la carne

Los hombres aprenden a envidiarnos cuando se topan con una mina multiorgásmica. O al menos eso me pasó a mí cuando un novio descubrió que mi organismo tenía la espléndida virtud de tener varios orgasmos en un lapso más reducido que el suyo. Porque antes de saber eso, él siempre sintió que por el solo hecho de eyacular, su orgasmo tenía que ser más rico que el mío. Y se equivocó. En todo caso, quiero aclarar que yo jamás le enrostré que por el hecho de que yo podía irme varias veces más que él en una noche, mis orgasmos eran mejores, pero debo reconocer que, luego de mi primera performance multiorgásmica -cosa nada fácil-, me encargué de que me respetara más. Mal que mal, yo había leído hace siglos, en una agenda feminista, que el clítoris era el único órgano que tiene como única función dar placer. Y que a la hora de los orgasmos, eso no era un detalle menor.

Insisto en que no tengo la intención de hacer una suerte de estúpida competencia respecto de quiénes , hombres o mujeres, sienten más y mejor durante el orgasmo, pero sí enfatizar que ese pequeño y en apariencia insignificante trocito de carne llamado clítoris, es una bendición a la que habría que rendir culto. Es cierto que el clítoris tiene una anatomía más amorfa y menos espectacular que el miembro. Es difícil de tratar y aunque está en un lugar determinado del cuerpo, es casi inexistente en los períodos en que una no está excitada y es sólo con el roce y la calentura que se hincha, “que florece”, para ser precisa. En mi caso, lo curioso que tiene es que no siempre tolera que lo toquen directamente, aunque yo esté excitada. El centro del clítoris no es siempre y en todo momento la mejor parte para tocar; a veces es como si ese lugar fuera el epicentro del temblor y de sus numerosas réplicas.

Porque no me manejo a nivel teórico y no me interesa hacerlo, es que no entraré en la discusión del punto G y los supuestos distintos tipos de orgasmos. Mi experiencia es que hay orgasmos que parecen venir de otros lugares. Aclaro que en todos los casos, los míos vienen por roce y no únicamente por penetración -técnica que jamás me ha dado resultado por sí sola. Pero hay algunas ocasiones en que el orgasmo empieza desde un lugar más profundo, corre más rico, me voy mejor, me humedezco más, siento agua entre las piernas. No quiero hablar de eyaculación, pues asocio esa palabra al orgullo, obsesión y encantadora capacidad de derramar fluidos que tienen los hombres. Pero me acuerdo que una vez en que estaba sobre un hombre, sentí que me hacía pipí y en medio de tanta calentura se me ocurrió decirle al galán lo que me pasaba; él, chocho, me agarró de las caderas y me gritó que ése era el punto G. Aparte de que esa vez tuve varios orgasmos, eso de las ganas de ir al baño y el supuesto punto G me dio risa nerviosa, pero con el tiempo me he dado cuenta que la cantidad de agua entre mis piernas está asociado con la calidad del orgasmo. Ahora, cuál es la composición precisa del líquido en cuestión, no sé y francamente ni me importa, pero bendito sea. Una bendición de la que no gozo cuando me masturbo. Ahí mi clítoris está más chico, menos caliente y más mezquino. Lo que sí me sucede cuando me masturbo sin apuro es que puedo irme varias veces. Y esto de ser multiorgásmica sí es privilegio femenino. Porque los hombres, aunque quieran, después que se van no son los mismos, necesitan agua, tiempo y lejanía. Aunque no quiero ser tan enfática en esto – una vez estuve con un hombre que tuvo dos orgasmos sin sacarla-, pero seamos honestas, las mujeres en esto tenemos ventajas.

Ahora que lo pienso, mi clítoris es mucho menos puto que yo. Será por anatomía o a punta de estupideces aprendidas por siglos, que él es recatado, cuidadoso y desconfiado. De puro idiota o de tanto ver miembros diseminados por el mundo, el clítoris se achunchó. Qué ridículo, porque la verdad es que el clítoris está tanto o más dotado que el miembro, sólo que hasta ahora ha hecho menos escándalo.