Un whatsapp me avisó que cerraban para siempre el Cine Nilo y Mayo el 1 de junio e inmediatamente me vino el ataque de nostalgia que a casi todos les da cuando cierran un cine o cualquier boliche que termina después de décadas siendo parte de nuestro paisaje cotidiano. Extrañaré sus carteles impresos en computador de oficina o sus letras pintadas a mano. A todos los personajes como Rocco o Sara Jay que hicieron sus nombres inmortales en esa marquesina. Por supuesto que a la señora a cargo de la boletería que me miraba feo porque pensaba que la fotografiaba a ella, cosa que nunca hice. Pensar en todos los días que estuvo vendiendo entradas mientras tejía, almorzaba o arruinaba mi encuadre con la antena de su radio/ TV, me dará risa siempre.

Con un cine porno no hay movimientos que junten firmas o se lamenten por el cierre de la cultura como sucedió con el cine Las Lilas o Tobalaba, por nombrar algunos. Se cierran las puertas de recuerdos de escolares cimarreros viendo películas calentonas; los que confiesan más años, de estrenos que disfrutaban en familia y en la última etapa de los cine porno, son exclusivamente para los que van a pololear por el momento, para quienes prefieren buscar contacto sexual a la antigua, frente a frente, despreciando aplicaciones de citas, sitios web y todo lo que la tecnología ofrece.

La pregunta que vino después es ¿por qué tanta añoranza del pasado? ¿Por qué el tiempo le da valor a algo que quizás fue una mugre y los años nos quitan la perspectiva? Porque ver porno –solo o acompañado- en la comodidad de tu casa en vez de un antro subterráneo claramente es mejor, dependiendo de lo que buscas, claro está.

En los ochenta y noventa los cines porno eran la primera enseñanza sexual de miles de adolescentes, mientras los políticos discutían – y discuten aún- a qué edad deben tener educación sexual en el colegio y si es correcto que se hable de ello. Hablamos de esa generación que aprendió de sexo a punta de mujeres sometidas ante un semental, conversaciones sin sentido y de penes gigantes que los hacía dudar de su hombría; ahora se enfrentan a un movimiento feminista, que los hizo descubrir que hasta el porno tiene una industria feminista donde el deseo y el erotismo tienen igualdad en la pantalla y que su escuela estaba bien añeja, debiendo actualizarla a esta altura de su vida. En todos esos años, no salió la Iglesia, el Porvenir de Chile o esas instituciones de gente de bien a cacaracear por la cantidad de cines XXX en la ciudad, afiches de películas porno en los diarios y los carteles en pleno paseo Huérfanos mostrando gente en pelota con cara de orgasmo y cubriendo los pezones con estrellitas doradas.

Los cines XXX entendieron antes que los tiempos cambian; sacaron los afiches de las calles y de las vitrinas de las galerías hasta transformarlas en letras insinuantes que no ofenden a nadie. Tres títulos de colores avisando que hay porno en la sala donde todo está permitido.

El porno cambió de formato, cambió de guionistas, amplió sus públicos quitándole el monopolio al macho heterosexual. Se le quitó lo machista, racista, y homofóbico antes que a la sociedad. Ahora es de todos. Se fue de los rincones lúgubres para estar a disposición de quién lo desee: DVD, internet o en el cable. Y sin embargo, la añoranza nos hace extrañar esa sala con olor a cigarro, poto y tinturas de peluquerías que lo rodean.

Quizás la melancolía por los cine porno esté a la altura del VHS. Cuando descubrimos que de verdad era una mugre y no vale la pena extrañar una cinta de mala calidad que se corta, pega y enreda en un reproductor, se nos quitará la melancolía por este pasado y nos dedicaremos a ver qué nos trae el futuro.

De todas maneras extrañaré ver los nombres de Rocco y Sara Jay en la cartelera escritos con plumones.

Adiós Mayo, Adiós Nilo.