El 5 de octubre de 1988 tenía 12 años. Estaba en el Séptimo F del Liceo 1, que quedaba en el centro de la realidad en un año emblemático para Chile. A dos cuadras exactas de los Tribunales de Justicia y del ex Congreso.

Relativamente cerca del Palacio del Gobierno y de una incontable cantidad de instituciones gubernamentales, por lo que las protestas, movilizaciones, avisos de bomba, lacrimógenas y un sinnúmero de lluvias de panfletos era parte de nuestro día a día.

No tenía el envidiable derecho a voto –porque fue una de las pocas elecciones en que todos querían votar- pero fuimos testigos privilegiadas: Vimos la despedida de una dictadura.

El Liceo 1 ese año, además de emblemático, era una mezcla perfecta de todas las tendencias políticas: convivíamos personas de izquierda sin militancia política, hijas de uniformados, retornados, pinochetistas y sobre todo, niñas orgullosas de ser seleccionadas y tener la oportunidad de estar en un liceo que podría cambiar el curso de sus vidas. Proveníamos de casi todas las comunas de Santiago y en su mayoría pasábamos una hora viajando de todos los extremos de la ciudad para llegar a clases.

Así recibimos el “Si y el No”. Nos volvimos coleccionistas de panfletos en mimeógrafo y teníamos tremendas discusiones: 40 niñitas peleando apasionadamente hasta que una inspectora llegaba a revisar nuestras mochilas para ver si teníamos “material panfletario”. En ese momento se acababa la discusión y sin importar nuestra opción política (que casi siempre coincidía con la de nuestra familia) todo pasaba a esconderse tras el viejo estante metálico de la sala. Llegar al Liceo 1 significaba estar condicional hasta que pruebes lo contrario, por lo que carpetas, chapitas, cuadernos, autoadhesivos, panfletos, afiches, lo que fuera del “SI y el NO” era ilegal. Silencio absoluto hasta que se acababa la inspección. Después de eso seguía la discusión igual de acalorada que cuando la dejamos. Lo escondido se repartía y salíamos de clases. Cada una se ponía su chapita del SI- NO correspondiente y tomábamos la micro en grupo, para evitar viejos verdes.

Apareció el ruidoso septiembre – el ensayo de la parada militar pasaba sobre nuestras cabezas, con aviones a baja altura, que dejaba al profe sin voz y a nosotras sin escuchar nada más que un silbido tan apabullante que llegó un momento que cuando un avión pasaba, una gritaba ¡al suelo! y nos tirábamos todas de guata. Pa’ puro huevear- y el Liceo 1 se convirtió en sede de votación. Comenzaron a llegar los elementos necesarios para una elección que se amontonaban en los pasillos: urnas, cámaras secretas y cajas de papelería con esos timbres verdes que no podías sacarte del dedo. Primera vez que veíamos algo así. Sin quererlo, jugamos a la democracia, todas, las de izquierda, las de derecha, las que no tenían idea en qué lado estaban. Escribimos votos imaginarios, con conteos imaginarios, y futuros soñados. En nuestras horas muertas hicimos fila para entregar el voto, jugamos al conteo y a pensar, que nuestra sala de 40 niñitas de 12 años, determinaría el futuro de Chile.

Llegó el 5 de octubre y quienes si tenían derecho a voto pudieron usar las urnas y cámaras secretas con las que jugamos. nunca he vuelto a ver tanta gente feliz en las calles. Sonrisas, abrazos, canciones. Chile completo se convirtió en un inmenso patio donde todos cantaban y bailaban sin control. Chile tenía juguete nuevo y se llamaba democracia, bien de juguete, porque al otro día el dictador seguía en el Palacio de Gobierno, los militares golpistas en sus puestos y una desigualdad e injusticia que todavía nos pena, pero que dejamos pasar jugando a que “la alegría ya viene”. Así los niños crecimos, en esta democracia de juguete, con senadores designados y vitalicios, dictador como general del ejército, diputados que no tenían mayoría pero que asumían, créditos de bancos en vez de educación gratuita, el Estado defendiendo a Pinochet preso en The Clinic y todas las joyas que supongo deberían estar en el anunciado Museo de la Democracia.

Lo único que queda es la alegría en las calles de ese día; vino y se fue para dejarnos un recuerdo.
Ah, y el mejor lunes para volver a clases fue ese. Las chicas del NO se distinguían por su sonrisa.