SOMOS, gracias a que existe naturaleza. Millones de seres vivos no humanos –la biodiversidad- entrelazados con comunidades variopintas, conforman una red y producen todo lo que necesitamos para nuestro bienestar y disfrute, desde el oxígeno y agua dulce, hasta alimentos, medicinas, materias primas, fertilidad de suelos, control natural de pestes y enfermedades, belleza escénica, entre muchos otros. Sea en formato de individuos desdentados, comunidades indígenas, grandes empresarios, compañías, Estados, economías locales o globales- los humanos no podemos SER ni menos prosperar a espaldas de naturaleza.

Aquellas científicas y científicos que damos vida a las ciencias de la ecología y la conservación, confirmamos que cualquier visión hegemónica que nos pretenda obligar a elegir entre crecimiento/desarrollo versus el bienestar de la NATURALEZA es espurio, inútil, y finalmente estúpido, por cuanto termina por enfrentarnos a nosotros mismos. Porque la aparente contradicción entre producción y conservación nos ha dejado como sociedad en un buscar eterno de NO-SOLUCIONES, en vez de forzarnos a encontrar formas innovadoras para resolverlo.

Por el contrario, reconocemos que cualquier diseño de desarrollo -sea público, privado, comunitario, local o global- requiere poner en su ecuación la protección, promoción y recuperación de nuestra biodiversidad. No al final de un constructo parafernálico bella y ciegamente diseñado por ingenieros o abogados, sino desde el principio. Un diseño apropiado precisa concebir proyectos asumiendo que serán desarrollados en contextos socio-ecológicos específicos. Comunidades y ecosistemas de carne y hueso, en los que deberán insertarse sin hacerlos polvo. Es desde esa concepción inicial dónde hoy se juega gran parte del destino de cada inversión por separado y del bienestar de todos juntos como nación.

Cada vez que degradamos nuestro medio ambiente, se degrada nuestra sociedad, junto a nuestro patrimonio, nuestra identidad. Cada proyecto de infraestructura que se monta sobre un humedal, cada fiordo contaminado con antibióticos, cada río corrompido con residuos de celulosa o pesticidas, trae consigo –tarde o temprano- el infame germen de la miseria. Siendo a la vez una bomba de tiempo social que estallará en las narices de ministros, gerentes, y más. Sin importar su color político. Sin importar el tamaño de su billetera.

Nuestros líderes han declarado esto una y otra vez. Pero la crisis de confianza que corroe nuestra sociedad, clama por avanzar desde declaratorias a los hechos. Y en materia de medio ambiente, la mayor deuda que tiene Chile es entregar voz a esa naturaleza. Es conferir un mandato claro y herramientas específicas a nuestro país, permitiéndole trabajar en la gestión de la conservación de su patrimonio natural, aquel que sostiene y puede dar bienestar a todos los chilenos. Esa herramienta se llama el Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas (SBAP), el que desde el año 2011 espera su metamorfosis desde proyecto de Ley a la realidad, mientras descansa en el capullo del Congreso Nacional.

Porque es esencial dotar a nuestra nación con un SBAP que pueda gestionar de manera moderna y con base científica, la conservación de nuestra naturaleza –aún invisible a los ojos de muchos- con coherencia y robustez, evitando la duplicación de funciones y sobre todo vacíos de gestión en un conjunto de servicios, leyes y reglamentos que hoy están dispersos en ministerios como Agricultura o Economía, con una vocación claramente productiva. Un proyecto que permita completar el andamiaje ambiental, sobre el que cual sostener y dar seguridad al desarrollo de todo Chile, incluyendo sus industrias y sus comunidades.

Existen decenas de ejemplos silenciosos no sólo en comunidades, sino en sectores productivos, los que sin esta Ley avanzan a contrapelo intentando mejorar sus estándares de producción a la par incluso con conservación de biodiversidad. Ejemplos como el de la industria del vino y el turismo, también otros en minería, en forestal, la pesca artesanal e industrial, sumados a prácticas comunitarias que acumulan conocimiento para la gestión sustentable de sus territorios, conforman un campo de cultivo fértil que requiere ser regado y alimentado con las herramientas del SBAP. Sólo así podrán crecer y transformarse de experiencias marginales, en motores de cambio de la economía nacional.

La Ley SBAP era efectivamente uno de los dos compromisos ambientales del actual Gobierno, el que, a meses de cerrar su gestión, aún tiene la oportunidad de ver la luz, en la medida que otorgue urgencia a este proyecto de Ley. Esperando que nuestros líderes políticos puedan dar carne a sus discursos medioambientales haciendo de esta Ley una realidad. Respondiendo con altura al clamor ciudadano y a la silenciosa súplica de natura.

Hoy tenemos otra vez una oportunidad para que Chile levante cabeza en materia medioambiental. De mirar más allá de los caídos de hoy, y con visión de largo plazo, comenzar una profunda transformación de nuestra tullida institucionalidad ambiental, en un ser íntegro e integral, que pueda efectivamente aportar a conservar nuestro patrimonio natural y promover su uso sustentable en beneficio de todos los chilenos y chilenas.

*Universidad Austral, IEB-Chile,
Presidenta de la Sociedad de Ecología de Chile
*Directora Wildlife Conservation Society,
Directora Sociedad de Ecología de Chile