más permanentes de la familia se reúnen a cenar bajo la luz de una ampolleta, también porque la señal satelital a la que están abonados desde el 2007, les abrió un mundo de imágenes que dejó obsoleto todo el material envasado que tenían.

En un estante al lado del televisor, hoy las cintas de VHS acumulan polvo. Entre las etiquetas más destacadas se leen clásicos del cine de acción como Rambo, Rocky, Duro de matar, y el mítico triunfo de Chile por 2 a 0 ante Inglaterra en Wembley. Ambos géneros, la acción y el fútbol, son por lejos los programas más consumidos por la comunidad. Isabel Delgado mira una película de autos de carrera que dan en el canal TNT, cuando recuerda cómo se enteró que la isla tenía un nuevo dueño.

-En diciembre de 2010 nos ganamos un proyecto para instalar una turbina en un pequeño río que hay acá. Cuando iban a transferir el dinero nos dijeron que teníamos que rechazar el beneficio, porque el Ejército había vendido la isla dos años antes -dice, mientras toma mate y el resto de la familia escucha una historia que ya saben de memoria.

En Ecoscience, la fundación de Eduardo Ergas, aseguran que fue ese mismo proyecto el que los alertó de que la isla que le habían comprado al Ejército no estaba deshabitada. Antes de cruzar siquiera una palabra con los isleños, los abogados del empresario demandaron a la comunidad por ocupación ilegal y pidieron su desalojo. La querella convirtió al Juzgado de Letras de Puerto Aysén en la arena de una particular pelea por la sobrevivencia: los Nahuelquín-Delgado frente a la Rana de Darwin.

-¿Cómo puede ser que todo esto del desalojo sea por una rana? –se pregunta Isabel con incredulidad, mientras sorbetea su mate. –Nosotros no somos una amenaza para ella –agrega entre risas, mientras trata de encontrarle una explicación lógica a este insólito conflicto entre humanos y animales.

En los tribunales, la estrategia de la comunidad ha estado enfocada en exponer lo absurdo de la demanda. No solo han tratado de demostrar que no tienen nada en contra de los anfibios, sino que han intentado evidenciar que Eduardo Ergas está pidiendo el desalojo de un lugar que no le pertenece: como el asentamiento de la comunidad está en el borde de la isla, bajo los 80 metros de la línea de las más altas mareas, el territorio que ocupan los Nahuelquín-Delgado sigue siendo fiscal. En la misma causa, también, invocaron el convenio 169 de la OIT, que entró en vigencia en Chile en septiembre de 2009, y que les reconoce a los pueblos originarios una serie de derechos políticos, económicos y sociales.

Paralelamente, y amparados en la ley 20.249, que crea el espacio costero marino de los pueblos originarios, los Nahuelquín-Delgado le pidieron a la Subsecretaría de pesca y a la Conadi que evaluaran la posibilidad de otorgarles tres mil hectáreas de borde costero. En julio de 2012 presentaron una solicitud de territorio que se extiende por tres cuartas partes del contorno de la isla, sin adentrarse en la propiedad de Ergas. El Estado acogió el trámite, dando a entender que, al menos en la forma, la comunidad tenía derecho a pedir el uso consuetudinario del suelo en el que ha habitado por más de 50 años.

NAVEGANTES

El barco de las jaibas, que pasa una vez a la semana por Isla Traiguén, se llama Doria, y es una embarcación de metal acondicionada para transportar cientos de miles de crustáceos vivos que luego serán enviados a Korea. Bajo una fina lluvia, Benjamín Nahuelquín y sus hijos Pancho, Manuel y Esaú, van haciendo entrega de lo que han capturado en estos últimos días: casi seis toneladas entre todos. Esaú fue el segundo que más jaibas entregó, con 1.400 kilos. Por esa cantidad le pagarán $238.000, de los cuales le descontaron $38.000 en víveres que el barco le trajo desde Aysén.

Aunque la plata por la faena no la verá hasta en dos meses más, la situación no lo aproblema, porque el dinero nunca ha sido lo más importante en la isla.

-Acá a veces intercambiamos cosas con otros botes. Cuando no tenemos combustible practicamos el trueque. Cambiamos azúcar, sal, todo lo que sea necesario, hasta bencina –añade Benjamín, mientras camina de vuelta a la casa con una boleta que acredita que la empresa jaibera le debe $110.500, por los 650 kilos de crustáceos que entregó.
Este particular sistema económico, le ha traído grandes dividendos a la familia. Esaú recuerda que hace cinco años, un argentino millonario que andaba en un yate, le dio una moto de lujo a cambio de una bandeja de erizos. El vehículo, bastante inútil para la isla, estuvo pocos días en Traiguén, hasta que los Nahuelquín-Delgado encontraron el trueque perfecto: la moto por un motor fuera de borda.

Aquel motor está hoy en el astillero principal de la comunidad. Allí, por supuesto, está también aquel primer motor con el que Benjamín hizo patria, y también varias máquinas más en desuso. El lugar, que tiene características de museo, es también una especie de santuario de botes. El que más sabe de embarcaciones en la familia, es Manuel, y por sus manos han pasado las ocho naves que componen la flota de la comunidad: cinco embarcaciones de siete metros con motores fuera de borda, y tres lanchas de 12 metros con pieza, cocina, y bodega. Para él, cada bote nuevo que hace es siempre mejor que el anterior. El perfeccionismo es tal, que su última creación se ha convertido en el proyecto más ambicioso en el que ha trabajado en sus 48 años de vida: una lancha de 14 metros de largo que se transformará en todo un buque madre: “yo aprendí de casualidad, porque un maestro me estafó y tuve que hacerme mi propio bote. A mí siempre me ha gustado superarme así que siempre ando viendo videos en internet o sacando moldes, cada día aprendiendo algo nuevo”, recuerda, mientras va a guardar a su pieza la boleta de las jaibas que acredita que hoy vendió 2.500 kilos de crustáceo.

Cuando Manuel no está en el astillero, sus actividades en tierra están al mando de la radio de la Base Las Mentas, como conocen a la comunidad Nahuelquín-Delgado entre los radioaficionados. Todos los días, a las nueve de la mañana y a la tres de la tarde, Manuel se comunica con la Onemi de la región para informar sobre las condiciones climáticas. La radio que ocupa costó más de tres millones de pesos y fue adquirida con los ahorros de toda la familia. Con ella, mantienen comunicación estable con el continente y prestan servicios de emergencia, como una vez que tuvieron que ir a rescatar a 14 personas que estaban a bordo de un barco en pana en el canal Errázuriz, y otra en que dieron cuenta de una de las peores noticias que como familia les ha tocado comunicar: la aparición del cuerpo de Margarita, una de las hijas de la comunidad, que murió ahogada luego que su embarcación naufragara en un canal cercano a la isla en marzo de 2005. Hasta para este oficio, Manuel es perfeccionista: “Siempre he querido aprender inglés, porque cuando los barcos extranjeros piden ayuda no les entiendo. Una vez vino un gringo, el Mike, que quería aprender a hacer botes. Así que hicimos un trato: yo le ayudé a hacer uno y él me enseñó inglés”, recuerda Manuel.

La comunidad entera cree que este sistema de vida que practican es el mejor argumento para demostrar que no son cualquier grupo de pescadores. Para ellos, todas estas actividades que realizan son propias de su cultura, material suficiente como para demostrar que su solicitud de borde costero indígena debería ser bien correspondida por la autoridad. Más aún, cuando distintos departamentos estatales han reconocido su presencia en la Isla Traiguén a lo largo de todas estas décadas. Para cada cosa que dicen, los Nahuelquín-Delgado tienen un papel que lo respalda.

Benjamín, de hecho, guarda en una caja toda la correspondencia que ha mantenido con las instituciones públicas durante su vida. Hay inscripciones de botes, autorizaciones de la Conaf para planes de manejo de bosques, derechos de aguas sobre los ríos de la isla, una carta del senador Antonio Horvath apoyando la demanda de tierra, una del senador Pablo Walker haciendo lo propio con el ministro de Bienes Nacionales, y un informe sobre los hallazgos arqueológicos que se han hecho en la isla: un conchal, dos corrales de pesca, y tres cadáveres. El estudio elaborado por el antropólogo Omar Reyes, que visitó la isla en varias ocasiones, dice que el conchal sobre el que está la casa de la comunidad tiene 1.300 años de antigüedad, y que se ha podido identificar a uno de los tres cuerpos encontrados por la familia, con una data de muerte de 400 años. “El primer muerto lo encontró Esaú cuando salió persiguiendo a un visón y en vez de una piedra le tiró un cráneo. Los otros dos aparecieron en la huerta cuando Isabel estaba cosechando papas”, cuenta Benjamín, cuyo apellido le dio el nombre a los cuatro hallazgos en los que el Consejo de Monumentos Nacionales ha establecido que hay vestigios de los antiguos navegantes: Nahuelquín I, II, III, y IV.

Este reconocimiento no ha sido el único que ha recibido Benjamín. Hace un par de años, la municipalidad de Puerto Aysén lo distinguió por su aporte a la cultura, tal como alguna vez lo hizo Puerto Aguirre con su señora: “al señor Benjamín Nahuelquín, en reconocimiento a su condición de ciudadano colonizador del litoral de Aysén y pionero en el área comercial de la pesca artesanal”, decía el galvano que la alcaldesa Marisol Martínez le entregó en enero de 2012. La estatuilla es el único premio que le han dado en su vida y está guardado en la misma caja donde tiene todos los papeles importantes que ha acumulado, aquellos que puestos en orden cronológico cuentan cómo la comunidad ha hecho patria en la isla, tal como siempre repite Benjamín: “Traiguén no se hizo de la noche a la mañana” –agrega, mientras regresa a su pieza con la caja de los recuerdos.

ACUERDOS

En la isla ninguno de los habitantes permanentes tiene previsión de salud, y hay veces, cuando la medicina tradicional no sirve, en que eso se convierte en un problema. Horas antes de regresar a Aysén, un huinche de arrastre con el que se manipulan las trampas de las jaibas, le agarró el pie izquierdo a Pancho Nahuelquín cuando estaba en su bote, y casi se lo cortó. En la isla, la tragedia trae malos recuerdos. Mientras Isabel pica verduras para un caldo, se acuerda de su hija Margarita, la que falleció ahogada, y la emergencia que eso generó. El protocolo es casi similar.

Manuel se pega a la radio pidiendo ayuda, pero como es domingo, ni la Onemi, ni la capitanía de Puerto Aguirre contestan el llamado de emergencia. La solidaridad de los radioaficionados es la única red que funciona, y son ellos los que se comunican con la posta de Aysén. Desde que ocurrió el accidente hasta que un helicóptero del Ejército llega a prestar ayuda pasan cinco horas. Si la herida hubiese sido más grave de lo que es, la historia quizás sería otra. Salir de la isla ante alguna enfermedad grave es la peor pesadilla de los Nahuelquín-Delgado. Es el único momento –dicen- en el que les gustaría estar más cerca del continente.

El accidente no ha sido lo único malo que ha pasado en el último tiempo en la comunidad. El círculo vicioso de mala suerte comenzó en noviembre del año pasado, cuando el juzgado de letras de Puerto Aysén falló la causa de ocupación ilegal en su contra, y luego de tres años de tramitación ordenó el desalojo de la isla.

En esta extraña pelea entre humanos y anfibios, entre lo estrictamente legal y lo ancestral, los jueces argumentaron que la comunidad –aunque estaba en el borde de la isla- no tenía derechos heredados sobre el territorio, porque su origen no estaba en Traiguén, y que Eduardo Ergas había demostrado ser el legítimo dueño, lo avalaban los $1.500 millones de pesos que le pagó al Ejército por la propiedad. El desalojo, sin embargo, no se realizó, porque la comunidad apeló a la Corte de Coyhaique, y la causa entró en un receso veraniego. Durante ese tiempo, los abogados de Eduardo Ergas han aprovechado la instancia para intentar negociar un buen acuerdo para Ecoscience. Es la segunda vez que tratan de convencer a la comunidad de llegar a un pacto. La vez anterior, en octubre de 2013, un mes antes de que se dictara la sentencia de primera instancia, el abogado de Ergas le ofreció a la comunidad un usufructo del terreno que habitan –no más de cinco hectáreas-, y un fondo de desarrollo productivo, que consistía en que la empresa compraría frasquitos para que los Nahuelquín-Delgado hicieran mermeladas y conservas de mariscos. La comunidad se sintió insultada.

A Manuel –que es perfeccionista- le molesta que ni para hacer acuerdos sean respetuosos. Él cree que si hubieran conocido un poco a la comunidad, jamás les hubiesen siquiera ofrecido tarros para mermelada. No porque no las hagan, sino porque la discusión de fondo en esta pelea –dice- no tiene que ver ni con la producción, ni con ranas de Darwin, sino que con la propiedad de la tierra. Antes de que La Pirata II parta nuevamente a Aysén, Manuel me muestra la columna vertebral de lo que será su embarcación: 14 metros de palos tirados a lo largo y a lo ancho del astillero, que tienen la forma de un casco. De fecha de término, aún ni hablar. Como están las cosas con la isla –dice- no le dan ni ganas de ir al bosque a buscar madera muerta, porque tiene miedo de que lo acusen de tala ilegal y se arme una nueva trifulca. Pese a eso, la nave ya tiene nombre. Se llamará la Lonka de Traiguén, y Manuel ya se la ha imaginado zarpando, con su bandera chilena en el mástil. Tal como todas las construcciones que han hecho en la isla: “mi papá es un patriota olvidado. Él siempre decía que en algún momento nos iban a sacar de acá, porque los extranjeros se estaban comprando toda la Patagonia, y desde ese momento no ha parado de izar la bandera chilena en la casa, en los botes, y en el astillero”, agrega Manuel.

Los últimos días, sin embargo, no han estado para rendirle honores a la patria. El 10 de marzo pasado, un día antes que cambiara el gobierno, la Conadi hizo público su informe sobre el uso consuetudinario del espacio marítimo costero, que la comunidad había solicitado a la subsecretaría de Pesca. El estudio estableció que sólo dos de los diez puntos con los que los Nahuelquín-Delgado pretendían demostrar que habían desarrollado su cultura en la isla, estaban acreditados, y bajó el área de influencia de 3.000 a 264 hectáreas, todas agrupadas en el Puerto Las Mentas.

La única noticia buena ha sido enterarse de que la tesis de un alumno en práctica de la Universidad Austral, supervisada por la Dra. Leyla Cárdenas, una eminencia en anfibios, estableció que en la isla no existe ninguna de las dos especies de Ranas de Darwin registradas, sino que sólo ejemplares de sapos ya conocidos y una mutación que podría dar origen a una especie desconocida. El último avistamiento de la Rana de Darwin del Norte, de hecho, se registró en 1980, mientras que la del Sur, la que busca Ergas, no aparece por ningún lado, por lo que se cree extinta igual que su pariente. Pese a eso, la familia sigue en una encrucijada. Hace dos semanas, Marcia Nahuelquín recibió una propuesta redactada -llegar y firmar- en la que los abogados supuestamente trabajaron todo el verano. El texto, esta vez, no fue hecho ni a nombre de Ecoscience, ni de Cifco. En este tiempo, Ergas creó una nueva empresa a la cual le traspasó la propiedad. Se llama Inversiones Isla Traiguén spa (sociedad por acción), que según dice el Convenio, es “la propietaria única y exclusiva del predio denominado Isla Traiguén”. El texto enfatiza en que la familia Nahuelquín-Delgado está ocupando la isla sin el consentimiento de los dueños, y por lo tanto, hay que regularizar la situación. Les ofrecen “utilizar y residir” en el sector donde viven –puerto Las Mentas-, hacer uso de las maderas muertas y ayudarlos a obtener una concesión marítima. A cambio, la comunidad debería comprometerse a llevar un catastro de la flora y la fauna del sector, cuidar y mantener vivos los árboles, y avisar a Eduardo Ergas cada vez que alguien extraño entre a la isla. El convenio también tiene prohibiciones, la más importante es la que establece que ni los derechos y obligaciones podrán transferirse a terceras personas, y que el contrato tiene una vigencia de 5 años, prorrogables solo si las partes siguen en acuerdo.

El ofrecimiento, que pone a la comunidad en calidad de inquilinos, no está ni cerca de lo que los Nahuelquín-Delgado piden. La nueva propuesta les molestó tanto que decidieron no aceptar ningún acuerdo y el juicio por desalojo se reinició en la Corte de Apelaciones. La semana pasada, además, Marcia Nahuelquín y su hermana Mónica visitaron Santiago por primera vez en sus vidas. Llegaron para reunirse con James Anaya, relator de la ONU para la situación de los Derechos y Libertades fundamentales de los pueblos, pero no lograron la cita. Solo consiguieron exponerle su caso mientras el representante de Naciones Unidas participaba de un seminario en la Universidad Diego Portales. Allí, ante alumnos y cámaras de televisión, hicieron público el problema que los aqueja, pero Anaya se mostró incompetente ante la situación. Les dijo que el único que podía dar solución al problema era el Estado chileno. Marcia, sin embargo, ya confía poco en las autoridades. Para esta nueva etapa en la que entra el caso, ella ha inventado una frase con la que pretende aleonar a la comunidad en este difícil momento: “no seremos peones en el lugar en el que nos hemos criado”, versa el desafiante eslogan.

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