Sentada en el segundo piso de su casa en la Villa Macul, la periodista Lorena Díaz intenta recordar los detalles de la última conversación que tuvo con Ana González, la histórica luchadora por los Derechos Humanos fallecida el pasado viernes 26 de octubre.

—Fue hace un mes, más o menos. Fui a su casa, ella estaba cansada, pero pensé que le quedaba para más. Ahí, me contó que ella con mi mamá, recientemente fallecida, tenían un pacto: la primera que se fuera le daba un tiempo a la otra y se la llevaba.

Lorena no tiene una conexión sanguínea con Ana, pero durante toda su vida la llamó “abuela”. A mediados de 1976, Ana y la madre de Lorena, Apolonia, se conocieron mientras interponían un recurso de amparo. La primera, por el secuestro de su esposo, Manuel Recabarren; de dos de sus hijos, Manuel y Luis Emilio; y de una nuera, Nalvia Mena, quien estaba embarazada de tres meses. La segunda, por la desaparición de su esposo y padre de Lorena, Lenin Díaz. Desde ese día, ambas mujeres se hicieron inseparables en la búsqueda de verdad y justicia.

— Yo creo que la vida, que a veces es tan injusta, compensa un poco. Si bien tenía familiares, muchos en el exilio, mi familia terminaron siendo las viejas de la agrupación y, en particular, la de mi abuela Ana. Ella y sus otras hijas, mis primos, fueron muy generosos conmigo—, explica Lorena.

Han pasado tres días desde la muerte de Ana González. Tres días que para Lorena Díaz, han pasado “como una película”, explica. Su teléfono no ha dejado de sonar, ni dejará de hacerlo durante esta entrevista.

¿Cómo estuvo Ana de salud este último tiempo?

– El último año fue más crítico. Tenía dos marcapasos y una hernia que, por la edad que tenía (93 años), era imposible de operar. El último año lo pasó en cama. La levantaban solamente cuando había actos porque ya no estaba caminando.

Aun así, me contabas que este último episodio tomó a la familia por sorpresa.

– Sí, la verdad es que fue muy de impacto, porque había tenido otros muchos peores. El cuadro era de neumonía, pero no pensamos que fuera tanto. Yo pienso que ella decidió que ya no peleaba más, porque estaba muy cansada.

¿Ella verbalizó el miedo a morir sin ver justicia?

– Ella asumió que se iba a morir sin saber dónde estaban mis tíos y sus familiares. Siempre, siempre lo dijo. Pero también era muy viva, y creo que se preparó también para eso. Para ella siempre fueron muy importante las generaciones nuevas. Siempre apostó -y tuvo grandes discusiones políticas por lo mismo- por las postas, por ir traspasando las banderas de lucha.

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El domingo pasado, el féretro de Ana González salió seguido por una caravana que la acompañó hasta el Cementerio Católico de Recoleta. Una de las escenas que más impactó a Lorena fue el gesto de un microbusero del Transantiago que, en pleno Santa Rosa con Franklin, dejó su máquina botada en el camino para cortar el paso y aplaudir entre lágrimas a González.

¿Esperabas la reacción que tuvo el país?

Yo imaginaba que iba a ser algo bien grande, porque ella fue tremenda, pero no de estas dimensiones. El viernes llegué al hospital como a las diez y media, cuando todavía estaba en su camita, y cuando salimos de la morgue -después de haber estado con mis primas arreglándola y pintándole las uñas, para que estuviera hermosa- la gente del Hospital San José ya le había organizado un acto.

¿Un acto?

¡Como a las doce del día ya había música afuera! Estábamos con ella literalmente en la morgue y llegaba la gente a pedir verla. Con mis primas nos quedamos arreglándola: ella había pedido que le sacáramos los pelos, que no la dejáramos con bigotes ni nada, porque siempre digna. En ese intertanto tan particular, mientras nos conseguíamos una pinza, el señor que nos atendió en la morgue, Miguel, se portó un siete.

¿Qué pasó cuando salieron de la morgue?

Afuera las ambulancias nos hicieron una guardia de honor y tocaron las sirenas, Y de ahí, hasta ayer, que mis primos se fueron de mi casa, fue como una película que uno miraba desde afuera y pasaban y pasaban cosas. La casa estuvo abierta y circuló gente las 24 horas. Llegaban a las tres, cuatro y siete de la mañana, a cantarle y todo. Nadie dimensionó que sería tanto.

¿Por qué crees que se produjo eso? ¿Qué significó Ana para Chile?

Creo que la Ana personifica la historia de muchas de las mujeres y de las madres que buscaron a sus hijos. Ella fue una tremenda figura, pero lo fue porque se inundó de las historias de cada una de las “viejas”. Además, ella fue una cachetada para todos los cómplices de la dictadura. Devastaron a su familia completa, pero no la mataron. O sea, nos hicieron mierda, pero no consiguieron su fin último, que era el exterminio. Hoy no está mi abuela, pero están los nietos. Ahí ves cómo su vida trasciende, totalmente.

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¿Ves posible en tu vida que puedas encontrar a tu papá, o a los hijos de Ana?

Sigo creyendo que sí. En mi racionalidad, día a día, sigo creyendo que va a haber justicia y va a haber verdad. Lo que no implica que, muchas veces, una se sienta impotente y devastada.

A pesar de eso, sigo alojando la esperanza de que un día voy a poder decirles a mis hijos que vamos a enterrar a su tata, o a lo que encontremos de él. Así sea un hueso -hemos enterrado a compañeros de los que sólo hemos encontrado una falange- o lo que sea. Yo necesito encontrarlo para llorar lo que es necesario llorar.

¿Pudiste ver la ilustración de Francisco Javier Olea? ¿La que hablaba de un posible reencuentro entre Ana y su familia en el cielo?

Sí. Fue fuerte, verlo. Nosotros no somos creyentes, pero entiendo el mensaje: lo que no obtuvo en la tierra, lo va a tener arriba.

Hubo gente que lloró con esa imagen, pero otra a quiénes les recordó el hecho de que Chile nunca le dio justicia.

Durante el funeral, el cura Mariano Puga hizo un muy lindo discurso, sobre la justicia terrenal y la divina. Pero lo concreto es que aquí no se hizo justicia. Mi abuela se fue sin saber qué mierda había pasado con sus familiares, sin tener un lugar donde llorar. Entonces, lo del “encuentro en el cielo”, es como un premio de consuelo.

Algo que uno quiere creer, pero que…

¡Uno quiere creer! Cuando mi mamá murió hice un brindis. Dije: “ahora te encuentras con mi papá en el cielo”, porque sonaba lindo y porque te da cierto descanso. Pero la justicia y el reencuentro tuvieron que haber sido acá. Para quienes creen en otra dimensión, está bien. Pero para mí que soy atea, es sólo un simbolismo.

Muchas de las madres, de las primeras luchadoras, se están muriendo…

Ella misma lo decía: “nos estamos muriendo”. Produce desazón, rabia. Porque eran crímenes de lesa humanidad. Fue un Estado el responsable. Tú ves cómo a veces, por un asalto o un portonazo todo cagao, hay presos, hay cámaras, los matinales hablan y hacen una parafernalia gigantesca porque un huevón robó.

¿Qué piensas de lo hecho por la Concertación en términos de búsqueda de justicia?

Si hubiese habido un compromiso real de la Concertación y la Nueva Mayoría, se habrían logrado más cosas. Faltó voluntad, absolutamente.

¿De quiénes?

De las autoridades… bueno, hubo una negociación también. Sí reconozco que hubo tremendos gestos, pero fueron eso, gestos. No quiero desconocer lo que hizo la Comisión Rettig, pero siento que no fue suficiente. Las cosas no se pueden sostener sólo en palabras.

¿Qué te parece que Michelle Bachelet no haya cerrado Punta Peuco, como se especuló?

Me partió el alma. Yo trabajaba en el gobierno, como periodista de Cancillería. Sentí que mi gobierno no había tenido la voluntad real. Si hubiesen querido, lo habrían hecho.

De hecho, fue Sebastián Piñera quien cerró el Penal Cordillera…

Para la historia se contará que fue un gobierno de derecha el que cerró Cordillera. Me parece insólito.

 

En estos días muchas personas han expresado sus condolencias ¿Pudiste ver las de Michelle Bachelet?

La quiero mucho a ella, y entiendo que ese video lo hizo con todo corazón. Me consta lo mucho que quería a mi abuela. Michelle fue nuestra doctora cuando éramos chicos. No tengo duda de eso, de su calidad como mujer, como compañera. Pero el gobierno de la presidenta, como conglomerado, tuvo una actitud distinta. Y duele.

En este tema, dirías que su gobierno tuvo una actitud…

Indolente, tal vez. Para estos 45 años del Golpe, y el aniversario del plebiscito, todos quisieron salir a hablar. Pero una cierra los ojos, mira para atrás, y piensa que ellos pudieron haber hecho cosas antes. Y eso da rabia.

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Dices que en los últimos días Ana parecía estar cansada, ¿cómo se comunicaban?

– En el último tiempo nos mandábamos audios porque le era más fácil que hablar por teléfono, y en uno de esos últimos audios, me dijo que estaba cansada, que echaba de menos.

¿De qué cosas hablaban en esos audios?

– En uno de los últimos audios me dijo que la fuera a ver pronto, porque echaba de menos. Yo le conté que a nosotros nos habían entrado a robar hace poco y ella, como siempre decía, me dijo que las cosas materiales iban y volvían, que lo importante era ser valiente y sonreír. Y yo estaba toda cagada, porque se llevaron hasta las cenizas mi mamá, el anillo de mi papá. Yo quería llorar la tragedia que me había pasado, pero no me dio pie para eso. Me dijo: “¿están todos bien?”, sí “¿Le pasó algo a los niños?” No “¿Entonces?”.

¿Cómo recuerdas tu infancia y la figura de Ana?

Mientras las mamás iban a actividades o se organizaban cosas en la AFDD, nosotros, los niños, jugábamos. Ahí emerge uno de los aspectos de mi abuela: el coraje y la necesidad de, pese a todo, saber reír y saber aprender a ser feliz, aunque estés para la cagada, aunque estés destruida. Y en medio de eso, ver una mujer así de fuerte y vigorosa como Ana… Mi abuela era capaz de decir: “listo, ya lloraste suficiente. Ahora vas, te lavas la cara, te quiero bien arreglá y te fuiste a jugar”. Era tremendamente mandona y ruda, en el sentido de enseñarte a romper esquemas, a no ahogarse en la pena. Desde que era niña, se me explicó que Ana no era mi abuela, pero que a la vez sí lo era. La vida nos había interpuesto, había intercalado nuestros caminos.