Son las cuatro de la tarde del reciente viernes 31 de mayo y los 34 espectadores, entre ambos cines, abandonan las salas sin entender qué sucede. La cajera de la boletería ubicada en el Pasaje Plaza de Armas olvidó avisar a los últimos visitantes que el cine bajaba sus cortinas para siempre, cinco horas antes de lo previsto. Mientras, la gran mayoría de los hombres presentes, algo desorientados, suben sus pantalones y ajustan los cinturones mirando sin asimilar lo que presencian; el dúo de acomodadores y únicos trabajadores del teatro a esa hora, con escobillón y pala en mano, repiten la misma respuesta a los clientes: “¡Se acabó esta hueá!”.

Son hombres, que de vista, fluctúan entre los 30 y 80 años, principalmente adultos mayores, que descendían a la oscuridad de las butacas en búsqueda de un poco de satisfacción, la compañía de un cuerpo o, de frentón, sexo oral. En el submundo del centro histórico de Santiago, hasta su cierre, estaba todo permitido; según me cuentan los mismos asiduos, la mayoría de los espectadores que disfrutaban títulos como “Cara de niña, culo de experta”, “Camarera Lujuriosa”, “Chantaje femenino” o “Chicas hambrientas se lo comen todo”, solían ser homosexuales. El 5% restante, varones heterosexuales buscando un encuentro casual, a veces incluso mediado por una módica suma.

A nadie parece importarle la trama de las películas o que la totalidad de los filmes sean entre parejas hetero. Tampoco el humo del cigarro, los sonidos masturbatorios ni el fuerte hedor a cuerpo. Acá, las reglas están al margen de la legalidad. Acá es normal fumar y beber un par de cervezas. O estaban. Porque se acabó. La entrada costaba $2500 y los miércoles $2000. La custodia tenía un costo de $500, el mismo valor que los pañuelos desechables que destacan en la confitería que divide ambos cines. El café instantáneo es otro imperdible. Ojalá con azúcar, harta azúcar.

ORÍGENES

La cinematografía llegó a Chile en 1896 en el Teatro Unión Central de Santiago, un año después de la primera proyección en Francia. Ya en la década de 1940 se estimaba que existían cerca de 250 salas de cine en todo el país. El Nilo y el Mayo fueron pensados en 1952 por los arquitectos Sergio Larraín, Emilio Duhart, Jaime Sanfuentes y Osvaldo Larraín, cuando diseñaron el Edificio Plaza de Armas, inspirados en el Lever House de Nueva York y en el denominado International Style del Movimiento Moderno de la época.

Los cines pasaron de exhibir películas familiares a infantiles, y luego, mutaron de lo erótico a XXX. En 1990 existían 10 salas porno en Santiago y el 2016 sólo seis. Hoy se mantienen con vida el Capri, Plaza y Apolo.

Mi papá firmó el primer contrato de arriendo del cine cuando yo tenía 9 años. Antes no era un cine porno, era conocido por las películas de karate y Bruce Lee”, cuenta F.G., último arrendatario del lugar con la Sociedad Cinematográfica Andes Limitada.

R.S. (43), actualmente es abogado y en su adolescencia trabajó junto a varios amigos en la época estival como reemplazo de los acomodadores. A pesar de no contar con la autorización de su madre, durante tres semanas se ganó un buen turro de billetes en las labores de aseo. “A mí me tocó el Nilo y Mayo cuando eran rotativos de películas soft porn. Justo en esa época estaban dando ‘El Mujeriego’ y no nos llamaba la atención porque creíamos que no se iba a ganar mucho. En términos económicos, no era atractivo. Con una película fuerte, el cine se llenaba y ganabas mucha plata”, cuenta.

No todo era cine XXX. Generalmente se exhibían dos películas de corte erótico y la tercera no. Podía ser un Western u otro tipo de película y la calidad no era mala. El cine erótico tiene unas glorias en los años 70´. Nosotros, la instrucción que teníamos, era básicamente hacer la vista gorda de muchas cosas que pasaban dentro del cine. Esa es la pega del acomodador y creo que con esos cines muere el oficio”, apunta.

La entrada a ambos salones podía ser por calle Monjitas, Santo Domingo o 21 de Mayo. Muy cerca del Capri, en la mitad de la galería, entre relojerías, peluquerías y cachureos tecnológicos, está la boletería. A sus costados, las escaleras son vecinas de un gran letrero amarillo anunciando alta definición en sus pantallas y programas muy especiales sólo para adultos.

Abajo, a la izquierda estaba el Nilo y a la derecha el Mayo. Teatros gigantes que alguna vez tuvieron cuidados pisos alfombrados para cientos de personas. Fácilmente, en su máxima capacidad, podían recibir ochocientos espectadores. Las escaleras tienen pasamanos de bronce al igual que las vitrinas de la cartelera interior y exterior. En el baño, uno de los rayados más populares durante mucho tiempo, inmortalizaba la frase “Si no presta el poto váyase al Hoyts”.

En el vestíbulo del Teatro Nilo, en 1958, el artista fundador del Taller 99 –y años más tarde Director del Museo Nacional de Bellas Artes- Nemesio Antúnez, pintó uno de los 15 murales que realizó en su vida. “Terremoto” es el nombre de la obra que en 30 metros cuadrados, con sus clásicos rombos voladores, fue declarado Monumento Nacional el 2011 y que actualmente se encuentra abandonado, justamente por los embates del 27/F.

Es el más grande de los murales de Nemesio en el centro de Santiago. Es una pieza que aparece en un libro de Historia del Arte Latinoamericano en portada. El mural tiene un valor que, al caer en un cine XXX, hizo que se tornara bien hermético el acceso al público general. Como que se invisibilizó. Yo siempre bajaba con artistas que venían del extranjero a mostrarles esta pieza, que da cuenta de la integración del arte y la arquitectura asociada a un momento de la historia de Chile y me parece triste. Yo creo que hoy está dado para que desaparezca. Lo van a quitar y nadie va alcanzar a levantar alguna voz para pedir que se mantenga porque en Chile todo puede suceder”, analiza el arquitecto, investigador y vecino de los cines, José Luis Abásolo.

En sus últimos años, el Nilo y el Mayo redujeron su tecnología cinematográfica a un reproductor de DVD conectado a una máquina proyectora y un equipo de sonido. Ya no quedan vestigios de los antiguos rollos y las máquinas en desuso parecen adornar un basural de cajas vacías de compact disc y carátulas porno impresas en baja calidad. Hay ropa tirada y zapatos abandonados, peluches sobre rumas de discos, bolsas con latas de cerveza y desperdicios de quién sabe cuándo. Sin embargo, varias hojas tamaño carta solicitan mantener el aseo de la sala por encargo de la administración.

PUNTO DE ENCUENTRO

Parte de los testimonios de este reportaje fueron sin grabaciones de voz. Sólo apuntes en pequeñas libretas. Otros concedieron entrevistas con el compromiso de no mencionar sus nombres y apellidos por temor a ser reconocidos porque, en la mayoría de los casos, la doble vida define a los clientes. Los más viejos se conocen desde hace décadas y pasan horas conversando al interior. Por miedo, tabú, o sean cuales sean sus razones, prefieren tener cuidado. Este lugar es su fortaleza, fue su Grindr y Tinder en las épocas más oscuras y difíciles de la historia chilena.

Fernando es jubilado, tiene 77 años, trabajó como oficinista y fue cliente frecuente del Nilo y el Mayo los últimos 26 otoños. “Para acá venía toda la gente que necesitaba un poco de comprensión o algo para aliviar la conciencia. Yo acá tengo unas veinte amistades con chiquillos de la movida. Y acá estoy, quemando una etapa, imagínate que cerca de los 80 estoy colgando el colaless”, lanza entre risas.

Mis primeros años fueron de cuidado e incredulidad y después se fue abriendo la mente. Se convirtió en un tirar y abrazarse. Nunca faltaba la persona que necesitaba un cariñito porque en la casa no la comprendían. O no había en la casa lo que había aquí. Aquí se pasa bien y la gente que viene, lo hace por algo específico y concreto: a saciar sus instintos. ¡Care e´ palo!”, recuerda.

Aquí es hombre con hombre. Puede ser incluso un hombre casado, que tomaba sus providencias, que no se daba de buenas a primeras, sino que miraba con quién se iba a meter para no correr riesgos o contagio de alguna enfermedad. Aquí el sexo es brutal. Había que tener cuidado; no deja de ser un mérito llegar al final de la vida sanito”, agrega.

Juan Carlos tiene 82 años, sufre de sordera, afonía emocional y desde el 2017 pasaba tardes enteras en los rincones del Nilo. “Este lugar servía para entretenerse y conversar. Aquí uno hablaba a calzoncillo quitado. Hice buenos amigos. Tenemos los celulares y nos juntamos a tomar once o almorzar”, sentencia con un dejo de nostalgia.

El J. me abrió las puertas del Nilo y el Mayo y para los efectos de este reporteo, ha sido mi guía. Por mucho tiempo fue cliente y terminó trabajando hasta el último día. Es moreno y de baja estatura. También de pocas palabras, pero cuando entra en confianza se suelta y tira buenos chistes. Él describe este lugar como un sitio donde “puedes ser maricón del culo, pero no de la cabeza ni del hocico. No podí andar tratando mal a la gente. Acá es para pasarlo bien y acompañarse con amigos y gente que uno quiere”.

AMOR DE MITAD DE SEMANA

M. tiene cuatro décadas, una melena larga y oscura hasta los hombros, es amante de la música y las artes escénicas. Habla pausado y modula muy bien. Mueve sus manos como un pintor y su pincel. Los últimos 15 años de su vida ha disfrutado recurrentemente en el subsuelo. Entre tanto, también se ha perdido. Confiesa que ha tenido grandes cenas y maravillosos desayunos con diplomáticos, médicos, abogados y artistas. Hombres que, según indica, tienen una vida normal y que llegan a experimentar otros umbrales del placer. “Acá es: llegaste, te entusiasmaste, bajaste y ¡wow! Aunque yo soy súper selectivo”, murmura.

Viene los miércoles por la tarifa rebajada y desde hace varios años mantiene encuentros íntimos con el mismo tipo a mitad de semana. Nunca han cruzado números celulares, correos electrónicos ni tampoco saben sus domicilios. Toda la química ha ocurrido aquí. Lo acompaño en la espera de su último encuentro. Cuando se cierre el cine, no quedará más que decir adiós.

Pasan las horas y M. no se mueve del hall. Va entre ambos cines buscando a su hombre. Mira el reloj y ya va por el quinto café. Conversamos y me presenta a más de sus amigos. Parece nervioso. Nos reímos y a coro van recordando anécdotas. Empiezan a pelar a los que ya están en otro mundo. Faltan pocos minutos para el cierre de la jornada.

No llegó y no llegó nomás. En fin, es el cierre de un ciclo y el ciclo se tenía que cerrar así. Qué le voy a hacer. Adiós, hermoso, que estés bien”, se despide y sube por las escaleras.

COLECCIONISTA DE CARTELERAS

Elena Pantoja es periodista y colecciona carteleras de cines pornográficos y recortes de diarios desde comienzos de los noventa. Actualmente los publica en su cuenta de Instagram. Partió este hobby compitiendo con un compañero de colegio por conseguir los nombres más divertidos y reconoce que jamás pudo presenciar en vivo alguna de las películas. “Yo me acuerdo que iba en el colegio, y nos reímos como una semana con una que se llamaba “Viuda en Celo”. En los 80´, con dictadura y toda la represión súper fuerte, había afiches de porno en las calles”, rememora.

Los afiches los hacíamos nosotros. Lo que pasa es que nos mandaban en inglés, alemán o en brasileño. Íbamos a comprar las películas a festivales de cine y mandaban toda la publicidad en inglés. Así que nosotros ocupábamos las fotos y terminábamos inventando los títulos”, confidencia con orgullo F.G. Títulos como “Calles Impuras”, “Cazadora de Vicios”, “Castillo de Sumisión”, y tantos más, salieron de su cabeza.

El excapo de la pornografía céntrica, señala que en sus años dorados más de tres mil espectadores semanales repletaban las salas viendo las peripecias de Bruce Lee. En tanto, las películas XXX se pedían a Estados Unidos o Europa y llegaban a Mendoza. En Argentina cortaban las cintas para ser revisadas posteriormente en Chile por el Comité de Calificación Cinematográfica. Si la película no era aprobada, volvía a su país de origen y se perdían meses de trabajo y dinero.

CÓDIGOS Y SECRETOS

Eduardo fue habitué por 39 años del cine. Tiene unos kilos demás, los cachetitos rosados, el pelo canoso y una sonrisa contagiosa y amena. Viste pantalón de cotelé café, zapatos negros y se abriga con una chaqueta azul. Es amable con todos los que bajan y se dio el gusto de ser recepcionista las últimas horas. A los nuevos espectadores les mentía y bromeaba diciendo que más tarde se venía un remate de butacas. Él viene a tirar la talla y pasarlo bien.

Juntos abrimos las cortinas y entramos a la sala. Adentro hay una escena de sexo oral musicalizada con música clásica y me lleva a su ubicación favorita para disfrutar del cariño gay. Es a un costado derecho del pasillo principal en la última fila. Con orgullo, cuenta en voz alta y de forma divertida -interrumpiendo los placeres del resto- las ágiles maniobras sexuales que vivió allí. Salimos del Mayo riéndonos porque varios exigieron nuestro silencio.

En ese contexto es que comienza a explicarme los códigos y lenguaje no verbal del mundo de los cines porno. Por ejemplo, estar sentado con los pies en la butaca de adelante significa que por ningún motivo debes acercarte. Piernas cruzadas, es mantén la distancia y sé amable al comenzar el coqueteo. Piernas abiertas es señal de que todo está permitido. Prender la mecha del encendedor es de frentón “alumbrarse” y llamar la atención para ser abordado. Eso sí, la regla primordial de la vieja escuela es la del no es no. De lo contrario, a los combos se sacaba del lugar a los imprudentes. En todo caso, gran parte de los contertulios del cine indican que fueron testigos de muy pocas peleas.

En dictadura era muy peligroso. Era penca pero bueno, porque lo prohibido era rico. Lo prohibido te llama la atención y te dan ganas de romper con todo. La dictadura fue muy homofóbica, pero por eso era bueno, porque aquí uno se arriesgaba. Aquí había señales para nosotros. En la boletería había un botón, y cuando venían los pacos, se encendía una luz roja para avisar. Entonces, todos nos poníamos quietos y bien sentados. Los mismos encargados nos cuidaban para que no se llevaran a nadie”, revela.

P. trabajó por más de 40 años en el Nilo y Mayo. Un día antes del cierre, fue finiquitado y despedido de su empleo. Ahí llegó cuando era un adolescente y ayudaba a su abuela que era la administradora.

Entre sus anécdotas, destaca el día en que se equivocó en el cambio de cintas y exhibió una escena de penetración explícita nunca antes vista, que desató aplausos y vítores por varios minutos a comienzos de los años noventa. También recuerda como una mujer atractiva de 39 años, el año 2009, llegó angustiada buscando ayuda. Su esposo era muy religioso y estaba lleno de trancas sexuales. Él le recomendó que fuese a un psicólogo y desde ahí la enviaron de retorno a la cuna del porno. P. dejó al matrimonio pasar algunas noches en el cine vacío mientras hacía el aseo. “Las películas XXX sanaron mi relación” afirma P. que le decía ella. Le agradecieron con una caja de pasteles finos y 20 mil pesos de la época cuando le anunciaron que serían padres. Hoy tienen cuatro hijos y siguen yendo al cine a cumplir sus fantasías.

FUTURO INCIERTO

El exarrendatario del cine reconoce que no tiene idea sobre el futuro del espacio, pero afirma que la Municipalidad de Santiago será el nuevo inquilino. Él había escuchado que podría convertirse en una sala cuna. Por otra parte, personas que han estado en conversaciones con el departamento jurídico de la comuna, indican que en los próximos días se anunciará la idea de convertir el Nilo y el Mayo en un centro cultural. Consultados por The Clinic, el municipio señaló que aún no puede referirse al tema.

UNA PEQUEÑA MUERTE

J. barre la sala del Mayo iluminado solo con el fondo de pantalla del DVD. En el Nilo, J. le dice por décima vez a un abuelo que debe abandonar la sala. Las últimas películas exhibidas fueron Wzesst 9 y Lick It Up 4, respectivamente. Ninguna tenía la caja oficial. Los últimos días, citando a Ramón Díaz Eterovic, la ciudad estaba triste y nublada. Sin embargo, un pequeño rayo de luz iluminó por última vez los programas muy especiales de calle Monjitas.