feminismo

“He vivido en Europa y jamás pasé por una situación incómoda por no ser madre. Nunca alguien me dijo algo. Pero acá, me subo a un taxi y empieza la conversación: que si tengo hijos, y por qué no, que entonces tengo un problema, que cómo no estoy casada. Que pobrecita, te vas a quedar sola, por último ten un hijo para que te acompañe. La conclusión que me queda, en momentos como ése, es que yo tengo un problema para la sociedad”.

Francisca Torres es asesora de imagen y tiene 40 años. No tiene pareja ni hijos, y por más increíble que suene para una mayoría, es feliz, tremendamente feliz. ¿Cómo se puede ser feliz sin niños ni un hombre al lado? Y es que en nuestro país la maternidad es un tema. Es un tema no tener hijos, es un tema llegar a los 30 años y no haber encontrado al amor de tu vida, es un tema sobreponer logros personales por sobre formar una familia. Así, y haciéndole frente a duros cuestionamientos, Francisca decidió -a muy corta edad- que simplemente no quería ser mamá.

“Decidí no tener hijos porque creo que mis contemporáneas han basado su decisión en actos egoístas y no producto del amor. Sus justificaciones son: “Tengo una guagua porque ya me casé”, “porque estoy en pareja”, “porque mi amiga tiene”. Creo que las mujeres depositan demasiada esperanza en sus hijos. Los ven como un mástil para aferrarse a ellos, para creer más. Y eso me parece egoísta”, cuenta a la revista Viernes de La Segunda.

Dice que cada vez que le preguntan si alguna vez siquiera se lo cuestionó o planteó, ella responde rápidamente que no. Desde muy temprana edad supo que andar corriendo tras cabros chicos no era lo suyo ni jamás lo sería.

“Cuando tenía veinte o treinta nunca existió la idea de ser mamá. Jamás pensé en tener hijos. Nunca dije ‘Me quiero casar y tener una guagua’. Eso no existe en mi formato, y no es que no haya jugado a las muñecas cuando chica. Nunca lo pensé, tenía otras problemáticas, me parecía más interesante crecer como un ser humano que ayuda al otro”.

Y para su fortuna, sus parejas estables tampoco se lo han cuestionado.

“He tenido parejas estableces y hemos conversado de la paternidad, pero por fortuna casi siempre hemos estado en sintonía (…) Como he tenido pololos bacanes, el momento de hablar sobre los hijos nunca ha sido tabú. Lo conversamos con naturalidad. Ha sido súper piola, y por suerte ninguno me presionó para que fuéramos padres”.

Aunque si bien la presión de la pareja no ha sido un tema, admite que el año pasado si atravesó un momento duro en cuanto a su decisión.

“Confieso que el año pasado fue difícil darme cuenta de que siete de mis ocho mejores amigas estaban con guagua y emparejadas. Fue duro porque ahora no tengo un lenguaje común con ellas: ya no podemos juntarnos tanto a almorzar, los tiempos son otros. O de repente nos untamos y cada una está con su hijo en brazos y yo con un libro. Ahí es como chuta, soy la única que no tiene guagua”.

Pero rápidamente, Francisca remeció su cabeza y recordó.

“Pero al tiro pienso: “Filo”. Porque aparte de darme cuenta de esos cambios, de verdad no me importa. Hay gente que piensa que es porque me da miedo ser madre. ¡No! No quiero nomás”.

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