feminismo

Muchas veces se ha dicho que los seres humanos transitan en una contradicción constante en su interior y más aún cuando se trata de la relación con el entorno.

Pues bien, algo así es lo que cuenta Kat Hamilton en un relato que publica Vice bajo el título “Soy feminista y sumisa sexual”.

Parte su historia, narrando que “la primera vez que experimenté una sensación cercana a mi concepto de perfección fue el año pasado en Mónaco, donde conocí a un hombre guapísimo (…) En una ocasión, mientras conversábamos en la terraza del hotel Hermitage, me comentó que, en el fondo, él creía que todas las mujeres deseaban ser dominadas. Levanté una ceja y me apresuré a mostrar mi desacuerdo. Yo no siento deseos de que ningún hombre me domine a mí ni ningún aspecto de mi vida fuera de las cuatro paredes de un dormitorio. Sinceramente, no mencioné este último dato por no darle un argumento con el que seguir defendiendo su tesis de que el rol de las mujeres es el de la servidumbre. Lo que él no se podía imaginar es que mientras manteníamos esa conversación yo estaba mojando las bragas”.

Tras la confesión, admite que “la vida no es fácil para una mujer que se precia de ser feminista y a la que le gusta que la jodan. En el día a día, más vale que me traten con respeto, pero a puerta cerrada parezco una gimnasta olímpica follando sin coreografía”.

Confiesa que “no resulta sencillo confesar estas fantasías, sobre todo ahora que las mujeres estamos luchando por la igualdad. Yo persigo mis objetivos y no me avergüenzo de manifestar mi postura feminista desde la primera cita y, lo más importante, no admito que nadie me diga qué tengo que hacer. “Si a mí misma me resulta difícil de asimilar esta doble vertiente de rebelde abnegada y aficionada al maltrato verbal, imaginaos lo que me cuesta explicarlo a los demás”, agrega.

“¿Por qué no les dijiste que preferías que asumieran una actitud más dominante?”, me han preguntado a menudo, y no les culpo, Parece lo más lógico, ¿verdad? Pues no.

¿Cómo se le dice al hombre que has pedido que te controle que no haga lo que quiere hacer? se pregunta

“Me resulta emocionante coquetear con la idea de que me hagan daño, el suficiente para excitarme. Cuando un hombre se toma su tiempo para explorar mi cuerpo y mis límites, sé que me está dedicando toda su atención, y eso es precisamente lo que me excita. Las reacciones físicas que experimento ante cosas que mi mente normalmente rechazaría son a la vez abrumadoras y desconcertantes. Se me presenta la oportunidad de ceder el control de mi cuerpo, una decisión liberadora y tremendamente poderosa en sí misma. El verdadero reto es poder encontrar a alguien capaz de someterme a estos juegos degradantes y de reconocer que, después de tragarme su líquido, debe tratarme con respeto”, sintetiza la mujer.