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“Hasta las personas más estables del planeta pueden encontrarse cargando una pequeña mochila de miedos e inseguridades”, afirma uno de los protagonistas de este relato que reproduce Vice.com, y que cuenta la historia de una pareja que lleva 18 meses junta, donde la mujer trabaja como prostituta.

El hombre en cuestión, confiesa que la relación es “parcialmente abierta porque no tenemos todas las respuestas sobre cuál es el mejor modelo de relación. Nos queremos y ninguno quiere limitar al otro. Eso no significa que sea todo idílico”.

Por ejemplo, cuenta que de vez en cuando aparecen los celos.

“Sé que los encuentros con sus clientes no suponen descuidar nuestra relación, son solo una parte más de su vida. No voy a negar que pueda provocarme un poco de angustia imaginarme como folla y disfruta con otra gente, esto es algo que a ella también le pasa cuando tengo relaciones fuera de la pareja. Acepto su trabajo y estoy orgulloso de que ella pueda tener la vida que desea”.

Según dice, ambos comprenden que la prostitución es un trabajo, pero que también puede existir algún componente afectivo entre su novia y sus clientes.

“Quizá se enamora de alguno de sus compañeros de clase a los que ve cada día y con quien tiene miles de cosas en común. El roce hace el cariño, sí, pero no únicamente el roce genital”, admite él.

Consultado sobre si su familia sabes efectivamente a qué se dedica ella, responde que “después de un año de relación decidí contarle a mi familia, la conversación fue bastante traumática. Todos los prejuicios más recurrentes sobre la prostitución estaban ese día en la boca de mis padres. Que si las prostitutas son personas sin honor, que destrozan familias o tienen vidas indignas. Llegaron a decirme que no podía usar las toallas de casa por miedo de que les contagiara enfermedades e incluso me preguntaron si yo era su chulo. Ambos me repetían que una prostituta no era la mejor opción de pareja, que me merecía algo mejor”.

“Con mis amistades suelo hablarlo abiertamente y la mayoría me dicen que ellos no podrían. Les genera rechazo pensar que se encontrarían chupones en el cuerpo de su novia hechos por otros hombres o condones usados en la basura al llegar a casa”, agrega.

Sobre cómo son los encuentros, dice que “tenemos sexo seguro fuera de la pareja, ella es muy cuidadosa y sus clientes son personas serias y educadas. Cualquiera de los dos puede tener un accidente y contagiar al otro, lo aceptamos y procuramos disminuir el riesgo tanto como esté en nuestras manos”.

Finalmente, dice que “lo más duro de que tu novia sea una prostituta es el estigma y la falta de aceptación. El miedo de que se entere una persona que no lo entienda y esto te cierre puertas o rompa relaciones. La situación con mis padres se ha calmado pero vivo con una constante desaprobación por su parte, incluso decepción. Es muy cansino que por su elección laboral tenga que justificar por qué la quiero o por qué es mi novia. Esto nunca pasaría si ella fuera camarera”.