Dos días en la fábrica de muñecas sexuales más grande de China

Dos días en la fábrica de muñecas sexuales más grande de China

Felipe Arancibia tiene 37 años y lleva cinco viviendo en China. Trabaja en exportaciones y entre los muchos productos que le ha tocado cotizar para clientes de todo el mundo, están las muñecas sexuales de silicona. Un submundo que conoció en detalle a mediados de 2015, cuando un español -al que le envía juegos para niños- vio en estos maniquíes un pujante negocio. Un extraño mercado en el que los clientes las compran como compañía, para tener sexo, o incluso para casarse con ellas, como ha ocurrido en algunos casos en Estados Unidos. Nada comparado a lo que ocurre en Japón: “allá hay hasta burdeles de muñecas”, agrega.

Dos-di╠üas-en-la-fa╠übrica-de-foto2 Vivo en China hace cinco años y la historia comenzó así: A mediados de 2015, un cliente español, al que todos los meses le mando un conteiner con juegos para niños, vio una nueva oportunidad de negocio en las muñecas sexuales. Se había enterado de su existencia por un programa de televisión y me dijo que en Estados Unidos eran todo un boom, que incluso había gente que se casaba con ellas. Al principio lo encontré loco, pero al investigar sobre el negocio me topé con varias sorpresas. Escribí ‘real doll’ en Google y luego de navegar durante varios días por un mar de ofertas, desde las que se inflan hasta las que parecen mujeres de verdad, llegué a WM Doll, la fábrica de muñecas sexuales más grande de China. WM Doll queda en la ciudad de Zhongshan, a dos horas de Shenzhen, donde vivo yo. La dirección de su página me llevó hasta un edificio de tres pisos, que en su recepción tiene un showroom con decenas de mujeres de silicona con rasgos orientales: con ropa, sin ropa, en lencería, simulando poses sexuales, o tocándose. Todas esparcidas por una sala que simulaba un living. Tan reales, que a veces me seguían con la mirada. Habían de todos los tamaños y kilos. Desde enanas que medían un metro de altura, para los que tenían menos dinero, hasta unas robustas de un metro ochenta, con senos como sandías. Pesadas como si de verdad fueran humanas. “Las occidentales aún están en proceso de creación”, recuerdo que me dijo el asiático que me atendió. Por ese tiempo, diariamente salían de la fábrica alrededor de 15 muñecas. Un pionero negocio que comenzaba en el segundo piso de la propiedad, donde un chino que bien podría ser un artista -o el dios de las mujeres de plástico-, creaba moldes de madera desde donde luego saldrían esculturales figuras. Contorneaba siluetas y rostros con tan solo mirar una foto, para que luego un ejército de operarios pusiera en ellos un esqueleto de fierro, articulado desde los dedos de los pies hasta el cuello, y los llenaran con silicona médica, la misma que llaman food grade por su inocuidad. Nobleza en plástico que los clientes agradecían cuando tocaban las suaves partes íntimas de las maniquíes para saber cómo se sentían por dentro. Agujeros que estaban sellados para facilitar la limpieza de los fluidos y que imitaban de buena manera a los verdaderos: los mismos pliegues, las mismas texturas. Todo hecho a mano. El tercer piso de la fábrica estaba dedicado a los retoques. Allí, luego de que el cuerpo estaba ensamblado, varias chinas se encargaban de maquillar las cabezas, ponerles las pelucas, las pestañas, y los ojos. Me explicaron que una de las grandes particularidades de las muñecas era que los rostros se atornillaban, por lo que podías intercambiarlos. Si te aburrías de la rubia de ojos verdes, en segundos podías tener una morena de ojos pardos, o también una mujer exorcizada que miraba hacia su espalda. Cuando el producto estaba listo, embalaban el cuerpo en una especie de sarcófago de cartón y le ponían la cabeza entre las piernas, además de un kit de reparación para aquellos clientes que practicaban sexo salvaje. En ese tiempo, la más económica costaba cerca de 1.200 dólares, mientras que la más cara bordeaba los 2.500. Salí de allí con dos de las muñecas más costosas y cuatro cabezas para intercambiar. Me las pasaron por dos días con la condición de ocuparlas sólo para tomarles fotografías. Me fui entonces a un motel. Pedí una habitación por la noche y comencé a retratarlas: en la cama tocándose, en un sillón, a lo perrito en la alfombra, y sentada con las piernas abiertas. Al otro día las devolví y le mandé las fotografías y los datos a mi cliente. A la semana siguiente, el negocio estaba montado en una página web. Había sido pensado para el mercado europeo, para gordos ñoños adictos a los computadores que tuvieran problemas para sociabilizar, pero casi todas las solicitudes venían de Medio Oriente. Árabes que buscaban su propio harén de plástico. Un pecado condenado por la religión y tipificado por las leyes como delito que echó por tierra una fortuna: en Medio Oriente, todos los juguetes sexuales son retenidos en la aduana. Lo más cerca que estuvimos de vender una muñeca fue a un gringo, uno que necesitaba un pedido bien particular: quería una que se pareciera a cualquiera de las fotos que me había enviado. Al abrir mi correo me encontré con cuatro retratos de menores de edad. Quedé choqueado. Había estado en la fábrica de muñecas sexuales hacía menos de un mes y un depravado me estaba pidiendo que volviera allí para que los chinos le hicieran una niña. Esa misma tarde lo bloqueé. No fue lo único que me sorprendió de este negocio. Tiempo después fui a Hong Kong a una de las mayores ferias de consoladores del mundo. Habían dildos que se manejaban desde el celular y una gran variedad de muñecas y muñecos. Los japoneses habían hecho avances notables, muchos más que los chinos. A algunas se les calentaba la piel cuando las penetraban y otras gemían. Gritos que aumentaban de intensidad mientras más duro le dabas. También habían modificado los rostros. No sólo estaban las orientales y las occidentales, sino que habían creado una nueva línea: las animés, muñecas parecidas a los monos de la tele, como Bulma de Dragón Ball Z o Sailor Moon. Según me contaron en la feria, la tecnología había elevado el precio de los maniquíes y con ello había comenzado otro negocio, el de la prostitución. El mercado japonés se había vuelto tan sofisticado, que para aquellos clientes que no tenían dinero para comprarse una existían los burdeles de muñecas. Es decir, por un par de dólares podías ir, elegir, y tirarte a una mujer de plástico o a un dibujo animado durante algunas horas. El mundo está muy loco. Dos-di╠üas-en-la-fa╠übrica-de-foto1 Dos-di╠üas-en-la-fa╠übrica-de-foto3 Dos-di╠üas-en-la-fa╠übrica-de-foto4 Dos-di╠üas-en-la-fa╠übrica-de-foto5 Dos-di╠üas-en-la-fa╠übrica-de-foto6 Dos-di╠üas-en-la-fa╠übrica-de-foto7 Dos-di╠üas-en-la-fa╠übrica-de-foto8 Dos-di╠üas-en-la-fa╠übrica-de-foto9 Dos-di╠üas-en-la-fa╠übrica-de-foto10
Comentarios
Sabía ud que... ME GUSTAN LAS ESCULTURAS GRIEGAS, AUNQUE A VECES NO TENGAN NI PIES NI CABEZA. -------------------------------- Sabía ud que... CUANDO HANNIBAL LECTER LEE UN LIBRO DE COCINA, PARTE POR EL ÍNDICE. -------------------------------- Sabía ud que... EN LOS CARRETES DE LOS ZANCUDOS SIEMPRE HAY ALGO PA PICAR. -------------------------------- Sabía ud que... LO QUE BUSCAS ESTÁ EN TI… O DEBAJO DE LA CAMA. -------------------------------- Sabía ud que... COMO NO VAN A DEJAR LIBRE A LOS LADRONES SI LES DICEN “HABLE AHORA O CALLE PARA SIEMPRE”. --------------------------------