carne

Nunca he sido una adicta a los viejos. Pero una maldita vez en mi vida se me ocurrió caer en los brazos de uno. Sólo en defensa propia aclaro que jamás me gustó ese hombre. Lo que me convenció fueron cuatro cosas. Uno: la calentura que me aquejaba (esa mala consejera). Dos: mi autoestima por el suelo (ese clásico irremediable). Tres: el “rumor” de una “amiga” que el tipo era un astro en la cama y cuatro: el halagador e inagotable interés por mí que el tipo manifestaba en cada uno de nuestros encuentros casuales. Con estas poderosas razones una noche decidí que lo iba a intentar. Así fue que en medio de un cumpleaños apareció el “maduro” y yo con un par de vodkas, terminé en un departamento que ni me acuerdo dónde era. Todo comenzó mal al sentir que su pelo canoso no era suave como lo imaginé; que sus brazos eran mucho menos ejercitados de lo que creí; que su lengua era más bien corta y que aunque se movía bien, no le calzaba a mi boca grande. Eso fue en el inicio…malos presagios que por desgracia no me hicieron detenerme a tiempo y huir. Seguía convencida que su verga, la edad y la madurez harían algo para recordar. Llegamos así a la cama. Su verga la sentí dura, de un porte razonable. Nada para celebrar, pero al menos no un fiasco. Por un momento me volvió el entusiasmo y seguí ciega pese a que las señales eran funestas. El tipo era de la onda suave, ceremoniosa, calentona-chanta diría: ese clásico “especialista” en masajes, tocaciones, recorridos, palpitaciones, murmuraciones, gemidos estudiados y demasiados rítmicos para ser reales…En todo ese periplo yo me mantuve incólume esperando darle el palo al gato. Soñando con que el maduro podría literalmente partirme en dos con su avezada verga. Así es que luego de un par de minutos (eternos, la verdad), saqué el condón para terminar en la embestida y fue en ese preciso instante en que lo que sentí duro, se volvió blando. Todo se derrumbó de golpe. Fue como si hubiera llegado su mamá, su mujer, su suegra o sus hijos o tal vez todos ellos juntos, qué sé yo…Pero sólo puedo darle una explicación a una des-erección tan brutal…Bueno, no ver, porque nunca me decidí a mirarle la verga. Pero créanme: el asunto se puso flácido. Argumentó que el condón no le gustaba. Le dije que a mí tampoco, pero que a estas alturas no estábamos para pendejadas (eso debió haberle dolido). El contra argumentó con más masajes chantas, más beso calentón, más tocación y nada: su verga no lograba reanimación. Me podrán acusar que no lo ayudé con mi boca, pero es que perdónenme, eso habría sido inmolarme, y yo sólo quería una buena cogida y dormir en paz. Calculo que la pesadilla duró como una hora -eso de intentar recuperar la erección- y nada. En ese momento me puse rota y me senté en la cama, en gesto cinematográfico y clásico de insatisfacción. Dije que era tarde y que debía despertar en mi casa. Él no dijo nada. Fue amable, me ofreció un café de grano que no acepté y partí odiándome. Reventado a puteadas a mi “amiga”, mi poca autoestima, mi calentura y sus piropos revenidos. Recordando, para no olvidar, que el gusto por un hombre es el mismo que por una preciosa chaqueta en una vitrina: te gusta de golpe, no de a poco. Que el gusto se da o no se da. Que los viejos nunca han sido mi especialidad. Que el sexo sí puede ser muy malo, cuando es malo. Que desnudarse no es cualquier huevada y que uno se da cuenta justo cuando está en pelota con un tipo que no te gusta. Que mi entrepierna bien vale un buen bocado. Que la falta de sexo es una pésima consejera, por jamás hay que dejar de ejercitarlo. Que mi “amiga” pasó al lote de las “conocidas”. Y que no hay nada peor que una verga flácida.