Corría el año 2004 y nadie imaginaba entonces que Hugh Hefner, el zar de Playboy, casi un octogenario, viviría 13 años más, exactamente hasta el 27 de septiembre de 2017, partiendo de manera natural a un “mundo peor”. A propósito de su muerte, El País vuelve a publicar la crónica que el periodista y escritor británico, John Carlin, escribió por esos años cuando se internó en la mansión de la orgías con motivo de una fiesta por el aniversario 50 de la revista. Acá una síntesis del texto.

“Ya antes de atravesar las verjas de la legendaria mansión Playboy de Hugh Hefner tuve la sensación de que algo no cuadraba. Empezando por la escena en el vestíbulo del Beverly Hills Hilton, en el que los “invitados internacionales” nos habíamos reunido para disponernos a asistir a la más reciente de las celebraciones del 50º aniversario de Playboy”, es como Carlin daba inicio a su relato.

Recuerda que “debíamos de ser unas 100 personas, todos hombres menos una rubia vestida de rojo y un par de jóvenes asiáticas de pechos caricaturescamente inflados”.

Acaso imaginando que la cosa no es como todos creen (por “todos” definimos a aquellos que nunca pisaron ni pisarán la mansión) Carlin describe que había un sensación de que lo estaban por vivir no era una “fiesta” en el sentido estricto de la palabra.

“Se podría definir con más exactitud como una visita turística, o quizá una convención de viejos verdes”, grafica.

Luego de un episodio lamentable en el bus que los conducía al supuesto paraíso, dice que “saltamos del autobús y entramos al lugar de la fiesta”.

“Esperándonos había un harén de chicas escasamente vestidas, todas sonriendo como azafatas a la entrada de un avión, de las que sólo una parecía alejarse notablemente del ideal californiano sobre la perfección del cuerpo femenino; evidentemente, alguien había decidido que los dos balones de fútbol -no, de baloncesto- de silicona que asomaban por el escote de su disfraz de conejita tenían el suficiente atractivo para compensar un cuerpo que superaba por varios kilos la ortodoxia estética reinante”.

Recuerda Carlin que la mayoría de estas mujeres, unas 30 en total, tenían un promedio de edad de 21 años. “Llevaban tacones letalmente altos, pero había tres tipos de vestimenta: disfraces de “conejitas” en rosa, amarillo y verde, con orejas levantadas y pompones en el trasero; chaquetas cortísimas, negras y brillantes, con bufanda blanca y botas años sesenta, y pequeños biquinis negros”, cuenta.

Además, “había mesas y un pequeño escenario detrás del cual dos grandes pantallas proyectaban imágenes de otras mujeres ligeras de ropa que bailaban con energía en una fiesta anterior también celebrada en la mansión”.

Así las cosas, “todos se abalanzaron sobre el bar , consiguieron una bebida en vaso de plástico, se la bebieron de un trago y se lanzaron a la actividad que para la gran mayoría de los invitados iba a consumir gran parte de la velada: hacerse fotos con los brazos alrededor del mayor número posible de chicas”.

Las chicas -por su parte- repetían una especie de ceremonia que consistía en “adoptar la misma sonrisa congelada, una y otra vez”.

“Era la misma sonrisa que en Estados Unidos se ve en los rostros de las presentadoras de informativos de televisión, las dependientas, las camareras: de una uniformidad casi temible, robótica, deshumanizada y transparentemente insincera. Salvo que en este caso la escasa vestimenta de las chicas, la sexualidad natural y desenfadada que se suponía que emanaban, hacía que el efecto fuera aún más siniestro”, escribe como para retratar en que consistía el asunto.

Tras detallar la escena, desde el ingreso al lugar donde se supone se rendía abierto culto a Dionisio, Carlin cuenta que “en interés de la objetividad periodística (que yo supiera, sólo había otro periodista en la fiesta), tenía que intentar entablar conversación con alguna de ellas, intentar comprender si había algo de vida auténtica detrás de aquellas sonrisas plásticas; o, mejor dicho, dado que tenía que haberla, si estarían inclinadas a dejar asomar esa vida mientras ejercían sus obligaciones profesionales hablando conmigo”.

Así, “lo único que se me ocurría para iniciar una conversación era preguntar qué criterios había para decidir qué chica llevaba cada uno de los tres disfraces. Le hice la pregunta a una chica alta y rubia con un biquini negro. “¡Nosotras somos las cybergirls!”,contestó entusiasmada. “Ésas de ahí son las bunnies [conejitas], y las otras son las jetbunnies”. Asombrado, y sin valor -por temor a ofenderla- para preguntar qué era una cybergirl, me alejé, rellené mi copa de champaña (o, mejor dicho, espumoso californiano) y volví a intentarlo, esta vez con una jetbunny, una chica de cabello negro -poco frecuente- que llevaba aquel brillante traje negro, botas y bufanda blanca propios de una película de ciencia ficción de los años sesenta. “¡Buena pregunta!”, respondió. “Veamos, para empezar, somos playmates”. ¿Playmates? ¿No jetbunnies? Me miró vagamente indignada. “No.Jetbunnies no es nuestro nombre oficial. Somos playmates. Y las chicas que llevan el disfraz de conejitas también sonplaymates. Las otras no son… más que… cybergirls””.

Dice que aquel momento descrito antes fue “trascendental, de aquellos que reafirman nuestra fe en la vida humana. Llevaba una hora en la mansión de Hef y todavía me quedaban otras tres, pero ese “no son más que”, pronunciado a pesar de que en el último momento había intentado guardárselo, me proporcionó uno de los dos atisbos de auténtica humanidad de toda la noche, al dejarme ver aquella sincera maldad femenina, aquel desprecio competitivo que destilaba, a su pesar, la playmate. Eso sí, se repuso inmediatamente y volvió a asumir su actitud profesional cuando le pregunté si podía profundizar un poco en estas tan sutiles diferencias. Las playmates,me explicó, eran las que habían posado desnudas para la revista. Las disfrazadas de conejitas eran más recientes que otras más venerables como ella -antigua Miss Agosto, según tuve el honor de enterarme-, que se mantenía en la categoría de playmatedesde hacía cinco años”.

Como la pregunta caía de cajón, relata que se apresuró a preguntar ¿Cuándo perdían su categoría? ¿cuándo se las eliminaba del equipo? ¿Acaso alguien se dedicaba a vigilar con mirada diligente los inexorables estragos del tiempo?

“Se estremeció y eludió la pregunta, como si la verdad fuera demasiado horrible para tenerla en cuenta. Pero me indicó que en los libros figura todavía una playmate de la cosecha de 1986, y que las chicas muchas veces dejan de ser playmates cuando se casan o encuentran novio oficial. “¡Dios mío!”, estuve a punto de exclamar, o habría exclamado si no se hubieran acercado dos fornidos tipos del este de Europa a rogar una fotografía a Miss Agosto y una amiga”, agrega.

Sobre el final de la crónica (leer acá de manera íntegra), Carlin dice que “la mansión Playboy es un parque temático sexual, y la “fiesta” a la que acudí era un espectáculo aséptico, en el que había tan poca oportunidad de que las chicas se quitaran su ropa y complacieran las tristes fantasías de los invitados como de que Marilyn Monroe volviera a la vida en el cercano museo de cera de Hollywood (…) Ni siquiera en la legendaria gruta a la que me llevó la jetbunny junto con los dos tipos de los anillos de matrimonio. Era una especie de gran jacuzzi de roca tan húmedo como una sauna, con una luz tenue y una playita a los lados, y en ella, un colchón grande cubierto de cojines. Se suponía que éste era el epicentro sexual del universo Playboy. “Al final de cada fiesta, la gente suele terminar aquí, desnuda”, nos prometió la jetbunny, solemne, como si nos estuviese desvelando un secreto de Estado. Justo antes de irnos, antes de subir al autobús para volver al hotel -que llegó puntualmente a medianoche, como la carroza de Cenicienta-, volví a echar un vistazo y la gruta estaba vacía, en silencio, salvo por el chapoteo y gluglú de las olas artificiales”.