Ángel Parra, músico: “Si nos repartíamos su obra entre los familiares, mi mamá habría vuelto a sacarnos la cresta”

Este viernes ofrece en el Nescafé de las Artes el concierto de tangos que debió postergar el año pasado, cuando le detectaron varias metástasis de su cáncer al pulmón. Está contento y hablar de tango lo hace hablar de todo: de sus estudios en los cabarets de París, de la “semana de la chilenidad” en Las Condes y de la condición que le puso su madre para respetarlo algún día como músico. También explica por qué el flamante Museo Violeta Parra ya lo hizo llorar tres veces, y sobre la difícil protección de ese legado separa aguas del resto de la parentela: “Esta ha sido una batalla de la Isabel y mía”.

ANGEL PARRA

-¿Escuchaste el disco?
–No.
–Estamos mal, compadre.

De inmediato Ángel Parra pide que le traigan una copia de “Mi primer tango en París”, el disco de tangos clásicos que grabó junto a las guitarras del cuarteto Diapasón Porteño. Se lo ve feliz de poder presentarlo tras la frustrada función del año pasado. Cuenta que la quimioterapia dio resultados y aunque ahora le pillaron “algo pequeño” en el hígado, se siente vivo al 200%, gracia que atribuye en partes iguales a la medicina y a la artista belga Ruth Valentini, su señora. “Es una mujer con mucho sentido del humor”, advierte. En efecto, un rato después aparecerá Ruth y nos ofrecerá probar un chocolate de mentira.

–¿Cuándo te hiciste fanático del tango?
–En mi más tierna infancia. Porque dormía poco y escuchaba en las noches un programa que se llamaba “Compases al amanecer”. Ahí tocaban tango tupido y parejo, y yo me entretenía mucho. Me gustaba la voz del locutor, Julio Tapia. Me acuerdo hasta de las publicidades que decía…

–¿De qué año estamos hablando?
–De los años 50. Y aparte está la herencia familiar. Mi tío Roberto, mi tío Lalo, también cantaban tangos.

–Cuando el tango era música popular.
–Claro, si el tango está metido en la esencia del imaginario chileno. Creo que en parte por las letras, que eran muy machistas, y en ese tiempo ahí estaban los héroes, en esas historias. Piensa tú que no había ninguna imagen, no existía el cómic, funcionaba la cabeza de la gente, no como hoy que te dan todo premasticado. Entonces en los tangos aparecían estos héroes: el tipo que puede pegar un par de cuchilladas en la noche a la luz del farol y la mina que está esperando con la carterita. Pero casualmente, yo elegí los tangos donde el hombre es el que queda mal: queda triste, lo dejó la mina. ¡Resultó ser un disco de tango feminista!

–Te acompaña Diapasón Porteño en las guitarras.
–Sí, elegí las guitarras. La otra opción era el bandoneón, pero yo dije “bandoneón: Astor Piazzolla”. Todos los grupos jóvenes de tango quieren ser Piazzolla pero mejores, y tocar más moderno todavía, y más golpe al contrabajo, ¡tac, tac, tac! Por ningún motivo: me van a joder los textos y se van a lucir ellos. ¡Quiero guitarras! Y encontré a los Diapasón Porteño, que son extraordinarios y se entusiasmaron mucho con la propuesta.

–¿Has compuesto tus propios tangos?
–He compuesto unos seis o siete, con contenido político también, tangos que hablan del exilio. Porque es muy propio del tango traerte esa nostalgia por las distancias, por lo que ya no existe, lo que ya se vivió… Y a mí me lleva también a un recuerdo muy especial. El año 62 yo cantaba en un boliche en París, “La Candelaria”. Y vivía arriba en el mismo edificio, donde vivían muchos músicos, como Paco Ibáñez, y donde después mi madre decidió instalarse cuando hizo la exposición en el Louvre: se instaló en mi departamento y yo me tuve que ir. Pero bueno, en ese cabaret había un viejito que tocaba la guitarra y de repente cantaba, para llenar el espacio que después vino a ocupar el wurtlizer. Entonces yo bajaba de mi cuchitril con mi guitarra a apoyar a este viejito y aprender de él. Y resulta que este hombre había sido uno de los últimos guitarristas de Carlos Gardel: el Negro Ricardo.

–¿Qué edad tenías tú?
–18 años. Y el tipo era de una generosidad, una simpatía, con todos esos años acumulados de sabiduría, de ignorancia, de dolor, de separación. Y terminaba siempre sus sesiones con el tango “Anclao en París”.

–Que ahora es el primero de tu disco.
–Claro. Entonces, para mí… mira, se me paran los pelos cuando me acuerdo, porque me da entre alegría, tristeza… este gran personaje. Esa es otra de las razones de por qué el tango, por qué ahora, a los 72 años.

–Nostalgias.
–Claro, porque como dice el tango: “los años que paaasan, ya no vuelven más”. Y esa era la juventud. Yo siempre digo que estudié cuatro años en París, pero de noche, en los cabarets. Cantaba en dos o tres distintos y aprendí mucho. Aprendí de folclor latinoamericano, a tocar el cuatro, el charango, el tiple, la quena, la zampoña. Y cuando volví a Chile, con mi hermana trajimos todos esos instrumentos.

–¿Los conociste allá?
–Allá. Porque acá eran considerados música de indios por los artistas oficiales.

–¿Qué hacían esos artistas oficiales?
–Esta música huasa, de rodeo. El otro día vi una foto espantosa: una niña bailando cueca con un caballo y un imbécil arriba del caballo, y ella abajo con su pañuelito, una cosa atroz. Cosas que hacen en Las Condes para “la semana de la chilenidad”. Eso atenta, primero, contra la dignidad de la mujer, y luego la dignidad del caballo que tiene un imbécil arriba.

–Cuando hablabas de las historias que cuentan los tangos, pensaba en la cueca, que tiene que decirlo todo en cuatro frases.
–¡Es que la cueca tiene su gracia! Mi mamá una vez me dijo: “El día que seas capaz de componer una cueca, voy a empezar a respetarte”.

–Así nomás.
–Eso me dijo. Y claro, ¡si es muy corta! Tiene un comienzo, tiene un medio, vueeelta y se terminó la hueá. Un minuto y medio, por reloj. Todo lo demás, eso que hacen los cabros con las cuecas bravas, es para que el disco sea más largo, pero la cueca en sí es eso.

–Y con una métrica…
–Precisa, precisa. ¡Y aun así hay tantas variedades! En Concepción, Florida, Hualqui, toda esa región que yo conocí detrás de mi mamá llevándole la grabadora o la guitarra, la cueca se usaba en los velorios de angelitos, se bailaba sin pañuelo también, y se podía bailar valseada, o sea agarrado. Existe el disco de la cueca de mi mamá, que sacó la fundación, y son como 40 tipos de cueca, incluida la cueca del payaso. Y tú dices “oye, mira, así que en el norte tocan de otra manera, con la misma métrica pero la zapatean distinto, y en el sur así”. Por supuesto, si en el sur hace frío. La música y la geografía tienen mucho que ver. En cambio ahora te ponen la misma cosa para todo el país y eso no puede ser. Quiere decir que la gente ya no se está expresando, sólo está recibiendo lo que le dan.

–Te escuché decir que ves muy infantilizada a la gente en Chile.
–Sí, muy infantilizada. Basta escuchar cómo los trata la publicidad.

–¿Cómo los trata?
–Con estos diálogos que tienen que ser siempre como divertidos o casi al límite de lo erótico: “Acelera, sigue, más, más, ¡aprovecha y cómprate una tarjeta pa circular por la carretera, hueón!”. Eso es mantener a la gente infantilizada. La gente tiene poco tiempo para pensar en este país. Yo he tenido que ir al hospital, a bancos, a oficinas, y adonde tú entres hay una pantalla enorme. Es decir, ahueonados de la mañana a la noche. Después llegan a la casa y prenden la tele. Pero también veo una juventud capaz de discutir con cifras en la mano cómo se deben llevar a cabo las reformas, por lo menos la educacional. Hay un ímpetu, un redescubrimiento de la palabra dignidad, y eso me genera una alegría a futuro. Es como una inversión. Pero así como hay una juventud reclamando educación afuera de La Moneda, hay miles de jóvenes esposados por la tarjeta de crédito.

–La agenda reformista que lidera o intenta liderar Bachelet, ¿te parece digna de confianza y apoyo, o un discurso vacío?
–Me parece digna de confianza y apoyo, totalmente. Ahora, en la Nueva Mayoría deberían ser los primeros en apoyar, pero ahí hace falta otro personal político, diputados que lleguen a la sesión después del partido de Chile. Algunos llevan como 25 años pegados ahí, no sueltan la teta ni el chofer. Signo de los tiempos también: les importa un huevo.

–En Francia, donde vives, tienen su propia crisis, tampoco le encuentran la vuelta.
–Y varios cientos de jóvenes que se han ido a degollar rehenes en Siria, en Irak, nacieron en las barriadas de París. Hay una gran sorpresa, como que se está descubriendo esto y la extrema derecha de Marine Le Pen está aprovechando de avanzar a pasos agigantados. Ahora vienen elecciones y van a arrasar.

–Se apropiaron del discurso antiimperialista, contra la globalización.
–Claro, si en sus huestes hay muchos excomunistas, trabajadores.

–El obrero blanco.
–Exactamente, el que ya ha podido cambiar el auto varias veces en su vida y que ahora dice “está bien ser generosos, pero nunca tanto”. Bueno, por eso aparece en EE.UU. un tipo como Donald Trump de precandidato. Puta, da susto.

“ESTO NO ES PARA USTEDES”

–Es imposible no hablar del por fin inaugurado Museo Violeta Parra.
–Imposible.

–¿Quedaste conforme?
–Absolutamente. Mira, para mí, con mi enfermedad, esto ha sido una inyección de vitalidad. No por el museo en sí, que quedó extraordinario, sino por lo que le pasa a la gente, lo que les pasa a esos cabros chicos que van en las mañanas con los colegios. Lo que le pasó ayer a una señora que salió llorando, quería agradecerle a la persona que estaba en la recepción y no podía hablar. Claro, inmediatamente yo me pongo a llorar, pero salgo para afuera para que no me vean. Ya he salido tres veces así.

–¿A llorar?
–Sí, porque la emoción es tan grande… Cuando ves a la gente que está pegada a esos arbolitos que hay a la entrada, así, calladitos, porque apretaron un botón y la Violeta les canta a través del árbol… Es algo tan esperado por nosotros, por mi hermana que ha batallado tanto acá, y por mí también, que he colaborado en todo lo que he podido para proteger esto. Porque tampoco quisimos que después vengan las familias y digan “a ver, estos cuadros, somos 10 sobrinos, 40 primos, repartamos, tráete las tijeras, cortamos las arpilleras y un pedazo para cada uno”. No queríamos eso, porque mi mamá habría vuelto a sacarnos la cresta. Mi mamá decía: “No, esto no es para ustedes, es para el pueblo de Chile, el pueblo de Chile y el pueblo de Chile”.

–Siempre se genera, con estos próceres culturales, una tensión entre la familia y el público, que se pelean el tutelaje del legado. ¿Has sentido ese tira y afloja?
–Lo sentí cuando se inauguró la primera exposición, hace muchos años, en la Estación Mapocho. Naturalmente, era con invitación. Y de repente veo que se acerca un grupo como de 80 personas y empieza a empujar: “La Violeta es nuestra, la Violeta es nuestra” y ¡guaaá!, entraron todos sin invitación.

–¿Qué sentiste?
–Sentí alegría y miedo. Porque uno aparece como guardián de algo y la gente te dice “oye, si yo también soy guardián de eso”. Eso es muy potente. La gente siente, más que identidad, propiedad. Ella les pertenece, hay una relación casi de amor familiar. Eso es maravilloso. Pero creo que ahora la gente entendió que esto no es un negocio para nosotros, que nosotros hemos donado esto al Estado porque mi mamá lo quería así. Y ha sido difícil protegerlo durante tantos años: clandestinidad, golpe de Estado, campos de concentración, exilio, países, giras… Y ahora está ahí.

–¿Está todo lo que tiene que estar?
–No, porque no cabe. Por ejemplo, ese cuadro que está ahí [en la pared de su casa], “La fiesta en la casa de los Parra”, yo quiero que esté allá. Y otros que tiene mi hermana. Entonces van a ir rotando. Y eso les da tiempo de respiración, de restauración, y en el museo hay un equipo notable, muy comprometido con la idea de convertir este espacio en un centro de resistencia cultural.

–Cuando dices “la gente entendió que no es un negocio para nosotros”, ¿es porque sientes desconfianzas hacia “los Parra”, como clan?
–Claro, porque hay una incomprensión grande. Aquí se habla de “los Parra”, pero los Parra son como todo Ñuble. ¡Y no, poh! Isabel y Ángel Cereceda Parra son los que tienen esta cosa que mi mamá, Violeta del Carmen Parra Sandoval, quiso hacer y dejar para el pueblo. Los otros Parra no tienen nada que ver. Mi tío Nicanor tiene seis cuadros preciosos y no los ha aflojado, ¡ja, ja, ja! Entonces hay que decirle al Barraco, a la Colombina, que vengan al museo. Bueno, el Barraco fue. Pero no es “los Parra”, porque si no hay que meter San Javier, San Fabián de Alico, San Carlos y Chillán. Esta ha sido una batalla de la Isabel y mía. Ahora te voy a poner un poco el disco de tangos. Unas melodiosas melodías para que escuches algo de los acordes y baje el espíritu santo.

Ángel Parra y Diapasón Porteño:
“Mi primer tango en París”.
Viernes 30 de octubre a las 21 hrs.
en Teatro Nescafé de las Artes.
Precios: $8.000 a $25.000. Venta en boleterías
del teatro y por Ticketek.

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